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El Congreso, las diputadas y la educación colimense

Al mediodía estuve en el Congreso local para reunirnos con las diputadas de la Comisión de Educación. El motivo: presentarles el proyecto del libro Colima: avances y retos. Educación, primero de la colección que abrirá Fundación Cultural Puertabierta para contribuir a la reflexión, desde obras escritas con diversidad de perspectivas, en torno al presente y el futuro de la agenda estratégica actual, especialmente en la entidad.

Coordinar el primer volumen ha sido una labor absorbente, pesada en momentos, pero gratificante desde ya, como la acogida de hoy. Integrar un equipo humano tan sólido es un privilegio y fue ocasión para muchos aprendizajes.

En la reunión estuvieron cuatro de las cinco integrantes y las sensaciones, como las varias veces que estuve ahí antes, fueron muy positivas. Percibo sensibilidad ante el tema, atención y escucha, disposición para su trabajo y apertura, sin poses ni presunciones.

La exposición se convirtió en un diálogo fraterno, respetuoso; intercambio de inquietudes que derivó en el consenso de que podemos colaborar a una mejor educación en Colima, desde las posiciones de cada cual.

Como es muy reciente la publicación de los resultados de la prueba PLANEA secundaria, aplicada en junio pasado, aproveché la oportunidad para mostrarles la situación local. De eso, tal vez, escribiré en mi próxima columna.

Agotada la larga jornada laboral, cierro por fin la agenda y por este día pongo punto final a la página de este diario.

Otra forma de relación escuela y familia

Esta tarde/noche asistí a una reunión de comités de padres de familia en la escuela secundaria de Mariana Belén. Me invitaron a formar parte de un grupo encaminado a fortalecer el ámbito cultural del centro y acepté gustoso.

Asistí a la reunión expectante, por lo que nos plantearan y por los compromisos que ya me abruman con regularidad. Estuvimos presentes los coordinadores de los ocho comités y la sociedad de padres de familia, con presencia mayoritariamente femenina. Presidieron la directora general y la directora del nivel educativo.

No sé qué implicará en términos de tiempo y esfuerzo, pero me interesa continuar en este ejercicio que parece inédito y apunta a una construcción colectiva que fortalezca, incluso, la academia escolar y la participación efectiva de los padres de familia, como un actor también pedagógico.

Entre los asistentes percibí compromiso e ideas. Nuestra preocupación última, por supuesto, son los hijos, pero entendemos que la contribución de la escuela puede ser más potente si somos capaces de sumarle. Con esa convicción, la tarea será menos ardua, posiblemente gratificante en el corto plazo y ejemplar por cuanto nos convierte a los padres, y de alguna forma a los estudiantes, en actores con una preponderancia indispensable. Ojalá. Espero contarlo algún día. Lo que ya puedo decir es que la educación es una buena noticia, aunque los resultados de PLANEA secundaria en el país podrían vacunar contra el optimismo.

Educación normal: para qué nos alcanza

Me gustaría afirmarlo con vehemencia hoy: la educación es una buena noticia. Pero cuando observo el presupuesto que el proyecto de gastos para 2020 destina a la dirección general que coordina a las escuelas normales del país, se me ensombrece el panorama y decae el ánimo.

Con un presupuesto tan lastimado, es difícil que las escuelas normales puedan encarar las tareas que demandaría una transformación de fondo, estructural en el sistema educativo, como la que se debe a las escuelas donde se forman los maestros.

Lo dicen desde las izquierdas y las derechas, porque el consenso es unánime: no hay sistema educativo mejor que la calidad puesta en práctica por sus maestros. Y si queremos transitar hacia un futuro distinto para la formación de los millones de niños y adolescentes, la reforma o renovación de las escuelas normales es condición indispensable.

Steve Jobs, ícono del mundo globalizado de hoy también lo tenía claro: en las escuelas los maestros son el protagonista, no la tecnología. Explicitemos: los maestros y educadoras que hoy laboran, pero también los que se empiezan a formar y quienes sostendrán el esfuerzo magisterial en las décadas siguientes.

Reuniones escolares de madres de familia

Tengo ya las primeras reuniones de padres (y madres, que son mayoría) de familia en las escuelas de mis hijos. Hoy comienzo. Escribo estas líneas justo antes de partir.

Probablemente por las demasiadas expectativas en el bucle que deberíamos formar las familias y la escuela, pienso que lo hecho es claramente insuficiente. En general persiste una visión sobre las reuniones, sintomática de su arraigo: los padres somos depósitos de información.

Las familias son desaprovechadas por la escuela en su potencial pedagógico. A lo más que llegamos es a recibir la invitación para asistir un día a leer un cuento o escuchar una conferencia. Con excepción de la lectura, todo lo demás nos concede el triste papel de consumidores resignados.

Es una pena que suceda así. Es verdad que muchos padres no podrían implicarse durante la jornada, por sus otros compromisos adultos, pero podrían encontrarse espacios edificantes en momentos cruciales del calendario.

La investigación demuestra que el peso de las familias en la posibilidad de alcanzar mayores logros de aprendizaje puede ser muy alto, o no favorecer en modo alguno. Es decir, que si la escuela incentivara a que la familia se convirtiera en socia, y no solamente en cliente o rehén, los resultados podrían ser superiores.

En una de las escuelas que visité dentro de mi trabajo de investigación en campo, las mamás de los niños de una comunidad pobremente escolarizada se encargaron de impartir un club de cocina a los niños, sus hijos. Ellas eran participantes activas, protagonistas. No sé si debo decirlo o ya se insinúa: los resultados son extraordinarios.

Las mamás y los papás podrían ser más importantes para la escuela. Pero es necesario construir una relación diferente, convertirlos en un agente pedagógico. ¿Me tocará verlo pronto, y contarlo?

La humilde grandeza del no sé

Esta mañana observé una entrevista a Victoria Camps, filosofía catalana. 35 minutos de reflexiones para pensar y replantearse distintos temas: educación, política, cultura, filosofía, el modelo de sociedad o la comunicación; todos repasados con agudeza.

Hacia la parte final la doctora Camps se cuestiona: qué político, cuando se le pregunta algo, contesta: no lo sé, tengo que pensarlo. Ninguno, responde de inmediato. Continúa: sin embargo, a la gente eso no le sentaría mal; pensaría: por lo menos piensa.

Los políticos son de otra clase. Prefieren inventarse respuestas, con mayores o menos evidencias, con más o menos cinismo, con más o menos grados de irresponsabilidad. Buscan clavar certezas, jamás reconocer falencias.

He rememorado el pasaje a lo largo de la mañana, en algunos momentos, y no recuerdo a algún político mexicano prominente decirlo sin rubor y con mucha honestidad ante un cuestionamiento: no lo sé, no lo he pensado, no lo hemos analizado…

Y así van ellos, dando tumbos verbales y enlodando su prestigio, sobre todo, arrastrando a una sociedad que mayoritariamente prefiere adorarlos como mesías o fustigarlos aunque no lo hagan tan mal.