Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Hallazgos maravillosos: siempre Galeano

Hace cinco años, en un viajecito a Uruguay, tomé el autobús para pasear unas horas en el paraíso de Punta del Este. Anduve de aquí para allá, pisando las arenas de la playa solitaria y apenas recorrida por otros transeúntes extraviados al mediodía; caminé las amplias avenidas y me detuve solo lo indispensable, guarecido del sol con un jipijapa ecuatoriano. Así llegué a la librería El virrey. Una tradición uruguaya que desconocía. Entré maravillado y casi deslumbrado con la cantidad impresionante de libros en el local pequeñito. Hurgué sin rumbo ni intención, esperando que algún libro me guiñara. Compré un texto de Walter Pernas sobre Pepe Mújica, la mejor biografía que he leído sobre el expresidente, y luego, como un rayo, recordé que había leído poco antes la noticia de un nuevo libro sobre los sueños de Helena Villagra, la mujer de Eduardo Galeano. No tenía muchos datos, así que interrumpí con respeto a la librera, ocupada en sus quehaceres, y le pregunté por aquella obra que tal vez habría leído en La Jornada o en Página 12.

-¿Nuevo libro de Eduardo? Respondió en tono interrogativo la señora.

-No, no lo conozco.

-Sí, sí, un libro nuevo, basado en su mujer, o un homenaje a su mujer; eso leí.

-Pues no, me replicó, no lo tengo, pero permítame hacer una llamada.

La hizo. Y la respuesta al otro lado de la línea fue descorazonadora.

-No, señor, no existe nuevo libro de Eduardo; lo tendríamos. Es amigo nuestro.

-Muchas gracias, dije. Pagué y salí con mi bolsa.

En el camino hacia la playa me atravesaron dudas. ¿Lo imaginé o lo leí? Giré el pensamiento y la mirada. El horizonte marino me secuestró. Detuve los pasos en el primer bar, pedí una copa de vino tinto y el menú. La historia se guardó en el baúl de la memoria dubitativa.

El domingo pasado mis hijos me pidieron salir a la plaza para brincar, ese extraño pasatiempo, ¡brincar!, por el que nadie en su sano juicio pagaría en mi pueblo hace 40 años. Obligado porque pasan vacaciones en casa, no pude negarme. Salí con la novela de turno y la mejor actitud posible. Ellos entraron al jumping y yo escapé del escándalo para buscar una banca cómoda donde leer. Recordé que allí muy cerca, a pocos pasos, había una librería que no me merece mucho respeto. Con tiempo suficiente para husmear fui nada más que a perder el tiempo. Como en Punta del Este, como es habitual, originalmente no buscaba nada, y a los pocos metros, un libro me lanzó mirada seductora. No pude evadirla: Los sueños de Helena. Eduardo Galeano. Ilustraciones: Isidro Ferrer. Recordé aquella pequeña historia olvidada, lo tomé en las manos y, pese al precio elevadísimo, solo lo dejé en la mesa para pagar. Con ese, encontré otros apreciadísimos. La librería se ganó un respeto que no le tenía, y yo confirmé que aquel libro no era un sueño, que la vieja librera uruguaya no lo conocía porque no estaba aún en su país, pues la edición latinoamericana era más o menos reciente.

El libro sobre Helena y sus sueños todavía no lo leo. Esperaba un momento propicio, una noche como está, fresca, tranquila, cargada de felices sensaciones. Hoy lo leeré, pero antes, quise pasar por mi Cuaderno para contarlo y revivir lindos recuerdos.

 

Las vacaciones y yo

Las vacaciones van mudando con nosotros. Por lo menos es mi caso. En los años que abandonaba la infancia, en el pueblo, lejos de la playa y de la posibilidad de tomar un avión o un autobús, eran momento para conseguirse un trabajito en el campo y ganarse unos pesos. Abonar la milpa o la caña (tarea más pesada y dolorosa) eran las más comunes; sembrar maíz era frecuente, pero menos. Para las ventas no tuve gracia, ni me simpatizaba.

Cuando recuerdo aquellos veranos, o vacaciones cortas, nunca tengo sentimientos de pesar o frustración. Eran buenos tiempos. Y una experiencia formativa indudable. Para tener cien pesos o veinte, había que pasar varias horas caminando y sufriendo el sol a pleno, conversando con los colegas de al lado; ganándoselos con el sudor de la frente, la espalda y todo lo sudable. Esa sensación modera pedir dinero a los padres, y resulta un hábito perenne. Trabajar así era divertido, por la convivencia en el traslado, la hora de la comida o el regreso festivo para pasar el resto del día sin nada más que hacer y la sensación de no tener más urgencia que comer cuando apretara la hora o la madre ordenara.

Luego vinieron las obligaciones. Casi dos años en Ciudad de México le dieron un sabor distinto a volver a casa, aunque ese parteaguas me alejó para siempre. Entonces volvía feliz después de viajar la noche entera. Tampoco había más afán que pasarlo bien.

Durante muchos años las vacaciones eran el momento de leer y leer solo lo que tuviera ganas. Antes que planear a dónde, ordenaba los libros que me proponía asaltar en las dos o tres semanas por delante. No sé si me divertí mucho, pero nunca me aburrí.

Con los hijos la realidad gira radicalmente. Ya no se puede pensar solo en los libros y lo que cada uno quiere para divertirse sin demasiado bullicio ni movimiento. Hay que abrirle hueco a las risas infantiles, a jornadas más largas que la laboral. Y disfrutar todo lo posible la diversión ajena.

Cuando casi todos tienen vacaciones, menos uno, y sí mucho trabajo, la cosa también cambia. Y hay que aprender a manejarlas. En esa materia estoy preparando examen. Ya les contaré cómo resulta.

