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Me gusta regar el jardín

Con frecuencia dedico tiempo de cada día a regar las plantas del jardín de casa. Lo hago temprano o en la noche. Disfruto el clima fresco, el viento que penetra los pulmones y reanima. Lo hago con ropa cómoda, con calzado descubierto, sin prisa, ligero de vestido. Es un ejercicio silencioso, ideal para la reflexión, ordenar agendas o balancear hechos.

Me gusta regar cuando sobra tiempo. Disfruto el sonido del agua al salir de la manguera, ver un retoño en los árboles o plantas, los mil tonos del verde.

Es una hora, o poco menos, de reposo productivo. Pero lo que más disfruto, lo recomprobé hoy, es disparar el chorro del agua hacia las hojas una vez que inundé las raíces.

Me gusta pensar que las hojas disfrutan el chorro del agua, que se mueven caprichosas y se agitan alegres. Imagino que las hojitas tienen conciencia y piensan, que sonríen cuando las despierta el agua. Que por las mañanas les encanta prepararse para los rayos del sol, o por la noche, para la frescura de la noche.

No sé cuánto hay de delirio y cuánto de realidad, pero importa poquito. Me gusta regalarles una alegría a las hojitas de mis árboles.

Antídoto contra la frivolidad

Cuando nacía la entrevista y pujaba por hacerse un espacio como género periodístico respetable, las críticas era fuertes, pero también las razones que la alentaban.

En Londres, en 1884, Thomas Smith, diácono congregacionista, fundó Great Thoughts, y contrató a Robert P. Downes, ministro wesleyano, como editor. La revista, se cuenta en Las grandes entrevistas de la historia. 1859-1992, era semanal y contenía ensayos, crítica de libros, reseñas, novelas de carácter ético publicadas por entregas y entrevistas.

De la intención de publicar entrevistas, Downes declaró varios años después: “Me sedujo la idea de que no sería mala cosa hacer llegar hasta mis conciudadanos fragmentos de la literatura más pura y ennoblecedora a un precio asequible… También deseaba aportar un antídoto contra la basura, la frivolidad y la degeneración que se ofrece al público”.

Sería insensato declarar que la cosa no cambió en todos estos siglos, pero es evidente que todavía se siguen prodigando basura y frivolidad a manos llenas, con entrevistas incluidas, o su generoso aporte.

La universidad que soñamos 2

Una clase libre se convirtió en una de las influencias más sutiles pero relevantes en la formación y emprendimientos de Steve Jobs. Así lo reveló la historia.

Cuando deambulaba por los pasillos universitarios, convencido de abandonar su carrera, ingresó a una clase de diseño. El suceso resultó extraordinario, como relata la biografía de Walter Isaacson.

En aquella clase, de una carrera que no estudiaba, en un curso que no había elegido, al que solo entró por curiosidad o para matar el tiempo, comprendió que la experiencia para el comprador debe ser única, desde la vista y el tacto, al abrir la caja y descubrir el contenido. Eso ofrece Apple.

Una clase así, incidental, fue marca definitiva. Por eso creo que en las universidades tendrían que promoverse espacios de libertad (no solo curriculares) de los que nazcan vocaciones inesperadas o emerjan ideas y proyectos impensados.

La universidad que soñamos

El 13 de noviembre de 2018 la Universidad Autónoma de Coahuila celebró su Encuentro Institucional “La universidad que deseamos”, en torno a la docencia y la tutoría. Tuve el privilegio de ser invitado para una conferencia y un taller a profesores; la secuela persiste.

La conferencia que preparé se llamó: “La universidad que soñamos”, conjuntando el título del encuentro y mi libro La escuela que soñamos. La experiencia fue muy grata; la acogida a mis reflexiones, estimulante, y seguí trabajando para incorporar aquellas ideas a un libro en proceso. Y sigo.

Como antes conté aquí, la semana pasada estuve en una clase abierta con mi hijo en su escuela. Y mientras desarrollaba mi curso por la tarde, imaginaba clases abiertas para los papás y mamás de los alumnos universitarios de pedagogía. Podría parecer descabellado; no lo sé.

En la idea semejante de una clase abierta, o mejor, cursos abiertos, pensé que esa universidad que sueño está abierta permanentemente, que nuestros cursos pueden ser tomados por otras personas interesadas, en una clase o varias, o en todo el curso, con la única limitación de los espacios y el respeto a la actividad académico.

Me parece perfectamente factible. La universidad, o cada facultad, publica en su sitio los horarios, cursos y temas, abre las puertas. Así fue como tomé dos cursos de posgrado en la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, sin estar inscrito en un programa y sin limitaciones, igual que otras personas.

Aceptaría, encantado, estudiantes que ya pasaron por la carrera, que ejercen de maestros o simplemente quieren aprender de lo que se les ofrece. Eso sí que sería una escuela genuinamente abierta.

El discurso de Saramago

El hombre más sabio que he conocido en toda mi vida no sabía leer ni escribir.

Con esas palabras sencillas, en oración tan potente, José Saramago comenzó su discurso en la recepción del premio Nobel de Literatura en 1998. Lo conocía en partes y solo ahora pude leerlo completo, en la entrada del 7 de diciembre de aquel año, en El cuaderno del año del Nobel.

Hace algunas semanas compré el libro y lo fui leyendo de a poquito, unas páginas un día, luego otras cuentas al siguiente, o dos o tres días después. No me corría prisa, no quería agotarlo, porque no sé se habrá otro milagro y tendremos un nuevo libro del querido escritor portugués.

Cuando leí las últimas páginas sentí una extraña desazón, como si me despidiera de un viejo buen amigo. Así encaré, con cierta nostalgia, las palabras del escritor admirado desde que llegara a mis manos El evangelio según Jesucristo, leído por primera vez en alguna Semana Santa, entre botellas de whisky y la playa de Cuyutlán, viendo ponerse el sol y luego caer la noche, con un puñado de buenos amigos.