Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

POR LAS CALLES DE PARÍS CON BARREAU

la-sonrisa-de-las-mujeresDespués de la conferencia auténticamente magistral del doctor Miguel Ángel Santos Guerra, los organizadores (las autoridades de la Universidad Multitécnica Profesional), me honraron al invitarme a compartir la comida con el ilustre visitante, quien había viajado a Colima desde su Universidad de Málaga para estar esa mañana de sábado con nosotros. Su disertación fue extraordinaria, amena, versátil, y mantuvo la atención de la comunidad estudiantil durante dos horas en el Teatro de la Universidad de Colima. Sólo ese dato revela su calidad y elocuencia.

La comida, con un reducido grupo, fue otro momento jubiloso de conversación y aprendizajes. Tuve la suerte de ubicarme al lado del doctor Santos Guerra. Durante las horas que allí permanecimos en un restaurante al norte de la ciudad dialogamos en el grupo y entre ambos. Qué privilegio para mí intercambiar opiniones y recibir de su parte algunas sugerencias bibliográficas.

No sé en qué momento, o cómo llegamos a ese tema, pero me invitó a leer a un escritor francés, Nicolas Barreau. Probablemente porque le contaba de mi búsqueda de referencias fuera del campo pedagógico, en los mundos de la literatura, la poesía, la filosofía, para luego regresar al fenómeno educativo con otras perspectivas. Pronto lo encontré en la librería virtual. Cuatro novelas acumula. Descargué la primera: “La sonrisa de las mujeres”. Más que grato fue el recorrido desde las primeras refrescantes páginas, escritas sin falsos artilugios, sin complicaciones, sin espesuras, con una historia que deja sonrisas y agradable sabor.

Supongo que el estilo le granjeará críticas de puristas de la literatura o de los amos de la crítica más académica. No lo sé. En todo caso, mi posición de lector, y no de crítico literario, me otorga el salvoconducto para escapar de esa polémica que acompaña a escritores que suelen vender en poco tiempo más libros que muchos monstruos.

Luego de “La sonrisa de las mujeres” vinieron las otras: “La mujer de mi vida”, “Me encontrarás en el fin del mundo” y “Atardecer en París”. Con vacaciones por delante las disfruté en pocos días, unas más, otras menos, aunque en menor grado que la primera. La última fue “Atardecer en París”. A mi juicio, como lector (repito), Barreau aflojó levemente la consistencia y abusó de fórmulas ensayadas antes, por tanto, menos sorprendentes, con algún retazo de historias ajenas, como la inolvidable película italiana de Giuseppe Tornatore, “Cinema Paradiso” que ahora, por cierto, cumple 25 años del estreno. O probablemente no sucedió lo que creo, sino que la novela inaugural tiene un nivel de calidad muy superior a las siguientes. Puede ser.

En esa línea Barreau no ganará un Premio Nobel, advierto, pero nos regalará sonrisas espontáneas y horas agradables. En estos tiempos, no es una virtud menor. En cualquier caso, les invito a leerlo, disfrutarlo o cerrar sus noveles, si nos les convencen, un derecho que también nos asiste y del cual él sabrá como pocos, por haber trabajado en una librería parisina.

Vía Twitter su representación editorial me informa que en 2015 aparecerá su siguiente novela, la historia de los padres de Aurélie Bredin, la entrañable protagonista de “La sonrisa de las mujeres”. Esperaremos.

Mientras, deseo que el joven autor (nacido en 1980) se reinvente y nos asombre con nuevos trucos literarios e historias para sonreír, que sin dejar de llevarnos por las calles, puentes, plazas y monumentos emblemáticos de la mítica ciudad luz, ofrezca vías para el encantamiento de sus lectores, especialmente de los más jóvenes.

 

 

HASTA SIEMPRE. CARTA A RUBÉN GUZMÁN PÉREZ

Estimado Licenciado, con profundo pesar me enteré de la triste noticia que tendrá muy dolida a su familia. A cada una, a cada uno de ellos les expreso mi solidaridad y el deseo de que en su recuerdo mañana, pasado mañana, más temprano que tarde encuentren motivos para la sonrisa reposada por los bellos momentos compartidos a su lado.

Entre nosotros nunca hubo una conversación estrictamente personal. No puedo decir que fuimos amigos, pero creo que usted sentía el mismo respeto que yo por su persona. En nuestras responsabilidades nunca hubo desencuentros que no tuvieran final feliz para beneficio de los estudiantes de la Universidad. Hablando claro y breve, por teléfono o en persona, siempre acordamos. Gracias a eso pudimos destrabar problemas, acelerar procesos y, en los años más recientes, organizar campañas para ayudar a que nuestros egresados se titularan. Muchas satisfacciones me dejaron las acciones que hicimos juntos, porque usted siempre respaldó lo que hicimos en favor de la comunidad estudiantil, sobre todo porque ellos, estudiantes y egresados, recibieron el beneficio.

