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Diario de ruta

Mi semana será intensa, desafiante y privilegiada. Participaré en dos conferencias con profesores del Colegio de Bachilleres y planteles del subsistema de educación media superior a distancia en San Luis Potosí.

La sola invitación, luego la oportunidad de estar frente a varios cientos de profesores en la capital sanluisina y en Ciudad Valles son un privilegio que valoro enormemente. En principio, agradezco el gesto de los organizadores que deciden por uno, luego sufragan los gastos de traslado, hospedaje y demás, especialmente en un momento donde la austeridad se volvió pesadilla para las instituciones públicas.

Confianza, es la palabra que no podemos desechar. Pero más que con palabras, uno debe agradecerlo con su preparación, con la calidad de la conferencia o actividad para la cual es invitado y con el desempeño en el momento. He preparado una conferencia inédita, que no he trabajado antes, porque el tema que me propusieron es un reto: temores, tensiones, retos y esperanzas en la educación media superior actual.

Aunque en principio la amplitud me abrumó, luego, con la sedimentación de la angustia y la llave abierta hacia las ideas, agradecí también el pretexto formidable para pensar qué tenemos y qué ilusiones y fantasmas rondan ese complejo y vital subsistema educativo, el llamado coloquialmente “bachillerato”.

Fin de vacaciones

Vivo las últimas horas de vacaciones. Pasé tres semanas intensas de emociones, trabajo y resultados. ¡Sí, trabajo! Es imposible abstraerse de las tareas y compromisos, aunque la dinámica cambia notoriamente, lejos de la rutina del cubículo, de reuniones y esos afanes de la vida académica.

Me habría gustado pasar más tiempo leyendo, tirado tardes enteras, plácido, cómodo de ropa, sin prisa ni angustias, pero apenas lo conseguí. Eso sí que lo extraño. Tampoco pude caminar tantos kilómetros como me lo había propuesto. Nada qué agregar.

Estas vacaciones son un enésimo motivo para reconfirmar la necesidad del descanso cuando se trabaja en un territorio tan desgastante como el educativo, no solo porque la docencia es un oficio agotador física y mentalmente, en sus cargas emocionales, sino también, porque los alumnos requieren estos tiempos lejos de las clases para otras tareas.

En diez días volveré al aula de clases, con renovadas energías y retos mayores. Mientras, aprovecharé las horas que restan preparando los siguientes compromisos, en lo inmediato, un par de conferencias en San Luis Potosí la próxima semana. ¡Será un placer volver a esas tierras tan generosas conmigo en los años recientes!

Escritura terapéutica

En estas vacaciones reconfirmé lo que en otros momentos había experimentado: la escritura es una terapia poderosa y efectiva. No sé qué tan profundos son los males del alma que puede aliviar, pero sé que en condiciones de turbación espiritual, cuando las alegrías se esfuman, la actividad de leer, preámbulo obligado, y luego escribir, resultan disipadoras. Si la escritura es a mano, el ejercicio es más completo, porque se implica todo.

La mala noticia, para mí, por lo menos, es que cuando se aclara de nuevo el panorama, termina la fase productiva de la terapia y pongo punto final, casi siempre, involuntariamente. Pero entre vivir pegado a la pantalla, y respirando el viento fresco, entre inventarme sonrisas y encontrarme de frente al sol, la noche o la persona querida, no dudo.

Escuelas de Colima

En mi programación de actividades para vacaciones, dispuse esta semana para trabajar en el proyecto de investigación que desarrollo desde enero y titulo “Escuelas de Colima”. El lunes comencé dubitativo, hojeando apuntes, mi diario de campo, los fragmentos en la computadora. Ayer seguí en la brega; parecía titánica la tarea, por momentos, caótica, ante la cantidad de entrevistas y material luego de visitar cuatro escuelas. Hoy encontré un norte y lo más parecido al ritmo que busco. Escribí once páginas. Es fantástico. Si me había propuesto cinco diario, doblar la cantidad es secundario frente al hallazgo de la respiración que deseo. El título del capítulo, primero que tiene forma en el proyecto, me lo regaló una directora en entrevista y no lo voy a cambiar: Aquí nunca decimos “no se puede”. Una lección, precepto, bandera, un recordatorio poderoso de cuando la escuela tiene sentido no solo como ritual, y la docencia, como misión de transformación social.

Vivir sin recordar

Un querido amigo me contó hace algunos días que regresaba a Colima después de una estancia corta en otras tierras. Lo pasó estupendo, como atestiguaron sus mensajes y las palabras que escribió en esos días; sus fotos lo confirmaban. No envidio esa clase de situaciones; deseo que las personas en verdad lo disfruten al máximo.

Le maticé los comentarios, o intenté, recordándole que no es lo mismo estar de viaje temporal, con boleto de regreso y sin obligaciones, que salir de la ciudad sin saber si volverás ni cuándo. Es la diferencia entre un turista más o menos afortunado y un exiliado más o menos desafortunado.

Me pasó lo mismo, lo confieso sin rubores. Cuando estuve por Argentina añoré México un, a mis hijos, sobre todo; pasaba los días allá y las noches extrañándolos. Luego, cuando recorrí otros sitios me sucedió también.

Creo que extrañar es una condición tan humana como amar lo que se tiene, como desear que no se vaya lo que hace sentir tan bien. Extrañar es un sentimiento que anuda otros: orfandad, cariños, alegrías, amores, dolores, ternuras y, sobre todo, el temor o la angustia de no revivir lo que se desea. Pero es así la vida, inevitablemente.

Pasa también con los hijos. Un día los vemos distintos: las piernas largas, las manos fuertes, los labios pintados, la rebeldía de un no inteligente.

Vivir es recordar. El problema es vivir solo de recordar, o de los recuerdos, de las tristezas de lo ido, de los dolores sufridos.

Vivir es recordar, y recordar es volver a pasar por el corazón. No está tan mal en un tiempo donde priman banalidades y estupidez.