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¡HASTA SIEMPRE, ARTURO!

Fuimos vecinos de barrio, pero las edades nos separaban como para ser amigos. Yo casi niño; él ya un joven estudiante, desde entonces, barba tupida, mirada tranquila y actitud reposada. No tuve el placer de conversar con él jamás. Una palabra nunca cruzamos y lo lamento hoy. Apenas hace 24 horas le propuse encontrarnos en nuestra tierra natal, para conversar de sus historias fantásticas de Quesería, esas que él recogía y que yo, algunas, escuché en mi infancia. Anoche imaginaba ese encuentro entre dos que se habían cruzado muchos años después en redes sociales, habiendo vivido a metros de distancia. Pensaba que sería allí cerca de donde ambos vivíamos, en la Loma, mirando los cañaverales allá abajo, con un café caliente en las manos, los volcanes a las espaldas, y pasando una tarde grata. Escucharlo, era lo que desearía. Aprender de su paciente oficio de recolector de afectos e historias. Descubrir en su mirada tranquila el pozo de su sabiduría. De paso, regresar al tiempo ido al lado de mis hermanas, de mi madre también ausente ya. 

No fue posible el encuentro, no será jamás.

La noticia de su partida me rompió en pedazos esta noche caliente en Córdoba. A miles de kilómetros de distancia no pude soportar el ramalazo que las palabras leídas por mis ojos le dictaron al corazón. Un vuelco me trajo a nuestro último intercambio por Facebook, ayer. Como habrán hecho muchos, entré a su muro, para encontrar sus imágenes, textos  nuevos, pero no están más. Sólo encontré las muestras de dolor y cariño de mucha gente que lo conocía y lo tuvo cerca. La noticia era cierta y dolorosamente cruda.

Generoso siempre, amable siempre, correcto siempre en sus mensajes. Así fueron sus últimas palabras que no me atrevo a mirar más. Arturo Cuevas deja una pena en su familia, un dolor que no se reparará jamás. Lo que ahora digamos sirve poco para el alivio, pero el tiempo hará que su ejemplo convierta en una sonrisa, aunque sea tímida, lo que hoy es llanto y dolor. ¡Que así sea!

¡Hasta siempre, Arturo!

