Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Hasta siempre, maestro!

Me gusta recordar a los grandes maestros, siempre.  A los maestros, maestras que son inspiración, luz, esperanza. Y hoy en México es un día especial para ello, pues se festeja el día del maestro. Por eso quiero compartir un fragmento dedicado a un educador entrañable, a Paulo Freire.

 

Menuda estampa nordestina,
hombre humano hombre-honesto hombre al día,
al compás de cada tiempo y lugar históricos,
al ritmo de los hombres y mujeres reales,
de todas partes y de todos los días.
Como el sol del sertâo pernambucano,
lo iluminaste todo.

Abriste entonces con los demás los nuevos cauces
a una educación como práctica de la libertad,
a la pedagogía liberadora,
reproductora de hombres, no del sistema,
funcional a los hombres, no al mercado;
… liberación interior del hombre,
liberación del hombre en relación,
con los otros y la naturaleza.

Pedagogía del oprimido, de los nadie, de los excluidos,
subversiva, por supuesto, y armada, para colmo,
con el arma nuclear e incontrastable de la conciencia.
Por eso tus libros fueron a la hoguera de la dictadura.

Te saludamos de nuevo hoy
con un Até, maestro Paulo Freire!
Hasta siempre, educador entrañable,
nos seguiremos viendo!

Carlos Falaschi, fragmento de Até mais, maestro!

 

 

Día del libro

23 de abril, Día Internacional del Libro. Del libro y del derecho de autor, agregan algunos medios. Extraños y hasta peligrosos como suelen ser algunos de esos artefactos (recuérdese “¡Indígnate!”, de Sthépane Hessel, de profunda influencia en el movimiento europeo que de allí tomó su nombre), no gozan de la popularidad del día de la amistad, el compadre o la comadre, el maestro y, ya no se diga, del niño o de la madre. En la fecha se suele escribir mucho y recordar las cifras sobre nuestro promedio de lectura. Como vivimos en un país singular, donde no se necesita leer libros para llegar al sitio más alto de lo que sea, nos toca el infortunio de que leemos poco, que nuestros promedios son raquíticos y nos avergüenzan o que, como en todas las cosas de la educación, la culpa es de la alguna vez profesora Gordillo.

En mi caso, no creo en los promedios. Si en este país nuestro hay cerca de seis millones de analfabetos (poco más de cinco, dirán las cifras oficiales), ellos no leyeron un solo libro en el año o en su vida, mientras otros seis millones o más disfrutaron los que les tocaban en aquel reparto ficticio. Tengo varios amigos que pueden leer 15 o 20 libros en una semana. Cada uno, entonces, lee en una semana los que debieran leer otras cuatro o siete personas en un año. Los promedios en lectura esconden una injusta distribución del derecho a disfrutarla.

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Inolvidables primeras veces

1

Me pregunto dónde y cómo vamos perdiendo la curiosidad. ¿La perdemos o solo se esconde por allí, entre algunas de nuestras capas y etapas? Dicen que los bebés y los niños son capaces de reírse cientos de veces por día, mientras los adultos ya somos incapaces. Y al extraviarlas vamos congelando gestos y engrosando las venas por donde transita nuestra vitalidad.

 

2

Hay primeras veces que no olvidamos jamás. Cada uno sabe cuáles, en qué ámbitos y elabora su jerarquía. O no, o nada. De poca memoria y no grandiosa sensibilidad, he sido consciente de la primera caminata entre mi hijo y yo. Solo el acontecimiento me resultó estimulante, además de inédito, como queda claro. Fue hace unos días cuando tuvimos la oportunidad de caminar no sé cuánta distancia. Tal vez dos kilómetros, a la orilla de la playa, escabulléndonos de las olas. Allí íbamos, un padre y un hijo tomados de sus manos. El infante, con enorme determinación, indicando a dónde debíamos llegar. El padre miraba el punto de arranque y calculaba que si cumplíamos la meta, heroica a todas luces, tardaríamos un par de horas y con final impronosticable. Emprender la larga caminata, larga, dicho sea, por la estatura del menor y por nunca recorrida, fue un acontecimiento único, pero más inolvidable que lo hiciéramos en animada conversación –si dicho término puede aplicarse-, solo interrumpida por el nene cuando sus emociones lo asaltaban y volteaba para contarme sus descubrimientos. El motivo de casi todos sus sorprendidos gestos eran los hoyos en la arena, o un pedazo de cualquier basura. Cuando sucedía, me soltaba decidido, se inclinaba y lo miraba, hurgando, buscando descifrarlo o cómo taparlo. Una curiosidad inusitada para un adulto: un niño que una y otra vez, diez o quince veces se agacha sobre sus pies y aprecia sorprendido un nuevo hoyo, en nada distinto –a los ojos del adulto- a los 5, 7 o 9 anteriores. A mí me sorprendía su sorpresa, más que el hoyo, y sus enormes ojos abiertos que miraban los míos para confiarme su hallazgo. Mira papá, un hoyo, decía. Supongo que un adulto normal, normalmente desprovisto del sentido de la curiosidad ni vería los hoyos a su paso, ni siquiera por dónde sus pasos andan. Y entonces se perdería de lo que podría encontrar, o se perdería, nada más.

