Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

LOS DIOSES BAJAN A LA TIERRA

foto-juan-roman-riquelme-se-apunta-al-superclasicoPocas cosas que quería no hice en Argentina. Entre las primeras de los menos importantes estaba un partido de fútbol en el estadio. El de Boca Juniors habría sido genial, pero no fue. Y no me pesa. Tal vez en el futuro próximo.

En Córdoba el equipo de primera era poco atractivo: Belgrano. Aunque ponían corazón en cada juego, no me provocaron sentimiento de adhesión. Talleres era mejor opción sentimental, pero estaba en segunda.

En Santa Fe el escenario no era más alentador. Colón estaba en segunda categoría y la pasó mal. Unión, en primera, tuvo que suspender partidos por boicot de sus jugadores que no recibían pago. Más que boicot, un gesto de dignidad.

En Buenos Aires, como en el resto del país, asistir a un estadio era un riesgo que debía calcularse bien. Casi nadie me incitaba a hacerlo sin un resguardo especial. Opté por la conservadora opción de ver algunos partidos en la tele. Y es que en Argentina el fútbol fanatiza como en pocos sitios del planeta, a tal grado que mientras estuve allí los equipos no podían tener el respaldo de sus aficionados en cancha ajena, por temor a los imprevisibles resultados del conflicto entre barras. ¿Dónde se habrá visto que un equipo, en su país, juegue sin un aficionado en la tribuna?

Hoy, en soledad, preparé mi comida y me dispuse a disfrutarla con la compañía de la tele. Encendí mi aparato y busqué un canal. Encontré el Boca Juniors contra Argentinos Juniors, en la Bombonera, el estadio de Boca, a pocos metros del inolvidable Caminito. Un partido con sabor especial: Argentinos, el equipo donde debutó Diego Armando Maradona; Boca, el equipo de sus amores.

El recuerdo del museo boquense y de las calles alrededor del estadio fue un mazazo,. Apenas elegir el canal me atropellaron las imágenes. Las remembranzas están frescas, vivas. Con el primer bocado una imagen me atrapó. Permítanme una digresión.  

Juan Román Riquelme es uno de los ídolos máximos del club del popular barrio de la Boca, de un talento extraordinario, abundante en esas tierras,  pero de un nivel superior al común. Compañero de selección de gente tan extraordinaria como Messi, pero que en uno de sus particulares arrebatos anunció su retiro de la selección nacional. Un genio que pudo escalar a otros niveles en clubes como Barcelona o el equipo argentino. No pocas veces acusado de indolente, a su treinta y tantos años es uno de los más queridos por su afición. Ídolo como pocos que vistieron al equipo Xeneize.

Pues hoy, apenas dos minutos después de encender la tele y elegir ese canal, vi una imagen que no deja de darme vueltas en la cabeza. A ver si soy claro. Colocado para disparar desde la esquina, Román, como lo llaman comúnmente, conversa con su habitual seriedad con un aficionado en la tribuna. La imagen es inusual. La cámara lenta nos permitió apreciar la tranquilidad del momento. Un señor de aspecto rechoncho, con la camisa boquense, habla con Román. Román responde y, de pronto, mira a su izquierda. Acerca su mano al alambrado donde un niño con el uniforme de Boca sujeta la malla. La mano de Román acaricia los dedos por instantes maravillosos para ese niño. Allí se me queda el gesto, inolvidable, tierno, el momento en que el ídolo baja del Olimpo para colocar los pies en la tierra.

¡Qué momentos imborrables! Instantes maravillosos en que los ídolos bajan a la tierra para rozar con sus manos mágicas a sus aficionados, a los mortales terrestres, para regalarles un momento inolvidable al niño, al padre, a quienes lo presenciamos.  

 

 

¿SÓLO DE PROFESOR? O EL DESPRESTIGIO DE LA DOCENCIA

¿Y a qué te vas a dedicar? Cuando respondo, los ojos de la mayor parte de mis interlocutores se abren casi desmesurados: ¿sólo de profesor?, ¿sólo de profesor?, ¿sólo de profesor?… ¿pero, estás seguro?

Nunca había percibido en carne propio el nivel de descrédito que sufre la docencia. Indudablemente no es la profesión que goza de los mayores reconocimientos, y no me refiero a los discursos del 15 de mayo, pero las respuestas que escuché en las semanas pasadas me dejaron primero pasmado y luego de ligeras cavilaciones, ya más reconfortado. Pero no es de mis planes de lo que escribiré, sino de la circunstancia anecdótica que impulsa a redactar algunas líneas.

