Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

¿Feliz navidad?

Uno de los dos cilindros de gas se agotó la semana anterior. En mi agenda de tareas domésticas anoté el pendiente. La vorágine de los días previos me hizo olvidar el asunto. Hoy, en el inicio de los vacaciones, la música que acompaña al camión repartidor inundó las calles aledañas y lo recordé. Salí a la esquina para esperarlo, dispuesto a tachar de una buena vez el pendiente y continuar las actividades. Uno, le dije, y solícito acercó su camión. Luego de las maniobras mecánicas que hace magistralmente para bajar y subir el tanque, fruto de miles de veces repetida, el nuevo cilindro estaba en su lugar y el viejo en la calle, a punto de instalarse en  el camión. Con el intercambio que sostuvimos mientras buscaba las monedas que debía regresarme, dos palabras, feliz navidad, me golpearon en la cabeza. ¿Feliz navidad?

No sé qué resorte misterioso impulsó una pregunta que no pude controlar y que era inimaginable cinco minutos antes: ¿cuántos cilindros vendes al día? Depende, me respondió, si me va bien todos, 35, si no, 20 o 25. Vino enseguida, ya sin cuestión de por medio, una prolija y, en principio, desconcertante explicación de la situación laboral en su gremio. Me contó, en resumen, la indigna forma de explotación que sufren, agravada por pésimo pago y arbitrariedades inadmisibles. No usó dichas palabras, pero no hacía falta. En pocas palabras despertó mi solidaria indignación: trabajan a destajo; cinco pesos por cilindro, calculé mentalmente, si le va bien, equivale a 175 pesos. Eso gana el repartidor por una jornada laboral que puede durar todas las horas de sol a sol. Con prestaciones que se les regatean al capricho de los patrones que, dijo con molestia e ironía, siguen ganando lo mismo aunque no vendamos.

¿Feliz navidad? ¿Feliz navidad para quiénes?

Fin al receso involuntario

Hace cuatro semanas no salía a correr, como hice habitualmente a lo largo del año, en Colima o donde estuviera. Hoy volví a la unidad deportiva a donde acudo por las mañanas. Tres razones me impulsaron: el inicio de las vacaciones, el alta que me receté luego de un severo cuadro gripal y el encuentro con las páginas de Haruki Murakami y su relato autobiográfico De qué hablo cuando hablo de correr. La primera y la tercera son poderosas razones, ineludibles e inspiradoras. El ejemplo del atleta y novelista japonés me obligó de forma gratamente inesperada. Con la segunda pude sobrevivir en la pista de atletismo, a pesar del frío (sic) colimense, pero faltaban otros alicientes que por fin pudieron reunirse.

El viento fresco de la mañana, el tímido sol, la tranquilidad de una vacía agenda personal, los rostros familiares de los corredores de distintas edades, pero sobre todo la postergada conversación que aguardaba en mí, me regalaron un relajante ejercicio y la oportunidad, reprimida involuntariamente, de regresarle las palabras a la pluma fuente para escribir estas pocas líneas que aquí se despiden.

Si todo está zanjado, como anhelo, habrá concluido esta insoportable huelga de las palabras, por lo menos el resto del año.

Brevísimas

1

Hoy domingo, enfadado y sin mucho interés, empecé a leer un libro  recientemente adquirido. Se llama «Gente tóxica. Las personas que nos complican la vida y cómo evitar que sigan haciéndolo».  Su autor es Bernardo Stamateas, argentino, psicólogo, terapeuta y sexólogo. Lo conocí por sus intervenciones en el programa futbolístico «Atlas, la otra pasión», la historia presente del autodenominado «peor equipo del mundo». Creí que algo interesante tendría. En las primeras páginas encontré una razón suficiente para decir que valió la pena. De allí desprendí un breve texto que forma el siguiente mini párrafo, y que me gustaría colocar en el ingreso a mi oficina, al cubículo que visito tres días por semana, a la casa donde habito; ya lo puse en el muro del facebook y ahora lo comparto aquí, para que quienes caigan en alguna de las categorías se abstengan de dar un paso, o un centímetro adentro, para que nos evitemos, ambos, el mal rato.

