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Lecciones estimulantes en Ocotlán

Ayer estuve en Ocotlán, Jalisco, para presentar una conferencia a estudiantes y maestros del Cbtis 49, José Santana. La amable invitación del director, Guillermo Bueno, me pareció indeclinable, pues era la segunda vez que me lo proponía, aunque resultara pesado manejar casi tres horas, descansar unos minutos, comer un poco, la conferencia, y luego el regreso a Colima, con el cansancio acumulado de la semana y la jornada. El retorno en soledad, en algunos pasajes con la música del auto, me dio oportunidad de repasar la experiencia, gracias también a una carretera tranquila.

Con tantos años en el mundo de la educación tengo cierta habilidad para dirigirme al auditorio, alguna capacidad para intuir puntos donde puedo conectar y buenos ejemplos que lo rematen, y me funciona casi siempre cuando el público es adulto, profesores o directores. No puedo decir lo mismo cuando el auditorio es juvenil y las caras de los chicos recuerdan a mi Mariana Belén. Los públicos estudiantiles me imponen temor, entre más jóvenes, más temores.

Por fortuna, el grupo de estudiantes que escuchó la conferencia se portó maravillosamente. Escucharon atentos, sin inquietarse demasiado, sin gritos ni barullos excesivos; si durmieron, tuvieron la delicadeza de hacerlo con ojos bien abiertos. Regresé contento por haber sorteado el reto y conectado con ellos, por lo menos con un puñado.

El final de este tipo de actividades suele ser la mejor retroalimentación: las personas que se acercan, saludan, preguntan, piden una firma, una opinión, un consejo. Esta vez el aliento provino de dos estudiantes que intuyo muy dedicados, por el respeto y la forma inteligente en que preguntaron. Un chico y una jovencita. Buenos estudiantes, imagino, o tal vez incómodos para profesores rancios.

Con reacciones así, el regreso a casa después de la larga jornada se vuelve estimulante y es uno quien agradece la ocasión de pararse en la estación para rellenar el tanque de las ilusiones. No me cabe duda, a pesar de las adversidades propias o del entorno, la escuela sigue alentando el potencial de la inteligencia, la rebeldía y la transformación.

¡Hasta pronto, hasta siempre, hasta cuando queráis!

En 2015 cumplí casi todo lo que me propuse. No hice todo lo que soñé, pero logré lo que ni siquiera ilusionaba. En el balance final, fue un año estupendo.

Hubo amarguras y sinsabores inevitables. Algunos amigos queridos se fueron; otros, apreciados o cercanos a amigas y amigos entrañables se adelantaron en el viaje final.

Llegaron buenos compañeros, que en poco tiempo auguran viejos lazos. Arribaron proyectos y desafíos. Retos inéditos.

Los proyectos personales se van cumpliendo sin prisa. Hoy habría querido tener un libro nuevo en las manos; no fue posible. La agenda (y mi desorden) lo complicó. Ganó, además, la paciencia de trabajar dando el justo tiempo a las ideas. Preferí aguardar paciente e imprimir con la pausa imprescindible. Ese libro sigue en la pantalla de la computadora y en mi cabeza; cada hora, cada día lo voy disfrutando, sintiendo la emoción de acariciarlo en la imaginación y darle forma de a poquito.

En 2016 no habrá Diario. Decisión complicada, aunque saludable. Hace tiempo elegí mirar adelante para no convertirme en estatua de sal. Algunas cosas que hice en la vida profesional me dejaron tan satisfecho que corría el peligro de la fatuidad, así que opté por no sentarme a admirar lo hecho, sino apenas lo justo para seguir adelante y dar vida a proyectos diferentes. No quiero hacer de cada año un ciclo repetido. Experimentaré ideas.

En la vida personal hay razones para continuar con alegrías. De eso no escribiré. Es el baúl más especial y privado. Mis hijos, capítulo aparte, seguirán siendo capitanes del navío.

Para 2017 sueño con un libro y las 365 páginas que debo escribir no darán reposo. También tengo proyectos en la Universidad; otros desafíos me aguardan.

Tres años atrás aprendí que la vida tiene sentido en la búsqueda más que en un puerto de llegada. En 2016 tengo motivos suficientes y no se me agotarán.

