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El Festival del Volcán y Davide Arena

Conocí el Festival del Volcán antes de su erupción. El autor intelectual, Davide Arena, entonces director de Cultura del Ayuntamiento de Colima, me buscó para invitarme a participar en la experiencia desde un ángulo distante a los espectáculos que se instalan en el corazón de la capital y trastocan gozosamente la vida pública, por lo menos durante algunos días, aunque la persistencia podría resultar un definitivo punto y aparte en el horizonte cultural colimense.

Pocas semanas antes del anuncio, en su oficina, Davide me mostró los primeros carteles del Festival, el programa general y los detalles de la gestación. Me pareció un proyecto formidable y la historia breve lo confirma. La manera como lo idearon y concretaron es un caso para reconocerse públicamente.

A Davide lo conocí gracias a un querido amigo, Pedro Vives, argentino, quien nos reunió, como a muchos otros, en unos de sus cumpleaños para festejarse con un asado espectacular en el restaurante donde comí y cené durante varios años la mejor carne de Colima, siempre con agradable compañía y tangos en el sonido ambiente.

Davide fue el creador del Festival del Volcán que, felizmente, sobrevivió a la nueva administración. Su nombre tendría que ser distinguido, porque el triunfo, se dice, tiene muchos padres y patrocinadores, pero la iniciativa es única y la valentía para sostenerla, admirable.

Ojalá el Festival siga siendo de todos y no para el lucimiento individual del alcalde en turno y que en esta edición, o en las próximas, reconozcan a quienes tuvieron la idea y la realizaron.

Desde aquí un abrazo solidario y admirado a Davide, mientras llega la ocasión de hacerlo personalmente.

Derecho a la educación: punto de partida

Con un esfuerzo inusitado, contra el reloj, pude enviar hoy mi colaboración al Diario de la Educación, en España. El tema es un primer intento de analizar aspectos de la reforma educativa del nuevo gobierno en México. En realidad, apunto algunas ideas para ponderar las propuestas hechas en el cuerpo del texto constitucional aprobado ya por la mayoría de los congresos estatales.

En estos días he escuchado, de manera profusa, un comercial de la Cámara de Diputados de Colima, que celebra la aprobación y lista algunas de las ventajas de los cambios que avalaron de forma expedita. Me gustaría ser tan optimista como ellos, pero la historia de la educación y mi experiencia de varios años me anticipa que todavía habrán de pasar algunas primaveras para cumplir lo prometido.

Mi artículo para el Diario de la Educaciónestá basado en un documento hecho por el Instituto Internacional para el Planeamiento de la Educación, de la Unesco, en su sede de Buenos Aires. Algunas cifras me reconfirmaron problemas o rezagos que padece nuestro país y dificultarán concretar la promesa de una educación con equidad y calidad, si no hay estrategias estructurales distintas y un esfuerzo financiero descomunal.

Me detendré solo en un rubro, central en las reformas educativas de América Latina y México: el derecho a la educación de buena calidad, especialmente en los niveles medio superior y superior.

Las tasas de escolarización (2015) en el grupo de 15-17 años colocan a México, con 75.2 %, en un grupo de países distantes de los más avanzados, encabezados por Chile (95.5 %), seguido de Argentina (88.5 %), Bolivia (86.8 %), Costa Rica (85.7 %), Brasil (85.2 %), Ecuador (83.9 %) y República Dominicana (83.9 %).

El otro indicador es el porcentaje de jóvenes de 25-35 años con nivel secundaria terminado, (2015). México, con 45.1 %, se ubica lejos de Chile (84.3 %), Argentina (69.7 %), Colombia (68.2 %), Brasil (62.6 %), Venezuela (60 %) y Bolivia (59.2 %).

Son estos, entre otros indicadores, los que habrán de dar cuenta del progreso educativo de México en algunos años, y no otros  ficticios sacados de alguna manga mágica.

