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Diciembre 7

Hay hechos, momentos, personas que ofenden e indignan, que incitan a pensar si somos un país que culturalmente no quiere crecer o si en nuestros genes algo lo impide.

Solo aquí puede pasar que un gobierno mienta tan descaradamente, y en lugar de juzgarlo o castigarlo, al responsable lo manden a una embajada, a otro puestito discreto pero bien recompensado. Y sus correligionarios no osan comentario alguno sobre la desvergüenza y la impunidad.

La larga lista de oprobios suma otra con el caso Ayotzinapa, ya advertida: no hubo incendio en Cocula, como sostuvo el entonces procurador, que hoy descansa en paz, en esta vida y sin culpas que pagar.

En San Luis Potosí una prestigiada colega nos contaba: solo en este país sucede que el grupo profesional más importante de expertos en la materia, el Consejo Mexicano de Investigación Educativa, exprese sus dudas e interrogantes sobre la reforma educativa, y el gobierno interpelado no abra siquiera un ojo para ver, o un oído para escuchar. Era más dura: ninguna cabeza cayó. Aquí, todas callaron.

Me resisto a creer que las taras históricas nos desbordarán in sécula seculórum, pero a veces mi confianza se vulnera.

Universidad sumisa

Sumisión.inddLa historia podría parecer imposible. No me atrevería a asegurar que es pura locura. Tal vez no, tal vez sí.

Francia en el futuro muy próximo es gobernada por el islamista y encantador Mohammed Ben Abbes. Atrapado en el canto de las sirenas de las petromonarquías, el país de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano es ahora convertido, con todas sus instituciones, al islam. Lejos quedaron aquellas palabras que simbolizaron la Revolución: libertad, igualdad, fraternidad.

Su universidad insignia, La Sorbonne, debe sujetarse a las costumbres y cultura islámicas. Para ser profesor universitario hay que tener un poco de prestigio (no mucho), admitir varias esposas y declarar que “Alá es el único Dios y Mahoma su profeta”. Los salarios jugosos combatirán cualquier atisbo de remordimientos. El rector es como un descendiente del profeta en la tierra.

La novela (política ficción, dicen) se llama Sumisión y, según cuenta la página de Editorial Anagrama, llegó a las librerías el mismo día de los ataques a Charlie Hebdo. Michel Houellebecq es el autor. No lo conocía. Ahora sé que se llama realmente Michel Thomas, francés de una isla de ultramar, y tiene 59 años.

Mientras esperaba un avión leí distraído una nota sobre el libro hace algunos días. Luego de la reseña lo busqué y solo pude encontrarlo en formato digital. El fin de semana, doblegado por cansancio, enfermo, pude terminarlo y solo eso me salvó del aburrimiento y la maldición por los accesos de tos.

Sí, es altamente recomendable para quienes gustan de las metáforas, sueñan imposibles o se burlan de la realidad, por lo menos en una novela.

Hora de descansar

El cuerpo del hombre dijo: no más, suficiente ya. Hasta aquí llegamos. Es hora de descansar, de sentar la cabeza y mirar sin prisa el reloj.

En las horas previas, al caer la noche, gastó la última gota de esfuerzo cuando dijo a los estudiantes y maestros de la escuela de trabajo social: «gracias por la oportunidad y los aprendizajes compartidos». La garganta, visiblemente afectada, sacó la bandera de huelga. Solo la inercia lo regreso a casa.

Las últimas semanas el trajín fue extraordinario. Roto el indispensable equilibrio, desbordado por las tareas, como frágil varita se dobló sin chistar y un tronido nada más perceptible al oído del propio cuerpo. Quedó allí, acurrucado y postrado. Esperando pagar la factura para levantarse de nuevo, mañana o al siguiente, y cerrar el año como soñó.

Falta moral

Veo un tuit y abro el enlace. Escucho en el resumen noticioso de Ángel Guardián que la Diócesis de Colima declaró que no votar es una falta moral.

Soy analfabeto en cuestiones celestiales. Y civiles, lo admito. Ignoro qué significa eso de “falta moral”, pero no debe ser algo bueno si la pretensión es ir al cielo.

Inevitablemente me surgen algunas preguntas; por ejemplo: ¿votar a los inmorales es un acto moral o inmoral?

Puestos a dictar sanciones con el código celestial en mano, podrían explicarnos, nomás por curiosidad: ¿qué clase de falta o pecado se tipifica con estos gobernantes que saquearon el estado y las arcas municipales? ¿Irán al cielo o tienen perdón?

Declaración solemne

Juan, un antiguo y viejo colega cuyo nombre es ficticio, me contó el secreto de su lozanía. Mientras esperábamos la reanudación de las actividades en el congreso nacional de investigación educativa, en Chihuahua, con su amena conversación me explicó a qué atribuye su buen estado anímico.

Un hobbie como coleccionista de objetos de su oficio le mantiene entretenido. De sus últimos hallazgos me habló emocionado. El segundo hecho es no leer diariamente noticias. Solo dos veces por semana, no más, enfatizó. Lo primero me sorprendió gratamente, lo segundo primero me dejó perplejo, después pensando y confundido.

La confesión puede ser políticamente incorrecta, o como quieran calificarla, pero en el oficio de un investigador educativo de importancia, entre sus colegas más recalcitrantes podría merecerle denostaciones, por eso me guardo el nombre.

Dos semanas estuve mascullando aquella conversación. Ya tenía conmigo esa sensación de que en este lugar del mundo, el periodismo más abundante lo alimentan las declaraciones de los políticos, y como no rezuman inteligencia, sabiduría o buen humor, poca gracia tienen ellos, sus declaraciones y las noticias.

Además, leer lo mismo en estos tiempos de boletines de prensa y periodismo barrial, o escuchar la noticia que primera es entrevista, luego declaración y al día siguiente noticia de lo ocurrido, la tarea de estar informado es muy aburrida y, francamente, pérdida de tiempo.

Frente al alud que nos viene encima con las nuevas campañas hoy declaro, solemnemente, que seguiré el consejo de mi amigo Juan al pie de la letra. No aspiro a ser feliz con ello, ni a cambiar el mundo, solo a mantener mi desadaptación a una sociedad con preocupantes síntomas de enfermedad.