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El discurso de Saramago

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir.

Con esas palabras sencillas, en oración tan potente, José Saramago comenzó su discurso en la recepción del premio Nobel de Literatura en 1998. Lo conocía en partes y solo ahora pude leerlo completo, en la entrada del 7 de diciembre de aquel año, en El cuaderno del año del Nobel.

Hace algunas semanas compré el libro y lo fui leyendo de a poquito, unas páginas un día, luego otras cuentas al siguiente, o dos o tres días después. No me corría prisa, no quería agotarlo, porque no sé se habrá otro milagro y tendremos un nuevo libro del querido escritor portugués.

Cuando leí las últimas páginas sentí una extraña desazón, como si me despidiera de un viejo buen amigo. Así encaré, con cierta nostalgia, las palabras del escritor admirado desde que llegara a mis manos El evangelio según Jesucristo, leído por primera vez en alguna Semana Santa, entre botellas de whisky y la playa de Cuyutlán, viendo ponerse el sol y luego caer la noche, con un puñado de buenos amigos.

Desvaríos pedagógicos

A mitad de la semana estuve en la escuela de Juan Carlitos para participar en una clase “abierta”; La materia, inglés. Los hechos ocurrieron como estaban previstos, supongo: los niños en general respondieron muy bien, se movieron, cantaron, bailaron, dibujaron, crearon un animal fantástico y luego lo describieron, todo en inglés, por supuesto.

Las mamás y papás estábamos de pie, a los lados de la sillería repleta. Apenas cabíamos niños y adultos, pero todos alegres. Me tocó al fondo, en el centro, así que podía mirar las caras de los adultos a izquierda y derecha, y las cabezas de los niños, sus rostros de perfil o cuando pasaban al frente.

He pasado por otras clases abiertas, y esta me pareció de las mejores, especialmente por la concurrencia de adultos y el entusiasmo. La anécdota quedó allí y la guardé como un buen momento.

Ayer por la tarde tuve clases en la Facultad. Analizamos primero un video de Adrián Paenza, matemático argentino, y luego seguimos preparando el diagnóstico que llevarán a cabo los estudiantes. Mientras ellos trabajaban en equipos, unos en el aula, otros afuera, luego cuando regresaron al salón para la sesión plenaria, me vinieron a la cabeza, sin razón aparente, los recuerdos de la clase abierta del miércoles. Imaginé a las mamás y papás de los estudiantes en nuestro salón, sentados atrás, a los lados, mirándonos conversar y escribir, leer, que eso principalmente hicimos.

Varias preguntas surgieron: ¿qué pensarían sus papás viéndolos en un aula universitaria?, ¿qué les parecería la clase, el tema, la dinámica, la conducción del profesor?, ¿pensarían: “qué interesante”, “qué aburrido”, “no lo habría imaginado”?, ¿qué?

Otras dudas me rebulleron. Cerré la divagación deseando que los papás de estos universitarios miraran a sus hijos con el orgullo y cariño con que los mismos papás observan a sus hijos cuando todavía son pequeños. Eso sería suficiente, pensé, para aquella imaginaria clase abierta en la universidad.

Lágrimas entre la basura

Camino casi todas las mañanas. A veces 40 minutos, otras, 75, depende del tiempo y compromisos. Es un ejercicio que mi médico aplaude. Las ventajas para la salud las siento y espero constatarlas largo rato; pero caminar me sirve también para otros fines: ordeno ideas, busco el título o el tema del siguiente artículo, repaso clases o una intervención; frecuentemente examino comportamientos propios. A veces solo salgo en esa búsqueda; en otras, para que la cabeza se despeje o el cuerpo reaccione. Algunas veces camino sin mirar al lado, en otras, buscando.

En ocasiones, absorto, sin lanzar la red, pesco momentos: el conductor en acciones intrépidas con el celular, o hurgando desesperado en la nariz; otras, me enternece el gesto cariñoso de una madre al hijo con Down y el abrazo en mitad de la acera.

Hace días una de esas imágenes me cimbró y quedó dando vueltas en la cabeza, gritándome que intentara describirla. Un hombre inclinado husmeaba en la basura de la esquina, entre un montón de cartones. Lo miré unos instantes y seguí; de pronto se levantó. Era mayor, ciruja de oficio obligado, de 70 años, calculo. Cuando mostró la cara observé sus ojos, con las bolsas infaltables, las arrugas envolviéndolos. Sus ojos y los míos se cruzaron. Nos quedamos así, mirándonos. Él se llevó una toalla de papel a la cara y los limpió. Nuestros pasos se acercaban, los míos a los suyos. Cuando le distancia desapareció lo vi con claridad. Lloraba. Sus ojos lloraban en una mezcla de dolor y pena. Tragué saliva al pasar a su lado y sin conciencia apagué la música del teléfono.

¿Qué maldita sociedad estamos viviendo? ¿Qué clase de sociedad somos, en donde las personas, con siete décadas en la espalda, deben buscarse la vida en un montón de basura?

Una mañana especial en Manzanillo

Esta mañana viví una especial presentación de Elogios de lo cotidiano, invitado por la Universidad Multitécnica Profesional campus Manzanillo. Fue algo distinto, irrepetible, súper emotivo para mí.

El organizador, Miguel Martínez Yáñez, dispuso que además del libro reciente, cuatro profesores comentaron otros de mis textos, de Aprendiendo a enseñar. Los caminos de la docenciaa La escuela que soñamos. Esperaba un paseo tranquilo, festivo, pero no tanto; las emociones desatadas por los comentarios generosos de los invitados me zambulleron en la historia de cada uno, desde los varios años que pasé escribiendo Aprendiendo a enseñar, los momentos y lugares argentinos donde se escribieron muchas de las páginas de los otros. En fin. Por lo descrito en tan pocas líneas, este evento será uno de los más entrañables.

Como suele suceder en estos casos, la otra parte vital es la reacción que despierta en el auditorio, las persona que nos acompañaron, mayoritariamente femenino, estudiantes y maestros de pedagogía. Y aunque al principio dudaron, al final las preguntas sirvieron, creo, para transitar más libremente de la pedagogía a la vida, o de las inquietudes por el título, por cómo escribir un libro y los temores de algunas alumnas a hacerlo.

En la UMP, como he dicho cada vez que estoy ahí, me siento en casa; me hacen sentir muy bien, porque tienen el don de la hospitalidad y porque hemos encontrado momentos propicios para refrendar respetos y amistad.

¡Gracias a la Universidad y a quienes me regalaron dos muy lindas horas!

Ecos de la emoción

Pasados veinte días de la presentación de Elogios de lo cotidiano, en Quesería, y poco menos de publicarse la carta-comentario que Mariana Belén escribió para la ocasión, siguen resonando los ecos de las palabras de la niña de 13 años. Un día sí, dos después, me siguen comentando amigos y colegas que la leyeron, que les gustó, que muy linda, que ya no es una infante… Y algunos, a continuación, me preguntan o afirman el orgullo del padre. Por supuesto, agradezco y me emocionan las palabras o las felicitaciones para ella.

Los padres tenemos siempre un orgullo genuino por los hijos, creo, porque con distintas aptitudes o rasgos nos hacen sentir así, en diferentes momentos o razones. Me parece que sentirlo es parte del paquete de la paternidad, aunque podríamos caer fácilmente en fatuidad o complacencias, pero me alerta e inquieta más lo contrario, si es que se le puede calificar así: me refiero a que sean los hijos quienes sientan orgullo por sus padres. Esa es la tarea enorme que tenemos y quizá, lo que nos toca fortalecer en la medida en que ellos van siendo cada día más independientes.