Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Hijos mejores que padres

Era semana de exámenes. Ocurrió algunas lunas atrás. No sé por qué volvió a la memoria hoy, nítida como ayer. Viajábamos Mariana Belén y yo solos en el auto, destino a su escuela. Sin despegar la vista del tráfico, antes de la puesta del sol, interrumpí el silencio sereno: ¿estudiaste para el examen? Sí, me dijo, dubitativa, sin convicción, elusiva. Conozco el tono de sus palabras. La miré los instantes que me permitía el arroyo vehicular y repetí la pregunta como el papá duro a su hija: ¿estudiaste o no? El énfasis y repetición la enfadaron, sin mirarme desenfundó la respuesta más feroz: sí, estudié, pero no sé por qué debemos estudiar para los exámenes; ¿no sé supone que los exámenes sirven para demostrar lo que aprendimos en un bimestre? Siguió: ¡Qué fácil! Algunos no estudian todo el bimestre y una tarde antes se ponen a estudiar, memorizan y sacan buenas calificaciones, luego, al día siguiente, ya lo olvidaron.

El azoro me enmudeció. Explotó con nuevos aguijones: ¿por qué tiene que ser así?, ¿importa un día o todos?, ¿tú estudiabas también para el examen o todos los días? Su discurso, entre signos de interrogación y afirmaciones, se desgranó en cascada. Me observaba traviesa esperando reacción. Apenas cruzamos miradas. Tienes razón, le dije. No hablé más. Pensé: el día que una maestra poco inteligente la enfade no tendré más camino que expulsarla o amenazarla cuando se agoten argumentos. Seguí la ruta.

Estoy convencido de que los hijos, como los alumnos, deben superar a los papás y maestros. Pero no es tan fácil. Nosotros tuvimos facilidades laborales hoy inexistentes; adversidades hubo antes como ahora, y ellos gozan condiciones favorables, al mismo tiempo que competencias y aislamiento que los hace menos solidarios. A nosotros, como a nuestros padres, nos preocupaba el futuro de los hijos, pero a veces nos equivocamos queriendo facilitarlo, tanto, que perdemos de vista que los pájaros vuelan por la fuerza de las alas y no por el empujón. Los padres somos sindicalistas furibundos de los hijos, les dañamos independencia y capacidad de enfrentar desafíos.

No fui mal alumno nunca, pero los logros de Mariana Belén en los primeros años ya superaron los míos. Ella, como su hermano, como los niños de hoy, tienen potencial enorme y condiciones propicias. Lo pienso esta noche, cansado por la larga jornada laboral, sonrío casi hasta las lágrimas, con la alegría de estar cumpliendo mi parte y forjando el anhelo de lograr hijos mejores que padres.

Buenos y malos tiempos

No corren buenos tiempos para la política. Para la política decente, debo completar, parafraseando al colombiano Sergio Fajardo, candidato a la presidencia de su país.

¿Alguna vez fue distinto? Me resisto a bajar los brazos resignado. No corren buenos tiempos para el ciudadano responsable, comprometido con su condición, de tener derechos y asumir obligaciones, dispuesto a seguir siendo parte del colectivo, de la polis, a condición de encontrar niveles elementales de honorabilidad en el ejercicio político de sus representantes.

Corren buenos tiempos, también pienso, para hacer de la política un pretexto oportuno para el aprendizaje en la escuela, en especial, en las tareas relacionadas con la formación ciudadana, los valores democráticos de niños y adolescentes, en los universitarios, es decir, con el compromiso social de la escuela, sin el cual, ella no es.

El coctel que hoy abunda en la prensa escrita o digital, en televisión, redes sociales o radio, invitan a que la realidad se vuelva el tema de las clases, no un tema abstracto, un problema ficticio, intrascendente a ojos estudiantiles, sino un tema real, vivo, del que probablemente se hable o discuta en casa, en la cena o la comida; trozos de la realidad que debiera importar a todos, aunque sea un poco.

Por supuesto, el maestro debe observar todos los cuidados precisos, como estar informado por lo menos medianamente, no confundirse con el proselitismo partidario, ni pretender “dictar clases” de democracia, que no se enseña con lecciones magistrales sino con ejemplos concretos.

Es mal momento para la política, atiborrada de corrupción, impunidad, cinismo… pero buen momento para el aprendizaje, para darle vuelta a la historia de indiferencia y comprometerse con su tiempo y circunstancia.

La escuela es un proyecto ético y un espacio para la formación ciudadana. Los alumnos se van a educar siempre, estén o no en la escuela, nos recuerda Fernando Savater. La pregunta es acuciante: ¿quién los están educando, o quiénes los educarán?

 

Hallazgos maravillosos: siempre Galeano

Hace cinco años, en un viajecito a Uruguay, tomé el autobús para pasear unas horas en el paraíso de Punta del Este. Anduve de aquí para allá, pisando las arenas de la playa solitaria y apenas recorrida por otros transeúntes extraviados al mediodía; caminé las amplias avenidas y me detuve solo lo indispensable, guarecido del sol con un jipijapa ecuatoriano. Así llegué a la librería El virrey. Una tradición uruguaya que desconocía. Entré maravillado y casi deslumbrado con la cantidad impresionante de libros en el local pequeñito. Hurgué sin rumbo ni intención, esperando que algún libro me guiñara. Compré un texto de Walter Pernas sobre Pepe Mújica, la mejor biografía que he leído sobre el expresidente, y luego, como un rayo, recordé que había leído poco antes la noticia de un nuevo libro sobre los sueños de Helena Villagra, la mujer de Eduardo Galeano. No tenía muchos datos, así que interrumpí con respeto a la librera, ocupada en sus quehaceres, y le pregunté por aquella obra que tal vez habría leído en La Jornada o en Página 12.

