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Coincidencias extraordinarias

Mis conocimientos estadísticos son elementales. La enumeración de ignorancias podría resultarme abrumadora. Desconozco, por ejemplo, la probabilidad de encontrarse con una persona en un espacio geográfico de varios millones de habitantes, como Ciudad de México. De encontrarse, preciso, sin proponérselo, sin acordarlo, sin saber en qué coordenadas se mueven uno y otro.

Supongo que la respuesta podría elaborarla con relativa facilidad un experto en estadística, pero lo que parece menos probable es que el azar coloque a dos personas en la misma alcaldía, colonia y calle, sobre la misma acera, a la misma hora, minuto y segundos.

El azar me regaló ese privilegio el lunes por la tarde. Caminando de regreso al hotel, distraído, cansado y con la cabeza puesta en las actividades para cerrar el día, una cara familiar, sonrisa franca y bondadosa me distrajo de las fabulaciones. Era José de Jesús, un colega y amigo a quien no veía desde diciembre del año anterior. Nos encontramos de frente en la misma colonia, calle, acera, hora, minuto y segundos. Sonreímos por la fortuna y conversamos unos minutos mientras al lado pasaban absortos muchos transeúntes, varios con audífonos, otros tantos con la vista fija en las pantallas de sus teléfonos. Nos despedimos afectuosos y nos prometimos continuar la conversación telefónica que habíamos interrumpido tres semanas atrás.

Seguí caminando mientras la noche comenzaba a caer, sonreí y me prometí compartir esta coincidencia afortunada.

Noches de Mérida

Las noches en el centro de Mérida son espectaculares para quien escapó de la montaña rusa. Por lo menos, las noches en el centro del Mérida que conozco. Son ideales para extraviarse entre personas de distintas lenguas, tonos de piel, cantidad de ropa, estilos de zapatos, cortes de pelo. El caleidoscopio de colores y formas es envidiable, mexicanísimo, es decir, yucatequísimo; un remanso contra el de ciudades como las mías, donde las tiendas de baratijas chinas afearon el paisaje comercial.

Las noches en Mérida un viernes de “heladez”, como llaman los paisanos, son perfectas. Lejos de la humedad asfixiante y el calor que moja cuerpos y ánimos, el paso se acelera a la velocidad del corazón. Cada cual decide.

La noche de Mérida me llevó, por recomendación en la mesa de la comida, a “500 noches”, un bar en parque Santa Lucía, pequeña placita repleta de restaurantes, bares, mesas bajo el techo del cielo y los árboles, con músicos tocando de todos los sones. Allí busqué una mesa tranquila y disfruté un par de horas entre páginas de libros, la música que a veces evocaba tiempos buenos y otros peores, con una pasarela de personas que entraban, salían, se despedían o perseguían otras sillas.

500 noches, como sabrán los enterados del universo Sabina, es denominación de origen, una de las canciones insignia de Joaquín, el de Jaén, que titula por completo: 19 días y 500 noches, tributo al amor bipolar, que se extraña poquito durante el día, pero perdura largas y largas noches.

Poco atento a la música, más tributo a otros cantantes que a Joaquín, abrí las páginas del libro comprado en “Dante” minutos atrás, conversación entre el Dalai Lama y Desmond Tutu. Una vocecita infantil apareció de pronto en mi mesa. 8 o 10 años, como mi Juancito. Lo miré, me miró, y de no sé dónde, tal vez por mi camisa blanca, salió su primera pregunta:

-¿Eres doctor?

Sorprendido, lo miré, me miró, y le dije que sí.

-¿Por qué me duele aquí? El boxito se tocó aquí, su hombro derecho.

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Momentos irrepetibles

Apenas comienza el tercer cuarto pero el partido entre Cavs y Warriors dejó de interesarme en la pantalla muda del restaurante. La catástrofe del equipo de LeBron es imparable; su gesto de guerrero victorioso revela la impotencia de jugar, de nuevo en la final, batallas solitarias contra un rival que, con un poco de vértigo, mantiene o crece la ventaja.

Regreso a la mañana en el Centro Cultural Bicentenario de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí con pensamiento dividido. Por un lado, la tristeza por la fecha de nacimiento de mi madre me sumerge en un tobogán de emociones. Quizá por eso, la conexión anímica conduce a momentos de la conferencia que presenté y al comentario del primero de los asistentes que tomó el micrófono en la sesión de preguntas.

Intento rehacer el hilo de su discurso, pero como estela en el mar se disuelven fragmentos. Permanece lo esencial de su intervención: la emoción y la gratitud por lo que escuchó. Mis palabras, en la primera parte de la conferencia, lo zambulleron en situación vivida con un hijo al cual consideraban un fracaso, pero que una maestra con sensibilidad descubrió su gusto y habilidad para las matemáticas, hasta llevarlo a una olimpiada de conocimiento y ganarla. Me conmueve ahora recordarlo, atrás, de pie, con ojos húmedos y voz quebrada, cimbrando a varios en el auditorio silencioso.

Nunca podría imaginar que esa perspectiva, de no condenar el error y convertir al fracaso en una lección pedagógica, produciría aquella reacción. Agradecí su gratitud y la apertura a la intimidad familiar.

¡Me siento afortunado! Ligo lo vivido a otro momento igualmente maravilloso que había perdido y brotó de algún sitio ignoto donde lo almacenaba la memoria.

