Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

La escuela de mi niñez

Han pasado tres décadas, cierto, pero no recuerdo que en mis años de la escuela primaria los exámenes despertaran especial agitación o paralizaran el resto de las actividades escolares. Eran otros tiempos, y con ello no quiero juzgar que había mayor o menor calidad. Lo que no creo es que hayamos aprendido menos que en el presente.

A diferencia de antaño, en los días en curso las escuelas públicas y privadas aplican constantemente exámenes porque así está dictado. Entre quienes tenemos hijos en la escuela primaria, lo descubrí recién, es tema común escuchar o decir: “ayer fue el examen de español”, “mañana toca matemáticas”. La “cultura evaluadora” que padece la escuela es inocultable, casi motivo de orgullo. En sentido contrario a lo que piensan las voces dominantes, sostengo que es un síntoma de la enfermedad, no de buena salud.

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Página ocho

Dos acontecimientos ensombrecieron hace algunas semanas el panorama en la Universidad de Colima. Cada uno en su dimensión violenta y trágica nos dejó una cauda de sensaciones que corren del pasmo al miedo. La realidad ya nos había despertado violentamente, tiempo atrás, del sueño plácido, del “en Colima no pasa nada”, ahora añorado.

Primero fue la muerte salvaje de una estudiante de bachillerato a manos de dos sujetos drogados, según cuenta la prensa. Víctimas ellos, también, de ese flagelo mundial y mexicano, y que habrán de pagar por un acto irracional y el arrebato impulsivo de instantes que no olvidarán nunca y se repetirán todos los días, encontrando en ello, quizá, el peor castigo. Por supuesto, en el caso de que estemos frente a sujetos normales y con remordimientos en alguna parte de sí mismos.

El otro hecho que nos cimbró apenas unos días después fue la irrupción violenta de policías en el campus Coquimatlán, para disparar a un tipo que huía, miembro de otra corporación policiaca. Una escena impactante para quienes allí estuvieron, lo vivieron o escucharon a pocos metros del lugar. Del suceso sangriento no hablaré. Tampoco de las explicaciones.

Ahora pienso en la pregunta que allí escuché repetidas ocasiones pocas horas después y que luego le formularon al rector en su visita: ¿quién nos garantiza que no volverá a ocurrir? Una pregunta que surge del miedo, de la rabia, de la irritación y la valentía ciudadana.

Pero ¿quién puede garantizar que eso no volverá a ocurrir? ¿Qué o quién puede garantizar que no habrá más hechos violentos contra la ciudadanía, en Colima, en Monterrey, en México? ¿Quién puede garantizar la protección de ciudadanos e instituciones, en sus calles y espacios públicos? Quién puede, cuando el cáncer que carcome a nuestra sociedad avanzó tan letal como sigilosamente en lugares como nuestro Estado. ¿Quién puede garantizar seguridad, si en las policías se enquista también la corrupción y la impunidad?

No, no sé la respuesta ni me propongo averiguarlo. Todos somos responsables, leemos, escuchamos. Tenemos que aguantar, dicen otros. Es probable que casi todos seamos responsables, o muchos. Mis dos hijos, de menos de seis años, no pueden serlo, por ejemplo; ¿o estoy equivocado?

Aceptando que casi todos somos responsables, hay unos más responsables que otros, los que tienen la obligación de proteger a la sociedad, por ejemplo, los que cobran por la tarea, mucho o poco, son más responsables. Así que, por favor, continuemos esta dura batalla llamando a las cosas por su nombre. La lucha no está solo en las calles, también está en nuestras mentes. Desalojemos las mentiras y, tal vez, se haga un espacio pequeño para la valentía y la dignidad.

De “Viaje a Portugal”

De “Viaje a Portugal”

José Saramago ocupa un sitio relevante en mi biblioteca personal, si cabe llamar así a una colección de libros acumulados por quien escribe, sin más criterio que el gusto. De nadie tengo más libros. Todos he leído ya, algunos más de una vez. Hasta hace poco sólo uno estaba pendiente, por alguna extraña razón que todavía no comprendo: “Viaje a Portugal”, el relato íntimo y minucioso por su país. En casa reposaba años atrás, pero siempre se mantuvo en lugar secundario en a lista de lecturas. Otra misteriosa razón me llevó a colocarlo en la mesa de noche en las últimas vacaciones. Allí aguardó algunas semanas hasta que llegó su turno. Quedaron, como testimonio, algunas esquinas doblada y dos o tres tuits.

