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¡Peligro, niños jugando en la calle!

Esta mañana muy temprano, aprovechando la suspensión de clases, y encantado con su regalo de cumple, Juan Carlos salió a la calle a correr libremente su carro de control remoto en las banquetas aledañas y el jardín delantero.

Su RC, como dice él, es pequeñito frente a otros monstruos que vimos, bien equipado, con amortiguadores que parecen reales, de color rojo; lindo aspecto. Lo escogió entre varios modelos y no dudó luego de valorar cualidades de cada una de las opciones, colores y tamaños.

Enfundado en ropa cómoda y caliente por el clima fresco se colocó la mochila en la espalda y con desenfado empezó a probar su todo terreno, ya adaptado, pues de inmediato encontró la manera de colocarle una lámpara en el techo y su viejo teléfono celular en el frente para grabar los recorridos.

Su sonrisa y concentración son la prueba absolutamente contundente de que es un niño todo lo feliz que puede serlo.

Anduvo de aquí por allá, probando, regresándolo, acelerándolo, luego pasó a la acera de enfrente, más amplia. Desde la distancia lo observaba sin prisa, pues faltaba un par de horas para mi compromiso en la Universidad.

No me sorprendió verlo así, porque es la manera en que habitualmente juega. Los sorprendidos fueron los pocos transeúntes que pasaron por ahí. A una señora que enfilaba rumbo a su trabajo la seguí con la vista mientras se acercaba a él, ella atenta, mirando sus movimientos y concentración; cuando lo tuvo cerca, le sonrió y apenas se distrajo un momento para mantener el control.

Otras personas se extrañaban de ese raro espectáculo: ¡un niño jugando en la calle! Sí, parece una cosa extraordinaria, lo que tendría que ser absolutamente normal. Así estuvimos, hasta que los autos que transitaban a alta velocidad en la calle se hicieron más frecuentes; abrazó su juguete y cruzó la calle hacia donde estaba: ¡vámonos!, dijo, ya hay demasiados autos enloquecidos.

Mañana con preparatorianos

Esta mañana pasé por la Prepa Anáhuac para una charla con estudiantes. Puesto a elegir, los jóvenes preparatorianos no son mi público favorito, porque cada vez siento más temores de incapacidd para comunicarme con un grupo social tan distante y distinto cronológica y culturalmente. A la primera invitación no había podido asistir, y la amabilidad de esta segunda no me dejaba resquicio para eludirla, aunque la cantidad de trabajo lo desaconsejara. Allí estuve y como siempre, pasados los instantes iniciales, cuando tengo el micrófono en las manos, no queda más que salir al ruedo.

Mis temores se disiparon con la cara atenta y los ojos curiosos de muchos estudiantes. Probablemente abusé de algunas cifras, para ilustrarles el tamaño y la importancia del sistema educativo, o la desmesura del reto que tenemos en el país para lograr que todos los niños y jóvenes puedan asistir y permanecer en la escuela, en una escuela decorosa y con buenos maestros.

Escucharon y en su momento levantaron las manos para disparar preguntas inquietas, inteligentes. Respondí de la mejor forma posible, pero me traje una: ¿qué podemos hacer los estudiantes frente a esos problemas del derecho a la educación y la calidad de los aprendizajes?

Aprovechar, eso les dije, aprovechen la oportunidad de unos padres preocupados porque tengan buena educación.

Tal vez debí ir más allá, y por eso traigo a colación la pregunta de este chico en la primera fila, Fernando. Llamarles a asumir algún compromiso social más allá del metro cuadrado de la sombra o el confortable cobijo de la familia. No solos, por supuesto, una iniciativa desde la escuela, por ejemplo, para apoyar a niños de escuelas con carencias materiales; para enseñar que la asistencia social va más allá de la despensa, un paquete de libretas o una mochila, que hay otras formas más profundas de empatizar con los semejantes que menos tienen y más requieren.

No lo dije, creo, porque me emocionó la pregunta preocupada genuinamente y celebré que la realidad social no los deje insensibles tan pronto.