LA OTRA CÓRDOBA

Después de pasar cinco horas en el ómnibus de Santa Fe a Córdoba, durmiendo a medias, llegué esta mañana a otra ciudad, distinta a la que había dejado 24 horas atrás. Ya estaba advertido que había problemas en la ciudad por un paro policial, pero no tuve oportunidad de leer noticias o mirar la televisión en la terminal santafesina. La realidad me desbordó pronto. En la estación de taxis había unas 30 personas en la fila, y con vehículos que apenas se asomaban podría estar horas en pie. Regresé para comprar el diario cordobés “La Voz del interior”. Se fue aclarando el panorama. Lo mejor sería estar en casa. Salí a caminar las quince o veinte calles que me separan del departamento en el barrio Nueva Córdoba. En la vía pública el choque fue brutal, inusitado. En la esquina un par de barricadas impedían el paso de los autos por bulevar Illia. Una decena de jóvenes con aspecto inofensivo conversaban serios y tomaban mate. Chicos y mujeres jóvenes entre ellos. Respondían preguntas de algunos automovilistas que se desviaban sin gritos ni manos levantadas. Me detuve en la esquina, a unos quince metros, midiendo el terreno. El paso por una de sus barreras hecha con contenedores de basura era obligado. Aguardé unos minutos y me sumé a un grupo de viajeros que también peregrinaban ante la inexistencia de transporte público. Caminé junto a ellos sin que los jóvenes de las barricadas nos miraran. No suelo andar estas calles a las 6 de la mañana, así que no puedo decir si la enorme avenida estaba más o menos sola que un día normal. Era notoria la ausencia de autos. En el carril de enfrente el paso vehicular era intermitente y escaso. Enfilé por bulevar Illia rumbo al cruce de la calle Independencia, donde el mismo bulevar se llama San Juan. A lo lejos observé contenedores de basura atravesados en las calles, montones de basura, en algunas esquinas todavía incendios pequeños y humo. Negocios cerrados, algunos con rejas, grupos pequeños de hombres conversando en algunos puntos me acompañaron en esos minutos interminables. Al encontrar la calle Independencia enfilé rumbo a la esquina con Derqui, mi destino. Al dar vuelta, a mitad de la primera cuadra, topé con un grupo de hombres rodeados con bolsas negras. Sin inmutarme, en apariencia, crucé a la acera de enfrente y pasé sin problemas. En las calles, piedras y bolsas de escombro desparramadas. Luego supe: Nueva Córdoba, un barrio de edificios de departamentos, bares y restaurantes, de incesante vida nocturna, fue uno de los focos del vandalismo que azotó a la ciudad mientras los miles de policías se acuartelaban para presionar al gobernador y obtener aumento salarial. Las horas de la noche y la mañana fueron una muestra de lo peor de esta Córdoba: el pillaje, la delincuencia organizada, el vandalismo que asaltó decenas de negocios y quemó varios, la irracionalidad colectiva. Hubo disparos y enfrentamientos entre los motociclistas criminales y los ciudadanos que se atrincheraron para defender sus pertenencias, que colocaron barricadas para tratar de impedir el paso delincuencial por sus calles. La ciudad está paralizada. Se suspendieron todas las actividades y el miedo campea. A esta hora, mediodía del miércoles, se cuentan unos 50 internados en hospitales. El recuento de daños es imposible en este momento. Los canales nacionales y los locales están pendientes de los hechos y repiten las imágenes de videos caseros que muestra aspectos de lo sucedido. El gobernador anuncia el acuerdo con la policía y recibe aplausos por su discurso encendido contra el gobierno nacional. Amenaza a los delincuentes. Los reporteros de la televisión transmiten desde el cuartel las reacciones jubilosas de los policías y sus esposas que los acompañaron en la lucha. Los policías se aprestan a tomar las calles, dicen. Alguno llorando pide perdón por la noche terrible que pasaron los cordobeses. Pero las revueltas no pararon todavía. La televisión da cuenta de enfrentamientos entre ciudadanos y policías en algunos puntos, a plena luz del día. Aquí mismo, siete pisos abajo, pasa veloz una patrulla y se escuchan disparos, gritos, insultos. De los edificios de enfrente y del nuestro asoman todos los vecinos que nunca vimos antes. La tarde calurosa será larga, tensa. La noche se acerca sin que abandonemos los temores por lo que podría venir. Juan, uno de los guardias del edificio me pide no salir más este día. Resta aguardar con esperanza la vuelta a la normalidad, a la otra Córdoba. 

Córdoba

FIGURACIONES 3

Oficio de poetaHoy terminé de leer la biografía que escribió Eutimio Martín sobre Miguel Hernández. Al llegar a las páginas finales mi estado de ánimo se ensombreció progresivamente. Se mezclaron sensaciones: tristeza, impotencia, compasión. E indignación por la perversa conjunción de la injusticia del régimen dictatorial de Francisco Franco y las actitudes y actuaciones de muchos personajes alrededor del poeta nacido en Orihuela, España.

Este no es un libro que volvería a leer. No comparto el enfoque metodológico, y ciertas posiciones epistemológicas de Eutimio Martín. Algunos de sus juicios son discriminatorios, fáciles o poco racionales. Entiendo la intención declarada: desmitificar aspectos de la vida y obra del poeta, combatir algunos cliches. El libro no me enseñó nada nuevo en materia de injusticia o de la maldad humana. La historia está repleta de hechos abominables. Particularmente tampoco aprendí nada respecto a la abyección al poder de algunos escritores o poetas.

A pesar de todo ello, la lectura de la vida de Miguel Hernández, y un trozo de la historia de España, transmite una lección de dignidad, por la forma como asume sus convicciones, sin venderlas, pero también de barbarie, por los militares y sacerdotes que lo dejaron morir.

Terminé de leerlo con una mezcla de emociones, como dije al principio. Y eso es, al final de cuentas, lo que debe agradecer el lector al autor, porque ese sentido debería, creo, orientar la escritura de los libros, sobre todo uno como este, cuyo título es “El oficio de poeta”. 

DESCANSO DOMINICAL

No me gustaría decir cosas negativas de un país que me acogió desde hace varios meses y  me prodiga condiciones para desarrollar mis proyectos y aprender a diario. En estos meses he conocido gente extraordinaria, fraterna, solidaria, afectuosa. De casi todo y de casi todos tengo una buena opinión. Quejarme sería ingratitud, pero de alguna manera debo sacar la bronca que me cargo ahora. Perdón.