Dónde se extravió la curiosidad, esa virtud que los adultos dejamos como una de las primeras pieles, que hace a un niño descubrir en la playa un cacharro inservible o una caracola bellísima. Dónde. No lo sé, en todo caso, al extraviarla nos despojamos de la posibilidad de un maravilloso descubrimiento cotidiano acechándonos a cada nuevo paso. Así en la playa, en la primera caminata con tu hijo, como en la vida misma, solo durante el resto de la vida.

 

3

Cuando finalizaba estas líneas unos versos de Juan Gelmán me esperaban en “Violín y otras cuestiones”:

Especialmente ando preocupado

por el tiempo, la vida, otras cositas como ser

morir sin haberse alcanzado a sí mismo.

Mis lecturas

La experiencia lectora de cada uno es singular e intransferible. Es una perogrullada, reconozco. Pasada la escuela obligatoria leemos lo que deseamos, eludimos ciertos materiales y autores, la hacemos como nos place, la sufrimos o gozamos. Como aquella canción de Serrat: cada uno es como es, cada quien es cada cual. En la vida y en la lectura.

Me gusta leer textos a los estudiantes de pedagogía que asisten a los cursos que imparto; trozos breves, en forma ocasional, escogidos para provocar alguna reflexión y despertar inquietudes, para reforzar intereses, o sin intención, si es que ello existe. Por sus comentarios, tiempo después, sin calificación de por medio, creo que con algunos estudiantes cumplo el objetivo.

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Cada nuevo día

Entre tanto suicida y tanto loco, la naturaleza, sabia como nadie, también nos proveyó de buenos hombres y mujeres, de genios,  soñadores, rebeldes, de mujeres y hombres corrientes que hacen de la vida, a pesar de tanta desgracia, un sitio del cual uno no puede irse sino hasta cumplir el cometido. Inconforme con casi todo, me consuelo con poco, porque lo esencial se reduce a una cuantas cosas, salvadas las necesidades básicas. Por supuesto, no me refiere a las materiales: una gran mansión, al coche más lujoso y nuevo, al salario más alto, a la ropa de moda, al celular más sofisticado. Quiero referirme a otras, a aquellas pequeñas cosas que hacen de cada día una nueva oportunidad.  Aludo a los detalles, fugaces casi siempre que, sin el brillo del dinero, provocan el destello de las sonrisas y la genuina alegría de los corazones o los espíritus: las risas de un niño, de una niña, el aliento frente a la derrota, la mano para ayudar en la caída, un beso, un hombro donde reposa el cansancio, una mirada, una conversación íntima, la esperanza de un nuevo día para intentarlo otra vez. Por eso me gusta hacer un pequeño homenaje a cada día, porque algo deja, algo lo vuelve entrañable. Cada una, cada uno lo responderá a su modo. En mi caso, ahora les comparto el júbilo de saber que, sin esperarlo, apareció una nueva novela de José Saramago, antigua ya, en realidad; la segunda que habría escrito en su entonces moza vida. Claraboya, se llama. Llegará a México, a Colima, más temprano que tarde y, entonces, el escritor portugués volverá sobre sus pasos, o los míos sobre los de él, mejor dicho,  y sentiré que de nuevo lo leo mientras me mira, o que lo leo mientras le miro, con sus ojos vitales y su sonrisa complacida. Gracias, Don José, por este día.