Con las veces que escuché la expresión y las caras azoradas recordé la conversación entre un profesor francés y un grupo de magníficos estudiantes del Bachillerato 4 de la Universidad de Colima, que participaban en un programa especial de la SEP. Cuando les preguntó a aquellos estudiantes que apenas empezaban sus estudios de bachillerato qué pensaban hacer en el futuro, les dio opciones; dijo: ¿trabajarían como ejecutivos de una empresa o de profesores de primaria? La respuesta fue unánime; ya imaginarán. ¿Trabajarían en una empresa o como profesores de secundaria? repitió la pregunta con leve variación. La respuesta siguió siendo firme. Sólo hasta que les puso como opción la posibilidad de laborar como profesores universitarios, algunos de esos chicos levantaron tímidamente la mano. No les dijo nada y pasó a otro asunto.

La lección había sido claro y en el camino de regreso al hotel no era necesario preguntarle su conclusión, que creí adivinar: entre los mejores jóvenes mexicanos, los más brillantes, pocos quieren ser profesores. El mensaje es contundentemente cierto, sin generalizaciones abusivas, por supuesto.

Sólo de profesor, es una expresión que no arruina mis planes, al contrario, me da elementos para la reflexión en una de las líneas de indagación a que estoy dedicado. Sólo de profesor no es una buena respuesta para mucha gente, que confundió mi opción con la de sicario, mataviejitas o golpeador de parapléjicos, pero es, sobre todo, la triste constatación de que la docencia es un oficio que, si no rescatamos a tiempo, deberá trasladarse a la sala de cuidados intensivos, víctima de reformas y corruptelas. 

LAS MEDIAS TAMBIÉN PUEDEN SER COMPLETAS

Pocas horas apenas en Colima, unos metros recorridos en la Universidad, lugar de mi trabajo, me dieron suficientes motivos para venir a estos parajes virtuales a contarles el beneplácito por la recepción que me regalaron en dos días de la semana anterior un puñado de buenas amigas, amigos, colegas universitarios.

A riesgo de ser inmodesto, intuía que en mi haber acumulaba varios buenos amigos, por los años de amistad o por relaciones laborales, pero las horas que pasé entre premuras por la revisión de urgencias y tareas pendientes me desmintieron: fueron más que varias (en la contabilidad íntima: muchas) las personas que al mirarme o escucharme pudieron quedarse en sus oficinas o pasar de largo con disimulo. A ninguno habría reprochado. Pero salieron a saludarme o se detuvieron al paso, y el gesto lo valoro en grado sumo.

Su respuesta fue de espontaneidad, generosidad y fraternidad que superó mis mejores pronósticos (en realidad, no tenía ninguno). A ellas, ellos, les agradezco también por aquí, públicamente, su calor y las palabras de bienvenida. En verdad, por eso y un poquito más, me siento bienvenido a casa.

Si hace tiempo ya estaba cómodo en el ambiente de la UdeC por muchas razones, entre ellas, la calidad humana de muchísimos de sus integrantes, mi regreso a ella después de una estancia lejana en la geografía, desconectado de su vida interior, agrega una motivación en el nuevo proyecto personal y profesional que simbólicamente arranca con el nuevo semestre escolar. Hoy.

Además del alimento para la satisfacción, me confirman, aunque no hacía falta, que la amistad firme y franca, la amistad, a secas, está por encima de diferencias y mezquindades. Debo confesar que también vi caritas de sorpresivo desagrado y alguna de repugnancia. ¿¡Qué se le va a hacer!?

Gracias también a estos últimos, porque engrandecen los afectos y respetos por aquellos primeros.

No me cabe duda: una media semana puede ser completa.

¡Hasta pronto!

