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Confesiones de aprendiz

IMG_1381Anoche me preguntaron de nuevo: ¿cómo haces para escribir tanto? La pregunta, varias veces repetida, me obligó a examinar un poco la actividad en esos menesteres. Lo que sigue, más o menos, fue el resultado.

Primero, en realidad, no escribo tanto. A lo sumo, durante este año, escribí una página cotidiana para el Diario 2015 y algunas más para otros propósitos. Para quien tiene oficio de escritor, lo mío es de novato.

En segundo lugar, estoy convencido que la escritura se me volvió necesidad vital. Una toma de posición frente a los temas que me importan, frente a la vida.

Después, tampoco tengo duda: cuando uno dedica horas del día a leer un libro, un periódico, la realidad, o camina con la piel desnuda, los ojos abiertos y oídos atentos, volver la vista y las manos hacia un teclado o el cuaderno de apuntes es un automatismo, un hábito como mover los pies o cerrar los ojos frente al reflejo directo del sol.

Mi tiempo de escritura es breve, normalmente corto, pero tengo una gran ventaja. No necesito condiciones especiales para trabajar, y cuando la idea está suficientemente digerida, la tarea mecánica de escritura es muy fácil, gracias a mi autodidactismo en mecanografía cuando estudiaba en la escuela secundaria.

Una última razón: la escritura es un escudo frente a la timidez. Escribiendo me siento en terreno seguro. Lejos de la escritura no tengo el orden que mis ideas precisan.

Concluyo: escribir se está volviendo, perdonen la fatuidad, un ejercicio regocijante. Un aliciente frente a los lectores que toman unos minutos y me comparten reacciones. Sentirlo es un estímulo que no buscaba, pero que extraño cuando escasea. Sin embargo, debo ser franco y justo: no lo quiero de compañía permanente, porque no son los halagos los que te impulsan a crecer tanto como la crítica y el deseo de perfeccionarse. Razonable hábito de autoexigencia, diría el maestro Pablo Latapí Sarre; esa es razón vital.

La profecía de Heidegger

Martin Heidegger escribió una profecía antes de la Segunda Guerra Mundial. La clarividencia es notable, como la urgencia de sus preguntas.

Me atreví a reescribirla para adaptarla al contexto de las escuelas y la educación.

 Cuando el último rincón del planeta haya sido conquistado por la técnica y enfrente la más intensiva explotación económica; cuando las tecnologías de la comunicación hayan permitido que cualquier acontecimiento en cualquier ocasión y a cualquier hora se haya vuelto accesible al instante; cuando se hayan difuminado las distancias entre el tiempo real y la vida en las pantallas; cuando se pueda vivir simultáneamente un atentado en los barrios de París, un concierto sinfónico en Tokio o la enésima explosión indiscriminada en un pequeño pueblo sirio; cuando el tiempo solo equivalga ya a velocidad, instantaneidad y simultaneidad, y el tiempo como historia haya desaparecido de la existencia de cualquier pueblo; cuando las riquezas que se producen en el mundo sean suficientes para que nadie duerma con hambre; cuando el cantante de moda o la chica más sexy sean entronizados como los modelos estéticos y éticos para la sociedad; cuando las cifras millonarias de los traspasos de futbolistas se conviertan en la cumbre del paroxismo entonces, incluso entonces, todavía se cernirán como un fantasma sobre toda esa locura las preguntas esenciales de la humanidad: ¿para qué?, ¿hacia dónde?, ¿y luego, qué?

Escuelas esperanzadoras

IMG_1376El 23 de diciembre fijé como meta para terminar mi próximo libro. Hace varios meses lo decidí; para entonces, debo tener impresa la versión primera, a la que han de suceder infinitas correcciones. El hecho es pretexto para la celebración navideña más personal, casi íntima.

En 2013 así lo hice y me anticipé. Quise repetir pero no será. Imposible terminar antes. Esta vez temía que no alcanzara el tiempo, porque surgieron invitaciones imprevistas que no quise desechar. Hace unos días, sin salir totalmente de los problemas de salud, decidí que la meta estaba distante y urgía empezar la andadura. Sesiones largas e intensas me permitieron resarcir el atraso.