Cuando presentaba La escuela que soñamos ante un auditorio de maestros, desparramé elogios para las educadoras, a partir de la experiencia de mis hijos en su paso por el preescolar. Contada la experiencia, una maestra madura se levantó, agradeció y narró breve: estaba a punto de jubilarse, pero al escuchar las palabras con las cuales describí la vocación de las maestras (pasión, alegría, compromiso, generosidad, amorosidad), decidió que no, que esa tarde había reencontrado las razones por las cuales había elegido su profesión, que no renunciaría a la misión formativa.

Bebí un sorbo de la copa, miré a la izquierda la debacle de LeBron, ya en la banca, con la toalla en la cabeza, y decidí escribir los dos momentos, para compartir la enorme alegría que ambos maestros me regalaron, distantes en tiempo, geografía y circunstancias, pero que produjeron estímulos que dan sentido a la profesión educadora y me reconfirman (lo que no dudo ni en momentos de apremio), que la esperanza, como las ilusiones, son asideros para evitar el desencanto o la frustración en una tarea que, a veces, parece imposible.

San Luis Potosí, junio 8 de 2018

PREGUNTAS INFANTILES EN PLAZA DE MAYO

Madres de Plaza de MayoPlaza de Mayo. Jueves de enero. El calor retornó con brío a Buenos Aires después de una tregua. Las sombras a los pies de los arboles ya tienen ocupantes. Poco a poco se acerca la gente y en algunos puntos se acentúa la movilización. Mariana Belén pregunta: ¿a qué vinimos? Recuerda que apenas el domingo estuvimos en Casa Rosada, a pocos metros. La respuesta puntual de la mamá la intriga: ¿entonces, nosotros por qué estamos aquí, si no perdimos a nadie? Me toca el turno de responder. Porque no queremos que a nadie más le pase esto, ni en Argentina ni en México. Para que ninguna madre pierda a su hijo, o una hija a su padre porque piensan distinto o defienden las libertades. Traté de ser todo lo didáctico que pude. No sé si lo conseguí. Mariana paseó la vista y calló.

En Argentina las diferencias suelen ser radicales. Se está con o en contra de alguien o algo. Algunas veces lo escuché: River Plate o Boca Juniors, con Cristina (la presidenta) o contra Cristina, con Clarín (un inmenso monopolio mediático) o contra Clarín, Lanata o Víctor Hugo (dos periodistas que marcan pauta)… y entre las madres de la Plaza de Mayo también hay discrepancias. La Línea Fundadora, hoy, con sus acompañantes, una decena al inicio. El otro, una asociación más grande, más popular.

A la hora marcada, 15:30, con metros de distancia entre ambos grupos, arrancan su lenta caminata en círculos alrededor de la pirámide de la Plaza, como desde su origen, a finales de los años setenta. Caminan ya sin la vitalidad que les robó la edad y la pena. El espectáculo es conmovedor. Los turistas y paseantes, muchos extranjeros, toman fotos y aplauden, se suman a los cánticos de las madres. No sé qué pueden estar pensando Mariana y Juan Carlos. Observan atentos. Habitualmente parlanchines, esta vez optan por el silencio. Ella pregunta a Laura si le puede comprar un pin del puesto a pocos metros, con el pañuelo que simboliza a las Madres. Las mujeres del grupo mayoritario leen un breve mensaje, cantan, aplauden todos y termina el acto. El sol sigue inclemente. Reanudamos nuestro camino en silencio. Juan Carlos y Mariana se llevan felices su recuerdo y las preguntas inquietas. 

HOMBRE QUE PERSIGUE CIGARROS UN DOMINGO POR LA MAÑANA

Buenos Aires. Calle Cerviño. Al salir del cajero automático lo vi en la acera de enfrente. De perfil y a doce metros no aprecié sus rasgos. Domingo por la mañana, viento fresco, pocos transeúntes y menos autos. Caminé unos pasos y paré en la esquina. Crucé a la acera donde aguardaba el verde en el semáforo el hombre del suéter gris con mangas más largas que sus brazos. Como su pantalón, arremangado a los tobillos, para no arrastrarlo. O por gusto. Caminamos casi al lado. Nuestro cercano destino, sin saberlo, el mismo: Carrefour express. Nos detuvimos y miramos el letrero con los horarios. Domingo: 11 a 20 horas. Cerrado. Me miró y preguntó dónde encontraría un kiosco. Entonces pude ver su expresión facial. Parecía afectado por el desvelo, o una amargura pegada a los huesos de la cara. El pelo revuelto, cano ya, le acentuaba el rictus entre dolor y angustia. En la esquina, gire a la derecha, encontrará dos o tres en la siguiente cuadra. Me agradeció y aceleró el paso. No sé por qué, le pregunté: qué busca. Lo detuve. Cigarrillos. En la esquina hay un supermercado, le dije. Al mirar ambos ya se veía el anuncio, a veinte metros. Era también mi destino, aunque con objetivo distinto. ¿Venderán cigarrillos? Me preguntó. Supongo que sí, respondí. Ojalá. Entró primero y se dirigió a la chica de la caja. Tenés cigarrillos, escuché. La negativa habrá caído como un mazazo en el dedo de un pie. ¿Dónde venderán? Le preguntó a la cajera. El único lugar que conozco está cerrado, tuvo por desalentadora respuesta. Ya en los refrigeradores buscando manteca (nuestra mantequilla) perdí el diálogo. Salí con lo que buscaba rumbo al departamento. Atravesé Cerviño y a pocos metros apareció de nuevo el hombre del suéter gris. Su rostro había cambiado. La angustia tornó en un rostro tranquilo. Miré sus manos y allí estaba, apenas visible, el minúsculo punto rojo de su cigarrillo encendido y un hilito de humo que penetraba de nuevo en su cuerpo, insuflándole vida y un poquito de alegría ese domingo por la mañana.

Buenos Aires