Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Gratos amaneceres

427_500103600054020_1998592623_n copiaHoy desperté muy temprano, como las noches anteriores. La triste constatación, para decirlo con claridad, no favorece mi descanso: duermo con el horario mexicano, tres horas menos, y despierto con el horario argentino. Las horas de sueño se acortaron y en algunos momentos del día el bostezo me lo cobra.

Por fortuna, tuve un inicio de jornada grato. Un pequeño libro se atravesó en mi camino cuando pasaba a preparar un té para bien-estar. Lo compré recién en mi primera visita a “El Ateneo”, en avenida Carlos Paz, una centenaria librería.

El libro es una singular entrevista realizada por Nicolas Truong durante la última campaña presidencial francesa, con François Hollande y Edgar Morin. Se llama “Diálogo sobre la política, la izquierda y la crisis”, publicado por Paidós Argentina a finales del año pasado. Lo leí de un tirón, apenas interrumpido por alguna idea obsesiva. Creo que está de más contarles que es un diálogo denso en ideas, aunque de lectura y escritura ágiles.

Me sorprendí al final cuando constaté que las ideas de Hollande, el político inteligente, me resultaron más inquietantes, quizá por la relativa familiaridad con el pensador. En mis apuntes hay más notas de lo dicho por el actual presidente, quien fue, además, mayormente prolijo.

La conclusión, más allá de las ideas de ambos, me dejó agradable sensación: es posible el intelectual comprometido y desafiado por los problemas del mundo real y no aislado en su torre, tan posible como el político agudo, culto y desafiante en el terreno de las ideas. No es poca cosa, y alienta, aunque la geografía marque distancias lejanas de nuestro contexto.

Amanecer en Córdoba

Primer amanecer en Córdoba. Despierto a una hora inusitada para mí: nueve de la mañana, tiempo de acá, la hora en que habitualmente despierto en Colima, es decir, las seis. Luego de cobrar conciencia de mi situación, el hambre me recuerda que la alacena y el refrigerador están vacíos. Salgo a la calle por comida desde el piso 13 del edificio.

El departamento donde habito se ubica en la esquina de bulevar San Juan y Obispo Trejo, en la frontera entre el bullicioso barrio Nueva Córdoba y el centro de la ciudad. Un sitio ideal para mis propósitos: caminando podré llegar a la Universidad y, en sentido contrario, a una zona con calles peatonales, museos, teatros, librerías, bares y monumentos como la Manzana Jesuítica, Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Hoy domingo está casi todo cerrado. El clima es fresco, agradable. He tomado algunas fotos de detalles que llaman la atención, como los recordatorios en parques públicos de la dictadura. Más sorpresas de otro tipo aguardan en las calles semivacías, como los kioscos de periódicos, con los vendedores concentrados en la lectura de los diarios, que levantan la cara amables y responden con una negativa a mi pregunta por “Página 12”: aún no llega, ayer llegó a la una.

Me detengo en una confitería cuando recuerdo que salí al desayuno. “El ruedo”, se llama, en la plazoleta del fundador de la ciudad. Allí permanezco con un dossier de “Le Monde Diplomatique”, que nunca había leído impreso. Entre paréntesis: ¡qué maravilla de escritura periodística! Las horas pasan mientras el día se hace viejo. Leo, escucho música ambiental, escribo estas notas o contemplo un paisaje distinto al que miran mis ojos cotidianamente, un paisaje reconfortante, con hombres y mujeres, sobre todo mayores, que parecen vivir sin prisa, cada uno en lo suyo, disfrutando las medias lunas y un café con leche, sus conversaciones, un domingo, la ciudad, estar juntos y vivos. 

Primer día

Aeropuerto Miguel Hidalgo, Guadalajara

Empieza el periplo. Mi viaje a Ítaca. Tan esperado como nostálgico.  Es una aventura y así la tomo, pero no puedo negar que ya me embargan emociones contrastantes: la alegría del reto por venir, al mismo tiempo que el dolor de la separación de casa, que no es el sitio donde vivo, sino de mi familia, quienes en ella habitan y le dan vida, a la casa y a mí, por supuesto.

Elegí este camino, lejano de la comodidad y de la pasividad, para empezar a los 46 otra vida, que a los 46 no es nueva ya, pero sí lo son la renovación de intenciones y energías. Me siento triste, desafiado, pero también tranquilo porque he sido congruente y tomé la decisión de qué hacer en mi vida. Y por eso estoy aquí, esperando tomar el primero de los vuelos, el que me lleve de este sitio, relativamente cercano de casa, a los más distantes. Seguramente al llegar al DF los dolores y la tristeza serán mayores, pero menores que los  deseos de salir airoso, para volver un día a casa, un día cercano, por fortuna, y volver a respirar los mismos aires pero con un horizonte más amplio y mayores fuerzas para emprender la siguiente etapa de mi vida.