El libro está a punto: lo imagino en las manos, tiene páginas suficientes, encontré la imagen para la portada y me corre la emoción por las venas. Todo junto es incitante petición de seguir y seguir.

Como no podía ser de otra forma, casi cada paso que doy en estos días me acerca a la meta. Hoy estuve en una escuela primaria de mi pueblo, la “3 de abril”, y pasé un par de horas estupendas. ¡Y cómo no! Las tres maestras que nos atendieron, directora incluida, fueron generosas conversadoras, contadoras de la historia que tejen en esa pequeña escuelita, dicha con naciente sincero respeto.

Además de abrirnos las puertas de par en par, nos permitieron conocer el cariñoso trabajo que realizan y su vocación. Y no tenían que contarlo. Desde la puerta de la escuela la sensación es agradable; patio y jardines limpios, ordenados. Una pequeña biblioteca improvisada en un estanquillo, y casi mil 200 libros organizados por temas, son el mejor recibimiento para los visitantes y, sobre todo, para sus más de 170 pequeños estudiantes.

¡Qué escuela! ¡Qué alegría! ¡Qué maestras!

Sí, con escuelas así, con maestras así, no cabe duda que podemos seguir soñando que otra escuela es posible, que otra educación es real.

No es fácil generalizar, pero estoy casi seguro que en cada escuela hay maestras y maestros entusiastas y responsables. Que falta un toque, una gestión sensible y la orquesta empieza el concierto más valioso que pueden escuchar y sentir los seres humanos.

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El amor en tiempos de Twitter (primera parte)

alltwitter-twitter-bird-logo-white-on-blueApenas despertar tomó en automático el teléfono. Quería saber la hora y si tenía mensajes. Ella era la causante de aquella dependencia enfermiza que lo hacia abrir a toda hora los mensajes directos en su cuenta de Twitter. Las 7:32 horas, marcaba el iPhone. 14 grados centígrados. El viento fresco se colaba por la ventana abierta. Recordó que era sábado, remolineó un poco y se enrolló en las sábanas. No, ya no pudo dormir. No tener mensajes equivalía a tener una mano apretando su nariz, cortándole la respiración. Intentó en vano recuperar el sueño. La ausencia de mensajes era un dardo que cortaba su tranquilidad. Se irguió sobre la almohada y abrió la cuenta de Ella. La lentitud de respuesta le impacientó. Allí estaba su foto. Bella, bellísima, con ojos finamente delineados, en esa imagen blanco y negro que resaltaba la diminuta, enloquecedora boca pintada de rojo, capaz de transportarle a tantas fantasías. ¡Era endiabladamente guapa! Nunca la había visto en persona, pero eso le confirmaban dos amigos que habían tenido la fortuna.

Un candado junto al nombre le desconcertó. Intentó entrar en su timeline y no pudo. Un aguijón se clavó extrañamente en alguna parte del pecho. Se puso los lentes para mirar mejor: “No puedes seguir a @BellaElla ni ver los Tweets de @BellaElla. Más información”. El ánimo frío le congeló los pies.

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Joaquín, ella y yo

Cuando salí del cuarto de hotel rumbo al restaurante me coloqué los audífonos, subí el volumen y alcé el cuello de la chamarra. Afuera hacía frío, excesivo para mi termostato tropical, pero me rehusé a comer allí, en la mesita minúscula con sillas incómodas, mirando la televisión en un pedazo de tres por siete, con una charola del room service donde apenas cupiera otra bolsita de sal.

La dura jornada laboral me había dejado exhausto y necesitaba calentar el cuerpo y el espíritu. Joaquín Sabina estaba en el reproductor de música. Sonaba una antigua canción, de aquellas que escuché por primera vez en Ciudad Universitaria, mientras caminaba distraído a principios de los años noventa. Peor para el sol, una canción que me acompañó y sigue.

¿Qué adelantas sabiendo mi nombre?,


cada noche tengo uno distinto,


y siguiendo la voz del instinto


me lanzo a buscar…


Imagino, preciosa, que un hombre.


Algo más, un amante discreto


que se atreva a perderme el respeto


¿no quieres probar?



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