Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

DIVAGACIONES CON MANDELA (EN CLAVE DE TWITTER)

 

9788466312929Leyendo cierta prensa de mi país en estos días recordé a Nelson Mandela cuando dijo: la prensa es el reflejo oscuro de la realidad.

A pesar de su concepto sobre la prensa, Mandela insistía: pero debemos leerla, para saber cómo piensan quienes nos dominan o lo pretenden.

La idea del líder sudafricano camina a contracorriente de quienes prefieren abstenerse de leer la prensa que no comparta sus convicciones.

Es parte de una cultura política intolerante y cerrada al diálogo, donde sólo se lee o escucha a quienes piensan igual.

Es el caso de los políticos o gobernantes que ensalzan la crítica y la libertad de expresión: siempre y cuando no sean ellos el blanco.

¡Qué distinto al pensamiento de Pablo Latapí: el que no piensa como yo me ayuda!

Claro: Latapí era un educador, y los políticos… pues eso.

La lección de Mandela es una invitación al estudio, al esfuerzo permanente: para derrotar al adversario hay que conocerlo en sus entrañas.

Paulo Freire nos recordó magistralmente que la educación tiene una naturaleza política, y que hay preguntas obligadas.

Freire invitaba a preguntarnos: por qué se educa, para qué, a quiénes se educa, cómo, pero también, contra quiénes se educa.

Me recuerda a Savater cuando dice: nos educamos siempre, el problema es que los malos lleguen primero que los buenos.

Por cierto, encuentro semejanzas entre el pensamiento y el lenguaje de Mandela y Freire.

Para Mandela seguía vigente el lenguaje proscrito de “oprimidos” y “opresores”, que Freire analiza en “Pedagogía del oprimido”.

 Por ahora, parece que los malos van ganando, pero la otra lección de Mandela es esperanzadora: también puede ganar la dignidad. 