Gracias a quienes siguieron el Diario 2015 con asiduidad. Varias lectoras y lectores están en mi corazón, aunque no las mencione ahora.

Gracias a quienes pasaron por estas páginas y nos visitaron. Doblemente agradecido con sus comentarios. Su compañía, lo escribí, fue el mejor regalo.

Gracias a quienes me aprecian y desean lo mejor. Son absolutamente correspondidos.

Gracias a todos… ¡Y que tengamos el mejor de los años!

Me despido de ustedes con una copa de tinto argentino y escuchando Más de cien mentiras, de Joaquín Sabina. ¡Salud!

¡Hasta pronto, hasta siempre, hasta cuando queráis!

Prolongando el final

El estudio en penumbra apenas se iluminaba con la pantalla de la computadora en la mesa de trabajo. La ventana recibía en sus cortinas el tímido viento fresco. Los cantos de las aves en las ramas de los árboles eran armónicos, audibles sin estridencias, como respetando la última etapa del sueño en la ciudad casi desierta. Libros encimados en un par de sillas, dos enormes diccionarios y otro de sinónimos, uno abierto de par en par sobre el gran atril que había recibido de regalo una navidad muchos años atrás. El iPad sin pila después de una noche de lectura. Era el ordenado caos del escenario.

El hombre maduro, joven aprendiz de escritor, que una mañana, trece meses atrás, había visto encenderse la luz de la escritura mientras caían las hojas de las jacarandas frente a su ventana, seguía sentado casi en la misma posición. Su actitud parecía de tristeza. Así los reflejaban los ojos, con un apagado brillo, dolorido, un color de piel escasamente vigoroso. Era un retrato atravesado por sentimientos en la escala del pesar. Los kilos de café bebidos, los garrafones de agua, las botellas de vino tinto consumidas se acumulaban en algún ignoto inventario; tantos, que podría decirse que nunca una persona consumió tantos productos de ese tipo en el mismo tiempo, sin efecto alguno visible.

Muchos meses después, con flores de jacarandas que habían vuelto a ponerse y caerse, a la historia le faltaba el final. Y una historia, como queda claro, no está terminada, no existe, sin comienzo ni final afortunado. No tenerlos equivalía a no poseer una historia entre las manos, a no ser capaz de resguardar para siempre en el mundo de las páginas un trozo de su vida, que era la única manera en que podría sobrevivir a la desventura, como la persona arrancada de su paisaje, como la foto de pareja que se tijeretea después de la enésima discusión.

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Pedagogía de los sueños posibles

IMG_1427En mi programa de lecturas para la temporada dejé al final un libro que conseguí en la reciente Feria Internacional de Guadalajara: Pedagogía de los sueños posibles. Por qué docentes y alumnos necesitan reinventarse en cada momento de la historia, de Paulo Freire.

Es una obra que reúne textos, conversaciones, cartas y entrevistas del más grande educador latinoamericano del siglo XX. Fue organizada por Ana Maria Araújo Freire, Nita, la segunda esposa de Paulo.

Publicado hace 14 años en Brasil, en 2015 salió a la luz en español la primera parte, y para 2016 aparecerá la segunda.

Escribo estos párrafos cuando me acerco a la mitad de las páginas. Como sucede cada vez que me zambullo en el pensamiento de Paulo Freire, la esperanza en la tarea pedagógica se inflama. Ideal para refrendar vocaciones, cerrar ciclos e iniciar nuevas andanzas.

Jugando a las palabras con el Diario

Y cada loco con su diario.

Cuando desperté, el diario seguía aquí.

El diario justifica los medios (y los fines). ¿O viceversa?

Penélope con su diario de piel marrón.

Solo es peor el diario no escrito.

Entre diarios te veas.

No hay diario que dure cien años.

Nadie es profeta en su diario.

La escritura de un diario puede ser un ejercicio de fatuidad. O no.

Todos traemos un diario consigo. Unos lo apuntan, otros lo viven y escriben, la mayoría pasa de largo.

¿Cuántas palabra caben en un diario?, ¿y cuántas ilusiones?

El diario puede ser registro de hechos o anuncio de otros. O crónica y anuncio.