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Mi curso de francés

Ayer presenté la tercera evaluación de mi curso de francés, nivel 1, en la Facultad de Lenguas Extranjeras. No sé el resultado, obvio, pero gané muchos aprendizajes.

La experiencia resultó gratificante por todos los ángulos. Cumplí un objetivo trazado a principios del año, cuando programé actividades generales; además, fue especial porque tuve como compañeros (de cursos y niveles distintos) a mis hijos, así que hicimos de los sábados un paseo por el campus.

La expectativa se cumplió por lo que toca al curso. Néstor, el joven profesor, fue un estupendo conductor, amable, comprensivo y ágil; los compañeros, discretos y respetuosos siempre, quizá inhibidos por la presencia de un adulto, el único del curso. Esa situación tan contrastante fue una de las circunstancias que estuvo a punto de hacerme abortar el proyecto, pues las dos primeras clases me resultaron un ejercicio tortuoso de acoplamiento a muchachos incluso más jóvenes que los estudiantes con que trabajo en Pedagogía. Probablemente de no haber estado mis hijos habría decidido buscar otro momento, pero aguanté. No sé cuánto pude haber influido en la dinámica y el comportamiento grupal, por las diferencias cronológicas, pero siempre estuve atrás.

El siguiente semestre, salvo razón extraordinaria, volveré a inscribirme. Espero encontrar más tiempo para dedicarme y obtener una preparación mejor que ahora. ¡Desde ya, es propósito!

Días de colores

Si los días de nuestras vidas se pintaran de colores, el paisaje resultante luego de un mes o años sería tan multicolor como las colchas que las madres tejían en mi pueblo con pedazos de las telas que iban dejando las prendas que cosían para las mujeres. Habría días grises, verdes, azules, rosados, blancos y negros. Hoy, por ejemplo, en mi almanaque vital, sería un día negro, o tal vez, el Día Negro.

Estación Mérida 2

El único problema de visitar Mérida es regresar pronto, sin alcanzar todos los propósitos culinarios o visuales propuestos; menos, cuando la agenda de trabajo se resiste a quedar en el cuarto de hotel, o antes, en el cubículo de la Universidad.

La estancia de ahora fue la más ajetreada, por las dos actividades que debía cumplir en la Universidad y las tareas que traje conmigo. Regreso con casi todas las metas laborales cubiertas; falta preparar el examen de francés, recuperar algunas de las horas perdidas de madrugada y estabilizar el organismo después del festival de sabores.

La siguiente será la última semana laboral. Vendrá un periodo de reposo y reflexión. Creo que nunca esperé tanto, con ansiosa desesperación, que sonaran los villancicos para arrullarme y despertar el año próximo.

Diario de viaje. Estación Mérida

Segundo amanecer en Mérida, segunda desmañada. Segunda y última jornada de trabajo en la Universidad, la UADY.

Ayer comenzó el Coloquio Institucional de Educación Media Superior y ese motivo aligera la pesadez de dormir pocas horas, con agenda recargada de tareas varias. Estar aquí, como en otras ciudades donde tengo la fortuna de ser invitado, es un privilegio; por la belleza de la ciudad, la hospitalidad universitaria y el encuentro con buenos amigos o el descubrimiento de nuevos colegas a los cuales aprenderles.

Entre la preparación de mis compromisos aquí, tiempo para comer rico y pasear en las calles maravillosas del centro o entre los paradisiacos jardines de una antigua hacienda, he podido dedicarme a terminar la escritura y revisión de un nuevo libro, repaso de mi vida en el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación.

En las dos noches previas y sus madrugadas pude completar la versión que ya envié puntual a la editorial como acordamos. Sueño con tenerlo pronto en la pantalla para comenzar las revisiones de lo que será un libro electrónico, y más aún, con poderlo compartir con colegas y amigos interesado en conocerlo. No escribí la historia del Instituto, no es mi oficio, solo la mía ahí, cómo la viví.

Por estas cosas que dejé en los párrafos previos es un privilegio feliz despertar al nuevo día en una ciudad así, y lanzarse a la regadera antes de que se haga tarde y empiece mal el taller en la Universidad.

¡Buenos días!

Terapia intensiva

Después de pasar una Semana de Pascua como en montaña rusa en la Ciudad de México, laborando en el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, en esta volví a experimentar algunas sensaciones semejantes, en sentidos iguales y contrarios. Aquellas jornadas en Barranca del muerto fueron frenéticas, inéditas, lindas; también desoladoras, contradictorias, desconcertantes; esta última ha tenido alguna semejanza en la intensidad del sube y baja emocional.

Ayer tuve una tarde especial, presentando un libro en escenario que jamás imaginé: el Congreso del Estado. El autor de uno de los capítulos, medio enfermo pero feliz, me describía por teléfono sus sentimientos por lo experimentado. No tuve tiempo de disfrutar la experiencia; debía preparar un proyecto para presentar en mi curso de francés hoy. No terminé, aunque intenté todo lo posible.

Hoy, cuando salí de clases, revisé la agenda y entendí que no había tiempo para el ocio. La siguiente semana debo impartir una conferencia y un taller a profesores de preparatoria en la Universidad Autónoma de Yucatán, así que debía afinar los materiales que utilizaré.

Solo a mediodía, involuntariamente, me quedé dormido luego de una larga reunión, tirando por la borda, impensadamente, una reunión con mis compañeros de generación de la carrera universitaria. Desperté tarde, con pesar y como sedado. Vine a mi mesa para retomar los documentos de Mérida y encontré una llamada perdida. Uno de mis más queridos colegas me buscó; no suele hacerlo así, ni en sábado. Le devolví la llamada de inmediato y quise bromear con el saludo, como habitualmente; su tono me heló. Su mamá, a quien vi apenas hace unos días de pie y jovial, de compras, está en terapia intensiva. Respiré hondo, preparé un café y tomé rumbo al hospital, apenas con tiempo de contarles mi pesar y desear que, quienes puedan, recen por nosotros esta noche.