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Principio de la desconfianza

Esta mañana dediqué algunas horas al trabajo colegiado. Las sensaciones son agridulces. Para mí el trabajo colegiado es más que reuniones, lista de asistencia, formalidades burocráticas y menesteres así. Es cooperación, diálogo, discusión cuando es preciso, ganas genuinas de hacer mejor las cosas, de pensar y repensar, es decir, de hacer distinto (si es conveniente) lo que siempre hicimos igual con semejante resultado.

Los asuntos e intercambios fueron interesantes. Me deslizaron a una conclusión que advierto extendida en algunas instituciones educativas. Principio de la desconfianza, podría resumirlo.

Sobre la desconfianza es complicado construir relaciones pedagógicas sanas. Sobre la desconfianza se duda de la capacidad del otro, por tanto, tengo que dictarle instrucciones minuciosas, porque desde la desconfianza controlo cada paso. Sobre la desconfianza erijo mi autosuficiencia. Sobre la desconfianza el resto son discapacitados. Sobre la desconfianza es preferible no arriesgarse, y vale más lista de asistencia completa, que unos pocos, pero bien interesados, por ejemplo. La desconfianza es una ofensa, una debilidad del que ordena, del que pretende ejercer la autoridad.

¿Democráticamente qué sentido tiene sentarse a la mesa con aquellos a quienes no concedemos capacidad o autoridad?

La desconfianza se siente hondo y se comunica igual. El que desconfía no puede esconder su temor o incredulidad; el sujeto de la desconfianza lo huele, lo escucha, lo siente. La desconfianza es pantano insalvable.

Lo peor de todo, lamentablemente, es que la desconfianza se hospeda en la prepotencia, y desde ahí, nada se construye.

¿Materias nuevas?

Algo me perdí en las discusiones y deliberaciones por la reforma de la reforma educativa. Leo el acuerdo que modifica el artículo 3º y las infografías que presentó el secretario de Educación Pública; me falta una pieza para comprenderlo todo.

Seré breve y explícito: en la propuesta de reforma señalan que a la nueva escuela mexicana se incorporan civismo, artes, educación física e historia, entre otras materias. Y se anuncian con bombos y platillos. ¡Pero esas materias ya existen! Las veo en las boletas de mi hijo, tercero de primaria. Incrédulo voy a buscar una evidencia contundente. Lo confirmo con la boleta oficial de sexto de primaria. En efecto, las materias que se van a «agregar» ya están en el plan de estudios; se llaman: Historia, Formación Cívica y Ética, Educación Física, Artes, Educación Socioemocional.

¿Entonces?

 

Debates y pobrezas

En estos días intenté actualizarme en los debates sobre el artículo 3º constitucional. Preferentemente usé los videos disponibles en la red, pues las fuentes escritas que habitualmente consulto estaban registradas. Me sorprendieron dos cosas, que ya intuí en otros momentos. Por un lado, que se concentra en los académicos y actores de la capital del país, como si solamente allá existieran capacidades y argumentaciones racionales para un debate necesariamente nacional.

Por otro lado, aprecié con más claridad (y un dejo de preocupación) el nivel de conocimientos de los actores políticos sobre el campo educativo. La cosa no es menor. Que los diputados y senadores, por ejemplo, deban decidir sobre aspectos torales, los tendría que comprometer a conocer un poco; no parece así en muchos casos. Tampoco es un mal generalizado, quiero suponer.

Me resulta imposible no recordar una experiencia que viví hace más de 10 años en Argentina, en un congreso organizado al alimón por los diputados provinciales y la Universidad Nacional de Catamarca. La conclusión más sorprendente, al respecto, es que yo era incapaz de diferenciar quién era un académico y quién un diputado, por los niveles de argumentación, solvencia profesional y conocimiento de los asuntos educativos.

No es el caso nuestro, tristemente, y eso quizá es señal de agotamiento de la vida política nacional y, de alguna forma, de la responsabilidad política de las universidades que formaron a dichos personajes.

Promover la escritura

Las dos colaboraciones más recientes del Diario de Educación, mi columna en medios periodísticos locales, se ubican en una línea indispensable: promover la escritura entre los más jóvenes en la profesión pedagógica, estudiantes aún.

Digo indispensable, desde la perspectiva en que ejerzo el oficio, convencido de la responsabilidad formativa con las nuevas generaciones.Estoy convencido, también, que el quehacer pedagógico, como en otras profesiones, es impensable sin la escritura, un vehículo de comunicación y del pensamiento, de expresión y deliberación colectiva, de crítica y compromiso.

Incentivar la escritura no es función solo de los maestros de literatura o español. Nos corresponde a todos, en alguna medida. Como profesor universitario así lo asumo. Con buenos alumnos enfrente la tarea es relativamente fácil: elegir un tema atractivo, la circunstancia propicia y dedicarle un poco de tiempo.

En esa clase de tareas, el resultado siempre será positivo: uno, dos, tres, cinco estudiantes podrían interesarse y continuarán explorándola, o tal vez ninguno persevere, pero ya no es nuestra decisión.

Por ahora, los estudiantes, como yo, estamos motivados y dispuestos a continuar. ¡Que así sea!

Mi tiempo en pantalla

Esta mañana, durante la caminata, recibí la notificación en el teléfono celular informándome el “tiempo en pantalla”. Como pocas veces lo he revisado, no supe interpretar si era mucho o poco. Luego seguí caminando despreocupado, pero las preguntas vinieron en automático: ¿cuánto del tiempo en pantalla tuvo algún valor útil?, ¿cuánto tiempo perdí imbécilmente?, ¿era necesario invertir esa cantidad?, ¿cuánto tiempo en redes sociales es apropiado? ¿La “productividad” lo es, efectivamente?

Las calles solitarias en domingo, viento fresco en la cara y automóviles pasando ocasionalmente, me rebulleron nuevas dudas y respuestas. Casi ninguna contestación me resultaba favorable y opté por torcer el hilo del pensamiento. Subí el volumen del concierto de Sabina y Viceversa.

Traviesas, las preguntas volvieron unos metros adelante. Me di por vencido. Sí, debo pasar menos tiempo en pantalla. O desactivar la función y esquivar el molesto recordatorio.

Lo discutiré conmigo el resto del día.