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Confesiones

Cuando tengo suerte, como hoy, comienzo los preparativos de mi artículo periodístico desde el viernes al terminar la jornada laboral. El artículo lo envío el domingo, pero por la mañana de ese día debe estar listo para las dos o tres revisiones que acostumbro. Los temas a veces no se deciden por distintas razones: exceso de la rutina laboral, ausencia de asuntos públicos interesantes, bloqueo personal… En estas semanas abundan, y la duda se invierte: ¿de qué escribo, con tantos motivos en la mesa?

Una muestra de la diversidad del menú que aguarda en estos días: el paro de los maestros de la Sección 39 del SNTE en Colima, la campaña que lanzó ayer el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, la situación del atraso en los pagos de la Universidad, los anuncios del nuevo gobierno federal sobre la cuarta transformación en el campo educativo, la demanda de los maestros de inglés para atender su situación precaria…

En otro orden, más personal, tengo varios asuntos: el inicio del siguiente semestre escolar en la Universidad y mi retorno a la docencia, la investigación que desarrollo en escuelas de Colima, la presentación de mi nuevo libro, en fin. El menú es amplio. Y mejor que no tenerlo.

Elegí ya. Hablaré de la condición de los maestros de Colima a partir de la declaración de que en Colima no puede haber maestros de primera y de segunda. Estoy absolutamente de acuerdo. No debe haber maestros de segunda y de primera; todos han de ser de primera, pagárseles como tal y exigírselas así. No comparto ahora lo que escribiré, ya lo haré el domingo por la noche.

Como la escuela es tema permanente, las sombras no me abandonan. Una exalumna y hoy colega me cuenta las desgracias que vive una escuela en Cofradía de Ostula, Michoacán. Según las notas periodísticas, un grupo de padres de familia fueron encadenados (ya libres) por tratar de evitar el cierre de la primaria bilingüe Benito Juárez. Las ordenes fueron, presuntamente, de la autoridad comunal de Santa María de Ostula; los ejecutores, policías comunitarios. ¿Habrá algo más que agregar a estas atrocidades?

Emociones encontradas

Comencé la semana con emociones encontradas. Me duele la condición de salud de un querido amigo, Pedro Vives. Apenas el martes pasado habíamos visto una luz en su recuperación después de un problema serio, y vivido una noche estupenda, animados en la conversación y escuchando viejos tangos. Anoche lo vi de nuevo, sonriente con esfuerzo, con la templanza de siempre, pero lo prefiero sentado a la mesa, en su silla de la cabecera, con su humor de siempre y no acostado en la cama.

En las antípodas. Ayer fue un día especial en el periplo profesional. Empecé un proyecto de investigación y escritura que me llevará un par de años. Y pocas veces puedo afirmar, como hoy, que escribí las primeras páginas del libro que más me desafía en estos años.

Hoy pasé una tarde extraordinaria en el taller de un admirado artista y amigo, Mario Rendón, quien me invitó a visitarlo. Recorrimos su taller, me contó la historia de casi todas sus piezas y entre la casa, los distintos espacios, las obras de arte y la conversación siempre generosa del maestro, se me fueron las luces del día y se encendieron los privilegios de disfrutar amistades extraordinarias.

 

Chavela, Joaquín, Mariana Belén y yo

La distancia entre el repertorio musical predilecto de mi hija y el mío se ensancha sin cesar. Es natural y no pretendería cambiarlo. Ella tiene 13 años y sus gustos son tan variados que ni queriendo podría alcanzarla y, para ser sincero, no me gustan algunos de sus afectos, aunque se mantiene en notas aceptables. Con frecuencia, cuando subimos al auto, enciende el radio y casi sin errar identifica canciones y voces. Me deja perplejo. Mientras yo juraría nunca haber escuchado alguna canción, ella la tararea o la canta sin rubor. A veces, para tender un puentecito entre su pentagrama y el mío le preguntó con falsa seguridad: ¿esa es Camila Cabello, cierto? ¿Ésta sí es Selena Gómez? ¿Quién canta, Ariana Grande? No, papá; es la respuesta más común, luego me corrige y en tono didáctico explica diferencias. Camino a la escuela o de regreso, a veces sigue en la música y su hermano conversa conmigo o se suma al coro. Me temo que con Juan Carlitos correré la misma suerte, pero prematuramente.

