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Ineptocracia: retrato del presente

Rubén Carrillo, cazador infatigable de autores y lecturas, me envía una imagen. No resisto la idea de compartirla y dejarla asentada en mi Diario. El fondo es negro, en el centro, arriba, una foto del hombre con su mano en la barbilla. Abajo, el texto: Impecable descripción del filósofo y escritor francés Jean d’Ormesson de la palabra que ha inventado, y que describe literalmente la “democracia” actual.

Luego, la definición magistral: “La ineptocracia es el sistema de gobierno en el que los menos preparados para gobernar son elegidos por los menos preparados para producir, y los menos preparados para procurarse su sustento son regalados con bienes y servicios pagados con los impuestos confiscatorios sobre el trabajo y riqueza de unos productores en número descendente, y todo ello promovido por una izquierda populista y demagoga que predica teorías, que sabe que han fracasado allí donde se han aplicado, a unas personas que sabe que son idiotas”.

No tengo el contexto, pero no será México el motivo de su aporte al diccionario político del siglo 21. Creo.

Sería muy simpática, sin duda, si fuera el guion de una película satírica, o si no tuviera visos de acercarse lenta e inexorablemente al horizonte.

Tarde oscura

Mediodía sombrío. Alejandra, colaboradora en la Dirección del Instituto en Colima nos transmitió un mensaje fúnebre procedente de Tabasco: murió Martha Ruth, quien fungió como directora del Instituto en aquella entidad. Justo unas horas después de las maniobras en el Senado para imponer a los integrantes de la Junta de Gobierno y el Consejo Técnico. ¡Un golpe anímico sobre otro!

Con Martha Ruth no forjé amistad cercana. Nunca tomamos un café ni compartimos la hora de los alimentos en las muchas horas que pasamos juntos en las reuniones de directores. Siempre, sin embargo, me causaba admiración verla ingresar a nuestras sesiones, con dificultades inocultables para trasladarse, el ánimo siempre en alto y la energía rebelde contra lo que consideraba injusto.

Es una pérdida dolorosa, una tristeza que inunda las emociones desde la respetuosa relación que sostuvimos. En casa observo esta noche una bolsa de viaje que me regaló en navidad, con un simpático changuito que de inmediato cautivó a mi hijo y se la apropió. Pensaré en ella y esperaré que descanse para siempre en paz.

 

Noche negra

La larga noche culminó como había arrancado el proceso de elección del Consejo Técnico y la Junta Directiva del organismo que sustituirá al INEE: improvisada, apresurada, opaca; para usar adjetivos suaves. Mi expectativa era cautelosa, más tirando al pesimismo. La reposición del proceso luego de los serios cuestionamientos por las irregularidades expuestas no despejó dudas ni limpió la basura.

Para la segunda ronda, el trabajo desde la Comisión de Educación del Senado generó nuevas interrogantes en la conformación de las listas de aspirantes. La cosa se tornó oscura.

La mayoría en el Senado quiso imponer una votación en paquete (cédula, le llaman), cuando los opositores solicitaban votación individual. La deliberación concluyó con la aprobación de las listas palomeadas. Tan montada estaba la trama, que en la madrugada los 12 nuevos miembros de ambas instancias rindieron protesta.

Cerró así el proceso, justo como empezó. El horizonte no parece promisorio para la educación. Espero, fervientemente, estar equivocado.

Fin de cursos 2

Ayer fue la última clase de Juan Carlos. Terminó su ciclo escolar. Para Mariana Belén el final había sido anterior, al principio de la semana. Con él, más abierto, o todavía con ánimo de conversar con el padre, hablamos una noche y a la mañana siguiente sobre la escuela. Fue gratificante, como siempre. Me ilusiona que respondan lo insospechado; me gusta ser incapaz de advertir sus contestaciones; me desafían, ciertamente, pero aprecio sus respuestas y puntadas como expresiones de inteligencia y franqueza, con toques de rebeldía; todo eso me parece indispensable en la vida para no pasar de largo.

La charla con Juan Carlos fue especial, ya confesé. El miércoles me contó que extrañaría la escuela. Me sorprendió. Casi todo el año escolar, excepto los días de ajedrez, renegaba al despertar. Ahora, con la incipiente madurez, profundizó: es que la vida sin aprender algo no tiene mucho chiste, hay que darle sentido a lo que hacemos, no podemos pasarnos el tiempo solo jugando. Palabras más, palabras menos, eso expuso. No supe qué decirle. Repetí sus palabras: ¡así que vas a extrañar la escuela! Pero ya había dicho todo. No declaró nada, siguió luchando para colocarse los calcetines, levantó los ojos y volvió a su afán.

El fin de cursos tendrá ese sentido para muchos estudiantes y profesores. Desde el rol adulto, son a veces pesadas pero necesarias la adrenalina de lo incierto, la emoción del encuentro, el temor por la ignorancia, la complicidad con los chicos. Y para los alumnos, después de todo, imagino que habrá momentos como el de Juan Carlitos.

Llegamos al fin de cursos, repito, y estoy contento. Salí indemne; las ilusiones persisten. Por ahora descansaré de los jóvenes para dedicarme a otros proyectos: terminar un libro, avanzar en la investigación, y un montón de lecturas pendientes.

La docencia siempre es un ejercicio desgastante, pero hay dos tipos de cansancio. El mío es el segundo, el que inyecta vitalidad, impone retos y enciende las ganas de volver al aula el semestre próximo.

Niños no jueguen en la calle

Esta mañana, camino a la Universidad, me sorprendió un mensaje en la cajuela del taxi que iba delante de mí. Decía, con mayúsculas todas: Niños no jueguen en la calle. Instintivamente quise tomarle una foto, pero mi habilidad no alcanza para conducir el auto y manipular la cámara desde el teléfono. La frase se me quedó dando vueltas en la cabeza. Nunca la había leído, y soy asiduo lector de los mensajes que pintan el trasero de los taxis.

El mensaje de ese taxista que me rebasó por la mañana es la constatación de una verdad casi universal por sus efectos prácticos: las calles son para los autos, por eso, cada vez las hacen más amplias, más lisas, mejor pintadas, para que los automotores circulen más rápido, más fácil y más cómodo. Las calles, las grandes avenidas, las ciudades todas, están hechas cada vez más para los autos, no para las personas.

Las calles son propiedad de los autos, como atestigua el mensaje del taxista. Ni los niños, ni los adultos, menos los ancianos, tienen derecho a andar en ellas, porque entorpecen el paso veloz de los vehículos, especialmente de la plaga amarilla que pulula por la ciudad.

Por esa visión, que privilegia autos, motores, máquinas, cada día se vuelve más escaso el respeto a las personas, a todas, pero especialmente a los niños, a los que, en otra época, hicimos de la calle la segunda casa y ahí crecimos, pintando porterías en los portones, colocando piedras y tirando a la pelota hasta que venían los gritos de las madres. ¡Qué viejos nos hemos vuelto! ¡Qué miseria de calles las que caminamos!