Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Fin al receso involuntario

Hace cuatro semanas no salía a correr, como hice habitualmente a lo largo del año, en Colima o donde estuviera. Hoy volví a la unidad deportiva a donde acudo por las mañanas. Tres razones me impulsaron: el inicio de las vacaciones, el alta que me receté luego de un severo cuadro gripal y el encuentro con las páginas de Haruki Murakami y su relato autobiográfico De qué hablo cuando hablo de correr. La primera y la tercera son poderosas razones, ineludibles e inspiradoras. El ejemplo del atleta y novelista japonés me obligó de forma gratamente inesperada. Con la segunda pude sobrevivir en la pista de atletismo, a pesar del frío (sic) colimense, pero faltaban otros alicientes que por fin pudieron reunirse.

El viento fresco de la mañana, el tímido sol, la tranquilidad de una vacía agenda personal, los rostros familiares de los corredores de distintas edades, pero sobre todo la postergada conversación que aguardaba en mí, me regalaron un relajante ejercicio y la oportunidad, reprimida involuntariamente, de regresarle las palabras a la pluma fuente para escribir estas pocas líneas que aquí se despiden.

Si todo está zanjado, como anhelo, habrá concluido esta insoportable huelga de las palabras, por lo menos el resto del año.

Brevísimas

1

Hoy domingo, enfadado y sin mucho interés, empecé a leer un libro  recientemente adquirido. Se llama “Gente tóxica. Las personas que nos complican la vida y cómo evitar que sigan haciéndolo”.  Su autor es Bernardo Stamateas, argentino, psicólogo, terapeuta y sexólogo. Lo conocí por sus intervenciones en el programa futbolístico “Atlas, la otra pasión”, la historia presente del autodenominado “peor equipo del mundo”. Creí que algo interesante tendría. En las primeras páginas encontré una razón suficiente para decir que valió la pena. De allí desprendí un breve texto que forma el siguiente mini párrafo, y que me gustaría colocar en el ingreso a mi oficina, al cubículo que visito tres días por semana, a la casa donde habito; ya lo puse en el muro del facebook y ahora lo comparto aquí, para que quienes caigan en alguna de las categorías se abstengan de dar un paso, o un centímetro adentro, para que nos evitemos, ambos, el mal rato.

Estrictamente prohibida la entrada a chismosos, envidiosos, autoritarios, psicópatas, orgullosos, mediocres… a la gente “tóxica”.

2

Cuando me preguntan “¿qué lees?”, suelo recitar más de un libro. No es presunción, es defecto y desorganización. Al listar los títulos del momento y explicar, por ejemplo, que “La torre elevada” es la historia de Al-qaeda antes del 11 de septiembre, la gente me mira como buscando algo extraño en mi perfil, tal vez hurgando si tengo intenciones de reventar un edificio o tumbar una torre.

Nada, digo, quiero entender algunos comportamientos humanos.

La gente se va dudando. Yo encojo los hombros y sigo.

Una aventura en la radio

Hace un par de horas grabé mi participación para el noticiero radiofónico de “Ángel guardián”. No me había percatado, pero constatarlo me alegró inusitadamente: se trata de la vigésima cápsula de dos minutos, que se graba hoy, lunes, y se transmite durante el noticiero matutino de mañana. Son más de 40 semanas las transcurridas desde que inicié mi colaboración; me gustaría decir: “40 semanas ininterrumpidas”, pero una agenda laboral complicada imposibilitó cumplir en una ocasión. Por lo demás, estuve y pretendo continuar hasta que ellos, en la cadena, o yo, decidamos que no voy más.

No sé cuál es el efecto de mi participación. Marginal entre los radioescuchas, por supuesto, pero trascendente en mi incipiente ejercicio periodístico, por varias razones: porque nunca había hecho actividad semejante, porque me obliga a la disciplina de lectura y escritura, porque me fuerza a escribir una colaboración que (en mi opinión) pueda resultar de interés para un público que imagino heterogéneo, porque cada grabación es un desafío que no deja de atemorizarme y desafiarme.

Las razones escritas, y algunas otras, se compendian en una: el privilegio de la oportunidad cotidiana para nuevos aprendizajes, nuevos retos y motivos para oponer esperanzas y convicciones contra las realidades que uno, desde su humilde espacio, pretende que sean distintas; en el caso de quien escribe, como sabrán algunos, en el campo siempre cuestionado y siempre ilusionante de la educación. No intento decir, en modo alguno, que desde una cabina de radio, grabando una pequeña cápsula de dos minutos cada quince días, estoy en camino de una cruzada, aunque me tienta la idea. Quiero decir, nada más, que estas pequeñas victorias de la persistencia son un aliciente para la revitalización de esfuerzos y rumbos.

