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PREGUNTAS DE UN JOVEN ESTUDIANTE

Me pregunta un joven estudiante universitario sobre mis artículos y entradas difundidas a través de redes sociales y medios periodísticos.

Sus interrogantes tuvieron una respuesta casi inmediata, por la misma vía del correo electrónico. Intenté contestar con serenidad y cuidando cada palabra. Sus temores a preguntarme, como me confesó apenado, me obligaban a invitarlo a continuar el diálogo. Sigo esperando su reacción. Ojalá llegue.

Pero las preguntas me rebullen en alguna parte varios días después: ¿por qué escribo?, ¿para qué?, ¿qué ganó escribiendo?, ¿tengo miedo de escribir de ciertos temas?

Si antes no me inquietaban demasiado, después de leerlas por tercera vez, me surcan la tranquilidad.

No estoy seguro de tener la respuesta más sensata, inteligente, correcta. Si es que puedo formular algunas respuestas así. No lo sé. Lo único que tengo claro es que podría dejar de publicarlas, pero no, nunca podría dejar de escribirlas, porque escribirlas es una forma de aclararlas, de pensarlas, de ordenarlas, de sentirlas; y hacerlo, una forma de la existencia. A eso no voy a renunciar.

EL ORGULLO DE SER DOCENTE 2

12065605_1009334235797618_2543224809619197694_nDesde hace varios días quería mostrar la foto que acompaña esta página. La imagen es poderosa, impactante. Tendría más adjetivos, pero prefiero eso, antes que decir dramática o algo de tinte desalentador.

Cada uno verá lo que quiera. La imagen, dentro del desnudo casi total, me gusta porque simboliza el compromiso, la pasión, la responsabilidad de un profesor pobre, enseñando a un estudiante más que pobre, en un contexto pobre, pobrísimo, donde abundan, en cambio, las ganas de aprender y compartir.

Como magistralmente recordara Fernando Savater en el Teatro de la Universidad de Colima, la educación es la lucha contra la fatalidad. Es la fatalidad la que intentan combatir un alumno y un estudiante, que no esperan a que se repare la escuela, lleguen los paquetes de útiles escolares o los uniformes, menos las becas para maestros y alumnos.

La educación es la lucha contra la fatalidad que condena a los pobres a ser eternamente pobres. No digo ingenuamente que la educación es el pasaporte para el bienestar material, porque no es la educación lo único que se precisa para el progreso social, pero es un ingrediente indispensable. No basta la educación para dejar la pobreza, pero la pobreza sin educación es cadena perpetua.

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EL ORGULLO DE SER DOCENTE

Lo conté antes una o dos veces. Después de trajinar veinte años en la administración educativa, un día decidí que no quería seguir más por un tiempo en esas labores. Había llegado la hora de hacer aquello que también me apasionaba. Tenía otros proyectos, renovadas ilusiones, muchas razones personales y profesionales para cambiar el rumbo.

Después de aquel momento, muchas veces me encontré con la misma pregunta, semejante desconcierto e incredulidad. Cuando me interrogaban ¿y ahora qué harás?, a la respuesta casi todo mundo me respondía con alarma: ¿y solo de profesor?

Como si ser profesor universitario fuera desprestigio o poca cosa.

El tiempo me dio la razón. Muchas satisfacciones vinieron y siguen llegando, a veces lentas, otras más abundantes. Pero llegan, siempre.

Hoy, Día Mundial del Docente, mi hijo me ha regalado una nueva, enésima confirmación de que he elegido el rumbo correcto: hacer lo que me gusta en la vida, y hacerlo con pasión.

Este mediodía en el auto, a la salida del colegio, mientras Mariana Belén emborronaba su cuaderno con textos que nos prohíbe leer, Juan Carlitos y yo conversábamos animados. A punto de llegar a casa, me sorprendió de nueva cuenta:

-Papá, pregúntate: ¿por qué un cerebro tan pequeño tiene una imaginación tan grande?

Su ingenio, mezcla de palabras, entonación y sonrisa pícara, me sorprendió en grado extremo y mirándolo por el retrovisor lo acerqué para besarlo y expresarle mi alegría. De lo que hablábamos no contaré nada, es cosa de dos. Luego de preguntarme aquello, siguió una petición: que escribiera un libro con ese título, y que en la contraportada escribiera de qué se trataría. No creo que pueda cumplirle, pero ya habrá tiempo de explicárselo.

Me recordó, entonces, que a los cinco años tiene un camino elegido en su vida: pedagogo y escritor de libros. Como tú, papá, me dice.

Lo que opinen algunos despistados de “solo ser profesor” no tiene comparación con la opinión alegre de un niño y su curiosa ingenuidad.

SUEÑO SIN LA «I»

Tuve un sueño extraño. Desperté con el recuerdo taladrándome. Por eso estoy sentado frente a la pantalla, para contarlo y dejarlo atrás, para que esta noche, mañana, otras, no venga a atormentarme.

El sueño es extraño desde nombrarlo, porque no fue uno; fuero dos. Porque uno tuve hasta las 4:23 horas, en que me despertaron las gotas azotando la puerta cercana al cuarto y sus ventanas; la segunda parte, luego de comprobar que la casa estaba cerrada.

No voy a contarlo en los detalles. Solo algunos aspectos para tratar de entenderlos.

Sucede en lugares que mezclaban pasajes comunes con otros ratos. Se enlazaban personajes que conozco con ajenos. Unos que detesto, pocos, con los que salgo a pasear.

Danzaban enfrente, una danza opaca, que produjo una ola de trozos veloces que pasaron frente a los ojos, o el cuerpo, que me llevaban arrastrando o me rebasaban burlones. Estaba atado ante la ventana, o una gran sala. Sentado, como estacado.

No sé cuántas horas habrán pasado en el sueño. No fue grato. Fue desolador, desalentador, descorazonador. Pero logré despertar cerca de las ocho y ahora sueño con matar esos dos sueños cuando concluya las palabras de esta hoja a la que le faltó una letra, la que, probablemente, sea clave del sueño soñado.

OCTUBRE 3

Navego en simultáneo las páginas de tres libros sin conexiones entre sí: El Arca de Noé. La escuela salva del diluvio (una recopilación de artículos periodísticos de Miguel Ángel Santos Guerra), la biografía de Leonard Cohen (de Alberto Manzano) y otro colectivo sobre el periodismo digital.

Podría parecer un disparate, con tan poco tiempo para leer por qué sí, dividirlo entre tres. Tal vez lo sea. Lo es. Pero no tengo problema en admitirlo. En cada uno de los textos hurgo gozoso, busco otras perspectivas, sin el deseo de encontrar nada particular.

Me habría gustado terminarlos ya, surfear otras páginas. Luego me detengo: ¿para qué? Si aquí hay motivos interesantes, ideas inteligentes, razones lúcidas. Entonces avanzo lento. Sin prisa, con el tiempo que me dejan los compromisos laborales, los domésticos, la crianza infantil. Y así, llego al fin de semana pensando que, tal vez, vea el final de alguno. Y si no, qué más da. Habrá que continuar esta tarea sin fin que solo tiene sentido porque no tiene punto final.