Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

DIME CON QUIÉN ANDAS

DSCN0339Veinte años laborando en distintos cargos de gestión en la Universidad de Colima me dieron la oportunidad de conocer a mucha gente excepcional. En cada uno de los espacios donde tuve la fortuna de colaborar pude emprender proyectos que concluyeron en eventos académicos, que disfruté y me regocijaron por sus resultados. Algunos fueron de poco tiempo, otros de mayor duración, pero en cada uno pusimos el máximo entusiasmo y no recuerdo uno donde su final me resultara frustrante.

Hoy, que rememoro mi paso por la Universidad, quiero recordar a quienes aceptaron venir a Colima de estados cercanos, como Jalisco, atravesando el Atlántico o el continente americano. Ellas, ellos, dieron prestigio a nuestras actividades, a sus objetivos, porque nos compartieron sabiduría, preguntas, esperanzas e indignación. Muchos de esos eventos fueron organizados para ámbitos específicos, otros para la universidad en su conjunto, o con otras instituciones.

Recordar a cada una, a cada uno de los invitados que tuve la suerte de hospedar académicamente es otra manera de agradecerles, de nuevo, su estimulante presencia en alguna o más ocasiones, o de forma habitual, incluso como profesores visitantes de la Universidad.

Aquí está la lista parcial (y su institución de entonces), de la cual se escaparon otros nombres, especialmente cuando, con respaldo de varias editoriales de prestigio, tuvimos entre nosotros autores de libros que los presentaron ante los profesores de los bachilleratos.

Alfredo Furlán, UNAM

Rosa Martha Romo, Universidad de Guadalajara

Gilberto Guevara Niebla, UNAM

Miguel Escobar Guerrero, UNAM

Vicente Sánchez, Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo

Víctor Peralta, SEP

Lourdes Chehaibar, UNAM

Manuel Ulloa, DF

Luis Müller, Universidad Nacional del Litoral, Argentina

Andrés Oppenheimer

Marcelo Krichesky, Universidad Lomas de Zamora, Argentina

Juan Carlos Geneyro, ITAM/UNAM

Sylvia Schmelkes, Universidad Iberoamericana

Carlos de la Isla, ITAM

Sergio Mercurio, el Titiritero de Banfield, Argentina

José Antonio Chamizo, Colegio Madrid

Manuel Álvarez, Universidad de Barcelona

Amparo Jiménez Vivas, Universidad Pontificia de Salamanca

Amador Guarro, Universidad de La Laguna, Tenerife

Ricardo Flores Salinas, Universidad Autónoma de Nuevo León

Patricia Rosas, Universidad de Guadalajara

Rosa María Torres, Ecuador

Miriam Ponce, ANUIES

Julieta Fierro, UNAM

Mabel Bellochio, ANUIES

Rolando Maggi Yáñez, ANUIES

Ana María Salmerón, UNAM

Alma Maldonado Maldonado, ahora en DIE-CINVESTAV/UNAM

Hugo Casanova Cardiel, UNAM

Pablo Gentili, Universidad del Estado de Río de Janeiro

Pablo González Casanova, UNAM

Fernando Rodal, Confederación de Educadores Americanos

José Eustáquio Romao, Instituto Paulo Freire de Brasil

Oscar Jara, Alforja, Costa Rica

Carlos Rodrigues Brandao, Brasil

Juan Miguel Batalloso, Instituto Paulo Freire de España

Pep Aparicio Guadas, Instituto Paulo Freire de España

Luis Porter, UAM Xochimilco

Alicia de Alba, UNAM

Verone Lane Rodrigues, Instituto Paulo Freire de Brasil

Juan Fidel Zorrilla, UNAM

Manuel Ledesma, Universidad de La Laguna, Tenerife

Manuel Gil Antón, Colegio de México

Miguel Ángel Navarro, Universidad de Guadalajara

Por su trascendencia personal y por las razones de su visita, destaco la presencia de cuatro personas que vinieron a Colima para ocasiones solemnes, tres para recibir el doctorado honoris causa y el rector de la UNAM para recoger la medalla Lázaro Cárdena del Río a nombre de la máxima casa de estudios del país:

Fernando Savater

Pablo Latapí Sarre (+)

Ángel Díaz Barriga

José Narro Robles

 

 

POR LAS CALLES DE PARÍS CON BARREAU

la-sonrisa-de-las-mujeresDespués de la conferencia auténticamente magistral del doctor Miguel Ángel Santos Guerra, los organizadores (las autoridades de la Universidad Multitécnica Profesional), me honraron al invitarme a compartir la comida con el ilustre visitante, quien había viajado a Colima desde su Universidad de Málaga para estar esa mañana de sábado con nosotros. Su disertación fue extraordinaria, amena, versátil, y mantuvo la atención de la comunidad estudiantil durante dos horas en el Teatro de la Universidad de Colima. Sólo ese dato revela su calidad y elocuencia.

