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OFICIO DE ENSEÑAR 2

Ayer escribí en esta página de las recompensas que el oficio de enseñar nos regala cada cierto tiempo. Lo hice para compartir mi alegría por la publicación de los artículos de dos jóvenes talentosos y prometedores estudiantes de pedagogía. No voy a repetir la historia, aunque conservo el grato sabor.

Hoy me sucedió de nuevo, esta vez con la doctora Mara, María de los Ángeles Rodríguez, colega en la Facultad, quien se acercó para comentarme que quería hablar de mi último libro. Intrigado esperé el momento y conversamos gratamente. Ella había leído y señalado algunas páginas, tenía anotaciones y fue desgranándomelas con honestidad, confianza y la madurez que debe imperar en los espacios académicos como los de una universidad.

Aquí un contrapunto, allá la confesión de un desconcierto por una idea no vista antes, acá un cierto pesar, así transcurrió casi una hora.

La sesión me regaló la satisfacción de saber que alguien lee tu libro, le gusta o discrepa, o las dos cosas. Un aprendizaje valioso e inédito que valoro sobremanera. Un ejercicio que los colegas tendríamos que repetir para enriquecernos y aprender de otras formas de pensamiento.

Lamentablemente pasa que no sabemos qué escribe, investiga o publica el colega que trabaja todos los días a cinco o quince metros de nosotros. Me temo, también, que si no estamos muy interesados en el diálogo con los colegas, algo semejante podría suceder cuando estamos frente a los estudiantes. Y sin diálogo, sin comunicación, la enseñanza se vacía de una buena parte de su sentido.

OFICIO DE ENSEÑAR

En nuestro oficio de enseñar varias de las recompensas más valiosas son simbólicas; no se traducen en pesos, en contratos, ni se canjean por bonos de productividad.

Los días que corren son pródigos en ese tipo de estímulos. Casi cada semana recojo uno, dos frutos de estos meses y años. A veces pequeñitos, a veces grandes. Y no lo digo por fatuidad, aunque alguno podría interpretarlo así. Pero creo que contarlo es otra manera de defender una profesión no siempre valorada, fácilmente denostada y, sin embargo, tan indispensable como ninguna.

Esa es la razón que me anima a escribir esta página. La causa es simple: he descubierto otra variante que estimula gracias a las sonrisas ajenas, especialmente de gente jovencísima, sin importar que la obra no sea de uno o solo tangencialmente haya participado.

Iré al punto para no alargarme: este día dos estudiantes de pedagogía han publicado sus primeros artículos en el suplemento del periódico universitario El Comentario. Ellos son Hugo Salvador Nery, estudiante de quinto semestre, con quien no he tenido la suerte de trabajar; y Paulina Valencia Madrid, una de mis actuales ayudantes en el curso que imparto, y en unos meses licenciada en pedagogía.

Aunque no los he visto para disfrutar su sonrisa, les he leído contentos y orgullosos de su publicación. Su alegría es mía y, deseo, sinceramente, que sueñen muchas noches como esta, para que cuando sucedan, sigan soñando con otras cada vez mejores.

Profesores orgullosos con su oficio, ilusionados y alegres son más necesarios que las reformas y los decretos. Son los únicos imprescindibles.

DIÁLOGOS INFANTILES

En sus habituales diálogos con niños, Francesco Tonucci, dibujante y pedagogo italiano, suele preguntarles: ¿cómo les gustaría que fuera su ciudad? Las respuestas suelen ser distintas, inteligentes todas, pero ahora traigo a colación una de ellas, dicha con determinación: queremos jugar gratis.

Sí, jugar gratis es algo de lo que muchos niños querrían para su ciudad. Algunos despreciarán: ¡niñerías! Pues sí, pero nada hay más sagrado en la etapa infantil que vivirla y disfrutar el derecho (y obligación) de jugar.

Parece tan simple. ¡Jugar gratis! ¿Pero es que ya no se juega gratis? Pues no, cada vez menos. Los muchos problemas en las ciudades van alejando a los infantes de los sitios públicos (si es que tenían y eran adecuados), por el predominio de autos manejados en forma apresurada en calles hechas para máquinas y no para peatones, la violencia, la inseguridad, la suciedad y las condiciones de la economía familiar que obligan a mamás y papás a trabajar y dejar a los hijos al cuidado de otras personas, de los hermanos mayores, familiares o solos.

Fuera de casa se agotan los espacios para jugar gratis. En cambio, ganan terreno los juegos que no son gratis, por los que se debe pagar: las maquinitas en las tiendas, los negocios donde se paga (habitualmente mucho) para disponer de juegos con caducidad (por tres, cinco minutos), las tabletas, las computadoras… etcétera.

Con ese menú infantil, son insensatos e incoherentes nuestros reclamos adultos por el aburrimiento en la escuela, la hostilidad de los alumnos o la precocidad de sus comportamientos. Y nada indica, tristemente, que haya vuelta de esa carrera desenfrenada a la nadería.

PERIODISMO CON LA LUZ APAGADA

En un texto sobre las nuevas formas del periodismo on line encuentro una afirmación de Kapuściński: El trabajo del periodista no consiste en pisar cucarachas, sino en prender la luz para que la gente vea como corren a ocultarse.

Además de ingeniosa, certera.

La referencia del maestro de periodistas me resulta evocadora frente a la realidad que hoy dibujan (y desdibujan) las noticias en Colima. Explico y puntualizo.

Mis vías principales de información son los medios impresos en formato electrónico, los programas radiofónicos de la mañana y mediodía (fragmentos de dos o tres cada día) y las redes sociales. Desde hace algunas semanas uno de los temas principales es la deuda del gobierno del estado y el desastroso caos administrativo que revela. Creo que es EL tema. Y lo que nos cuentan todos los días, mañana, tarde y noche (en redes sociales), sustancialmente no ha cambiado. No sabemos hoy un poquito más que antes.

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EDUCACIÓN Y TELEVISIÓN

Juan Marsé, escritor catalán, dice que en España el auténtico ministerio de cultura es la nefasta televisión. En México pasa lo mismo, y quizá de manera más cruda por ausencia de tal elefante burocrático que ya pretenden crear en un sexenio obsesionado con reformar todo lo que es mueva.

En una medición del rating entre niños mexicanos de 4 a 14 años, el primer lugar lo ocupaban las telenovelas, enseguida, los reallity shows. Repito para escandalizar un poco: niños de entre cuatro y catorce años educan sus emociones con la maestra Laura en América y la basura que produce abundante la televisión mexicana comercial, Televisa, principalmente. Es ella, ellas, Laura Bozzo y las telenovelas, las pedagogas más influyentes entre la gran mayoría de niñas y niños en este país.

¿Le preocupa a la autoridades ese tipo de minucias, que no fueron tocados por la más sensible de las plumas en la reforma de telecomunicaciones o en la educativa?