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Desvaríos pedagógicos

A mitad de la semana estuve en la escuela de Juan Carlitos para participar en una clase “abierta”; La materia, inglés. Los hechos ocurrieron como estaban previstos, supongo: los niños en general respondieron muy bien, se movieron, cantaron, bailaron, dibujaron, crearon un animal fantástico y luego lo describieron, todo en inglés, por supuesto.

Las mamás y papás estábamos de pie, a los lados de la sillería repleta. Apenas cabíamos niños y adultos, pero todos alegres. Me tocó al fondo, en el centro, así que podía mirar las caras de los adultos a izquierda y derecha, y las cabezas de los niños, sus rostros de perfil o cuando pasaban al frente.

He pasado por otras clases abiertas, y esta me pareció de las mejores, especialmente por la concurrencia de adultos y el entusiasmo. La anécdota quedó allí y la guardé como un buen momento.

Ayer por la tarde tuve clases en la Facultad. Analizamos primero un video de Adrián Paenza, matemático argentino, y luego seguimos preparando el diagnóstico que llevarán a cabo los estudiantes. Mientras ellos trabajaban en equipos, unos en el aula, otros afuera, luego cuando regresaron al salón para la sesión plenaria, me vinieron a la cabeza, sin razón aparente, los recuerdos de la clase abierta del miércoles. Imaginé a las mamás y papás de los estudiantes en nuestro salón, sentados atrás, a los lados, mirándonos conversar y escribir, leer, que eso principalmente hicimos.

Varias preguntas surgieron: ¿qué pensarían sus papás viéndolos en un aula universitaria?, ¿qué les parecería la clase, el tema, la dinámica, la conducción del profesor?, ¿pensarían: “qué interesante”, “qué aburrido”, “no lo habría imaginado”?, ¿qué?

Otras dudas me rebulleron. Cerré la divagación deseando que los papás de estos universitarios miraran a sus hijos con el orgullo y cariño con que los mismos papás observan a sus hijos cuando todavía son pequeños. Eso sería suficiente, pensé, para aquella imaginaria clase abierta en la universidad.

Lágrimas entre la basura

Camino casi todas las mañanas. A veces 40 minutos, otras, 75, depende del tiempo y compromisos. Es un ejercicio que mi médico aplaude. Las ventajas para la salud las siento y espero constatarlas largo rato; pero caminar me sirve también para otros fines: ordeno ideas, busco el título o el tema del siguiente artículo, repaso clases o una intervención; frecuentemente examino comportamientos propios. A veces solo salgo en esa búsqueda; en otras, para que la cabeza se despeje o el cuerpo reaccione. Algunas veces camino sin mirar al lado, en otras, buscando.

En ocasiones, absorto, sin lanzar la red, pesco momentos: el conductor en acciones intrépidas con el celular, o hurgando desesperado en la nariz; otras, me enternece el gesto cariñoso de una madre al hijo con Down y el abrazo en mitad de la acera.

Hace días una de esas imágenes me cimbró y quedó dando vueltas en la cabeza, gritándome que intentara describirla. Un hombre inclinado husmeaba en la basura de la esquina, entre un montón de cartones. Lo miré unos instantes y seguí; de pronto se levantó. Era mayor, ciruja de oficio obligado, de 70 años, calculo. Cuando mostró la cara observé sus ojos, con las bolsas infaltables, las arrugas envolviéndolos. Sus ojos y los míos se cruzaron. Nos quedamos así, mirándonos. Él se llevó una toalla de papel a la cara y los limpió. Nuestros pasos se acercaban, los míos a los suyos. Cuando le distancia desapareció lo vi con claridad. Lloraba. Sus ojos lloraban en una mezcla de dolor y pena. Tragué saliva al pasar a su lado y sin conciencia apagué la música del teléfono.

¿Qué maldita sociedad estamos viviendo? ¿Qué clase de sociedad somos, en donde las personas, con siete décadas en la espalda, deben buscarse la vida en un montón de basura?

Una mañana especial en Manzanillo

Esta mañana viví una especial presentación de Elogios de lo cotidiano, invitado por la Universidad Multitécnica Profesional campus Manzanillo. Fue algo distinto, irrepetible, súper emotivo para mí.