LA OTRA CÓRDOBA

Después de pasar cinco horas en el ómnibus de Santa Fe a Córdoba, durmiendo a medias, llegué esta mañana a otra ciudad, distinta a la que había dejado 24 horas atrás. Ya estaba advertido que había problemas en la ciudad por un paro policial, pero no tuve oportunidad de leer noticias o mirar la televisión en la terminal santafesina. La realidad me desbordó pronto. En la estación de taxis había unas 30 personas en la fila, y con vehículos que apenas se asomaban podría estar horas en pie. Regresé para comprar el diario cordobés “La Voz del interior”. Se fue aclarando el panorama. Lo mejor sería estar en casa. Salí a caminar las quince o veinte calles que me separan del departamento en el barrio Nueva Córdoba. En la vía pública el choque fue brutal, inusitado. En la esquina un par de barricadas impedían el paso de los autos por bulevar Illia. Una decena de jóvenes con aspecto inofensivo conversaban serios y tomaban mate. Chicos y mujeres jóvenes entre ellos. Respondían preguntas de algunos automovilistas que se desviaban sin gritos ni manos levantadas. Me detuve en la esquina, a unos quince metros, midiendo el terreno. El paso por una de sus barreras hecha con contenedores de basura era obligado. Aguardé unos minutos y me sumé a un grupo de viajeros que también peregrinaban ante la inexistencia de transporte público. Caminé junto a ellos sin que los jóvenes de las barricadas nos miraran. No suelo andar estas calles a las 6 de la mañana, así que no puedo decir si la enorme avenida estaba más o menos sola que un día normal. Era notoria la ausencia de autos. En el carril de enfrente el paso vehicular era intermitente y escaso. Enfilé por bulevar Illia rumbo al cruce de la calle Independencia, donde el mismo bulevar se llama San Juan. A lo lejos observé contenedores de basura atravesados en las calles, montones de basura, en algunas esquinas todavía incendios pequeños y humo. Negocios cerrados, algunos con rejas, grupos pequeños de hombres conversando en algunos puntos me acompañaron en esos minutos interminables. Al encontrar la calle Independencia enfilé rumbo a la esquina con Derqui, mi destino. Al dar vuelta, a mitad de la primera cuadra, topé con un grupo de hombres rodeados con bolsas negras. Sin inmutarme, en apariencia, crucé a la acera de enfrente y pasé sin problemas. En las calles, piedras y bolsas de escombro desparramadas. Luego supe: Nueva Córdoba, un barrio de edificios de departamentos, bares y restaurantes, de incesante vida nocturna, fue uno de los focos del vandalismo que azotó a la ciudad mientras los miles de policías se acuartelaban para presionar al gobernador y obtener aumento salarial. Las horas de la noche y la mañana fueron una muestra de lo peor de esta Córdoba: el pillaje, la delincuencia organizada, el vandalismo que asaltó decenas de negocios y quemó varios, la irracionalidad colectiva. Hubo disparos y enfrentamientos entre los motociclistas criminales y los ciudadanos que se atrincheraron para defender sus pertenencias, que colocaron barricadas para tratar de impedir el paso delincuencial por sus calles. La ciudad está paralizada. Se suspendieron todas las actividades y el miedo campea. A esta hora, mediodía del miércoles, se cuentan unos 50 internados en hospitales. El recuento de daños es imposible en este momento. Los canales nacionales y los locales están pendientes de los hechos y repiten las imágenes de videos caseros que muestra aspectos de lo sucedido. El gobernador anuncia el acuerdo con la policía y recibe aplausos por su discurso encendido contra el gobierno nacional. Amenaza a los delincuentes. Los reporteros de la televisión transmiten desde el cuartel las reacciones jubilosas de los policías y sus esposas que los acompañaron en la lucha. Los policías se aprestan a tomar las calles, dicen. Alguno llorando pide perdón por la noche terrible que pasaron los cordobeses. Pero las revueltas no pararon todavía. La televisión da cuenta de enfrentamientos entre ciudadanos y policías en algunos puntos, a plena luz del día. Aquí mismo, siete pisos abajo, pasa veloz una patrulla y se escuchan disparos, gritos, insultos. De los edificios de enfrente y del nuestro asoman todos los vecinos que nunca vimos antes. La tarde calurosa será larga, tensa. La noche se acerca sin que abandonemos los temores por lo que podría venir. Juan, uno de los guardias del edificio me pide no salir más este día. Resta aguardar con esperanza la vuelta a la normalidad, a la otra Córdoba. 

Córdoba

FIGURACIONES 3

Oficio de poetaHoy terminé de leer la biografía que escribió Eutimio Martín sobre Miguel Hernández. Al llegar a las páginas finales mi estado de ánimo se ensombreció progresivamente. Se mezclaron sensaciones: tristeza, impotencia, compasión. E indignación por la perversa conjunción de la injusticia del régimen dictatorial de Francisco Franco y las actitudes y actuaciones de muchos personajes alrededor del poeta nacido en Orihuela, España.

Este no es un libro que volvería a leer. No comparto el enfoque metodológico, y ciertas posiciones epistemológicas de Eutimio Martín. Algunos de sus juicios son discriminatorios, fáciles o poco racionales. Entiendo la intención declarada: desmitificar aspectos de la vida y obra del poeta, combatir algunos cliches. El libro no me enseñó nada nuevo en materia de injusticia o de la maldad humana. La historia está repleta de hechos abominables. Particularmente tampoco aprendí nada respecto a la abyección al poder de algunos escritores o poetas.

A pesar de todo ello, la lectura de la vida de Miguel Hernández, y un trozo de la historia de España, transmite una lección de dignidad, por la forma como asume sus convicciones, sin venderlas, pero también de barbarie, por los militares y sacerdotes que lo dejaron morir.

Terminé de leerlo con una mezcla de emociones, como dije al principio. Y eso es, al final de cuentas, lo que debe agradecer el lector al autor, porque ese sentido debería, creo, orientar la escritura de los libros, sobre todo uno como este, cuyo título es “El oficio de poeta”. 