Un hecho repetido con diferencias me tiene enfadado. Lo diré en corto y lo más claro posible: en Argentina los servicios de mensajería o paquetería (encomiendas, dicen) son propios del tercer mundo, o del inframundo. Nunca estuve en África, ni sé cómo será en otras partes, pero acá, los servicios de envío y recepción de paquetes son fatales. Ya son dos veces que sucede: de México me enviaron unos libros para mis hijos. Rastreando los servicios a través de la página de la empresa me di cuenta que, con fin de semana incluido, el paquete tardó más en llegar de Buenos Aires a Santa Fe, que de Colima a Argentina. Alguna explicación habrá, supongo, pero me escuece.

El segundo incidente sucedió, me sigue sucediendo ahora. Hace diez días envié una caja de Santa Fe a Córdoba, unos 350 kilómetros entre ambas capitales, y todavía no lo recibo. Es una tragicomedia. Si no fuera la víctima me parecería simpática, pero siendo el afectado, provoca una irritación que raya en palabras que no quiero escribir. En resumen: el paquete debió viajar de Santa Fe a Buenos Aires, y de allí a Córdoba. Un “boludo”, me explicó la señora santafesina por teléfono, se confundió y lo regresó a Santa Fe. Lo enviarían esa noche de regreso a Buenos Aires y de allí a Córdoba. Los 350 kilómetros se convirtieron en dos mil.

Pasaron cinco días más y el paquete no llega. Como si no fuera suficiente, el servicio de tracking no funciona; si llamo a la central en Buenos Aires una máquina me remite al nefasto servicio on line y para que en Córdoba me respondan con la negativa debo esperar quince minutos después de doce llamadas. Como este será un fin de semana largo, la caja durará dos semanas. Me gasté una plata en taxis para ir a reclamar a la compañía y varias recargas de mi teléfono móvil. Sigo y seguiré esperando. Mi venganza es irrisoria pero no tengo otra: jamás volveré a usar esos servicios. Lo juro. Ah, la empresa de marras se llama Víacargo.

PRONÓSTICO DEL TIEMPO

15 de noviembre. Días de tranquilidad en el clima, solo agitados con la mudanza que nos llevó de Santa Fe a Córdoba. En la primera ciudad terminó una etapa de nuestro viaje y se abre una distinta, de reencuentros, de recordaciones (así dicho en esta región), de volver a caminar calles, respirar aires y olores sabidos, de revivir la ciudad y la Universidad Nacional. Apenas a la llegada mi agenda de la semana tiene copados cuatro días de aprendizajes, sobre todo con el I Congreso Internacional de Ciencias Sociales y Humanidades. Perspectivas y debates actuales a 30 años de la democracia. Pero de eso escribiré en otro momento.

Ayer, cuando moría la tarde, la ciudad nos recibió con una nube de calor que teníamos extraviada en la memoria. Aunque para hoy, viernes, se pronosticaba un día lluvioso (tembló  y llovió en la madrugada), la mañana está soleada, fresca al amanecer y limpia en el cielo, con fuertes vientos que escucho a través de las puertas del balcón cerradas.

El fin de semana seguirá mi tranquilidad, alentada por tres libros. En el viaje a Córdoba empecé a leer La narrativa en la enseñanza, el aprendizaje y la investigación compilado por Hunter McEwan y Kieran Egan. Desde hace días estoy enfrascado en la lectura de una biografía crítica del poeta español Miguel Hernández. Con algunas reticencias avanzo y terminaré en los próximos días, pues esta clase de temas tienen espacios fuera de los horarios habituales de trabajo. Esta mañana, con el primer mate en el retorno a Córdoba, La Docta, comienzo la lectura del libro hecho a propósito del VI Foro Escuela ciudadana y ciudad educadora, realizado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires hace tres años.

Ahora mi familia duerme plácidamente mientras escribo frente a nuevos horizontes físicos (desde este séptimo piso) y metafóricos. Ellos descansan y yo, de alguna forma, trabajando descanso. A ellos les gustó nuestro nuevo departamento temporal, y anoche empezaron a disfrutar la ciudad. A mí me gusta la conjunción de afinidades.

Como podrán apreciar en estas pocas palabras, mi pronóstico del tiempo vital es favorable. 

Córdoba

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