Una mañana, la misma en que escribo estas líneas muy temprano, con la compañía de pájaros cantando a lo lejos, me descubrí divagando, soñando despierto, imaginando y describiendo mi propio viaje a México, un periplo que iniciaría y terminaría donde empezó y ha de terminar la historia, en el lugar donde nací. Como el escritor luso, saldría con lo indispensable apenas, una colección de cuadernos, una pluma fuente y suficientes cartuchos de tinta.

El viajero y el viaje estaban listos ya. Empezó esa mañana, domingo tal vez. No pude ir muy lejos. Apenas el propio y otro estado pude atravesar. El domingo siguiente estaba de nuevo en casa, en el mismo lugar donde escribí estas notas, escuchando tal vez los mismos pájaros y ladridos, u otros perros y cantos, lo mismo da. Había olvidado, y recordé al instante, que las carreteras y caminos ya tienen dueño, y que la seguridad aconseja viajar solo en alas de la imaginación, o en el más afortunado de los bolsillos, en avión y a sitios resguardados. Como no es el caso, decidí poner punto final a este viaje efímero por un México secuestrado y después, con pesar, cerré el cuaderno.

Página 6

Hace algunas semanas no veo noticias en televisión. Era usual hacerlo al despertar. No sé si me informaba o me desinformaba, lo que sí estoy seguro es que las noticias tenían una buena dosis de parcialidad y pocos ingredientes para la comprensión de lo que sucede en los intestinos de este país y del mundo. Además, confieso que me volvía insensible a ciertos hechos. Ya me resultaba peligrosamente familiar el tren de imágenes que acompañaban las noticias: militares, policías, sicarios, armas, camillas, ambulancias, cadáveres, camionetas baleadas, mujeres llorando.

No sé si me habré perdido algún capítulo novedoso, no sé tampoco si es la actitud más ciudadana que cabía esperar de un profesor que coordina un curso optativo que, coincidentemente, se llama “Formación ciudadana”. No sé si he cometido un pecado ciudadano, pues, pero mis deberes como tal no los dejo de cumplir, ni he perdido la capacidad de seguir creyendo que me gustaría ver noticias con otro contenido, y que eso sucede, si el día llega, porque el mundo se ha vuelto más habitable para todos, para que quienes tienen mucho dinero no se preocupen porque los pueden secuestrar, a ellos o a sus hijos, y para que no haya otros cuantos –cientos de millones en el mundo- que padecen pobreza y hambre. Eso me gustaría, pero intuyo que faltan algunos veranos y sobran algunos malosos.

Un día Mariana me dijo: papá, ya no quiero ver noticias porque sueño feo. Desde entonces ella no ve noticias a mi lado y yo duermo tranquilo. El mundo no será el paraíso con la tele apagada, pero tampoco mejorará si sólo aguardamos el siguiente noticiero o el próximo partido de fútbol.

Cinismos vemos…

La publicación de un reporte sobre la educación media superior mexicana que, entre paréntesis, no dice nada que no sepamos, generó una reacción oficial rayana entre el cinismo y la genuina ignorancia, que por genuina no deja de ser irresponsable y, por ignorante, de no deja de ser condenable. Del cinismo ya cada uno saque conclusiones.

El reporte que, puestos a dudar, pudo no leer el subsecretario de Educación Media Superior antes de descalificarlo, expresa verdades viejas, y eso que, hay que decirlo, no fue redactado por intrigosos movimientos o intelectuales de izquierda, sino por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.

El subsecretario, da lo mismo si se apellida Martínez o González, dijo: no es cierto que millones de jóvenes estén marginados de la vida. No hay que ser pesimistas, alentó. Y sus argumentos, rebosando inteligencia, deslumbran: no son 20 millones, dijo, son 19 millones y 275 mil jóvenes entre 15 y 19 años. No están marginados de la vida por no haber estudiado, dijo, sólo verán disminuidas sus expectativas. No están condenados a la marginalidad, pues para ellos habrá empleos en el subempleo, en el comercio informal, en la precariedad, en la ausencia de prestaciones laborales…

Están condenados a exclusión social, pero siguen vivos. No seamos pesimistas, es la invitación. Sólo le faltó agregar que los mexicanos somos grandes, fuertes y sobreviviremos, que esos 20 millones, que no son 20 millones, probarán la fortaleza de nuestra economía y la templanza de nuestro espíritu.

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