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Acceso libre al bachillerato universitario

Hoy leí que dos universidades públicas importantes, como la Autónoma de Puebla y la de Guadalajara, tomaron una decisión aplaudible: todos los aspirantes a sus bachilleratos tendrán espacio seguro y no pasarán por ningún proceso de admisión.

La media superior de la universidad poblana no es muy cuantiosa, pero la UdeG debe ser, con la UNAM, las más grandes en el bachillerato nacional.

La medida podría ser secundada por otros subsistemas o instituciones públicas, habida cuenta de que no habrá las restricciones históricas de espacios físicos o maestros; con ello, de paso, envían el mensaje de que este año calendario no habrá vuelta completa a las aulas.

El anuncio no esconde ni alivia la otra desgracia que pronostica el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo: un millón 600 mil estudiantes no ingresarán a las aulas de media superior y universitarias.

Entrevistado ayer para dos medios, puse al abandono escolar como uno de los retos cruciales para el sistema educativo mexicano. Si ya era un problema, con la pandemia amenaza convertirse en la tumba para las aspiraciones legítimas de superación de millones de jóvenes y sus familias.

Ojalá las políticas sociales e institucionales contengan la sangría y no sacrifiquen la calidad de los aprendizajes con una estrategia para salir al paso sin soluciones de fondo.

Momentos felices en la Universidad

Ayer y hoy he visto en Facebook fotos de las recién egresadas de la Facultad de Pedagogía. Con gusto y buen humor leo sus mensajes ingeniosos. Escriben de su paso por las aulas, que ahora les parece fugaz, el descorazonador fin del ciclo y lo que viene por delante; “los juegos del hambre”, dice Katya.

Al hilo de sus fotos y palabras me vinieron a la cabeza los momentos, algunos, que vivimos en los dos cursos que trabajamos juntos. Me cayeron muy bien desde el principio; al final, mucho más.

El curso era nuevo para mí, nunca lo había impartido y se los confesé. Me miraron con respeto y desde ese primer día trabajaron con diligencia, con toda la responsabilidad que cada uno podía. Su disposición era un aliciente que me estimulaba a pensar cómo darle toda la relevancia a las actividades que les proponía.

Las clases, martes y jueves por la tarde, creo, eran un remanso dentro del mar de actividades. Nunca me pesó ir al grupo, nunca salí detestándolos ni frustrado. No siempre salen las cosas bien, por supuesto, pero sabía que en la siguiente sesión ahí estarían dispuestos, la gran mayoría.

Hicimos actividades distintas, entre otras: escribimos juntos dos artículos para el periódico, que nos emocionaron a todos, incluidas sus familias; también desarrollamos un pequeño experimento que le llamé “la universidad en casa” y sus relatos de aquella vivencia con sus familias fueron estupendos.

Uno siempre quiere que la formación de sus estudiantes sea mejor, que tengan más habilidades y disposición, y ellos pensarán lo mismo de los maestros. Yo confío en que el paso de esa generación por las aulas de la Facultad haya cambiado sus vidas y templado su carácter. El resto de la historia, que comienza apenas, ya dependerá de cada una, de su actitud y la dosis de suerte que se requiere.

Desde acá les deseo lo mejor y dentro de algunos años, estoy seguro, varios nos regalarán lindas sorpresas profesionales.

Sábado bendito

Dentro de tanta desgracia (y algunos desgraciados), agosto y el fin de semana llegaron con buenas noticias, por lo menos en un pedacito del convulsionado mundo educativo.

Hoy recibimos las primeras pruebas del nuevo libro, Cuando enseñamos y aprendimos en casa. La pandemia en las escuelas de Colima. Ya estamos trabajando en la revisión, pues queremos una edición lo más cuidada posible, y regresarla el lunes para avanzar a las siguientes etapas. Ya encontré detalles que debemos corregir, así que me esperan largas horas de trabajo acucioso.

Hoy, por lo pronto, me abstuve de leer las noticias de COVID19, cortaré aquí la página de mi Diario y seguiré con la tarea un rato más.

Nuevo libro en puerta

Mientras esperamos con ansia que salgan las primeras pruebas del libro colectivo donde analizamos algunas de las reacciones docentes ante la pandemia en las escuelas de Colima, hoy comencé la penúltima etapa en el proyecto de otro texto, también colectivo, que conmemora los 35 años de la Facultad de Pedagogía, la primera en la Universidad de Colima.

Aunque el libro ya debía estar en nuestras manos, según lo programado, las circunstancias extraordinarias que vivimos lo complicaron. Saldrá, aunque tarde un poco más.

Si no me falla la memoria, son nueve capítulos, con temas distintos, escritos por una mezcla interesante de profesores, egresados y estudiantes. Será el segundo libro en la historia de la Facultad, pues hace 5 años también coordiné otro con Juan Carlos Meza, entonces director del plantel.

En la segunda revisión de los capítulos de la obra, confirmo la pertinencia de la publicación, ahora más que nunca, cuando nos urge recuperar la memoria y la valía del indispensable campo pedagógico.

Los 1,890 egresados de nuestra Facultad encontrarán, creo, motivos para el orgullo y la reflexión.

¿Crisis en las escuelas particulares?

Dos notas periodísticas leí esta tarde sobre el impacto de la pandemia en la matrícula de las escuelas privadas. Primero, de La Jornada, con base en las declaraciones de padres de familia y el presidente de la Asociación Nacional de Escuelas Privadas. La segunda, de El Financiero, recoge las opiniones de Miguel Székely, exsubsecretario de Educación Media Superior, y Yoloxóchitl Bustamente, quien también ocupó ese cargo y es actualmente secretaria de Educación de Guanajuato.

En ambas se informa el cierre de escuelas, disminución de matrículas, incapacidad de las familias de costear los pagos y nula accesibilidad de los dueños de los colegios para diseñar esquemas que eviten la desbandada.

Los exsubsecretarios alertan que la migración de alumnos de escuelas privadas a públicas es inevitable, e imposible de negar porque se trata de un derecho constitucional, pero que los sistemas educativos públicos no tienen espacios ni están preparándose.

Las conclusiones eran previsibles por el enorme impacto económico que está dejando la crisis derivada del coronavirus, aunque los gorjeos oficiales insistan en minimizarlo.

En Colima también hace aire. Por mensajes directos me consultaron varias personas y me enviaron mensajes que circulan por WhatsApp, con inconformidades de padres de familia que solicitan una actitud distinta a las autoridades de colegios. No tengo detalles ni ánimo de ventilarlos.

Después del tendal de muertos veremos muchos otros cadáveres, entre empresas y empleos, que no verán el otoño. Terrible será, además, la cantidad de alumnos de escuelas públicas (ocurrirá con los de privadas, supongo, pero en menor grado) que no volverán nunca más a las aulas.