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Mariana, Savater y la filosofía

Hace unos días, camino a casa luego del colegio, en la conversación sobre las actividades de la jornada escolar, Mariana Belén estaba contenta con su clase de filosofía. No es poca cosa y gran mérito de la maestra. Siempre es una magnífica noticia que encontremos maestros que emocionen a sus alumnos y estudiantes que se sorprendan en ese tipo de paisajes del conocimiento. Sucedió y le pedí que me contará. No fue muy prolija en la explicación, pero la cara reflejaba alegría por las preguntas y respuestas con la profesora, por el diálogo que me contó y fue realmente interesante.

¿Te acuerdas de Fernando Savater? Le pregunté. Calló. Expliqué: sí, un filósofo español que estuvo en Colima hace 9 años, uno de los filósofos más importantes del mundo. Allí estuvimos con él, y habló contigo amistosamente.

Le recordé entonces la experiencia que ella perdió en la memoria, pues solo tenía 4 años. Ahora yo le hablé un poco y no le pregunté nada. Seguimos mirando el camino, ella con cara de descubrimiento, yo disparé la memoria hacia aquel encuentro inolvidable con el filósofo y la conversación en la playa de Armería.

Lo niego todo

Anoche comencé a ver Lo niego todo, el concierto en vivo de Joaquín Sabina. La cita había esperado varias semanas desde que conseguí el disco en Mérida. Ayer era el momento. Mi situación de víctima de desahucio emocional obligaba a un tanque de oxígeno. Dispuse lo necesario para la ocasión. Empecé y terminé hoy, con las primeras horas de la madrugada y un par de wiskis.

De Joaquín he escrito poco, casi nada, aunque Sabina ha sido compañía y complicidad permanente desde que lo encontré en los puestos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.  A Joaquín Sabina debo muchas veladas, en compañías inconfesables y en soledad, como cuando escribía mi tesis doctoral y tenía que levantarme a las 3 de la mañana para encontrar el momento. Por eso, contra todo canon, en los agradecimientos, doy fe de mi gratitud.

El concierto retrata a un Sabina viejo, desgastado por la vida y las emociones, por el cigarro y otras yerbas, pero cuando me miro en el espejo lo comprendo. Ha sido una noche como la que necesitaba, lejos de los malos pensamientos y pegado a los recuerdos más vitales.

Un día, creo, escribiré un texto para y sobre Sabina que me guste tanto que hasta me conmueva. ¡Imagino ese día!

Si Dylan, controversia incluida, recibió el Nobel de literatura, pienso, pregunto, exijo, controversia incluida: ¿cuándo recibirá Sabina el Premio Cervantes?

Zona militar: faltan los niños

Mientras espero turno en Radio Levy escucho en el auto la entrevista sobre los usos probables del antiguo campo militar de la calzada Galván, en la capital del estado. Las opiniones de los expertos se escucharon y habrá más, hasta lograr los acuerdos para dar los siguientes pasos.

Me parece fantástico que se tomen en cuenta las opiniones de especialistas; si eso sucediera en otros ámbitos, seguramente las erratas en las políticas públicas disminuirían. Pero me temo que hay una gran ausencia. Falta un actor clave, invisible lamentablemente en estas decisiones, pero el más importante en muchos sentidos: los niños, sí, los niños, los pequeños que se verán afectados o beneficiados en mayor o menor grado con la decisión.

Desde mis recuerdos de aquellas imponentes instalaciones, arboladas, verdes, no tengo un sitio más maravilloso en Colima para que los niños pasen tardes y mañanas enteras jugando libremente el mejor de todos los oficios: ser niños.

Ojalá a alguno de los que decide se le ocurra preguntarse: y los niños, ¿qué quisieran en ese lugar? Parecerá nimiedad, un gesto pueril, pero quien así piense padece notable desinformación. Ciudades europeas y latinoamericanas no construyen parques o sitios públicos recreativos sin antes llamar a su parlamento infantil, pedirles sugerencias y, cuando es preciso, trabajar conjuntamente niños y arquitectos. No me lo crean, lean a Francesco Tonucci, experto mundial en el proyecto de la ciudad de los niños.

La opinión de los adultos es muy respetable, pero quienes disfrutarán durante más tiempo ese sitio son ellos, los más pequeños; además, es su derecho.

Tonucci es sencillamente preclaro: una ciudad que es buena para los niños, es también buena para los adultos.

¿Daremos buen ejemplo?

¡Goodbye, teacher!

A veces no busco noticias, ni buenas ni malas. Ellas llegan a mí, como hoy, por ejemplo. Leo en Excélsior una escueta nota: “Maestros enseñarán inglés sin saber hablarlo: SEP”. La imagen que acompaña es del secretario de Educación.

Nunca encontré borbotones de sapiencia en las declaraciones de Esteban Moctezuma, pero en estas semanas aniquiló mis expectativas: conoce poco y mal del territorio. Y no es que añore a sus antecesores, ni poquito.

Según la información, en reunión con diputados sorprendió: “Los maestros podrán enseñar el idioma inglés sin conocerlo, apoyados simplemente en una plataforma”. La razón es apremiante; sigo la cita: “no tenemos tiempo de esperar a que los normalistas aprendan para que después enseñen”. La cosa es fácil: el niño solo sigue la plataforma maravillosa.

Es verdad que hay un planteamiento pedagógico muy sugerente de Jacques Rancière en su libro “El maestro ignorante: cinco lecciones sobre la emancipación intelectual”, pero está muy muy lejos de la simpleza que ahora leo.

Con el hallazgo de la “investigación profunda” que están desarrollando ya pueden cerrar las carreras donde se forman maestros de inglés (y otros idiomas) y, si nos ponemos optimistas, pues todas las carreras de docencia, todas las normales, las facultades de pedagogía. Con estas plataformas mágicas los niños aprenderán solos, seguramente más divertidos, rápido y a menor costo.

¡Goodbye, teacher! ¡Bye, miss!

El milagro de la vida

El martes pasado Juan Carlitos se negaba a despertar por la mañana. Le insistí en levantarse y, aunque usualmente es reacio, ese día lo sentí distinto. Pidió no ir a la escuela. Su sinceridad era inapelable. Se quedó en casa y poco después aparecieron dolores en sus piernas. Comenzó así una cuarentena pesada, que enfrentó con valentía, incluidas un par de noches de fiebre y dolores extremos. El decaimiento era notable en su espíritu festivo, gritón y dinámico. El jueves por la tarde, al llegar de la oficina, lo encontré acostado en su cama y mirando la tele. Me pareció verlo más grande que en la mañana. Pregunté cómo se sentía y respondió que mal. A diferencia de todos los días, apenas sonreía y su cara replicó. Le insistí si no estaba un poquito mejor, anhelando un sí, pero no mintió. El viernes se levantó y camino, en algún momento fue el mismo de siempre, y a la distancia lo escuché casi normal, de no ser por la voz enronquecida.

Hoy se paró de mala gana para salir de casa. Era mediodía. Con enfado lo vi ponerse la ropa, entonces, como un milagro, aparecieron dos piernas más largas, unos brazos flacos pero estirados y una espalda poco más ancha. Sonreímos mientras bromeaba con su pelo alborotado que se niega a peinarse excepto para la escuela. Sus ojos, vivaces de nuevo. Ya no le dije nada. Caminé atrás de él. Respiré hondo y complacido por el milagro de la vida, en esas edades tempranas en que un día están tirados en la cama, ardiendo en calentura, y al otro salen corriendo sin respeto al horario ni a las costumbres, como canta Joan Manuel.