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El espectáculo de la vejez

Abren el bolso y hurgan para contar el dinero disponible, sin demasiada discreción, como para saber si el menú permite más que café con leche y un par de medias lunas. La austeridad y las carencias son parte del paisaje cotidiano, de la vida rutinaria. Con parsimonia sacan sus pastillas y eligen las que toca a esa hora. Están contentas, acicaladas para la ocasión, para salir a pasear y cenar. Se quitan el suéter y lo colocan en el respaldo de la silla, pues el clima cambió en una semana. Hoy empieza un otoño con sabor a verano. Son dos mujeres de una edad que solo merece respeto, casi veneración. Allí están, en la mesa de al lado. Yo distraído observo el partido de la Copa Argentina entre un equipo de la provincia del Chaco y el popular Boca Juniors. No puedo dejar de verlas. Mi madre tendría su edad, o un poco menos. No alcanzo a escuchar lo que hablan, no debiera ni quiero, además, la música suena más alto de de lo que admite una conversación a dos metros; el ruido de la plaza y de la calla aplastan cualquier intento de intromisión. Las tengo tan cerca que ya siento simpatía. No sé si tienen marido o no, si se fue del país o es uno de los muchos que están un poco más lejos, en las mesas de la plaza, juntos una docena de viejos que también sonríen animados. No sé nada de ellas, por supuesto, pero en algún momento me pasó por la cabeza la idea de disculparme, sentarme en su mesa y pedirles que me contaran de la vida en Córdoba. Mi prudencia es mayor. Por su edad vivieron la infausta época de la dictadura, ahora que en esta ciudad se conmemoran 37 años de esas páginas negras, y la ciudad se apresta a recordar para no permitir otro episodio de aquella indignidad. Quizá por eso, porque lo vivieron aquí o huyendo a cualquier parte, cada mañana, cada tarde o cada noche, el encuentro público, el abrazo sin mirar al lado, la conversación pausada y sin temor es un motivo de celebración. Quizá por eso estas muestras de su vitalidad me parecen edificantes lecciones de vida, cuando la vida inexorablemente se extingue. 

 

Lecciones de una experiencia

Terminé hoy un curso intensivo (25 horas en tres días) dentro del posgrado en enseñanza de lengua y literatura, en la Universidad Nacional de Córdoba. No me orientó el tema del posgrado sino el curso mismo y las profesoras que lo impartían. Se llama “Política educativa: sistema educativo, institución escolar y curriculum”. Fueron tres jornadas de actividad basada en las presentaciones temáticas de las profesoras y el diálogo permanente entre y con los participantes.

Distintas cuestiones llamaron mi atención. Primero, el nivel de participación e interés de los asistentes, todos ellos profesores, profesoras la mayoría, desde educación inicial a media, de diferentes escuelas, ciudades y provincias. En las opiniones reflejaban un alto nivel de comprensión crítica de los problemas objeto de estudio y de compromiso con la tarea educadora.

El segundo día, el viernes, el curso tuvo una duración desmesurada: de 8.30 a 20:00 hrs., con una pausa en tres tiempos, cortos, pero el involucramiento de los estudiantes y la experta conducción de las maestras mantuvieron un extraordinario ritmo e interés. La comparación de contextos me resultó inevitable, con fines puramente analíticos y no despectiva. Ni todo acá es maravilloso, ni todo allá es cuestionable. Faltaría a la verdad en ambos casos, por supuesto. Sin embargo, debo reconocer las actitudes. También hay debilidades: el verbalismo suele ser un mal que acompaña a la profesión docente, que enfanga las ideas en una vorágine de palabras. Junto a la verborrea, el protagonismo es otro mal, de acá y de allá, de quienes se empeñan en mostrar al profesor y al grupo que ya lo saben todo, tienen la respuesta, ya lo leyeron o que su experiencia les autoriza a iluminar cualquier tema. En el balance los aprendizajes son más, sin duda.

Pero quizá la lección más significativa es que la Universidad se mantiene atenta al debate de los temas vivos y a la vinculación con la sociedad; porque en ese grupo habíamos asistentes que cursan el posgrado en ciclos avanzados o inicial y otros, varios, que asistimos “por la libre”, pero todos con  interés, un ingrediente indispensable para que un edificio escolar, al margen de condiciones materiales, se convierta en sitio de encuentro humano y de aprendizajes.

Gratos amaneceres

427_500103600054020_1998592623_n copiaHoy desperté muy temprano, como las noches anteriores. La triste constatación, para decirlo con claridad, no favorece mi descanso: duermo con el horario mexicano, tres horas menos, y despierto con el horario argentino. Las horas de sueño se acortaron y en algunos momentos del día el bostezo me lo cobra.

Por fortuna, tuve un inicio de jornada grato. Un pequeño libro se atravesó en mi camino cuando pasaba a preparar un té para bien-estar. Lo compré recién en mi primera visita a “El Ateneo”, en avenida Carlos Paz, una centenaria librería.

El libro es una singular entrevista realizada por Nicolas Truong durante la última campaña presidencial francesa, con François Hollande y Edgar Morin. Se llama “Diálogo sobre la política, la izquierda y la crisis”, publicado por Paidós Argentina a finales del año pasado. Lo leí de un tirón, apenas interrumpido por alguna idea obsesiva. Creo que está de más contarles que es un diálogo denso en ideas, aunque de lectura y escritura ágiles.