MUJICA, EL COMANDANTE FACUNDO: LA BIOGRAFÍA

portada-comandante-facundoMe gustan las biografías. Las biografías bien escritas me gustan aún más, las disfruto como la mejor literatura. Son buena literatura. Hay en ellas, además de un relato interesante, vidas y hechos ejemplares, de lo bueno y de lo humano, de lo malo y de lo excelso. Leer biografías es, desde hace tiempo, una de mis actividades cotidianas. Son parte de las actividades “extracurriculares”, aunque aprendo tanto o más que leyendo artículos de revistas de investigación o libros académicos.

Apenas terminada la biografía crítica de Miguel Hernández, el poeta español muerto trágicamente a mitad del siglo XX, esta mañana fresca, casi de madrugada, empecé a leer la biografía novelada de José Alberto Mujica Cordano, alias Pepe Mujica, antes guerrillero tupamaro, ahora presidente de la República Oriental del Uruguay. Se llama Comandante Facundo. El revolucionario Pepe Mujica (Uruguay, Aguilar) y fue publicada en octubre de este año. La encontré sin buscarla, sin saber siquiera de su existencia, pero apareció en el estante de una librería desconocida en Punta del Este y no dudé en comprarla.

En los primeros capítulos de la biografía novelada, escrita con maestría por Walter Pernas, periodista montevideano, ya encontré los ingredientes de una estupenda biografía, de una aventura singular. No sé cómo será el desenlace, ni cuál mi balance dentro de algunos días, cuando termine las casi 700 páginas. Hoy la mañana, el comienzo de la jornada fue grato y con buenos augurios, pasando las páginas al lado del niño huérfano temprano de padre que un día, gracias al esfuerzo tenaz de la madre, fue presidente de su país.

Córdoba   

DESCANSO DOMINICAL

No me gustaría decir cosas negativas de un país que me acogió desde hace varios meses y  me prodiga condiciones para desarrollar mis proyectos y aprender a diario. En estos meses he conocido gente extraordinaria, fraterna, solidaria, afectuosa. De casi todo y de casi todos tengo una buena opinión. Quejarme sería ingratitud, pero de alguna manera debo sacar la bronca que me cargo ahora. Perdón.

Un hecho repetido con diferencias me tiene enfadado. Lo diré en corto y lo más claro posible: en Argentina los servicios de mensajería o paquetería (encomiendas, dicen) son propios del tercer mundo, o del inframundo. Nunca estuve en África, ni sé cómo será en otras partes, pero acá, los servicios de envío y recepción de paquetes son fatales. Ya son dos veces que sucede: de México me enviaron unos libros para mis hijos. Rastreando los servicios a través de la página de la empresa me di cuenta que, con fin de semana incluido, el paquete tardó más en llegar de Buenos Aires a Santa Fe, que de Colima a Argentina. Alguna explicación habrá, supongo, pero me escuece.

El segundo incidente sucedió, me sigue sucediendo ahora. Hace diez días envié una caja de Santa Fe a Córdoba, unos 350 kilómetros entre ambas capitales, y todavía no lo recibo. Es una tragicomedia. Si no fuera la víctima me parecería simpática, pero siendo el afectado, provoca una irritación que raya en palabras que no quiero escribir. En resumen: el paquete debió viajar de Santa Fe a Buenos Aires, y de allí a Córdoba. Un “boludo”, me explicó la señora santafesina por teléfono, se confundió y lo regresó a Santa Fe. Lo enviarían esa noche de regreso a Buenos Aires y de allí a Córdoba. Los 350 kilómetros se convirtieron en dos mil.

Pasaron cinco días más y el paquete no llega. Como si no fuera suficiente, el servicio de tracking no funciona; si llamo a la central en Buenos Aires una máquina me remite al nefasto servicio on line y para que en Córdoba me respondan con la negativa debo esperar quince minutos después de doce llamadas. Como este será un fin de semana largo, la caja durará dos semanas. Me gasté una plata en taxis para ir a reclamar a la compañía y varias recargas de mi teléfono móvil. Sigo y seguiré esperando. Mi venganza es irrisoria pero no tengo otra: jamás volveré a usar esos servicios. Lo juro. Ah, la empresa de marras se llama Víacargo.

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