Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Derecho a soñar

A veces encuentro pocas razones para reír. Hoy es uno de esos días. No es que esté especialmente pesimista. Tampoco me sucedió algo extraordinario. Si acaso, un leve golpe de realidad. Y es que los hechos no dejan de recordarme que el mundo sigue siendo un desmedido cúmulo de imperfecciones, casi todas inadmisibles, algunas vergonzosas. Cómo dejar de lado la epidemia de violencia y la sigilosa forma en que se va alojando en nuestra cabeza, vestida de indiferencia, otras veces de resignación, algunas más de temor. No creo que siendo un humano –bien o mal nacido, que jamás entendí la diferencia- se pueda ser inmune a los problemas del hambre y la miseria, que se enseñorea con más millones que nunca en nuestro país, con cientos de millones en el mundo, cuando, paradójicamente, el mundo produce más riqueza. No creo que se pueda ser indiferente a las gravísimas muestras de intolerancia entre los políticos y los partidos, actitud que conduce al conflicto, a veces a la violencia, siempre al menosprecio, al franco desprecio. No creo que podamos, que debamos ser insensibles ante las violaciones a los derechos humanos, cotidianas en casi todas partes. Las violaciones a todos los derechos son graves, sin duda, pero unas me resultan más dolorosas. Ser excluido de la escuela, no tener un bocado dos o tres veces al día, vivir en el desamparo laboral o sanitario son todas inaceptables. No sé si hay grados entre ellos, pero tiene razón Eduardo Galeano; hay un derecho que no figura en ninguna declaración: el derecho a soñar. Y es verdad, digo, porque sin ese derecho, sin la posibilidad efectiva de seguir soñando, entonces tiene poco sentido despertar cada día, quitarse el hambre o asistir a la escuela. Es el derecho a soñar uno de los rasgos que nos distinguen de los otros animales. Soñamos, entonces existimos. Restituyamos el derecho a soñar o, por lo menos, soñemos con el derecho a soñar para todas y todos.

La generosidad bancaria

Generosos como son los bancos mexicanos me ofrecen una ganga que no dudé un segundo en responder y unas horas en compartir en estas páginas.

Resulta que los señores del banco, Banamex, para ser precisos, me regalaron la oportunidad de un préstamo rápido y sencillo, gracias a mi eficiente manejo de la tarjeta de crédito. Me informan que ya tengo un crédito aprobado hasta por 157 mil pesos. Con emoción, casi lágrimas en los ojos, saqué mi vieja calculadora (algún lector, lectora desprevenido y muy joven dirá: eso qué es) e hice cuentas.

Los 157 mil pesos puedo pagarlos en mensualidades accesibles, dice la bonita publicidad. Solo 53 pesos por cada mil pesos, si pago en 24 meses; 39.76 pesos pagando en 36 meses, y apenas 33.16 en 48 meses, sin IVA, claro, ni la comisión por apertura y su IVA, claro, claro.

En otras palabras, dice mi calculadora (bueno, exactamente no dice nada), si cubro mi deuda en 24 meses tendré que pagar por 157 mil pesos (remember: sin IVA de intereses), solo 199,704  pesos. Si lo hago en 36 meses, entonces ya son 224 mil pesos, y en 48 meses la módica suma de 249,893 pesos. O sea, en cuatro años nada más les daré por la ganga 100 mil pesos.

¡Qué barato! dije (bueno, exactamente no fue eso, pero como en estas páginas no acostumbro usar palabras altisonantes). La publicidad ya está en el bote de basura, y mi esperanza intacta, en espera de nuevas ofertas de estos que piensan en mí.

Cuando leer es fuente de placer

Tengo sobre mi desordenado escritorio en casa, libros, tarjetas, documentos, manuscritos, borradores. El desorden, sin embargo, no me distrae ni me inquieta. Después de todo, en el desorden hay alguna armonía. Entre los libros, ahora tres sobresalen: “44 cartas desde el mundo líquido”, de Zygmunt Bauman; “La vía para el futuro de la humanidad”, de Edgar Morin y “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”, de Eduardo Galeano. Los tres autores, de un tiempo a la fecha, sonparte indispensable de mi bibliografía personal. Los respeto, admiro y abrevo con frecuencia.

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Maestros memorables de bachillerato

Estudié en el Bachillerato 13 de la Universidad de Colima, al inicio de la década de los ochenta. Entonces se ubicaba en el campus central, primero donde hoy están las facultades de Contabilidad y Mercadotecnia, más tarde en las instalaciones que compartíamos con el Bachillerato 1. Poco después, el “13” se fue a Cuauhtémoc y culminó esa historia de una de las mejores escuelas de la Universidad; a juzgar por sus maestros.

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¿Feliz navidad?

Uno de los dos cilindros de gas se agotó la semana anterior. En mi agenda de tareas domésticas anoté el pendiente. La vorágine de los días previos me hizo olvidar el asunto. Hoy, en el inicio de los vacaciones, la música que acompaña al camión repartidor inundó las calles aledañas y lo recordé. Salí a la esquina para esperarlo, dispuesto a tachar de una buena vez el pendiente y continuar las actividades. Uno, le dije, y solícito acercó su camión. Luego de las maniobras mecánicas que hace magistralmente para bajar y subir el tanque, fruto de miles de veces repetida, el nuevo cilindro estaba en su lugar y el viejo en la calle, a punto de instalarse en  el camión. Con el intercambio que sostuvimos mientras buscaba las monedas que debía regresarme, dos palabras, feliz navidad, me golpearon en la cabeza. ¿Feliz navidad?

No sé qué resorte misterioso impulsó una pregunta que no pude controlar y que era inimaginable cinco minutos antes: ¿cuántos cilindros vendes al día? Depende, me respondió, si me va bien todos, 35, si no, 20 o 25. Vino enseguida, ya sin cuestión de por medio, una prolija y, en principio, desconcertante explicación de la situación laboral en su gremio. Me contó, en resumen, la indigna forma de explotación que sufren, agravada por pésimo pago y arbitrariedades inadmisibles. No usó dichas palabras, pero no hacía falta. En pocas palabras despertó mi solidaria indignación: trabajan a destajo; cinco pesos por cilindro, calculé mentalmente, si le va bien, equivale a 175 pesos. Eso gana el repartidor por una jornada laboral que puede durar todas las horas de sol a sol. Con prestaciones que se les regatean al capricho de los patrones que, dijo con molestia e ironía, siguen ganando lo mismo aunque no vendamos.

¿Feliz navidad? ¿Feliz navidad para quiénes?

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