La comida, con un reducido grupo, fue otro momento jubiloso de conversación y aprendizajes. Tuve la suerte de ubicarme al lado del doctor Santos Guerra. Durante las horas que allí permanecimos en un restaurante al norte de la ciudad dialogamos en el grupo y entre ambos. Qué privilegio para mí intercambiar opiniones y recibir de su parte algunas sugerencias bibliográficas.

No sé en qué momento, o cómo llegamos a ese tema, pero me invitó a leer a un escritor francés, Nicolas Barreau. Probablemente porque le contaba de mi búsqueda de referencias fuera del campo pedagógico, en los mundos de la literatura, la poesía, la filosofía, para luego regresar al fenómeno educativo con otras perspectivas. Pronto lo encontré en la librería virtual. Cuatro novelas acumula. Descargué la primera: “La sonrisa de las mujeres”. Más que grato fue el recorrido desde las primeras refrescantes páginas, escritas sin falsos artilugios, sin complicaciones, sin espesuras, con una historia que deja sonrisas y agradable sabor.

Supongo que el estilo le granjeará críticas de puristas de la literatura o de los amos de la crítica más académica. No lo sé. En todo caso, mi posición de lector, y no de crítico literario, me otorga el salvoconducto para escapar de esa polémica que acompaña a escritores que suelen vender en poco tiempo más libros que muchos monstruos.

Luego de “La sonrisa de las mujeres” vinieron las otras: “La mujer de mi vida”, “Me encontrarás en el fin del mundo” y “Atardecer en París”. Con vacaciones por delante las disfruté en pocos días, unas más, otras menos, aunque en menor grado que la primera. La última fue “Atardecer en París”. A mi juicio, como lector (repito), Barreau aflojó levemente la consistencia y abusó de fórmulas ensayadas antes, por tanto, menos sorprendentes, con algún retazo de historias ajenas, como la inolvidable película italiana de Giuseppe Tornatore, “Cinema Paradiso” que ahora, por cierto, cumple 25 años del estreno. O probablemente no sucedió lo que creo, sino que la novela inaugural tiene un nivel de calidad muy superior a las siguientes. Puede ser.

En esa línea Barreau no ganará un Premio Nobel, advierto, pero nos regalará sonrisas espontáneas y horas agradables. En estos tiempos, no es una virtud menor. En cualquier caso, les invito a leerlo, disfrutarlo o cerrar sus noveles, si nos les convencen, un derecho que también nos asiste y del cual él sabrá como pocos, por haber trabajado en una librería parisina.

Vía Twitter su representación editorial me informa que en 2015 aparecerá su siguiente novela, la historia de los padres de Aurélie Bredin, la entrañable protagonista de “La sonrisa de las mujeres”. Esperaremos.

Mientras, deseo que el joven autor (nacido en 1980) se reinvente y nos asombre con nuevos trucos literarios e historias para sonreír, que sin dejar de llevarnos por las calles, puentes, plazas y monumentos emblemáticos de la mítica ciudad luz, ofrezca vías para el encantamiento de sus lectores, especialmente de los más jóvenes.

 

 

HASTA SIEMPRE. CARTA A RUBÉN GUZMÁN PÉREZ

Estimado Licenciado, con profundo pesar me enteré de la triste noticia que tendrá muy dolida a su familia. A cada una, a cada uno de ellos les expreso mi solidaridad y el deseo de que en su recuerdo mañana, pasado mañana, más temprano que tarde encuentren motivos para la sonrisa reposada por los bellos momentos compartidos a su lado.

Entre nosotros nunca hubo una conversación estrictamente personal. No puedo decir que fuimos amigos, pero creo que usted sentía el mismo respeto que yo por su persona. En nuestras responsabilidades nunca hubo desencuentros que no tuvieran final feliz para beneficio de los estudiantes de la Universidad. Hablando claro y breve, por teléfono o en persona, siempre acordamos. Gracias a eso pudimos destrabar problemas, acelerar procesos y, en los años más recientes, organizar campañas para ayudar a que nuestros egresados se titularan. Muchas satisfacciones me dejaron las acciones que hicimos juntos, porque usted siempre respaldó lo que hicimos en favor de la comunidad estudiantil, sobre todo porque ellos, estudiantes y egresados, recibieron el beneficio.

Por eso, estimado licenciado, le agradezco hoy y siempre el apoyo, el respeto y la cooperación para el cumplimiento de nuestras tareas.

Tengo una razón más, estrictamente personal, para el agradecimiento. Cuando regresé a mi Universidad luego de una estancia fuera del país y me encontré en reunión con un grupo de universitarios, algunos evadieron mi mirada o me concedieron el don de la invisibilidad, pero usted, desde la silla en donde acomodaba su gastada salud, sentado a un lado de la puerta me llamó y saludó efusivamente. Conversamos unos minutos. Fue nuestro último encuentro personal. Me alegró verle, y se lo dije allí mismo, aunque su estado físico había mermado y no pude menos que consternarme.

Fue un gusto trabajar con usted.

