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Pasillos de nostalgia

Tarde de martes en la Universidad. Mi curso comienza a las 17 horas. En esta época del año el clima cambió y tortura menos el calor insoportable. Como siempre, llego puntual, de preferencia minutos antes. No hay mucho bullicio; lo más ruidoso son un grupo de niños que juegan con unos bolos gigantes, alumnos del programa que apoya la elaboración de tareas escolares y cambiaron el aula por uno de los andadores.

Desde hace un par de clases me invaden sentimientos de nostalgia. Con el grupo que trabajo cierro un ciclo: el año completo conviví con ellos. Perdí la cuenta del tiempo transcurrido para tener dos semestres consecutivos el mismo grupo. Pero mi sentimiento es también por el afecto que siento por ellos; afecto, preocupación y responsabilidad, en estricto sentido. En ocho meses se irán de la Facultad y comenzarán otra etapa de su vida, lejos de la comodidad de la vida estudiantil, de sus pesares, como soportarnos con clases a veces irrelevantes o carentes de lucidez.

Hoy llego un par de minutos antes, entro al aula, dejó mi carpeta en el escritorio y salgo a caminar en el pasillo. No abuso con los horarios, no me gusta empezar antes ni terminar la clase después de las horas. Me detengo en el descanso de la escalera, recargo la espalda baja en el muro y despliego la vista hacia los volcanes al fondo. Los vehículos pasan por la calle a 30 metros. Desvío la mirada a la izquierda y encuentro la placa conmemorativa colocada en la parte superior de la pared. Los nombres y personajes me zambullen entre recuerdos. Por unos instantes cambio el paisaje, personajes y momentos; estoy en la mitad de la década de 1990, cuando llegamos a ese edificio.

No sé cuánto tiempo pasa. Siento hondo los recuerdos. Un saludo femenino al lado me despierta y vuelvo a la realidad. Enfilo al salón con una sensación de nostalgia. ¿Cuánto ganamos y cuánto perdimos en estos años?

Domingo negro

Después de comer me puse frente al televisor para descansar un poco. Tanto descansé, que dormí profundamente. Me quedé con la claridad y volví con el viento fresco.

Un leve dolor en el cuello, resabio del despertar matutino, me trajo al final del domingo. Vine a la computadora para concluir la revisión de mi columna semanal y encontré varios mensajes en el chat de compañeros de la facultad. Aparecieron esos mensajes fatídicos que no sabes si quieres leer o prefieres que no lleguen nunca, para evadir la pena. Tristes palabras. Ana Silvia nos informó el terrible hecho que podría llegar en cualquier momento. Falleció Laura, egresada de la facultad, luego de un prolongado periodo de enfermedad.

Me entristeció súbitamente y se me vino la noche negra con su montón de recuerdos juveniles de aquellos años universitarios. Me entristeció de forma inédita. Era joven para morir de lo que se fue, aunque, a decir verdad, para morir solo se precisa estar vivos.

Es un domingo triste, negro para nosotros, a la distancia; y para su familia, terrible. Descanse en paz.

Mala hora para la educación superior mexicana

Un profesor dedicado a temas de educación internacional subió a su cuenta de Twitter una imagen con información de los principales diez destinos a los que acuden los estadounidenses para cursar enseñanza superior en el extranjero. Son pocos, aclara, apenas el 1.9. Los países son: Inglaterra, Italia y España, con diferencias menores; luego, Francia, Alemania, Irlanda, China, Australia, Costa Rica y Japón.

¡No está México! Solo un latinoamericano, y eso es revelador de la percepción que pueden tener los jóvenes y sus familias de la vida en México y de nuestras universidades.

No sé si quería ver al país en esa lista, pero no encuentro una sola razón positiva para festejar la invisibilidad.

Luego de eso, me encuentro con otra nota acerca de la complicada situación financiera de nueve universidades mexicanas, las causas de sus quebrantos, los montos de los adeudos y las consecuencias.

Ningún hilo explícito aparece entre ambas informaciones, pero tal vez la segunda explique en parte la falta de atractivo de nuestras universidades para los jóvenes de Estados Unidos.

 

Tarde con mi hijo frente al asado

Domingo de descanso sin lunes de labores. Temprano dije a JuanCarlitos: quiero preparar un asado; uno bueno, con asado de tira y otros cortes, pero quiero que estés conmigo en todo momento, que me ayudes a preparar el fuego, la ensalada, y luego, a poner la carne y salarla juntos. Me dijo sonriente: de acuerdo; lo hacemos.

El domingo es espléndido. Hace calor, pero no tanto, y hoy juega México contra Brasil la final del mundial de fútbol sub 17. Un día espectacular para un momento que nunca imaginé.

Comenzó el partido y yo, a la distancia, escuchaba mientras él desahogaba algún grito. El fuego se avivaba con los rezos para evitar el gol brasilero. Un tequila “Alacrán” se desparramó en la copa tequilera. Así se nos fueron los minutos del preparativo. El partido se terminó en el primer tiempo y mi confianza en la victoria creció.

El olor de la carne, el humo, los gritos, las imágenes, todo se mezcló. Lo más didácticamente que pude expliqué a Juan Carlos, señalando cada actividad, cada color del fuego o la carne. Así se nos fueron los minutos y el fútbol nos regaló el grito anhelado, el gol mexicano que canté antes de ver la pelota moviendo las redes.

Luego, ya con los cortes jugosos en la boca lo indeseable se presentó, y el árbitro hijodeputa silbó un penal que pudo no ser. El porterito mexicano casi ataja. El gol precipitó el inesperado final. México perdió en tiempo extra. Juancito y yo cantamos una pequeña victoria.

Sábado de libros en Manzanillo

Este sábado pasé parte de la mañana en la Universidad Multitécnica Profesional campus Manzanillo para presentar Colima: avances y retos. Educación.

Como cada vez que estoy por ese municipio regreso con renovadas alegrías y convencido de que amerita una atención mayúscula en todos los ámbitos, incluido el educativo.

La jornada fue muy agradable. Un auditorio lleno principalmente de estudiantes, con profesores atentos; un comentarista, el maestro Welter, que hizo una estupenda reseña de nuestra obra colectiva y ofreció un panorama completo para los asistentes.

En mi turno hablé de la colección Colima: avances y retos, emprendida por la Fundación Cultural Puertabierta, del libro, por supuesto, de lo que ofrece, y aproveché la audiencia que percibí interesada para enfocarme en cuatro temas donde Colima podría ser un punto de referencia para la pedagogía mexicana. No me extiendo en ellos; seguiré bordando y avanzando en las reflexiones para ofrecer ideas más acabadas.

Al final, aprovechando que algunos asistentes se acercaron para firmar el libro y tomarse una foto, cosa que agradezco encarecidamente, conversé con algunos de ellos sobre sus estudios o escuché sus inquietudes.

Una mañana plácida, completa. Un inicio feliz del libro en la aventura de compartirlo en las instituciones educativas del estado.