Cuaderno

Es un espacio de reflexiones personales breves, sin periodicidad definida, no publicados en otros medios, escritos sólo para la página web.

Momentos irrepetibles

Apenas comienza el tercer cuarto pero el partido entre Cavs y Warriors dejó de interesarme en la pantalla muda del restaurante. La catástrofe del equipo de LeBron es imparable; su gesto de guerrero victorioso revela la impotencia de jugar, de nuevo en la final, batallas solitarias contra un rival que, con un poco de vértigo, mantiene o crece la ventaja.

Regreso a la mañana en el Centro Cultural Bicentenario de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí con pensamiento dividido. Por un lado, la tristeza por la fecha de nacimiento de mi madre me sumerge en un tobogán de emociones. Quizá por eso, la conexión anímica conduce a momentos de la conferencia que presenté y al comentario del primero de los asistentes que tomó el micrófono en la sesión de preguntas.

Intento rehacer el hilo de su discurso, pero como estela en el mar se disuelven fragmentos. Permanece lo esencial de su intervención: la emoción y la gratitud por lo que escuchó. Mis palabras, en la primera parte de la conferencia, lo zambulleron en situación vivida con un hijo al cual consideraban un fracaso, pero que una maestra con sensibilidad descubrió su gusto y habilidad para las matemáticas, hasta llevarlo a una olimpiada de conocimiento y ganarla. Me conmueve ahora recordarlo, atrás, de pie, con ojos húmedos y voz quebrada, cimbrando a varios en el auditorio silencioso.

Nunca podría imaginar que esa perspectiva, de no condenar el error y convertir al fracaso en una lección pedagógica, produciría aquella reacción. Agradecí su gratitud y la apertura a la intimidad familiar.

¡Me siento afortunado! Ligo lo vivido a otro momento igualmente maravilloso que había perdido y brotó de algún sitio ignoto donde lo almacenaba la memoria.

Cuando presentaba La escuela que soñamos ante un auditorio de maestros, desparramé elogios para las educadoras, a partir de la experiencia de mis hijos en su paso por el preescolar. Contada la experiencia, una maestra madura se levantó, agradeció y narró breve: estaba a punto de jubilarse, pero al escuchar las palabras con las cuales describí la vocación de las maestras (pasión, alegría, compromiso, generosidad, amorosidad), decidió que no, que esa tarde había reencontrado las razones por las cuales había elegido su profesión, que no renunciaría a la misión formativa.

Bebí un sorbo de la copa, miré a la izquierda la debacle de LeBron, ya en la banca, con la toalla en la cabeza, y decidí escribir los dos momentos, para compartir la enorme alegría que ambos maestros me regalaron, distantes en tiempo, geografía y circunstancias, pero que produjeron estímulos que dan sentido a la profesión educadora y me reconfirman (lo que no dudo ni en momentos de apremio), que la esperanza, como las ilusiones, son asideros para evitar el desencanto o la frustración en una tarea que, a veces, parece imposible.

San Luis Potosí, junio 8 de 2018

Decadencia o virtud

Hace mucho tiempo recito que los profesores, con los años, no nos volvemos más sabios, maduros, tolerantes o pacientes. No en automático. Sigo pensándolo.

Los años garantizan vejez, enfermedades, desgastes y arrugas en la piel; a unos más pronto que a otros, pero ineludiblemente a todos. No solo cosas malas, por supuesto, también positivas.

Hoy descubrí esa faceta de mí, mientras viajo al destino temporal en los próximos días. El café malo, frío, desagradable, viejo, no me produce sino malestar; no lo soporto. Tampoco la estridencia de la música en el auto que se estaciona al lado en el semáforo, el timbre ruidoso e indiscreto en el teléfono o quien contesta una llamada incluyendo a todos quienes estamos al lado.

Cada día huyo más del ruido y me refugio en el silencio. Intolero las campañas políticas con el abuso de la mercadotecnia y la mentira, del cinismo y la demagogia. Odio que los políticos gobernantes o quienes lo pretenden nos traten como imbéciles. Podría seguir el rosario.

Sí, los años no me vuelven más paciente ni sabio. Y, pensándolo bien, me parece más una virtud que síntoma de decadencia.

Cerrado por fútbol

Cuando llegaban los mundiales de fútbol, Eduardo Galeano ponía un cartel en su casa y se encerraba durante el mes que duran los torneos organizados por la FIFA cada cuatro años. Cerrado por fútbol, rezaba su cartel, protegido de las inclemencias.

El fútbol es también tema en la obra de Galeano. Y para sus lectores habituales, de sobra conocida la afición. Él acuñó, y suscribo, aquella frase de que solo acepta un mesianismo: Lio Messi.

Galeano reivindica el derecho a declararse aficionado al fútbol sin el rubor de la acusación de ser deporte de subnormales. Con aficionados como Camus o Sartre, Serrat o José Alfredo Jiménez, las acusaciones se van al diablo, aunque muchos futbolistas mexicanos manejen un vocabulario de 150 palabras.

Ya viene el nuevo mundial de fútbol. Será una experiencia distinta. Hoy mi hijo tiene 8 años, y gusto mayor, aunque no delira.

