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FIGURACIONES 2

En Montevideo encontré una sucursal del Banco Santander Río cerca del hotel, en el barrio de Pocitos. Aquella mañana, temprano aún, toqué el botón para abrir la puerta. Solo una persona en el cajero automático: un hombre mayor, alto, encorvado, con dificultades en sus movimientos. Octogenario, creo. Duró varios minutos, como forcejeando con la máquina. Parecía desesperado. Quitó los ojos de la pantalla y sus manos hurgaron en los bolsillos del pantalón. Sacó sus pertenencias, entre papeles y algunos billetes, y luego los regresó. Volvió al cajero y siguió. Me entretuve mirando los autos a través de los cristales, sin prisa. La mañana era fresca, agradable. En el horizonte, el Río de la Plata, más gris a esa hora. El hombre se fue y acerqué mis pasos. Un sonido me desconcertó desde el cajero. Apareció un mensaje: ¿Necesita más tiempo para su operación? Vi rápido hacia la puerta. El hombre mayor, encorvado, de andar lento se acercaba a la salida. El sonido del cajero al regresar la tarjeta me espabiló. ¡El hombre dejaba su tarjeta! Tal vez era lo que buscaba entre sus bolsillos, olvidando que ya la había insertado. Quizá buscaba entre su pantalón la contraseña. Tal vez. Tomé su tarjeta de prisa y corrí cuando ya cerraba la puerta. A mis palabras, con parsimonia, giró la cabeza. Me miró a los ojos y volteó a mis manos. Su mirada duró unos instantes. Ojos cansados, brillo apagado, alguna vez azules, o grises, como el Río. Me impresionó su mirada. No supe interpretarla. Cansancio, gratitud, asombro, duda, tranquilidad. O la mezcla de todo ello más el peso de las décadas. Quedé atónito mientras él bajaba la escalera. Sentí compasión por mí, no por él, cuando me miré dentro de algunos años.

Montevideo

MÉXICO EN ROSARIO

IMG_1608 copiaNoviembre 6. Estamos en Rosario, la tercera ciudad más importante de la República Argentina. Rivaliza con Córdoba y superó, tiempo atrás, a la capital provincial, Santa Fe. Estación obligada de paso si uno vive por estos pagos. Si en Santa Fe se firmó la Constitución (en el Paraninfo de la Universidad Nacional del Litoral), en Rosario fue Manuel Belgrano quien izó por primera vez la bandera, creación suya, el 27 de febrero de 1812, a orillas del río Paraná.

A Rosario se le conoce como la Cuna de la Bandera. Una ciudad que se moderniza, con el mayor puerto de carga, con pujante desarrollo económico y una pasión futbolera que vive buenos momentos. Rosario Central, “El canalla”, ascendió para esta temporada, mientras que su equipo insignia de los últimos años, Newell’s Old Boys, “La lepra”, es el actual campeón, dirigido hace cinco meses por el hoy director técnico del Barcelona y en algunos años, posiblemente, la casa donde paseará Lionel Messi sus glorias finales. Los mismos colores que vistió Diego Maradona un día.

Rosario es cuna de argentinos universales, como Ernesto Che Guevara, Roberto Negro Fontanarrosa o Fito Páez. Un lugar para conocer, aprender y disfrutar.

Sin mucho tiempo elegimos pasar la mañana en el Monumento a la Bandera, inaugurado el 20 de junio de 1957, en un imponente conjunto arquitectónico asentado en el mismo sitio donde ocurrió el izamiento inicial. Paseamos bajo un sol inclemente y con la algarabía de niños y jóvenes de distintas escuelas; una práctica común y saludable en las escuelas argentinas.

IMG_1584 copiaA un costado del Monumento, en el subsuelo, hay una galería de banderas de América y las de España e Italia, encabezadas por la enseña de la Organización de Estados Americanos. Cada país tiene su sitio: su bandera, la flor nacional, la letra completa del himno y una pequeña caja con tierra natal. Apenas entrar Mariana Belén y Juan Carlos preguntan por la bandera de México. Dalia es la flor nacional, nos enteramos con alguna sorpresa.

Confieso que me emocionó ver nuestra bandera y leer nuestro himno completo. No porque crea que es la más linda del mundo o el himno más bello. ¿Quién puede afirmarlo? Esa clase de concursos me parecen ociosos. Cada uno siente lo propio y, en todo caso, que cada cual juzgue. Para ser sincero, me tiene sin cuidado que la selección nacional gane o pierda en el fútbol, que vaya o no al mundial, que un boxeador famoso pierda o sea de nuevo campeón. Tampoco me emocionan el Grito o los desfiles patrios, y sí tengo resquemores con los usos políticos de los desfilantes.

Pero ver la bandera nacional en un sitio tan imponente, al lado de las otras de América, y sentir la emoción de los niños argentinos por su bandera, y de nuestros hijos mexicanos por la suya, me hizo experimentar un sentimiento hundido en los recuerdos. En otras palabras, vine a Rosario a redescubrir la emoción por unos colores y una bandera, en el espectacular Monumento a la Bandera argentina.

Rosario 

¿FIGURACIONES?