 

Aeropuerto internacional de la Ciudad de México

En una hora empezaremos a abordar el avión a Buenos Aires. La sala ya está abarrotada. Negros, blancos, amarillos, cafés, de todos colores viajaremos, a juzgar por la piel, los ojos y las complexiones. Mi ánimo mejoró después de Guadalajara, aunque un incidente racista me irritó. Fue en las bandas de revisión. Íbamos en la fila varios, que pasamos sin problema por el filtro, excepto un par de jóvenes indígenas, ella en silla de ruedas, con aspecto enfermizo, él serio y tal vez cansado, o preocupado. Fueron ellos los únicos elegidos para revisión de su maleta. Es posible que algo hayan visto en la maleta al pasarla por los equipos de detección, algo que dejara sospechas en los guardias, pero no sé por qué malsana idea me inclino a pensar que es un acto de otra naturaleza, como expresar un sentimiento de superioridad sobre alguien que consideran menor. No sé qué sucedió después. Yo tenía que recoger mis pertenencias, así que seguí a la sala 69, donde esperaré la hora de emprender el viaje hacia el sur del continente.

En el avión de Guadalajara al DF decidí que leería La libertad primera y última, uno de los pocos libros que me acompaña. Empecé con mucho interés. A las pocas páginas del Prefacio escrito por Aldus Huxley un súbito cansancio me obligó a cerrar el libro y dormir un poco. En el siguiente vuelo, de ocho horas, tomaré el mismo libro. Solo una buena película o la promesa de largo sueño me impedirán avanzar la lectura.

 

 

Cuaderno de Viajes

Con estas palabras abro la página inaugural de mi Cuaderno de Viajes. Un nombre y un espacio que dejarán constancia de las andanzas por paisajes argentinos. La intención es simple, como se adivinará: compartir algunas descripciones de lo visto, leído y escuchado; de lo imaginado también. En modo alguno pretende ser un anecdotario de chismes o banalidades, y espero no fallar.

El viaje, para los propósitos del Cuaderno, empieza en Guadalajara, en su aeropuerto. Aquí se escribió la primera página, o las líneas iniciales, complementadas en el aeropuerto de la Ciudad de México mientras esperaba el vuelo hacia Buenos Aires.

Los aeropuertos no son sitios inspiradores para escribir, no para mí, aunque en ellos suceden comportamientos extraordinariamente interesantes para mirarlos y comprender un poco la naturaleza humana en algunas de sus facetas, ligadas a la soledad en una muchedumbre de movimiento incesante, a los hábitos tecnológicos, a la estética, en fin.

Estas páginas habrán de escribirse inicialmente donde sea posible. Las menos de las veces en una pantalla, creo, y las más, en alguno de los pequeños cuadernos de papel que preparé como compañía.

¡Bienvenidas, bienvenidos a este Cuaderno! 

UN DÍA CUALQUIERA, EN CUALQUIER ESQUINA

A Iván Ulianov

Era sábado. Faltaban pocos minutos para las nueve de la mañana. Estábamos parados en la lateral del bulevar costero, esperando el semáforo que nos permitiera cruzar la avenida y seguir nuestro camino a la zona hotelera de Manzanillo. Iván aguardaba el cambio de luces y yo repasaba mentalmente mis primeras palabras en la conferencia que daría en instantes. Mi vista se distrajo y me detuvo en el hombre que, desganado y encorvado, ofrecía el periódico a los automovilistas que apenas lo miraban parado en la esquina. La imagen me revolvió las ideas y despertó una oleada de sentimientos. Sin pensarlo le pregunté a mi amigo: ¿imaginas cuántos periódicos debe vender ese hombre para llevar comida a su familia? Si le dieran un peso por cada ejemplar vendido, ¿cuántos necesita para comprar un kilo de frijoles o un litro de leche? No me respondió, o no lo recuerdo. No cabe duda, o algo así, le dije: nosotros tenemos un trabajo privilegiado. Si este señor no vende un periódico probablemente deberá regresar a su casa caminando; nosotros, en cambio, podemos no hacer nada durante la quincena y el salario está seguro, como los bonos y el aguinaldo.

Que sociedades tan desgraciadas e injustas (y ahora peligrosas) que no propiciaron las condiciones educativas y económicas para que la gente, a los 60 o 70 años pueda levantarse tranquilamente de la cama sin la preocupación de que no tiene frijoles o tortillas, ni dinero para dar de comer a los hijos o a sí mismo. Me podrán decir: es gente floja, que no le pone ganas, que no estudió porque no quiso, que vive borracho. Pero las cifras oficiales matizan ese tipo de interpretaciones dictadas por la comodidad: según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, cada noche 52 millones de mexicanos se van a dormir con hambre, y al día siguiente despiertan con hambre 52 millones y unos más.

No pude aguantarme en ese sendero de reflexiones. Ya en la conferencia, ante unos 300 estudiantes, cuando el tema expuesto rozó la problemática social describí la imagen que habíamos visto minutos antes en aquella esquina. Lo hice pausado para mirar a los ojos a aquellos jóvenes -en su gran mayoría- cuando escucharan mis palabras. El silencio fue mayúsculo, las caras de muchos se alteraron; otros muchos pares de ojos se abrieron de par en par. Probablemente, pensé, algunos de ellos, como nosotros, no vemos a los viejos o a los niños que venden periódicos o cualquier mercancía, allí a la vera del camino, mientras manipulamos el celular o pensamos cuándo compraremos el nuevo.