PREGUNTAS INFANTILES EN PLAZA DE MAYO

Madres de Plaza de MayoPlaza de Mayo. Jueves de enero. El calor retornó con brío a Buenos Aires después de una tregua. Las sombras a los pies de los arboles ya tienen ocupantes. Poco a poco se acerca la gente y en algunos puntos se acentúa la movilización. Mariana Belén pregunta: ¿a qué vinimos? Recuerda que apenas el domingo estuvimos en Casa Rosada, a pocos metros. La respuesta puntual de la mamá la intriga: ¿entonces, nosotros por qué estamos aquí, si no perdimos a nadie? Me toca el turno de responder. Porque no queremos que a nadie más le pase esto, ni en Argentina ni en México. Para que ninguna madre pierda a su hijo, o una hija a su padre porque piensan distinto o defienden las libertades. Traté de ser todo lo didáctico que pude. No sé si lo conseguí. Mariana paseó la vista y calló.

En Argentina las diferencias suelen ser radicales. Se está con o en contra de alguien o algo. Algunas veces lo escuché: River Plate o Boca Juniors, con Cristina (la presidenta) o contra Cristina, con Clarín (un inmenso monopolio mediático) o contra Clarín, Lanata o Víctor Hugo (dos periodistas que marcan pauta)… y entre las madres de la Plaza de Mayo también hay discrepancias. La Línea Fundadora, hoy, con sus acompañantes, una decena al inicio. El otro, una asociación más grande, más popular.

A la hora marcada, 15:30, con metros de distancia entre ambos grupos, arrancan su lenta caminata en círculos alrededor de la pirámide de la Plaza, como desde su origen, a finales de los años setenta. Caminan ya sin la vitalidad que les robó la edad y la pena. El espectáculo es conmovedor. Los turistas y paseantes, muchos extranjeros, toman fotos y aplauden, se suman a los cánticos de las madres. No sé qué pueden estar pensando Mariana y Juan Carlos. Observan atentos. Habitualmente parlanchines, esta vez optan por el silencio. Ella pregunta a Laura si le puede comprar un pin del puesto a pocos metros, con el pañuelo que simboliza a las Madres. Las mujeres del grupo mayoritario leen un breve mensaje, cantan, aplauden todos y termina el acto. El sol sigue inclemente. Reanudamos nuestro camino en silencio. Juan Carlos y Mariana se llevan felices su recuerdo y las preguntas inquietas. 

HOMBRE QUE PERSIGUE CIGARROS UN DOMINGO POR LA MAÑANA

Buenos Aires. Calle Cerviño. Al salir del cajero automático lo vi en la acera de enfrente. De perfil y a doce metros no aprecié sus rasgos. Domingo por la mañana, viento fresco, pocos transeúntes y menos autos. Caminé unos pasos y paré en la esquina. Crucé a la acera donde aguardaba el verde en el semáforo el hombre del suéter gris con mangas más largas que sus brazos. Como su pantalón, arremangado a los tobillos, para no arrastrarlo. O por gusto. Caminamos casi al lado. Nuestro cercano destino, sin saberlo, el mismo: Carrefour express. Nos detuvimos y miramos el letrero con los horarios. Domingo: 11 a 20 horas. Cerrado. Me miró y preguntó dónde encontraría un kiosco. Entonces pude ver su expresión facial. Parecía afectado por el desvelo, o una amargura pegada a los huesos de la cara. El pelo revuelto, cano ya, le acentuaba el rictus entre dolor y angustia. En la esquina, gire a la derecha, encontrará dos o tres en la siguiente cuadra. Me agradeció y aceleró el paso. No sé por qué, le pregunté: qué busca. Lo detuve. Cigarrillos. En la esquina hay un supermercado, le dije. Al mirar ambos ya se veía el anuncio, a veinte metros. Era también mi destino, aunque con objetivo distinto. ¿Venderán cigarrillos? Me preguntó. Supongo que sí, respondí. Ojalá. Entró primero y se dirigió a la chica de la caja. Tenés cigarrillos, escuché. La negativa habrá caído como un mazazo en el dedo de un pie. ¿Dónde venderán? Le preguntó a la cajera. El único lugar que conozco está cerrado, tuvo por desalentadora respuesta. Ya en los refrigeradores buscando manteca (nuestra mantequilla) perdí el diálogo. Salí con lo que buscaba rumbo al departamento. Atravesé Cerviño y a pocos metros apareció de nuevo el hombre del suéter gris. Su rostro había cambiado. La angustia tornó en un rostro tranquilo. Miré sus manos y allí estaba, apenas visible, el minúsculo punto rojo de su cigarrillo encendido y un hilito de humo que penetraba de nuevo en su cuerpo, insuflándole vida y un poquito de alegría ese domingo por la mañana.

Buenos Aires

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