Por eso, estimado licenciado, le agradezco hoy y siempre el apoyo, el respeto y la cooperación para el cumplimiento de nuestras tareas.

Tengo una razón más, estrictamente personal, para el agradecimiento. Cuando regresé a mi Universidad luego de una estancia fuera del país y me encontré en reunión con un grupo de universitarios, algunos evadieron mi mirada o me concedieron el don de la invisibilidad, pero usted, desde la silla en donde acomodaba su gastada salud, sentado a un lado de la puerta me llamó y saludó efusivamente. Conversamos unos minutos. Fue nuestro último encuentro personal. Me alegró verle, y se lo dije allí mismo, aunque su estado físico había mermado y no pude menos que consternarme.

Fue un gusto trabajar con usted.

¡Gracias licenciado, hasta siempre!

CIEN PÁGINAS, CIENTOS DE AGRADECIMIENTOS

Flor de Buenos AiresEscribo la página cien de este Cuaderno. Aquí vierto mis reflexiones más personales, liberado de las obligaciones del periodismo o los corsés de la academia, sin más rigor que el gusto, algunos principios y la libertad de escribir sobre cosas pequeñas desde ángulos íntimos.

Así nació este Cuaderno, cuyo título se inspira en el que José Saramago abriera en el mundo virtual para sus lectores y que luego dio vida a libros impresos. El nombre obedece también al hábito de hacerme acompañar, casi a diario, de un pequeño cuaderno de notas, apuntes, borradores, trazos, citas de autores, ideas en proceso o conclusiones provisionales.

Con alguna excepción que me dejó remordimientos, en su apertura propuse publicar sus páginas sólo en el sitio web personal y a través de las redes sociales, no en los espacios que generosamente reproducen mis artículos de opinión.

La idea inicial de cada página tiene orígenes diversos pero más o menos agrupables: a veces un libro de literatura o pedagogía, en otras una canción, no hace mucho un partido de fútbol que miraba por televisión, vivencias personales, conversaciones, la evolución de mis hijos, o un rayo de luz que de pronto iluminó la zona oscura que buscaba horadar o no perseguía.

Un Cuaderno que, debo confesar, parió un hijo todavía flaquito y titubeante, aunque feliz. Cuaderno de Viajes, se llama. Ahora duerme como ciertos animales en el invierno, aguardando otros tiempos, hasta una próxima y afortunada ocasión en que la vida nos lleve por caminos lejanos.

Cien páginas escritas sin adornos y con sinceridad (perdonen la franqueza, o la falta de modestia). Cien razones para buscar otros ojos cómplices, una necesaria compañía. Y llegaron siempre, aunque fueran pocos. Estuvieron.

Cien páginas, más de cien motivos para el agradecimiento por haber estado, por permanecer y, si no es mucha pretensión, porque seguirán ojeando las próximas dos, tres, diez, cien páginas.

DE VACACIONES CON UN PUÑADO DE LIBROS

Cuando se vive cada día al límite, o lo más próximo, es decir, cuando se disfruta el cotidiano trajín, con sus penas y alegrías sin exageraciones; cuando se vive igual el domingo o el viernes sin sufrimientos excesivos, ni gozos ficticios, entonces las vacaciones no son el oasis en el desierto, o la isla en el horizonte del naúfrago: las vacaciones son un paréntesis.

Primero, no hay que perderlo de vista, las vacaciones no son un derecho universal efectivo, sino de quienes tenemos un empleo y ciertas condiciones, circunstancia que no se cumple en todos aquellos que tienen un salario regular.

Pasar por la vida sufriendo cuatro meses para luego tener derecho a un par de semanas de felicidad parece un costo alto. Eso creo. Porque entonces la vida se disfruta sólo dos o tres meses en el año, y se tiran por la borda los otros nueve o diez meses. Es demasiado desperdicio. Así es, más o menos, como pretendo vivir las vacaciones.

Soy bastante austero para divertirme y no necesito demasiado para pasarlo bien. Alguna vez leí que entre más superficiales somos más dinero necesitamos para divertirnos. Me gusta ese argumento, a riesgo de parecer fatuo.

En este periodo preparé mi maleta de vacaciones con un puñado de libros. Estoy seguro que no terminaré de leerlos en los días restantes, pero sí que los empezaré todos; y ya comencé. No me equivoqué en la elección. Concluí un par de novelas de Stieg Larsson y Nicolas Barreau. Distintas, un poco disparejas, pero igualmente las gocé. Estoy ahora con “Figuraciones mías. Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar”, de Fernando Savater. Por cierto, después de haber tenido la suerte de pasar varias horas en amenas conversaciones con el filósofo español frente al mar de Armería o en el restaurante de su hotel, ahora, cuando lo leo, en algunos momentos me sorprendo con su imagen frente a mí, más que leyéndolo, conversándolo.

