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Mañana triste

Esta mañana tuvimos un negro despertar en casa. El agua de la pecera no se movió cuando encendí la luz de la cocina. Su pequeño habitante murió en el transcurso de la noche, supongo, pues ayer lo vi hacia las 23 horas, inusitadamente activo, aunque en posiciones extrañas.

Dos semanas tenía sufriendo el pequeño “Tiburoncín”, un pez betta rojo con ribetes azules, blaugrana, diría mi afición barcelonista. Llegó como un regalo para Juan Carlos hace un par de años y sobrevivió incluso a un largo viaje en carretera. A juzgar por las imágenes que se pueden comparar con facilidad ahora, era macho, aunque yo lo traté, antes de saberlo, como hembra, pues nuestra amistad parecía así: cuando me sentía, o pasaba una mano por su hábitat, se acercaba y rondaba sus transparentes paredes como coqueteando. Y yo, en el juego, le hablaba y le decía palabras cariñosas, respondiendo a sus mimos.

Con mis hijos jugaba en algunos momentos al compararlos: es el único que se alegra cuando me ve, el único que me agradece la comida, y bobadas por el estilo. Era una mascota perfecta, aunque ahora decir “mascota” sea políticamente incorrecto. Pero así era: no ensuciaba la casa, no ladraba ni hacía escándalo, no tiraba pelos por doquier, no exigía caricias, no cagaba mi estudio. A cambio, silencioso, discreto, no se movía de su sitio.

Hoy nos dejó Tiburoncín, y yo, disculpen la confesión (¿cursilería?), lo sentí profundamente. ¡Descanse en paz!

Vivir para contarla

En los años iniciales de la carrera universitaria leí por vez primera a Gabriel García Márquez. Perdí detalles. Pasaron ya muchos años como para tenerlo fresco. Fue El amor en los tiempos del cólera el libro inaugural. Alguien, en la facultad, nos habló de los amores eternos entre Fermina Daza y Florentino Ariza, con tal vehemencia que quise explorar la historia de un sentimiento así. Probablemente alguna fantasía incipiente despertara. 

Tan pronto reuní dinero me fui a la Galería Universitaria, la extinta librería en el centro de Colima que nos ofrecía casi todo lo que podía conseguirse entonces. Allí lo compré y luego pasé tardes enteras encerrado en mi cuarto familiar, deshojando la historia. La fascinación por el escritor colombiano no tuvo contención. Como pude fui comprando el resto de sus libros: la segunda, Cien años de soledad, otro mazazo sentimental indescriptible; siguieron La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, El otoño del patriarca, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada… Leí todo lo que pude conseguir, o casi todo, porque algo habré dejado por ahí. Luego vino una larga pausa, hasta que llegaron sus obras finales, Vivir para contarla y Memoria de mis putas tristes, sus discursos. Años después encontré en alguna librería tres volúmenes con descuento de sus obras periodísticas. Pasaron los años y se murió. No volví a leerlo nunca más. Cuando intenté hacerlo en un volumen que reunía sus cuentos completos, me quedé en las primeras cien páginas. Allí tengo todavía el libro al lado de la cama. 

Los años transcurrieron y recientemente, buscando biografías para empaparme de historias personalísimas apareció en formato electrónico la del Gabo, escrita por Gerald Martin. Así comencé a leer sus más de dos mil páginas, entre pausas, en recesos del trabajo, por las noches, cuando me sobran minutos, o al despertar. Su lectura, imbuida del espíritu de la obra del genio del realismo mágico me transportó inevitable, nostálgica y entrañablemente a los ambientes donde nació la magistral obra de quien creía, en su juventud, que escribiría una novela que se leyera más que la del Quijote. 

Leerlo ahora me revivió y rebobinó la cinta vital de treinta años atrás. No sé si veré la página final, porque en momentos me ahoga el mar de recuerdos y me abruman los compromisos laborales. Sé, en cambio, que habrá de volver, más temprano que tarde, a comenzar la lectura de su obra, cuando esté en el otoño de las emociones, a punto de reescribir algunos capítulos inolvidables de la vida, mientras espero la carta que, tal vez, nunca ha de llegar.   