Me sorprendí al final cuando constaté que las ideas de Hollande, el político inteligente, me resultaron más inquietantes, quizá por la relativa familiaridad con el pensador. En mis apuntes hay más notas de lo dicho por el actual presidente, quien fue, además, mayormente prolijo.

La conclusión, más allá de las ideas de ambos, me dejó agradable sensación: es posible el intelectual comprometido y desafiado por los problemas del mundo real y no aislado en su torre, tan posible como el político agudo, culto y desafiante en el terreno de las ideas. No es poca cosa, y alienta, aunque la geografía marque distancias lejanas de nuestro contexto.

Amanecer en Córdoba

Primer amanecer en Córdoba. Despierto a una hora inusitada para mí: nueve de la mañana, tiempo de acá, la hora en que habitualmente despierto en Colima, es decir, las seis. Luego de cobrar conciencia de mi situación, el hambre me recuerda que la alacena y el refrigerador están vacíos. Salgo a la calle por comida desde el piso 13 del edificio.

El departamento donde habito se ubica en la esquina de bulevar San Juan y Obispo Trejo, en la frontera entre el bullicioso barrio Nueva Córdoba y el centro de la ciudad. Un sitio ideal para mis propósitos: caminando podré llegar a la Universidad y, en sentido contrario, a una zona con calles peatonales, museos, teatros, librerías, bares y monumentos como la Manzana Jesuítica, Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Hoy domingo está casi todo cerrado. El clima es fresco, agradable. He tomado algunas fotos de detalles que llaman la atención, como los recordatorios en parques públicos de la dictadura. Más sorpresas de otro tipo aguardan en las calles semivacías, como los kioscos de periódicos, con los vendedores concentrados en la lectura de los diarios, que levantan la cara amables y responden con una negativa a mi pregunta por “Página 12”: aún no llega, ayer llegó a la una.

Me detengo en una confitería cuando recuerdo que salí al desayuno. “El ruedo”, se llama, en la plazoleta del fundador de la ciudad. Allí permanezco con un dossier de “Le Monde Diplomatique”, que nunca había leído impreso. Entre paréntesis: ¡qué maravilla de escritura periodística! Las horas pasan mientras el día se hace viejo. Leo, escucho música ambiental, escribo estas notas o contemplo un paisaje distinto al que miran mis ojos cotidianamente, un paisaje reconfortante, con hombres y mujeres, sobre todo mayores, que parecen vivir sin prisa, cada uno en lo suyo, disfrutando las medias lunas y un café con leche, sus conversaciones, un domingo, la ciudad, estar juntos y vivos. 

Primer día

Aeropuerto Miguel Hidalgo, Guadalajara

Empieza el periplo. Mi viaje a Ítaca. Tan esperado como nostálgico.  Es una aventura y así la tomo, pero no puedo negar que ya me embargan emociones contrastantes: la alegría del reto por venir, al mismo tiempo que el dolor de la separación de casa, que no es el sitio donde vivo, sino de mi familia, quienes en ella habitan y le dan vida, a la casa y a mí, por supuesto.

Elegí este camino, lejano de la comodidad y de la pasividad, para empezar a los 46 otra vida, que a los 46 no es nueva ya, pero sí lo son la renovación de intenciones y energías. Me siento triste, desafiado, pero también tranquilo porque he sido congruente y tomé la decisión de qué hacer en mi vida. Y por eso estoy aquí, esperando tomar el primero de los vuelos, el que me lleve de este sitio, relativamente cercano de casa, a los más distantes. Seguramente al llegar al DF los dolores y la tristeza serán mayores, pero menores que los  deseos de salir airoso, para volver un día a casa, un día cercano, por fortuna, y volver a respirar los mismos aires pero con un horizonte más amplio y mayores fuerzas para emprender la siguiente etapa de mi vida.

 

Aeropuerto internacional de la Ciudad de México

En una hora empezaremos a abordar el avión a Buenos Aires. La sala ya está abarrotada. Negros, blancos, amarillos, cafés, de todos colores viajaremos, a juzgar por la piel, los ojos y las complexiones. Mi ánimo mejoró después de Guadalajara, aunque un incidente racista me irritó. Fue en las bandas de revisión. Íbamos en la fila varios, que pasamos sin problema por el filtro, excepto un par de jóvenes indígenas, ella en silla de ruedas, con aspecto enfermizo, él serio y tal vez cansado, o preocupado. Fueron ellos los únicos elegidos para revisión de su maleta. Es posible que algo hayan visto en la maleta al pasarla por los equipos de detección, algo que dejara sospechas en los guardias, pero no sé por qué malsana idea me inclino a pensar que es un acto de otra naturaleza, como expresar un sentimiento de superioridad sobre alguien que consideran menor. No sé qué sucedió después. Yo tenía que recoger mis pertenencias, así que seguí a la sala 69, donde esperaré la hora de emprender el viaje hacia el sur del continente.

En el avión de Guadalajara al DF decidí que leería La libertad primera y última, uno de los pocos libros que me acompaña. Empecé con mucho interés. A las pocas páginas del Prefacio escrito por Aldus Huxley un súbito cansancio me obligó a cerrar el libro y dormir un poco. En el siguiente vuelo, de ocho horas, tomaré el mismo libro. Solo una buena película o la promesa de largo sueño me impedirán avanzar la lectura.