¡Gracias licenciado, hasta siempre!

CIEN PÁGINAS, CIENTOS DE AGRADECIMIENTOS

Flor de Buenos AiresEscribo la página cien de este Cuaderno. Aquí vierto mis reflexiones más personales, liberado de las obligaciones del periodismo o los corsés de la academia, sin más rigor que el gusto, algunos principios y la libertad de escribir sobre cosas pequeñas desde ángulos íntimos.

Así nació este Cuaderno, cuyo título se inspira en el que José Saramago abriera en el mundo virtual para sus lectores y que luego dio vida a libros impresos. El nombre obedece también al hábito de hacerme acompañar, casi a diario, de un pequeño cuaderno de notas, apuntes, borradores, trazos, citas de autores, ideas en proceso o conclusiones provisionales.

Con alguna excepción que me dejó remordimientos, en su apertura propuse publicar sus páginas sólo en el sitio web personal y a través de las redes sociales, no en los espacios que generosamente reproducen mis artículos de opinión.

La idea inicial de cada página tiene orígenes diversos pero más o menos agrupables: a veces un libro de literatura o pedagogía, en otras una canción, no hace mucho un partido de fútbol que miraba por televisión, vivencias personales, conversaciones, la evolución de mis hijos, o un rayo de luz que de pronto iluminó la zona oscura que buscaba horadar o no perseguía.

Un Cuaderno que, debo confesar, parió un hijo todavía flaquito y titubeante, aunque feliz. Cuaderno de Viajes, se llama. Ahora duerme como ciertos animales en el invierno, aguardando otros tiempos, hasta una próxima y afortunada ocasión en que la vida nos lleve por caminos lejanos.

Cien páginas escritas sin adornos y con sinceridad (perdonen la franqueza, o la falta de modestia). Cien razones para buscar otros ojos cómplices, una necesaria compañía. Y llegaron siempre, aunque fueran pocos. Estuvieron.

Cien páginas, más de cien motivos para el agradecimiento por haber estado, por permanecer y, si no es mucha pretensión, porque seguirán ojeando las próximas dos, tres, diez, cien páginas.

DE VACACIONES CON UN PUÑADO DE LIBROS

Cuando se vive cada día al límite, o lo más próximo, es decir, cuando se disfruta el cotidiano trajín, con sus penas y alegrías sin exageraciones; cuando se vive igual el domingo o el viernes sin sufrimientos excesivos, ni gozos ficticios, entonces las vacaciones no son el oasis en el desierto, o la isla en el horizonte del naúfrago: las vacaciones son un paréntesis.

Primero, no hay que perderlo de vista, las vacaciones no son un derecho universal efectivo, sino de quienes tenemos un empleo y ciertas condiciones, circunstancia que no se cumple en todos aquellos que tienen un salario regular.

Pasar por la vida sufriendo cuatro meses para luego tener derecho a un par de semanas de felicidad parece un costo alto. Eso creo. Porque entonces la vida se disfruta sólo dos o tres meses en el año, y se tiran por la borda los otros nueve o diez meses. Es demasiado desperdicio. Así es, más o menos, como pretendo vivir las vacaciones.

Soy bastante austero para divertirme y no necesito demasiado para pasarlo bien. Alguna vez leí que entre más superficiales somos más dinero necesitamos para divertirnos. Me gusta ese argumento, a riesgo de parecer fatuo.

En este periodo preparé mi maleta de vacaciones con un puñado de libros. Estoy seguro que no terminaré de leerlos en los días restantes, pero sí que los empezaré todos; y ya comencé. No me equivoqué en la elección. Concluí un par de novelas de Stieg Larsson y Nicolas Barreau. Distintas, un poco disparejas, pero igualmente las gocé. Estoy ahora con “Figuraciones mías. Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar”, de Fernando Savater. Por cierto, después de haber tenido la suerte de pasar varias horas en amenas conversaciones con el filósofo español frente al mar de Armería o en el restaurante de su hotel, ahora, cuando lo leo, en algunos momentos me sorprendo con su imagen frente a mí, más que leyéndolo, conversándolo.

Junto a Savater sigo leyendo otra voluminosa biografía de Joaquín Sabina, “Pongamos que hablo de Joaquín” y, como acostumbro en Semana Santa, “El Evangelio según Jesucristo”, de José Saramago, uno de mis más entrañables escritores. En turno aguardan Leonardo Padura, mi colega y maestra Rosa María Torres, otro par de novelas y un informe sobre el derecho a la educación. Tengo que confesar que no cabía uno más, así que dos mujeres esperarán próxima ocasión: la estupenda Almudena Grandes y la no menos grande Rosa Montero.

No es que sólo lea y nada más que lea en vacaciones, pero sí es que buena parte de los días los paso y pasaré entre libros. Por ahora les dejo aquí, a estas líneas y en las lecturas, pues mis hijos me urgen para caminar por la playa y disfrutar el sol de una mañana espléndida.