Parto de libros

No todos los días uno puede gritar al viento que terminó de escribir un libro, un proyecto o manuscrito que aspira a convertirse en tal. Pues eso, que terminé, puedo afirmarlo ahora con alegría tímida. “Mi vida en el Instituto”, se llama. Nació el 21 de diciembre del año pasado, mientras limpiaba mi estudio y preparaba la mesa de trabajo donde corregiría otro libro que aguarda ya muchos meses a que llegue la hora de las correcciones finales. Absorto en la tarea doméstica, como un rayo se clavó en alguna parte la idea terca de que valía la pena reflexionar sobre los treinta y tantos meses que había pasado en el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación. Empecé esa misma noche y cuando creí que estaban escritas las últimas páginas, en febrero pasado, recibí una llamada que me ofrecía reincorporarme al Instituto. Acepté y dejé en pausa el manuscrito. La nueva aventura fue corta por mi voluntad, reacia a abandonar Colima para instalarse en Ciudad de México indefinida e inciertamente. El 1 de junio corté la relación con el organismo que había sustituido al INEE y esperé el momento de escribir un epílogo definitivo.

Ayer fue el día. Tres páginas, que no son las mejores del libro, emergieron del pozo de las ideas. Con ellas el libro salió a las manos del corrector de estilo y volverán pronto, espero, para preparar la edición en formato electrónico y de distribución gratuita como lo pensé desde el principio. Por lo pronto, hoy estoy en una fiesta pacífica e individual, sin estridencias, con apenas un poco de tequila y un puñado de recuerdos, en una noche fresca, invadida de olores nostálgicos.

Nubarrones en las universidades

Varias notas del Reformaaluden a las universidades públicas. Son síntomas, descripciones, presagios de problemas en la vida financiera y, probablemente, académica. La primera que leo, fechada el 17 de julio, reseña un punto de acuerdo mediante el cual la Comisión Permanente del Congreso de la Unión solicita a los gobiernos de 22 entidades federativas que entreguen a las universidades recursos pendientes por 1,678 millones de pesos.

Otra, más reciente, consigna un informe de la Dirección General de Educación Superior Universitaria, que reconoce el adeudo de “al menos 22 gobiernos estatales”, por la misma cantidad.

La tercera, también de ayer, titula: “Amagan con paros en 10 universidades”. Líderes sindicales advierten la parálisis financiera y la falta de recursos para pagar a los trabajadores.

El presidente aludió a ellas en su mañanera del 17: que se terminen los cacicazgos en “todas”; luego reculó: en “algunas”.

No será un sexenio apacible para las universidades. Además de apoyos, les faltará comprensión gubernamental y, tal vez, les sobre opacidad.

Día oscuro

Dediqué la tarde a reunir los capítulos que había estado trabajando por separado y que formarán un libro dedicado a la educación en Colima. Han sido varios meses en el proyecto, entre la escritura y reescritura de un par de capítulos colectivos, la revisión y correcciones de otros cuatro escritos por colegas invitados. La labor es minuciosa, amerita dedicación extrema. A veces la evito, luego, cuando llega la hora, me dedico con pausas periódicas para mantener la cabeza fresca. Cerré la pantalla por un momento y abrí las tareas de los estudiantes de posgrado para calificarlas. Me distrajo el sonido de un mensaje por teléfono. La noche había caído cuando desvié la mirada al jardín. Abrí Whatsapp. La foto de un hombre sonriente sentado frente al mar, su hijo, más pequeño, al lado. Lo identifiqué de inmediato. Davide Arena. El mensaje era funesto. Un nudo me cerró la garganta; pasaron por la memoria algunos momentos. Descansará en paz. Luego pensé en el hijo, y el dolor laceró la poca tranquilidad. Tiene la edad de mi Mariana Belén y una pena inmensa que sobrevivir.

¡Hasta siempre, Davide!