Blog

Mi tiempo en pantalla

Esta mañana, durante la caminata, recibí la notificación en el teléfono celular informándome el “tiempo en pantalla”. Como pocas veces lo he revisado, no supe interpretar si era mucho o poco. Luego seguí caminando despreocupado, pero las preguntas vinieron en automático: ¿cuánto del tiempo en pantalla tuvo algún valor útil?, ¿cuánto tiempo perdí imbécilmente?, ¿era necesario invertir esa cantidad?, ¿cuánto tiempo en redes sociales es apropiado? ¿La “productividad” lo es, efectivamente?

Las calles solitarias en domingo, viento fresco en la cara y automóviles pasando ocasionalmente, me rebulleron nuevas dudas y respuestas. Casi ninguna contestación me resultaba favorable y opté por torcer el hilo del pensamiento. Subí el volumen del concierto de Sabina y Viceversa.

Traviesas, las preguntas volvieron unos metros adelante. Me di por vencido. Sí, debo pasar menos tiempo en pantalla. O desactivar la función y esquivar el molesto recordatorio.

Lo discutiré conmigo el resto del día.

¿Mañanas cotidianas o coincidencia funesta?

Con un par de horas apenas en la Ciudad de México, caminando por las calles del sur, sobre avenida Insurgentes, fui testigo de un hecho que me dejó consternado varias horas, con dudas y rabia.

Tres hampones viajando en una moto asaltaron a un par de ancianos en su viejo auto, a diez metros de una de las avenidas más populosas, a plena luz de la mañana. No lo vi todo, pero puedo imaginarlo. Aprovechando el semáforo para atravesar Insurgentes, en el carril central, al lado derecho del auto, se detuvo la moto, bajaron pistola en mano dos tipos, abrieron las puertas y arrebataron las pertenencias, con la tímida resistencia de los ocupantes.

El asalto duró nada. Me percaté, como muchos, por los gritos y el barullo que se despertó entre las esquinas, pero nadie, ni uno solo de los mirones dimos un paso hacia el auto atracado. Solo vimos, mudos, el acto vil de los tipos que probablemente golpearon a la anciana que se resistía, mientras el marido salía del auto, manoteando con una voz inaudible en la distancia que nos separaba.

Los ladrones montaron y enfilaron hacia el sur, escondiendo entre las camisas las pistolas. Petrificados, o impávidos, los miramos partir. Los busqué con la mirada y los vi perderse en el tráfico, mientras seguí mi camino, con el corazón acelerado y deseando volver de nuevo al hotel. Varias horas más tarde, al recordar los hechos, las dudas y la cobardía colectiva me robaron la tranquilidad.

Amanecer entre libros

Desperté de madrugada y no pude regresar al sueño. Vencido por la impaciencia tomé el libro de Natalia Ginzburg y concluí las 40 páginas restantes. Dudé entre seguir leyendo, mientras la oscuridad permanecía, o reanudar la escritura de mis artículos pendientes para el fin de semana. Opté por comenzar una lectura largamente deseada: Sabina. Sol y sombra, de Julio Valdeón.

El autor promete contar lo que nunca nadie, reflejar el lado desconocido del escritor, poeta y cantante de Úbeda, universalmente conocido como Joaquín Sabina, nacido Joaquín Ramón Martínez Sabina.

Apenas leí algunas páginas, descubriendo facetas del padre de Sabina, fuente de sus inspiraciones primigenias. No me corre prisa con este tipo de libros, en realidad, con ninguno, y cuando sucede, lo cierro y espero mejores momentos.

Hoy, tal vez, regrese a sus páginas.

La elección de carrera profesional

Esta mañana pasé por la cabina de Radio Levy para conversar con Miguel Ángel Vargas sobre la elección de la carrera profesional, los criterios para tomar la mejor decisión, la importancia de la elección, entre otras interrogantes sempiternas.

Viví cerca los procesos de admisión a la Universidad de Colima, en algunos momentos fui responsable de conducirlos, y desde siempre me parecen un asunto de suma importancia para los muchachos y sus familias.

Entre las ideas que quise dejar para los radioescuchas me gustaría repetir, clarificar o precisar algunas.

En principio, una perogrullada: se trata de una decisión compleja, personal, que construye cada estudiante (con mayor o menor cercanía familiar), producto de historias y circunstancias. Pero no hay fórmulas ni conceptos generales del tipo: tómese un taller de 15 horas, asista a 3 sesiones con el orientador personal de la escuela, aplíquese una prueba psicológica de intereses y aptitudes y tendrá cerca la solución.