A diferencia de hace 4 años, que recién llegábamos de Argentina, ahora no podré sentarme durante varias horas cada día a mirar todos los partidos, luego las repeticiones y programas de análisis. Pero haré el esfuerzo en las tardes y noches con la reserva energética que me dejen las horas de oficina.

Durante las próximas semanas no podré decir, como Galeano, que cierro por fútbol, pero abriré los ojos para verlo, antes que cerrarlos para dormirme.

Mientras llega la hora, Juan Carlitos va llenando nuestro álbum Panini; yo, con el gusto de verle emocionado, mientras abre un paquete y cierra los ojos pidiendo a los dioses de la cancha que le salga la estampita de Messi.

Lecturas en tiempos de escasez

Cuando el tiempo se vuelve bien escaso y cada vez más irrenovable, la valoración del uso puede ser trampa o trampolín. Unas veces caigo de un lado de la cuerda, otras, la paciencia y alguna lucidez me iluminan; cuando sucede lo segundo, se disfrutan las actividades sin temores y la situación puede tornarse incluso divertida.

Una hora de descanso, diez minutos de espera previos a una reunión, las noches después del trajín de la oficina, el fin de semana sin trabajo, pueden provocar la terapia más provechosa para sacudirse frustraciones, decepciones, tensiones o simplemente vivir el tiempo.

La lectura es terapéutica. Aprovecho cada minuto libre para dedicarlo, a veces con tino, unas con frutos visibles, otras tantas sin logro a la vista.

La escasez del tiempo, la agenda repleta y los compromisos familiares angostan el territorio de las lecturas. La circunstancia apremia a usar bien todos los recursos, incluida la capacidad de seleccionar libros y autores. Los que van resultando de ese doble proceso de selección y exclusión deben ofrecer horizontes atractivos; además, se afinan olfato e intuición, atajos que evitan extravíos.

Nuccio Ordine es uno de los autores que debo a esa criba. Apenas leí un tuit y empecé a buscarlo. Encontré libros, notas, videos; el interés creció. Pero nada fue igual a tener en las manos Clásicos para la vida. Una pequeña biblioteca ideal, hecho con fragmentos de libros que leía a sus alumnos entre septiembre de 2014 y agosto de 2015, con un comentario también breve.

Ese libro es más que antología: invitación a los clásicos, a encender la pasión por la lectura en escuelas. Texto escrito de forma impecable, sonoro, entrañable.

Parafraseándolo, diría: es casi imposible imaginar que los textos clásicos tengan vida fuera de escuelas y universidades, pero igualmente, imaginar que las escuelas o universidades tengan vida sin la presencia siempre estimulante de esas obras magistrales.

Hijos mejores que padres

Era semana de exámenes. Ocurrió algunas lunas atrás. No sé por qué volvió a la memoria hoy, nítida como ayer. Viajábamos Mariana Belén y yo solos en el auto, destino a su escuela. Sin despegar la vista del tráfico, antes de la puesta del sol, interrumpí el silencio sereno: ¿estudiaste para el examen? Sí, me dijo, dubitativa, sin convicción, elusiva. Conozco el tono de sus palabras. La miré los instantes que me permitía el arroyo vehicular y repetí la pregunta como el papá duro a su hija: ¿estudiaste o no? El énfasis y repetición la enfadaron, sin mirarme desenfundó la respuesta más feroz: sí, estudié, pero no sé por qué debemos estudiar para los exámenes; ¿no sé supone que los exámenes sirven para demostrar lo que aprendimos en un bimestre? Siguió: ¡Qué fácil! Algunos no estudian todo el bimestre y una tarde antes se ponen a estudiar, memorizan y sacan buenas calificaciones, luego, al día siguiente, ya lo olvidaron.

El azoro me enmudeció. Explotó con nuevos aguijones: ¿por qué tiene que ser así?, ¿importa un día o todos?, ¿tú estudiabas también para el examen o todos los días? Su discurso, entre signos de interrogación y afirmaciones, se desgranó en cascada. Me observaba traviesa esperando reacción. Apenas cruzamos miradas. Tienes razón, le dije. No hablé más. Pensé: el día que una maestra poco inteligente la enfade no tendré más camino que expulsarla o amenazarla cuando se agoten argumentos. Seguí la ruta.

Estoy convencido de que los hijos, como los alumnos, deben superar a los papás y maestros. Pero no es tan fácil. Nosotros tuvimos facilidades laborales hoy inexistentes; adversidades hubo antes como ahora, y ellos gozan condiciones favorables, al mismo tiempo que competencias y aislamiento que los hace menos solidarios. A nosotros, como a nuestros padres, nos preocupaba el futuro de los hijos, pero a veces nos equivocamos queriendo facilitarlo, tanto, que perdemos de vista que los pájaros vuelan por la fuerza de las alas y no por el empujón. Los padres somos sindicalistas furibundos de los hijos, les dañamos independencia y capacidad de enfrentar desafíos.

No fui mal alumno nunca, pero los logros de Mariana Belén en los primeros años ya superaron los míos. Ella, como su hermano, como los niños de hoy, tienen potencial enorme y condiciones propicias. Lo pienso esta noche, cansado por la larga jornada laboral, sonrío casi hasta las lágrimas, con la alegría de estar cumpliendo mi parte y forjando el anhelo de lograr hijos mejores que padres.