¿Nos podemos tomar una foto?

Un poco cohibido, otro poco envanecido, me pregunto: por qué al final de una conferencia viene un grupo de personas y piden tomarse una foto; ¿qué las motiva? Después de plantearme la pregunta, digo: ¿por qué no lo preguntaste?, ¿una foto, para qué? El riesgo es evidente: cierto estupor y tal vez arrepentimiento en los interlocutores. ¿Para qué vinimos? Otra diría, o pensaría: les dije que no, que no valía la pena.

No intento más respuestas especulativas, aunque quiero pensar que es un gesto de gratitud, de fugaz afecto, de complicidad con las ideas, de simpatía. Así quiero interpretarlo esta noche, antes de cerrar el capítulo y volver la vista al camino que aguarda, a los proyectos en curso, a los compromisos inapelables, a nuevas tareas incesantes.

El hoy es pasado apenas lo escribo; el mañana espera y quiero alcanzarlo con actitud apropiada.

Ponerse en zapatos ajenos

En Las virtudes del fracaso (México, Ariel, 2018), Charles Pépin relata la iniciativa de Philippe Hayat, jefe de empresa y escritor, quien, en 2007, creó una asociación de cien mil empresarios para charlar en institutos y colegios. En el libro del emprendedor, titulado El futuro al alcance de la mano, se recoge la experiencia de mujeres y hombres que acudieron a las aulas para explicar el oficio de empresario: “empezar por un deseo, por una idea, por una necesidad, encontrar financiación, limitar el riesgo, y luego atreverse, probar suerte”.

El miedo al fracaso es la limitante principal de la juventud, se concluye; cito a Pépin: “Si bien consiguen a veces encender una luz en los ojos de la juventud, chocan con ciertas preguntas recurrentes: ¿Cómo se hace si no se tiene dinero de entrada? ¿Cómo se sabe si la idea es buena? Pero una pregunta acude con mucha más frecuencia que las demás: ¿Y si fracaso?”.

La idea me parece estupenda entre nosotros. Replicable totalmente, sobre todo, si se suman otros oficios, como los políticos profesionales, gobernantes, diputados, periodistas, por citar algunos. Y se enriquecería con un pequeño ajuste a la idea original de Hayat: en lugar de una charla, una jornada completa en un salón, o en varios, como hacen todos los días los maestros.

Los resultados, hipotetizo, serían más que positivos. Si no se consigue la motivación para que los estudiantes se interesen en empezar sus empresas cuando llegue el momento, los empresarios, políticos, gobernantes y demás, podrían sensibilizarse con la situación real, de precariedad en muchísimas escuelas, con las condiciones a veces duras en que laboran los maestros, y la exigencia física y emocional del trabajo pedagógico.

Posiblemente no aterricen extraordinarias cantidades de dinero en el siguiente presupuesto, pero con un poquito de comprensión habríamos dado pasos enormes.

 

Monterrey, Nuevo León

 

¡Cuántas alegrías después de la desgracia pasajera!

La mañana ha sido terrible. Mi viaje de tres horas consumió el doble de tiempo, por accidentes en la carretera y la oscuridad de quienes administran la autopista Colima-Guadalajara, incapaces de prever contingencias y preparar alternativas en situaciones habituales, en una vía tan peligrosa por el tránsito pesado y su nula delicadeza a la hora de conducir monstruos rodantes.

Pasados los malos momentos, en un mar de gente, mientras espero la comida y recargo mi celular, intento cambiar el estado anímico. El compromiso que espera demanda energía y concentración absolutas. Viene a la memoria que esta noche dormiré en un extremo norteño del país, pero que tenía otra invitación para estar, al mismo tiempo, en el contrario, en la bella capital yucateca. El mal humor empieza a mutar. Recreo las razones de ambos viajes; me siento afortunado.

Sí, me siento afortunado y en un extraño rayo de fatuidad digo: cómo me quiero. Sigo: sin ser nada más que un hombre común y corriente, dedicado a su oficio con pasión, he podido viajar a sitios geográficos lejanos en el país y compartir lo que pienso y hago. Y no tengo duda en lo que ahora pienso (posiblemente me arrepentiré cuando lo lea): cada una de las invitaciones son un premio enorme, que me recompensa sin haberlo pretendido, que me motiva y compromete. ¡Solo pudieron venir gracias al trabajo!

Hoy me quiero mucho, no por mí, sino por la suerte de contar con un núcleo amplio de personas que creen en mí, que confían, que, muchas veces sin conocerme, se arriesgaron a invitarme, y luego reincidieron.

Hoy confieso gratitud mientras espero que llamen a un vuelo emergente porque perdí el mío y debo llegar cinco horas más tarde al destino, pasando por una ciudad distinta y distante.

Gracias a Ediciones SM por la confianza en hacerme parte de su ciclo de conferencias 2018, que me llevó primero a Chihuahua y hoy a Monterrey. Gracias también a la Universidad Autónoma de Yucatán, que me hizo parte de un consejo consultivo como miembro externo; no estaré físicamente, pero dedicaré parte de los esfuerzos a rendirles con esfuerzo intelectual y físico durante los próximos dos años.

Gracias a quienes me quieren; no sé cuántos, pero bastan. Y gracias, especialmente, a quienes celebran mis fracasos. No es por ellos, pero también por ellos (y contra ellos) lucho para que sigan sufriendo con las pequeñas victorias que le dan una buena parte del sentido que hoy tiene mi vida profesional. No es un ánimo malévolo lo que me mueve, es un ingrediente extra y prescindible.

Estoy cansado y me esperan otras cuatro horas antes de descansar los pies. Disculpen la fatuidad y tomen estas líneas como un leve delirio provocado por la larga demora.

 

Guadalajara, marzo 8 de 2018.

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