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Debates y pobrezas

En estos días intenté actualizarme en los debates sobre el artículo 3º constitucional. Preferentemente usé los videos disponibles en la red, pues las fuentes escritas que habitualmente consulto estaban registradas. Me sorprendieron dos cosas, que ya intuí en otros momentos. Por un lado, que se concentra en los académicos y actores de la capital del país, como si solamente allá existieran capacidades y argumentaciones racionales para un debate necesariamente nacional.

Por otro lado, aprecié con más claridad (y un dejo de preocupación) el nivel de conocimientos de los actores políticos sobre el campo educativo. La cosa no es menor. Que los diputados y senadores, por ejemplo, deban decidir sobre aspectos torales, los tendría que comprometer a conocer un poco; no parece así en muchos casos. Tampoco es un mal generalizado, quiero suponer.

Me resulta imposible no recordar una experiencia que viví hace más de 10 años en Argentina, en un congreso organizado al alimón por los diputados provinciales y la Universidad Nacional de Catamarca. La conclusión más sorprendente, al respecto, es que yo era incapaz de diferenciar quién era un académico y quién un diputado, por los niveles de argumentación, solvencia profesional y conocimiento de los asuntos educativos.

No es el caso nuestro, tristemente, y eso quizá es señal de agotamiento de la vida política nacional y, de alguna forma, de la responsabilidad política de las universidades que formaron a dichos personajes.

Promover la escritura

Las dos colaboraciones más recientes del Diario de Educación, mi columna en medios periodísticos locales, se ubican en una línea indispensable: promover la escritura entre los más jóvenes en la profesión pedagógica, estudiantes aún.

Digo indispensable, desde la perspectiva en que ejerzo el oficio, convencido de la responsabilidad formativa con las nuevas generaciones.Estoy convencido, también, que el quehacer pedagógico, como en otras profesiones, es impensable sin la escritura, un vehículo de comunicación y del pensamiento, de expresión y deliberación colectiva, de crítica y compromiso.

Incentivar la escritura no es función solo de los maestros de literatura o español. Nos corresponde a todos, en alguna medida. Como profesor universitario así lo asumo. Con buenos alumnos enfrente la tarea es relativamente fácil: elegir un tema atractivo, la circunstancia propicia y dedicarle un poco de tiempo.

En esa clase de tareas, el resultado siempre será positivo: uno, dos, tres, cinco estudiantes podrían interesarse y continuarán explorándola, o tal vez ninguno persevere, pero ya no es nuestra decisión.

Por ahora, los estudiantes, como yo, estamos motivados y dispuestos a continuar. ¡Que así sea!

Mi tiempo en pantalla

Esta mañana, durante la caminata, recibí la notificación en el teléfono celular informándome el “tiempo en pantalla”. Como pocas veces lo he revisado, no supe interpretar si era mucho o poco. Luego seguí caminando despreocupado, pero las preguntas vinieron en automático: ¿cuánto del tiempo en pantalla tuvo algún valor útil?, ¿cuánto tiempo perdí imbécilmente?, ¿era necesario invertir esa cantidad?, ¿cuánto tiempo en redes sociales es apropiado? ¿La “productividad” lo es, efectivamente?

Las calles solitarias en domingo, viento fresco en la cara y automóviles pasando ocasionalmente, me rebulleron nuevas dudas y respuestas. Casi ninguna contestación me resultaba favorable y opté por torcer el hilo del pensamiento. Subí el volumen del concierto de Sabina y Viceversa.

Traviesas, las preguntas volvieron unos metros adelante. Me di por vencido. Sí, debo pasar menos tiempo en pantalla. O desactivar la función y esquivar el molesto recordatorio.

Lo discutiré conmigo el resto del día.

¿Mañanas cotidianas o coincidencia funesta?

Con un par de horas apenas en la Ciudad de México, caminando por las calles del sur, sobre avenida Insurgentes, fui testigo de un hecho que me dejó consternado varias horas, con dudas y rabia.

Tres hampones viajando en una moto asaltaron a un par de ancianos en su viejo auto, a diez metros de una de las avenidas más populosas, a plena luz de la mañana. No lo vi todo, pero puedo imaginarlo. Aprovechando el semáforo para atravesar Insurgentes, en el carril central, al lado derecho del auto, se detuvo la moto, bajaron pistola en mano dos tipos, abrieron las puertas y arrebataron las pertenencias, con la tímida resistencia de los ocupantes.

El asalto duró nada. Me percaté, como muchos, por los gritos y el barullo que se despertó entre las esquinas, pero nadie, ni uno solo de los mirones dimos un paso hacia el auto atracado. Solo vimos, mudos, el acto vil de los tipos que probablemente golpearon a la anciana que se resistía, mientras el marido salía del auto, manoteando con una voz inaudible en la distancia que nos separaba.

Los ladrones montaron y enfilaron hacia el sur, escondiendo entre las camisas las pistolas. Petrificados, o impávidos, los miramos partir. Los busqué con la mirada y los vi perderse en el tráfico, mientras seguí mi camino, con el corazón acelerado y deseando volver de nuevo al hotel. Varias horas más tarde, al recordar los hechos, las dudas y la cobardía colectiva me robaron la tranquilidad.

Amanecer entre libros

Desperté de madrugada y no pude regresar al sueño. Vencido por la impaciencia tomé el libro de Natalia Ginzburg y concluí las 40 páginas restantes. Dudé entre seguir leyendo, mientras la oscuridad permanecía, o reanudar la escritura de mis artículos pendientes para el fin de semana. Opté por comenzar una lectura largamente deseada: Sabina. Sol y sombra, de Julio Valdeón.

El autor promete contar lo que nunca nadie, reflejar el lado desconocido del escritor, poeta y cantante de Úbeda, universalmente conocido como Joaquín Sabina, nacido Joaquín Ramón Martínez Sabina.

Apenas leí algunas páginas, descubriendo facetas del padre de Sabina, fuente de sus inspiraciones primigenias. No me corre prisa con este tipo de libros, en realidad, con ninguno, y cuando sucede, lo cierro y espero mejores momentos.

Hoy, tal vez, regrese a sus páginas.