 

Bendito insomnio

A la 1:26 abrí los ojos y supe que el sueño había escapado por la ventana hacia la calle. El viernes me dormí temprano y y tal vez por eso el cuerpo, habituado a pocas horas de sueño con la madrugada para el colegio de los niños, jugó la broma. Me levanté resignado. Decidí no prepararme un café, solo agua tibia, para volver a la cama dos horas más tarde. Repasé las tareas del fin de semana y regresé al capítulo ajeno que corrijo para un libro en proceso. Me ilusiona la idea de terminar ese proyecto y ofrecer al mundo educativo colimense un libro que hoy no existe, uno que muestre la situación del sistema escolar estatal. No de todos los aspectos, por supuesto, no cabrían en un tomo, pero sí de algunos, agrupados en torno a dos ejes: el derecho y la calidad de la educación, que en realidad son uno, pues no se concreta el derecho si no es de calidad. Terminé pronto de corregir aquel capítulo. El sueño seguía de fiesta en la noche silenciosa y fresca desde mi balcón. La vigilia continuó.

Elegí comenzar la lectura de un libro: Zen en el arte de escribir, de Ray Bradbury. Me sorprendió gratamente su carácter íntimo. Avancé veloz sobre las primeras 25 páginas y solo me detuve para escribir estas líneas a las 3:09. No sé si dormiré de nuevo, en todo caso, probablemente hoy bendiga la casi siempre odiosa compañía del insomnio. En mi cabeza dan vuelta algunas de las ideas leídas: escribiendo uno recuerda que está vivo, y eso es un privilegio, no un derecho / escribir es una forma de supervivencia / uno tiene que mantenerse borracho de escritura, para que la realidad no nos destruya.

¿Toda vida pasada fue mejor?

A veces me pica la tentación de pensar que la vida infantil era mejor cuando fui niño. Luego pondero. Pongo en balance las buenas de mis años tiernos en un pueblo, con las buenas y malas de mis hijos citadinos. La comparación es insostenible e insensata. Salgo por la puerta trasera. Me parece ociosa la valoración, peor aún, los juicios sumarios.

Solo tengo una buena y otra mala. Explico breve. Mis hijos tienen hoy más acceso a la lectura que yo a sus años, y han leído por gusto mucho más. Saben mucho más que yo. Ese es un signo del progreso civilizatorio. La mala que advierto es terrible: los niños hoy tienen menos hermanos, sobre todo, menos amigos cerca, menos espacios para socializar, menos metros para correr, menos escondrijos para jugar, para arrastrarse en las calles, para sonreír de frente al sol con la cara al viento. Entre una y otra no hay forma de optar. Son realidades inevitables.

Lo que me pesa ahora es ver la forma cómo mi hijo tiene que esperar y esperar a encontrarse con un amiguito, visitarlo en su casa o ser visitado. Nosotros, en cambio, solo teníamos que pararnos en la puerta, con la calle abierta y el pueblo entero a la disposición, entonces venía el grito amistoso, la invitación de Pancho, Alejandro o Martín, para dispararse como flecha y disfrutar la niñez plena por unas horas, hasta que llegara la hora de la cena o el olor de la comida.

México: en blanco o negro

En el libro sobre Joaquín Sabina titulado Sabina. Sol y sombra, de Julio Valdeón, el autor recoge las palabras de una conversación del cantante y poeta con Javier Menéndez Flores para otro libro [Sabina en carne viva]: “La cosa que más me molesta de la Cuba de Fidel es que allí los matices no existen… Es decir, allí o eres castrista o eres un agente de la CIA. Y yo me niego a ser ninguna de las dos cosas”. Entre paréntesis, también confiesa su amor: “pero la amo mucho y vivo todas las contradicciones que vive esa isla”.

Cuba no es el motivo de mi reflexión. Es un pretexto para detenerme en la situación que atraviesa nuestro país, caliente por sus propias fracturas, agrietado políticamente, con alta tensión entre los seguidores y defensores del presidente y sus contrarios, a quienes se coloca a todos en un mismo saco. Yo, como Sabina, me niego a ser ninguna de las cosas.