Estoy convencido de que la elección de carrera debe ser opción personalísima, de cada estudiante, pero esto nos obliga a preguntarnos si a los 18 años una persona está preparada y tiene claridad de su futuro, para decidir qué hará el resto o buena parte de su vida. Habrá muchos que sí, que desde pequeños tienen una inclinación artística, médica, ingenieril, magisterial, pero habrá muchos más que llegan al momento de decidir a dónde inscribirse para el proceso de admisión y dudan seriamente.

La elección de carrera debe ser informada, por supuesto, pero no solo por planes de estudios y trípticos; esos pueden ayudar, pero creo que ilumina más la charla con quienes ejercen esa profesión, con algunos que son “exitosos”, tienen prestigio, ganan bien, y con otros que la ejercen de forma menos afortunada de acuerdo con aquellos parámetros. Informada también, pienso, por visitas a las escuelas, a los talleres y laboratorios, a las aulas, y charlas con estudiantes de primero y último año de la carrera.

Nada de eso resolverá todos los problemas. Nada. Seguirán escondidos en las decisiones otras circunstancias fortuitas, una dosis alta de coraje y determinación que no provee la gracia divina ni la genética, pero que la escuela básica podría alentar.

Finalmente, le contaba a Miguel Ángel brevemente el caso de Albert Einstein, para aquellos cientos de estudiantes que no tendrán espacio en alguna facultad: el científico más importante del siglo 20 también fue rechazado de la Escuela Politécnica Federal de Zurich, luego insistió y fue aceptado; entonces, su proyecto de tesis fue desaprobado tres veces, hasta que cambió su director y el segundo asesor de tesis también se la rechazó una vez. En fin.

“Fracasar” una vez en el intento, sobre todo cuando se tiene claro lo que se pretende, no debe ser el fin de la escolarización, ni de las aspiraciones de superación por la vía de la escuela. Cuando suceda, ojalá los padres estén al lado, cual andamios, para sostener y no permitir que el edificio majestuoso que en potencia todos podemos ser, se derrumbe sin contemplaciones. Ojalá.

El uso de las palabras

Estoy en la última parte del libro Las tareas de casa y otros ensayos, de Natalia Ginzburg, escritora italiana (1916-1991). Leo ahora un ensayo sugerente, quiero decir, provocador. Antes que parafrasearla, prefiero citarla, con invitación a la reflexión, más que al incordio: “En nuestra sociedad actual, se ha decretado la exclusión de la palabra ‘ciego’ y se dice en cambio ‘invidente’. Se ha decretado la exclusión de la palabra ‘sordo’ y se dice ‘no oyente’. Las palabras ‘invidente’ y ‘no oyente’ han sido acuñadas con la idea de que de este modo los ciegos y los sordos sean más respetados. Nuestra sociedad no ofrece a los ciegos y a los sordos ningún tipo de solidaridad o de apoyo, pero ha acuñado para ellos el falso respeto de estas nuevas palabras”.

El texto que entrecomillo es de 1989, y es probable que las descripciones deban actualizarse, porque la realidad es más benigna con los ‘invidentes’ y ‘no oyentes’. Creo.

Veamos otros casos que descarna Ginzburg: “Por la misma motivación hipócrita, por el mismo falso respeto, a los viejos se les llama ‘los ancianos’, como si la palabra ‘vejez’ fuera una palabra infamante. No se entiende por qué la palabra ‘vejez’ ha de ser considerada infamante o ultrajante, pues indica una edad del hombre de la que nadie puede escapar si vive. Ultrajante es en cambio la forma en que se trata, en nuestra sociedad, la vejez.”

Un tercer caso sirve para fustigar las hipocresías sociales, siguiendo a la autora: “También por las mismas motivaciones hipócritas la sociedad impone no decir ‘negros’ sino ‘personas de color’. ¿Y por qué?, ¿de qué color? ¿Acaso en la palabra ‘negro’ hay algo ultrajante? ¿Acaso el término ‘persona de color’, púdico, cauto, ceremonioso e impreciso, no es más ultrajante y más discriminante que la palabra ‘negros’, que ya existía y que es verdadera?”.

Estamos inventando un lenguaje artificioso, cadavérico, dice, jugando con las “palabras-cadáveres” de Wittgenstein.

Aquí me quedo, con motivos para la reflexión y preguntas: ¿dónde ponemos, como sociedad, incluido el gobierno, el respeto: en la realidad o solo falsamente en las palabras?