-¿Nuevo libro de Eduardo? Respondió en tono interrogativo la señora.

-No, no lo conozco.

-Sí, sí, un libro nuevo, basado en su mujer, o un homenaje a su mujer; eso leí.

-Pues no, me replicó, no lo tengo, pero permítame hacer una llamada.

La hizo. Y la respuesta al otro lado de la línea fue descorazonadora.

-No, señor, no existe nuevo libro de Eduardo; lo tendríamos. Es amigo nuestro.

-Muchas gracias, dije. Pagué y salí con mi bolsa.

En el camino hacia la playa me atravesaron dudas. ¿Lo imaginé o lo leí? Giré el pensamiento y la mirada. El horizonte marino me secuestró. Detuve los pasos en el primer bar, pedí una copa de vino tinto y el menú. La historia se guardó en el baúl de la memoria dubitativa.

El domingo pasado mis hijos me pidieron salir a la plaza para brincar, ese extraño pasatiempo, ¡brincar!, por el que nadie en su sano juicio pagaría en mi pueblo hace 40 años. Obligado porque pasan vacaciones en casa, no pude negarme. Salí con la novela de turno y la mejor actitud posible. Ellos entraron al jumping y yo escapé del escándalo para buscar una banca cómoda donde leer. Recordé que allí muy cerca, a pocos pasos, había una librería que no me merece mucho respeto. Con tiempo suficiente para husmear fui nada más que a perder el tiempo. Como en Punta del Este, como es habitual, originalmente no buscaba nada, y a los pocos metros, un libro me lanzó mirada seductora. No pude evadirla: Los sueños de Helena. Eduardo Galeano. Ilustraciones: Isidro Ferrer. Recordé aquella pequeña historia olvidada, lo tomé en las manos y, pese al precio elevadísimo, solo lo dejé en la mesa para pagar. Con ese, encontré otros apreciadísimos. La librería se ganó un respeto que no le tenía, y yo confirmé que aquel libro no era un sueño, que la vieja librera uruguaya no lo conocía porque no estaba aún en su país, pues la edición latinoamericana era más o menos reciente.

El libro sobre Helena y sus sueños todavía no lo leo. Esperaba un momento propicio, una noche como está, fresca, tranquila, cargada de felices sensaciones. Hoy lo leeré, pero antes, quise pasar por mi Cuaderno para contarlo y revivir lindos recuerdos.

 

Las vacaciones y yo

Las vacaciones van mudando con nosotros. Por lo menos es mi caso. En los años que abandonaba la infancia, en el pueblo, lejos de la playa y de la posibilidad de tomar un avión o un autobús, eran momento para conseguirse un trabajito en el campo y ganarse unos pesos. Abonar la milpa o la caña (tarea más pesada y dolorosa) eran las más comunes; sembrar maíz era frecuente, pero menos. Para las ventas no tuve gracia, ni me simpatizaba.

Cuando recuerdo aquellos veranos, o vacaciones cortas, nunca tengo sentimientos de pesar o frustración. Eran buenos tiempos. Y una experiencia formativa indudable. Para tener cien pesos o veinte, había que pasar varias horas caminando y sufriendo el sol a pleno, conversando con los colegas de al lado; ganándoselos con el sudor de la frente, la espalda y todo lo sudable. Esa sensación modera pedir dinero a los padres, y resulta un hábito perenne. Trabajar así era divertido, por la convivencia en el traslado, la hora de la comida o el regreso festivo para pasar el resto del día sin nada más que hacer y la sensación de no tener más urgencia que comer cuando apretara la hora o la madre ordenara.

Luego vinieron las obligaciones. Casi dos años en Ciudad de México le dieron un sabor distinto a volver a casa, aunque ese parteaguas me alejó para siempre. Entonces volvía feliz después de viajar la noche entera. Tampoco había más afán que pasarlo bien.

Durante muchos años las vacaciones eran el momento de leer y leer solo lo que tuviera ganas. Antes que planear a dónde, ordenaba los libros que me proponía asaltar en las dos o tres semanas por delante. No sé si me divertí mucho, pero nunca me aburrí.

Con los hijos la realidad gira radicalmente. Ya no se puede pensar solo en los libros y lo que cada uno quiere para divertirse sin demasiado bullicio ni movimiento. Hay que abrirle hueco a las risas infantiles, a jornadas más largas que la laboral. Y disfrutar todo lo posible la diversión ajena.

Cuando casi todos tienen vacaciones, menos uno, y sí mucho trabajo, la cosa también cambia. Y hay que aprender a manejarlas. En esa materia estoy preparando examen. Ya les contaré cómo resulta.

¿Nos podemos tomar una foto?

Un poco cohibido, otro poco envanecido, me pregunto: por qué al final de una conferencia viene un grupo de personas y piden tomarse una foto; ¿qué las motiva? Después de plantearme la pregunta, digo: ¿por qué no lo preguntaste?, ¿una foto, para qué? El riesgo es evidente: cierto estupor y tal vez arrepentimiento en los interlocutores. ¿Para qué vinimos? Otra diría, o pensaría: les dije que no, que no valía la pena.

No intento más respuestas especulativas, aunque quiero pensar que es un gesto de gratitud, de fugaz afecto, de complicidad con las ideas, de simpatía. Así quiero interpretarlo esta noche, antes de cerrar el capítulo y volver la vista al camino que aguarda, a los proyectos en curso, a los compromisos inapelables, a nuevas tareas incesantes.

El hoy es pasado apenas lo escribo; el mañana espera y quiero alcanzarlo con actitud apropiada.

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