El oficio de profesor

Cerca de las 7 pm. volví al cubículo luego de dos horas de clase. Cansado por despertar temprano y la labor intensa de la mañana, no tenía ánimo para continuar, aunque la agenda reclame atención. Sin prisa, encendí la luz, revisé la actualización pendiente de la computadora, que ya había concluido, entonces la apagué, guardé mi libro, un cuaderno, los lentes en su estuche azul y la pluma en la mochila gris. Revisé que no quedara nada, ordené los pendientes del nuevo día y puse llave en los cajones del escritorio. De pie, cerré la persiana de la pequeña ventana que mira un pedacito del cielo y los árboles de la avenida. El cielo nublado y algunos gritos en la calle me distrajeron. Entonces pensé que el mío, el oficio de profesor es un privilegio: casi nunca concluyo el día laboral con quejas por realizar un trabajo que no me gusta; casi nunca lamento estar donde estoy, y casi siempre me voy recapitulando que algo salió bien y luego podrá ser mejor. El de profesor universitario, mi oficio, es una fortuna. Habrá quienes lo sufran, y se los creeré; o quien lo maldiga todos los días, incluida la quincena. No es mi caso. No quiero con eso desatar pensamientos torcidos: también tengo malos días, debo realizar actividades que no me gustan, como llenar informes absurdos o planeaciones insustanciales, pero a ese tipo de tareas no les huyo, las mido, las encaro y trato de acabarlas en la primera estocada. Luego a lo que disfruto. Así hoy, como ayer, como casi a diario.

Subidón de emociones

Pasé del paraíso al infierno en pocas horas. Me refiero solo al mundo emocional, debo advertirlo. Probablemente exagero, pero es así como lo viví.

La historia se cuenta breve. Transcurrió la mañana sin incidentes, enfrascado en los párrafos iniciales del capítulo para un libro conmemorativo que ya pinta el semáforo en amarillo; son dos o tres párrafos, pero definitivos para abrir la puerta de la autopista o cerrar la brecha. Salieron bien y así me fui, engarzando ideas nuevas con apuntes previos, hasta alcanzar la primeras cinco páginas.

Una llamada cambió mi ánimo y enturbió la tarde que prometía apacible en el cubículo, revisando la tesis de Sonia y Juan. Fueron cuatro horas de muy mal talante, tanto que debí callarme para no agraviar con mis exabruptos a los niños que me miraban en silencio mientras viajábamos a casa.

Llegué a la reunión de las 16 horas sin humor para participar y deseando salir pronto para comenzar el cuestarriba. Pronto me di cuenta de probables equívocos originados por la infausta llamada. El ánimo volvió a su sitio; el malo, lejos.

Así se me va la tarde, en la soledad del cubículo y con la refrescante lección de no dar por perdido el partido hasta el pitazo final. Ah, y para cerrar con casi broche de oro, terminé de revisar la tesis y estoy a poco de aprobarla. Una tesis menos, una alegría más. Un día recuperado.

El fútbol también sorprende

El fútbol es una maquinaria poderosa de dinero y negocios, de emociones y fanatismos, de corrupción y belleza. Es espectáculo del ingenio humano y de sus males, como la violencia o la trampa. En la cancha coexisten futbolistas como Diego Armando Maradona desafiando límites, y Claudio Gentile, empeñado en romperle los tobillos, en aquel memorable partido del Mundial España 82. El fútbol: luces y sombras.

La Federación Internacional que gobierna el balompié es una multinacional con más países que las Naciones Unidas y toma decisiones por encima de las justicias nacionales; funciona como una mafia para entregar sedes de mundiales mediante sobornos.

Ese fútbol a veces ofrece ejemplos de dignidad. La misma FIFA colabora a despejar mentalidades retrógradas, como ahora, en Irán, donde por primera vez este jueves las mujeres pudieron asistir libremente a un estadio llamado, paradójicamente, Azadi (Libertad), para presenciar el partido entre su selección y Camboya, eliminatorio para el mundial de Qatar.

No está resuelto el problema de los derechos humanos en ese país; las aficionadas tienen que estar en n sitio aparte y solo se les concede parte del boletaje, pero es un avance enorme. Según “El país” de España, se trataba de la única nación donde las mujeres no tenían esa libertad.

La historia es larga, pero un hecho reciente fue decisivo: la chica inmolada hace un mes luego de colarse a un partido y temer represalias. La presión de la FIFA para eliminar la barrera surtió efecto; ayer las mujeres iraníes sin temores cantaron cada uno de los 14 goles, como hacen todos los aficionados del orbe.

Esta gota de dignidad derramada en parte por la FIFA no borra la historia, pero servirá para que el fútbol siga siendo estandarte en la lucha de las mujeres iraníes por la igualdad.