VirreyEn Punta del Este, poco antes del retorno a Montevideo, sin buscarla me encontré a las puertas de la librería “El Virrey”, con varias sedes en Montevideo. Pequeña en extensión (la que conocí), sobre todo frente a las desmesuradas dimensiones de las argentinas, pero repleta de libros, casi desordenados para un visitante fortuito. No tenía mucho tiempo, así que solo miré en la mesa principal, justo a la entrada, y luego fui a preguntar por el libro que persigo, una breve obra ilustrada que Eduardo Galeano dedica a Helena, su actual mujer. En Buenos Aires y Santa Fe desconocían su existencia, excepto en una librería de “El Ateneo”, en calle Florida. Me sucedió lo mismo ahora. No, me dijo la dueña o administradora de la librería, el libro más reciente es Los hijos de los días. Le insistí que ya había visto el libro por el que preguntaba en Buenos Aires, que era así y así. El aplomo de su respuesta me hizo dudar, y mientras cavilaba si pude haberme equivocado en aquella vitrina hace tres meses, ella tomó el teléfono. Distraído no presté atención, no era de mi incumbencia. Preguntó a su interlocutor si había un nuevo libro de Galeano. Entonces agradecí en silencio la diligencia de la librera. Me volvió a la realidad: no, no hay un libro más reciente de Galeano. Respondió firme. Hablé con el editor de Eduardo y me confirma que no hay otro. Tragué saliva. Bueno, puede ser que el libro no sea nuevo, que sea una edición nueva de un libro viejo, le contesté. Sí, puede ser, y que no sea en editorial Siglo Veintiuno. Salí de la librería con preguntas en la cabeza. ¿Imaginé ese libro? Puede ser, ni siquiera lo registra Wikipedia. Es posible. Ya se los contaré cuando lo encuentre. Sé que existe y lo hallaré.

 Punta del Este, Uruguay

COMPAÑÍAS INDESEABLES

desesperacionVarias veces leí a Arturo Pérez-Reverte en sus artículos semanales azuzar acremente a las personas que se sientan a tu lado, o tú al de ellos, en un avión o en tren, y se convierten en pesadillas durante el trayecto, por sus hábitos y tus manías, que juntas exacerban imperfecciones. Sin embargo, pensaba que, además de divertidos, esos capítulos eran un poquito exagerados. Como para cumplir el compromiso de entregar una colaboración semanal. Ayer tuve que recular el juicio. Me tocó sufrir algo semejante a lo que escribe el creador del Capitán Alatriste: es verdad pura y dura. Sucede.

En el viaje de Buenos Aires a Santa Fe, unas seis horas por carretera, en un día con pronóstico de lluvia en estas partes de la república (lo que podría alargar el tiempo), preparé dos libros para hacer menos tedioso un viaje plano y sin alteraciones en el paisaje desde el segundo piso (y desde el primero) del coche (como llaman a nuestros autobuses). Dos horas para cada libro, dije, y el resto se irá entre el almuerzo que sirven  y una siesta a media tarde. Todavía no salíamos de Buenos Aires cuando mis cálculos se estrellaron contra los timbrazos telefónicos y gritos de la señora que viajaba en la última fila, dos atrás de nosotros.

Reloj en mano calculé cuatro horas 18 minutos entre conversaciones con su compungido (supongo) compañero de viaje y sus no sé cuántas llamadas a los amigos, primos y conocidos para informarles a dónde va, en qué parte de la carretera, quién salió del hospital, qué dijo el médico, no así no, a dónde la recogerán, y una larga lista de temas que aunque no quisiera, ni me importara, tuve que escuchar como tormento chino, mientras la señorita azafata del “Flecha bus” no se compadeció de nosotros con una película sino hasta la mitad del viaje, cuando ella había acabado con su tiempo aire o con la paciencia de su compañero de asiento. O con todo a la vez, entre ellas, mi paciencia y buenas intenciones de leer las “Enseñanzas implícitas”, del venerable Philip W. Jackson.

Mis cuatros horas de lectura y plácido tránsito se achicaron. Apenas avancé unas treinta páginas. Y para sacarme el amargo sabor del viaje, solo acerté a escribir estas palabras que no tienen dedicatoria, porque me contuve al final de preguntarle su nombre a la autora del desgraciado día y no dejarlo todo en un irrespetuoso e inmerecido “señora de pelos pintados que viajó a Santa Fe”.

Entre Buenos Aires y Santa Fe

  

COLONIA: CIUDAD EDUCADORA

imageEscribí ya varias veces que las ciudades educan. La idea no es original ni novedosa. Es la constatación de que las personas primero nos educamos en la casa, después en la escuela y en la relación con múltiples actores e instituciones sociales: la iglesia, los clubes deportivos, los partidos, los grupos de amigos, los medios informativos, entre otros. Cada uno influye en mayor o menor grado dependiendo de las primeras huellas que nos deja la casa familiar, los padres, los hermanos. Pero las ciudades, sus calles, sus muros, la geografía, sus normas y las prácticas que en ellas ocurren resultan herramientas pedagógicas que nos moldean sutil e indefectiblemente. Leer más…

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