Junto a Savater sigo leyendo otra voluminosa biografía de Joaquín Sabina, “Pongamos que hablo de Joaquín” y, como acostumbro en Semana Santa, “El Evangelio según Jesucristo”, de José Saramago, uno de mis más entrañables escritores. En turno aguardan Leonardo Padura, mi colega y maestra Rosa María Torres, otro par de novelas y un informe sobre el derecho a la educación. Tengo que confesar que no cabía uno más, así que dos mujeres esperarán próxima ocasión: la estupenda Almudena Grandes y la no menos grande Rosa Montero.

No es que sólo lea y nada más que lea en vacaciones, pero sí es que buena parte de los días los paso y pasaré entre libros. Por ahora les dejo aquí, a estas líneas y en las lecturas, pues mis hijos me urgen para caminar por la playa y disfrutar el sol de una mañana espléndida.

HORAS FELICES O MUCHAS GRACIAS

A pocas horas de la presentación de mi libro Aprendiendo a enseñar. Los caminos de la docencia, me invaden emociones ubicadas en el lado más positivo de la vida.

Precisamente por ello me obligo ahora a reposar un poco en esta jornada matutina, para reflexionar sobre un sentimiento que tengo en la piel y en los labios: gratitud. Y es que estos instantes felices suelen pasar por alto que, primero, toda felicidad es efímera, aunque retorne al día siguiente, o poco después. Porque la vida no es “Quiéreme mucho”, la tierra donde habitan los ositos cariñositos. No es que haya que encontrar problemas en cada solución o momento plácido, sino que por su fugacidad tenemos que disfrutar los buenos momentos con mayor intensidad, porque han de pasar más temprano o más tarde, en un incesante recomenzar.

También creo necesario detener el trajín para el agradecimiento y no, como solemos hacerlo, sólo para maldecir cuando las cosas no van bien. 

La gratitud es un buen espejo para mirar y reconocer imperfecciones, quiero decir, para reconocer que casi nada en la vida es obra de uno solo, excepto los errores, que pueden ser casi todo. ¡Triste paradoja! Muchas personas contribuyen en casi todo lo que hacemos, aun las que pretendiendo jodernos la vida nos alientan a seguir adelante.

Gracias infinitas a quienes me ayudaron a terminar un proyecto que duró varios años desde su concepción. La lista sería interminable y mi memoria podría traicionarme. Ellas, ellos lo saben.

Quiero dejarles las palabras de un excelso amigo sevillano para repetir lo que magistralmente nos enseña sobre la gratitud. Con ustedes, Juan Miguel Batalloso:

Si todo es compra-venta, si todo es mercancía, acabamos por perder el valor de lo gratuito, lo incondicional y lo amoroso. Si extraemos del dar o la donación, el valor de la gratuidad y la incondicionalidad perdemos al mismo tiempo la felicidad intrínseca que procede del original, espontáneo y creador acto de donación, acto que abre siempre caminos insospechados y desconocidos de afecto, cariño y amor que por su propia naturaleza son caminos libres, abiertos, no retributivos además de que no pueden reducirse ni recorrerse  ni en una sola dirección, ni en un único sentido.

“Pues no, no todo tiene un precio y precisamente las cosas y acciones que no tienen precio y no pueden reducirse a mercancía, son las infinitamente valiosas y de las que recibimos los mayores bienes para nuestra salud, nuestra felicidad y nuestra vida. Amor, ternura, comprensión, cariño, compasión, reconocimiento, compañía, solidaridad, alegría, paz interior, perdón y un sinfín de cualidades que nacen y crecen en el corazón humano, no pueden comprarse ni venderse y para adquirir esta conciencia necesariamente tenemos que recorrer el camino del agradecimiento, único camino para comprender el regalo de la vida, la naturaleza, el universo y el amor incondicional que hemos recibido en toda nuestra vida que siempre es alumbrado, iniciado y mantenido por nuestras madres.

De cualquier manera, tomar conciencia de que somos portadores, realizadores y gozadores del gran milagro de la vida tal vez sea el primer paso para comprender que hasta la brisa más sutil de aire puede convertirse en el más valioso de los regalos. De este modo, aprender a agradecer incondicionalmente todo lo que tenemos a nuestra disposición, incluyendo también el difícil trago de las frustraciones, del dolor o del sufrimiento, se convierte en un camino transcendente para reconocernos como los seres más privilegiados y milagrosos del universo. 

Hacer simplemente una parada para visualizar todas aquellas cosas de las que disponemos, todo aquello que hemos recibido totalmente gratis o mejor aún, pensar y sentir muy cerca de nosotros aquellas personas que nos han dado tanto o que nos han amado incondicionalmente, es sin duda un excelente ejercicio para sentirnos contentos, alegres, serenos y en camino de conquistar una estable y profunda paz interior.

Agradecer no es pues un acto de esclavitud ni de dependencia, sino más bien un acto de donación incondicional y reconocimiento de que no somos nada sin el otro que nos mira, nos escucha o nos acoge.

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