El organizador, Miguel Martínez Yáñez, dispuso que además del libro reciente, cuatro profesores comentaron otros de mis textos, de Aprendiendo a enseñar. Los caminos de la docenciaa La escuela que soñamos. Esperaba un paseo tranquilo, festivo, pero no tanto; las emociones desatadas por los comentarios generosos de los invitados me zambulleron en la historia de cada uno, desde los varios años que pasé escribiendo Aprendiendo a enseñar, los momentos y lugares argentinos donde se escribieron muchas de las páginas de los otros. En fin. Por lo descrito en tan pocas líneas, este evento será uno de los más entrañables.

Como suele suceder en estos casos, la otra parte vital es la reacción que despierta en el auditorio, las persona que nos acompañaron, mayoritariamente femenino, estudiantes y maestros de pedagogía. Y aunque al principio dudaron, al final las preguntas sirvieron, creo, para transitar más libremente de la pedagogía a la vida, o de las inquietudes por el título, por cómo escribir un libro y los temores de algunas alumnas a hacerlo.

En la UMP, como he dicho cada vez que estoy ahí, me siento en casa; me hacen sentir muy bien, porque tienen el don de la hospitalidad y porque hemos encontrado momentos propicios para refrendar respetos y amistad.

¡Gracias a la Universidad y a quienes me regalaron dos muy lindas horas!

Ecos de la emoción

Pasados veinte días de la presentación de Elogios de lo cotidiano, en Quesería, y poco menos de publicarse la carta-comentario que Mariana Belén escribió para la ocasión, siguen resonando los ecos de las palabras de la niña de 13 años. Un día sí, dos después, me siguen comentando amigos y colegas que la leyeron, que les gustó, que muy linda, que ya no es una infante… Y algunos, a continuación, me preguntan o afirman el orgullo del padre. Por supuesto, agradezco y me emocionan las palabras o las felicitaciones para ella.

Los padres tenemos siempre un orgullo genuino por los hijos, creo, porque con distintas aptitudes o rasgos nos hacen sentir así, en diferentes momentos o razones. Me parece que sentirlo es parte del paquete de la paternidad, aunque podríamos caer fácilmente en fatuidad o complacencias, pero me alerta e inquieta más lo contrario, si es que se le puede calificar así: me refiero a que sean los hijos quienes sientan orgullo por sus padres. Esa es la tarea enorme que tenemos y quizá, lo que nos toca fortalecer en la medida en que ellos van siendo cada día más independientes.

La nueva educación: ¿de calidad o excelencia?

La iniciativa enviada por el presidente de la República para la reforma constitucional de los artículos 3º, 31 y 73 introdujo conceptos o elementos novedosos, omitió aspectos torales y abrió un proceso inusitado de debate convocado por el Congreso de la Unión en forma de audiencias públicas con participación plural de distintos actores, así como en otras instancias, entre ellas, la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior.

Novedosa es la propuesta anticipada por el senador Martí Batres para establecer la obligatoriedad y gratuidad de la enseñanza superior, cuya puesta en marcha requeriría un monto que Imanol Ordorika estima en 14 mil millones de pesos, que las instituciones públicas dejarían de percibir por las cuotas que pagan los estudiantes. Nueva, y grave, es la omisión de la educación inicial como parte del sistema educativo.

La supresión más delicada y potencialmente peligrosa es la de la autonomía universitaria, suprimida inexplicablemente del texto constitucional, que ni los gobiernos más represores en el país se atrevieron a tocar.

En afán de desmarcarse y trazar un punto y aparte con la reforma alentada por el Pacto por México, decidieron trocar los conceptos para adjetivar la educación: de la calidad, a la excelencia. Así está presente en la exposición de motivos, y en la redacción propuesta para el artículo 3º, desde el primer párrafo, como uno de los principios que deben caracterizar la educación, junto con los de universal, gratuita, laica, obligatoria, democrática, integral y equitativa.

Si bien el término calidad, con sus ambigüedades, resulta controvertido, ha sido paulatinamente aceptado en el contexto internacional como un concepto amplio que puede explicarse a partir de algunas dimensiones, como relevancia, eficacia, pertinencia y equidad. El término “excelencia”, por su parte, es menos aceptado y ampliamente refutado.

Pablo Latapí Sarre, en ocasión de la memorable conferencia que presentó cuando recibió el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima, en febrero de 2006, disertó sobre el tema. Su discurso, publicado en libro de colección, se titula: Una buena educación: reflexiones sobre la calidad.

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