Anoche la recogí de una fiesta en casa de una de sus amigas. Eran las diez, yo estaba cansado y atribulado con las cosas de adultos. Subí al Corolla, conecté mi iPhone y elegí el concierto más reciente de Joaquín Sabina. Manejé sin prisa, con el viento en la cara, refrescando el humor. La llamé y salió sin dilación de la fiesta; cuando arrancamos seguía escuchando a Sabina en tono audible para conversar. Pon esa canción de nuevo, pidió. Su petición me sorprendió. La regresé con más volumen. Enfilamos a casa y en el camino empezó a cantarla: “quién supiera reír, como llora Chabela…”.

Esa canción me gusta, dijo mirándome con el semáforo en rojo. Ella feliz, como siempre con la música, yo seguí manejando, observando el arroyo vehicular en la noche de antros y sorteando los fantasmas interiores, aunque sonriendo por la complicidad musical de la noche.

¡Hasta siempre, Pedro!

No puedo presumir su amistad. No tuve ese orgullo. Lo vi pocas veces. Recuerdo dos en San Luis Potosí. Como asistente a un seminario que coordiné sobre las universidades (tremendo privilegio el mío) y luego, en la mesa de un restaurante exquisito, al lado de su mujer, Lucy Nieto, y con Sergio Dávila. Tomamos cervezas, cenamos en un sitio dedicado a Frida Kalho y pasamos una noche muy agradable.

Hace unos minutos uno de los asistentes de aquella velada, Sergio, me anunció la partida de Pedro Medellín. Lo lamenté profundamente. Poco antes había visto la foto que el propio Sergio había colocado en su perfil de Facebook y al mirarlo, a Pedro, sentí un aguijonazo. La confirmación llegó y el primer pensamiento fue para Lucy, la esposa, madre, abuela joven, compañera y jefa en la UASLP.

No tengo duda: en estos momentos tan duros Lucy estará solidariamente acompañada de los recuerdos de Pedro, de su familia y de sus muchísimos amigos de la Universidad y la sociedad sanluisina y de distintas partes, a la distancia o en persona. Así sucede cuando se adelanta una persona querida, y más cuando es apreciada y se ganó el reconocimiento y la admiración de tanta gente. Pedro Medellín es un hombre de esa estatura humana y profesional.

¡Hasta siempre, Pedro! ¡Hasta siempre, maestro!

Terrorismo telefónico de Sears

Por razones que ignoro, olvidé pagar la mensualidad de mi tarjeta de crédito en Sears. Días después de mi fecha límite de pago entró la primera llamada grabada del corporativo, indicándome que tenía un retraso y debía saldarlo. Pensé: mañana iré sin falta.

Llegó mañana, es decir, ayer; de nuevo, la llamada y la voz indicándome del atraso. Pensé: ¡chin, hoy cuando vuelva de mi pueblo! Una grata conversación familiar en ese clima envidiable alargó la noche y volví tarde a Colima, cuando ya habían cerrado Sears. Hoy, presuroso, acudí antes del mediodía, cubrí mi adeudo y dejé todo en paz. Eso creía. Poco después recibí una tercera llamada tercera, esta vez, en vivo: la señorita me indicó que etcétera etcétera… La llamada me molestó, confieso. Le expliqué que era la tercera vez que me llamaban: negó rotunda, porque ella, dijo, era la responsable de mi cuenta. Le expliqué que aceptaba mi retraso, que no había recibido el estado de cuenta y me cargaran los intereses correspondientes, además, remaché: ¡ya pagué, señorita, su llamada ya no tiene razón de ser! Eso le dije, pero no me dejó continuar, volvió con su perorata, guardiana fiel del patrimonio de sus patrones. Su sistema no tenía registrado mi pago y soltó otras preguntas que me negué a contestar: qué cuándo había pagado, por qué medio, con qué referencia, etcétera. Volví a insistirle que ya no les debía nada y su llamada era improcedente. Había suspendido mi reunión y quería reanudar. Cortó groseramente: entonces voy a llamar a sus “referencias” para que le de vergüenza. Así, amenazante, sin rubores. Fin de la llamada. ¡Carajo, Sears no me entiende!

Como queda claro: no me avergüenza reconocer que no pagué porque lo olvidé. Si no tuviera dinero, tampoco tendría por qué avergonzarme. Lo saben ahora mis referencias y quienes lo lean. La situación me enfadó y por un momento resolví acudir personalmente a aclarar. Luego, más tranquilo, juzgué perdida de tiempo. Nunca me había sucedido un retraso así, nunca había recibido sus llamadas y en mi historial crediticio no soy moroso.

Ya en casa, tranquilo, salieron estas palabras cuando me disponía a escribir la buena noticia que quería contarles. Lo haré mañana, por ahora, solo espero que mis “referencias” no me tengan ya por huachicolero [o alguna yerba por el estilo] y se avergüencen de mí.