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¡Cuidado con el lenguaje!

Con los políticos debemos tener harto cuidado. Diría que debemos ser muy duchos, pero detesto la palabreja. Los políticos se inventan interpretaciones [maromas, dicen malpensados] que, a veces, son disonantes con las realidades de ojos y oídos ciudadanos.

No hay devaluaciones del peso frente al dólar, solo deslizamientos. No hay inflaciones, son ajustes. No hay nuevos impuestos, se actualizan. Y así, siempre en detrimento de los más.

En estos días lo revivimos. No hay desabasto de combustible, dicen; solo se retrasó, o más bien, cambiaron los sistemas de distribución. Los ciudadanos, desatentos, que no se han enterado de tales medidas, pierden el tiempo [y la paciencia] en vano. Debemos modificar hábitos, usar menos el vehículo, o abstenerse de usarlo, de paso, combatimos la suciedad ambiental. Y el que piense lo contrario, seguro es huachicolero.

Así, con la violencia y la inseguridad, la corrupción o las parentelas incómodas. ¡Cuidado con el lenguaje!

Objetividad periodística, realidad funesta

Mi diario se alimenta hoy de noticias frescas. No son edificantes, pero no es mi responsabilidad, solo doy fe.

En el periódico Reforma aparece en portada una foto y pie elocuentes: Regreso a clases… y armados. ACAPULCO.

La fotonota informa [sic] que el regreso a clases fue custodiado por el Ejército, montando guardias permanentes y con patrullajes.

Excélsior precisa: ocurrió en 293 escuelas de todos los niveles educativos.

La Crónica es más puntual todavía: solo en Ciudad Renacimiento, periferia de Acapulco.

El mismo hecho, distinta interpretación, o variedades. Lo funesto: que maestros y niños lleguen a escuelas potencialmente inseguras, irrespetadas por la delincuencia. ¿O por quién?

La grieta

La abstención del gobierno mexicano para condenar a Venezuela sumó otro episodio al desencuentro crónico entre el presidente de la República y sus adversarios. Para construir se necesitan días, semanas, meses, años, décadas; para demoler, segundos.

La grieta se profundiza cada día, con lógica excluyente y marcadas señales de intolerancia. De un lado, los críticos de las decisiones presidenciales son colocados todos en la misma fila. Pareciera que criticar no está permitido, y que aplaudir fuera lo único políticamente correcto después de gobiernos desastrosos. En el extremo más distante algunos están y estarán en contra de todas las decisiones del presidente, no importan orígenes ni consecuencias; en el otro, se solapan y justifican hasta lo que la decencia intelectual y ética [que no viven lejos] mínima reprocharía. En ambos bandos solo hay dos tonos, y el bueno está de su lado. La posibilidad de comunicación está anulada. Priman denuesto y rabia.

México es más, muchos más que pejechairos y fifís canallas. La grieta que de un lado y otro se ahonda es mortífera, puede devorar a unos y otros, a todos. Encender el salvajismo verbal y el revanchismo no serán jamás cemento para la construcción social.

Ojalá los responsables sean suficientemente sensibles para tender puentes, moderar lenguaje y detener la embestida irracional en un país donde, en esa estúpida dinámica, migran un poquito cada día la cordura, la humildad y la sensatez.

 

Donde todo comenzó

Hoy volví a mi pueblo. Cada vez que regreso, con mucho tiempo entre una y otra visita, se mezclan emociones, desatan recuerdos y nostalgias. Me gusta caminar o andar en auto en aquellas calles entrañables: de casa a la escuela secundaria, de casa al estadio Carlos Septién, de casa al jardín, al cine Ramírez, a casa de mis amigos; los vericuetos que caminaba con Mario Rodríguez mientras repartíamos el periódico o vendíamos las fotos que tomaba Juan el fotógrafo; luego, cuando cambiamos de domicilio, de casa al “Maracana”, la trepada por las calles que me separaban de los amigos, el jardín o la iglesia de estilo rangeliano, que me sigue deslumbrando, aunque todavía no llega un párroco que le haga justicia y elija los colores que la resplandezcan.

Cada vez que estoy en mi pueblo, de alguna parte de la memoria afloran vivencias perdidas, situaciones que me hacen revivir instantes de la película personal. Sé que camine esas calles, porque se llaman Álvaro Obregón, Jorge Septién, Emiliano Zapata, Cuauhtémoc… pero sé que no son exactamente las mismas, porque ya no están allí las personas de entonces, los amigos, esos olores; porque los colores cambiaron, o así los recrea mi imaginación.

De todo, lo que hoy me impresionó más fue mirar el volcán desde todas partes, más imponente que nunca, más cercano, más colosal. No sé si en todos estos años el volcán de fuego creció, los recuerdos se achicaron o mi emoción se desquició. Uno no elige donde nacer, pero cada vez encuentro más gusto al lugar donde nací, allí donde todo comenzó.

Nadie se baña dos veces en el mismo río, dicen que dijo el filósofo; y nadie camina dos veces las mismas calles, aunque parezcan exactamente iguales, especialmente porque nosotros ya no somos los mismos.

Garry Kasparov o escoger nuestros demonios

Esta mañana, aprovechando el silencioso clima fresco salí al jardín de casa a continuar la lectura de Garry Kasparov en su libro Cómo la vida imita al ajedrez. Con Kasparov en sus míticas batallas contra Karpov arranca mi conocimiento limitadísimo de la historia del ajedrez, de cuyos hechos daban cuenta los medios mexicanos como desde mundos remotos.

Es una obra interesante, sesuda, que revela la inteligencia del excepcional campeón mundial más joven en la historia (1985), que mezcla en sus capítulos las partidas contra grandes maestros, las enseñanzas de los campeones precedentes, la tecnología, la imaginación, la preparación, la disciplina, en fin, un repertorio temático notable, con una escritura ágil y profunda conjugada con su vasta cultura.

Leo ahora las páginas del apartado “Factores estáticos y escoger nuestros demonios”, que relata sus andanzas por la política. Parafraseando a Bismarck, dice el excampeón mundial: la política es el arte de lo posible; luego, la tarea de un político es definir qué se puede y qué no se puede cambiar, identificando los factores que se pueden alterar y las compensaciones para lo que resulta inmutable en un momento dado. Esa astucia logró, en la batalla por el Imperio romano en el año 31 a. C., que Antonio derrotara a Octavio y Cleopatra, invencibles hasta entonces.

Llego al corazón de su debate puntual: la lucha entre desequilibrios y compensaciones en las sociedades, por ejemplo, entre libertad y seguridad. Cita a Benjamin Franklin: “Aquellos que entregan la esencia de la libertad a cambio de la seguridad, no merecen ni seguridad ni libertad”. Estados Unidos es ejemplo siempre y ahora con la “amenaza” migrante; también la propia Rusia: “Cualquier crítica a los funcionarios del Estado es calificada de ‘extremismo’, un término separado del de terrorismo únicamente por una coma en el libro de derecho de Putin”.

Aunque no quiera, la evocaciones a nuestro tiempo, geografía y circunstancia son inevitables.