No sé cuánto tiempo habrá de durarme este lujo de participar con una opinión de 120 segundos, pero sé con claridad, en cambio, que cuando no experimente estas emociones, ese día habrá llegado el momento de cerrar la carpeta correspondiente en mi computadora, agradecer la gentileza de toda la gente que saludo en la estación de radio: el portero que me atiende siempre con una sonrisa, la señorita que me formula siempre la pregunta de si voy a grabar, los jóvenes profesionales que solícitos graban mi participación. Cuando eso sucede, cuando no tenga razones vitales para continuar esta aventura, ese día agradeceré y luego extrañaré de vez en vez. Mientras llega la hora, que no estoy seguro si ha de llegar, disfrutaré los lunes de cada quince días. Como hago ahora cuando pongo punto final a estas líneas.

La escuela de mi niñez

Han pasado tres décadas, cierto, pero no recuerdo que en mis años de la escuela primaria los exámenes despertaran especial agitación o paralizaran el resto de las actividades escolares. Eran otros tiempos, y con ello no quiero juzgar que había mayor o menor calidad. Lo que no creo es que hayamos aprendido menos que en el presente.

A diferencia de antaño, en los días en curso las escuelas públicas y privadas aplican constantemente exámenes porque así está dictado. Entre quienes tenemos hijos en la escuela primaria, lo descubrí recién, es tema común escuchar o decir: “ayer fue el examen de español”, “mañana toca matemáticas”. La “cultura evaluadora” que padece la escuela es inocultable, casi motivo de orgullo. En sentido contrario a lo que piensan las voces dominantes, sostengo que es un síntoma de la enfermedad, no de buena salud.

Leer más…

Página ocho

Dos acontecimientos ensombrecieron hace algunas semanas el panorama en la Universidad de Colima. Cada uno en su dimensión violenta y trágica nos dejó una cauda de sensaciones que corren del pasmo al miedo. La realidad ya nos había despertado violentamente, tiempo atrás, del sueño plácido, del “en Colima no pasa nada”, ahora añorado.

Primero fue la muerte salvaje de una estudiante de bachillerato a manos de dos sujetos drogados, según cuenta la prensa. Víctimas ellos, también, de ese flagelo mundial y mexicano, y que habrán de pagar por un acto irracional y el arrebato impulsivo de instantes que no olvidarán nunca y se repetirán todos los días, encontrando en ello, quizá, el peor castigo. Por supuesto, en el caso de que estemos frente a sujetos normales y con remordimientos en alguna parte de sí mismos.

El otro hecho que nos cimbró apenas unos días después fue la irrupción violenta de policías en el campus Coquimatlán, para disparar a un tipo que huía, miembro de otra corporación policiaca. Una escena impactante para quienes allí estuvieron, lo vivieron o escucharon a pocos metros del lugar. Del suceso sangriento no hablaré. Tampoco de las explicaciones.

Ahora pienso en la pregunta que allí escuché repetidas ocasiones pocas horas después y que luego le formularon al rector en su visita: ¿quién nos garantiza que no volverá a ocurrir? Una pregunta que surge del miedo, de la rabia, de la irritación y la valentía ciudadana.

Pero ¿quién puede garantizar que eso no volverá a ocurrir? ¿Qué o quién puede garantizar que no habrá más hechos violentos contra la ciudadanía, en Colima, en Monterrey, en México? ¿Quién puede garantizar la protección de ciudadanos e instituciones, en sus calles y espacios públicos? Quién puede, cuando el cáncer que carcome a nuestra sociedad avanzó tan letal como sigilosamente en lugares como nuestro Estado. ¿Quién puede garantizar seguridad, si en las policías se enquista también la corrupción y la impunidad?

No, no sé la respuesta ni me propongo averiguarlo. Todos somos responsables, leemos, escuchamos. Tenemos que aguantar, dicen otros. Es probable que casi todos seamos responsables, o muchos. Mis dos hijos, de menos de seis años, no pueden serlo, por ejemplo; ¿o estoy equivocado?

Aceptando que casi todos somos responsables, hay unos más responsables que otros, los que tienen la obligación de proteger a la sociedad, por ejemplo, los que cobran por la tarea, mucho o poco, son más responsables. Así que, por favor, continuemos esta dura batalla llamando a las cosas por su nombre. La lucha no está solo en las calles, también está en nuestras mentes. Desalojemos las mentiras y, tal vez, se haga un espacio pequeño para la valentía y la dignidad.

Página 48 de 50« Primera...102030...4647484950