Estrictamente prohibida la entrada a chismosos, envidiosos, autoritarios, psicópatas, orgullosos, mediocres… a la gente «tóxica».

2

Cuando me preguntan «¿qué lees?», suelo recitar más de un libro. No es presunción, es defecto y desorganización. Al listar los títulos del momento y explicar, por ejemplo, que «La torre elevada» es la historia de Al-qaeda antes del 11 de septiembre, la gente me mira como buscando algo extraño en mi perfil, tal vez hurgando si tengo intenciones de reventar un edificio o tumbar una torre.

Nada, digo, quiero entender algunos comportamientos humanos.

La gente se va dudando. Yo encojo los hombros y sigo.

Una aventura en la radio

Hace un par de horas grabé mi participación para el noticiero radiofónico de “Ángel guardián”. No me había percatado, pero constatarlo me alegró inusitadamente: se trata de la vigésima cápsula de dos minutos, que se graba hoy, lunes, y se transmite durante el noticiero matutino de mañana. Son más de 40 semanas las transcurridas desde que inicié mi colaboración; me gustaría decir: “40 semanas ininterrumpidas”, pero una agenda laboral complicada imposibilitó cumplir en una ocasión. Por lo demás, estuve y pretendo continuar hasta que ellos, en la cadena, o yo, decidamos que no voy más.

No sé cuál es el efecto de mi participación. Marginal entre los radioescuchas, por supuesto, pero trascendente en mi incipiente ejercicio periodístico, por varias razones: porque nunca había hecho actividad semejante, porque me obliga a la disciplina de lectura y escritura, porque me fuerza a escribir una colaboración que (en mi opinión) pueda resultar de interés para un público que imagino heterogéneo, porque cada grabación es un desafío que no deja de atemorizarme y desafiarme.

Las razones escritas, y algunas otras, se compendian en una: el privilegio de la oportunidad cotidiana para nuevos aprendizajes, nuevos retos y motivos para oponer esperanzas y convicciones contra las realidades que uno, desde su humilde espacio, pretende que sean distintas; en el caso de quien escribe, como sabrán algunos, en el campo siempre cuestionado y siempre ilusionante de la educación. No intento decir, en modo alguno, que desde una cabina de radio, grabando una pequeña cápsula de dos minutos cada quince días, estoy en camino de una cruzada, aunque me tienta la idea. Quiero decir, nada más, que estas pequeñas victorias de la persistencia son un aliciente para la revitalización de esfuerzos y rumbos.

No sé cuánto tiempo habrá de durarme este lujo de participar con una opinión de 120 segundos, pero sé con claridad, en cambio, que cuando no experimente estas emociones, ese día habrá llegado el momento de cerrar la carpeta correspondiente en mi computadora, agradecer la gentileza de toda la gente que saludo en la estación de radio: el portero que me atiende siempre con una sonrisa, la señorita que me formula siempre la pregunta de si voy a grabar, los jóvenes profesionales que solícitos graban mi participación. Cuando eso sucede, cuando no tenga razones vitales para continuar esta aventura, ese día agradeceré y luego extrañaré de vez en vez. Mientras llega la hora, que no estoy seguro si ha de llegar, disfrutaré los lunes de cada quince días. Como hago ahora cuando pongo punto final a estas líneas.

La escuela de mi niñez

Han pasado tres décadas, cierto, pero no recuerdo que en mis años de la escuela primaria los exámenes despertaran especial agitación o paralizaran el resto de las actividades escolares. Eran otros tiempos, y con ello no quiero juzgar que había mayor o menor calidad. Lo que no creo es que hayamos aprendido menos que en el presente.

A diferencia de antaño, en los días en curso las escuelas públicas y privadas aplican constantemente exámenes porque así está dictado. Entre quienes tenemos hijos en la escuela primaria, lo descubrí recién, es tema común escuchar o decir: “ayer fue el examen de español”, “mañana toca matemáticas”. La “cultura evaluadora” que padece la escuela es inocultable, casi motivo de orgullo. En sentido contrario a lo que piensan las voces dominantes, sostengo que es un síntoma de la enfermedad, no de buena salud.

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