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Diario de viaje

Aproveché las horas de espera en los aeropuertos de Buenavista y Ciudad de México para leer y tomar notas. El lunes envío el primer artículo para El Diario de la Educación y el tiempo es justo para comenzar a escribirlo, revisarlo, corregirlo y luego dejarlo en pausa por algunas horas para la versión final.

En la llegada al hotel, luego de comer y conversar con las anfitrionas de la Preparatoria 8 de la Universidad Autónoma de Nuevo León, abrí las cortinas de mi cuarto, piso 15, para mirar la ciudad y empecé a teclear en la computadora. Terminé pronto, con un sabor de boca ingrato. El tema es la violencia en las escuelas y la capacidad de resolverla, entre otras razones, por las dificultades para comprenderla.

No elegí el tema; me atrapó, por los sucesos en el Colegio Cervantes de Torreón. Entre las notas, encontré un hecho que ignoraba. Cinco días después hubo otra agresión en una escuela secundaria técnica de Calpulalpan, Tlaxcala. La víctima, una maestra; el agresor, un estudiante de 13 años, a quien habían expulsado por encontrarle navajas. Los comentarios fustigaban la decisión de que los responsables de la operación mochila sean maestros.

La historia seguirá dando materia para otras páginas, por desgracia.

Monterrey, N. L.

Felices días frenéticos

El año pasado, ahogado en tareas y compromisos, me propuse adelgazar la agenda. Apenas en la segunda semana del 2020 mi propósito fue destrozado por las circunstancias, pero estoy feliz. Me esperan 40 días frenéticos. Comienzo este sábado en la Universidad Autónoma de Nuevo León con una conferencia para profesores de la Preparatoria 8.

El lunes siguiente empezamos un taller de investigación educativa para maestros del Instituto Tecnológico de Colima, y tengo la responsabilidad de la primera sesión. En la última semana de enero conversaré con profesores del Conalep en Manzanillo y Colima, sobre la ética en las escuelas.

Febrero será también intenso: para la semana del 10 organizo una conferencia internacional y un homenaje a Paulo Freire, en los festejos del 35 aniversario de la Facultad de Pedagogía, y espero concretar un par de muy lindas actividades.

El 14 salgo de nuevo, ahora para una conferencia a estudiantes en la Feria Pedagógica organizada por la Universidad Pedagógica Nacional unidad Zamora, Michoacán.

En la última semana, si no sucede algo, presentaremos Colima: avances y retos. Educación, en la Feria del Libro del Palacio de Minería, en Ciudad de México.

40 días de intensa actividad que intentaré disfrutar al máximo. Mientras, corrijo las últimas pruebas de mi nuevo libro y cuadriculo las horas para que alcancen todos los compromisos.

Operativo mochila

Alguna vez escuché a Juan Carlos Tedesco [DEP], experto argentino, afirmar que en educación no hay balas de plata. Es verdad. No, no existen las soluciones mágicas, los milagros, ni los remedios que curan todos los males pedagógicos y escolares.

Hoy se discute por doquier el operativo mochila, no solo en Coahuila, después de la tragedia del Colegio Cervantes. Entonces, bailan las declaraciones políticas: que será obligatorio, que sería buenísmo, que sí, que como no.

El operativo mochila no es el remedio mágico, no es la bala de plata, como decía el estimado educador y político argentino. Pongamos el ejemplo de Colima. En sus más de 1,200 escuelas de educación básica y media superior podría instrumentarse el operativo de manera aleatoria: ¿cuánto personal policiaco, de derechos humanos y padres de familia necesitarían para inspeccionar cien escuelas diario? ¿Cuántas escuelas podrían visitarse en un mes? ¿Cuántas visitas recibiría una escuela cada trimestre?

No digo que no sirva. Digo que pensar solo en operativo mochila refleja un poco de flojera a la hora de entender el problema que se cocina en el fondo de sucesos como los de Torreón. No es solo la escuela, no son solo los alumnos. Somos también los adultos, las familias, los maestros, el contexto de violencia en que nos estamos acostumbrando a vivir a diario.

La semana pasada vi una entrevista a Marilyn Manson, culpado de la masacre de Columbine; ¿qué les dirías a los chicos? Le preguntan. Y responde con inteligencia y sensibilidad: nos les diría nada, los escucharía. Pues eso falta hoy en las escuelas.

El operativo mochila podría inhibir comportamientos, o detectar armas y otros objetos inapropiados cuando se aplicara, pero no es, de ninguna forma, la solución a que podemos apostar. Un poquito más de inteligencia no le vendría mal al sistema escolar a la hora de tratar de comprenderlo y mejorarlo. El problema no es policiaco; también es pedagógico, o es la vertiente que nos corresponde en las escuelas.

Otro asalto escolar

Anoche estuve en mi pueblo para el velorio de un amigo. Llegué con la oscuridad y entré por la calle donde se ubica la Escuela Primaria 20 de noviembre. Un enorme letrero en el patio iluminado me llamó la atención, y aunque desaceleré, no alcancé a leerlo completo; imagino que dice: La escuela es mi segunda casa, pero la casa es mi primera escuela.

Ese mensaje fue lo primero que me vino a la cabeza cuando leí lo sucedido esta mañana en el Colegio Cervantes, de Torreón, donde perdieron la vida la maestra y el agresor, y fueron heridos varios estudiantes y un maestro.

La escuela y la casa son un binomio que puede potenciarse, anularse o contrarrestarse. Pero, me temo, no estamos educados en ninguna de ellas para aprovecharse mutuamente. El resultado son desencuentros, simulación o indiferencia, todo junto o en partes. Ambas desconfían de la otra, y sin confianza no se construyen relaciones pedagógicas sanas.

Lo de Torreón puede recibir distintos calificativos, pero de nada sirven si no ayudan a la comprensión del hecho y de otros que han ocurrido en el país con saldos trágicos. Más que el morbo periodístico, precisamos análisis; más que juicios ligeros, comprensión de las responsabilidades, y más que distancia entre escuela y familia, acercamientos inteligentes, sin excesos ni tirando culpas.

Es duro escribirlo, pero cuesta creer que no habrá más hechos violentos en las escuelas, sobre todo, cuando tienes, como padre, hijos en esas edades. Pensarlo es crudo, pero más nos vale ir tomando las responsabilidades que nos corresponden.

 

 

Nueve negro

En el camino de la escuela de mis hijos a casa, detenido en el semáforo para tomar el tercer anillo periférico, recibí un mensaje por Whatsapp. Escuché pero no atendí de inmediato. En la siguiente parada lo leí. Un saludo y la noticia funesta: murió Carlos Luna Aguayo, el güero Luna, como le conocimos en Quesería, nuestro pueblo. No releí las palabras; lo entendí desde el primer instante y la punzada se me clavó hondo. Dos horas después la desazón no me abandona.

El güero, con sus 55 o poco más años, había enfermado de cáncer hace algunos meses. Estuvimos en su casa Amado Ceballos y yo, hablamos con él, flaco entonces, pero de excelente ánimo. Acordamos volver pronto.

Con sonrisa franca, la misma de siempre, con la que festejaba las canastas en el basket o los pases y goles en el fútbol, me regaló la sensación de que le quedaba cuerda larga en la vida. El área de su cáncer no admite concesiones, a juzgar por los varios conocidos que lo padecieron y partieron pronto, pero confiaba por su estado de ánimo.

No fuimos amigos íntimos, ni nos encontramos en dos décadas. Mis recuerdos se remontan al estadio Carlos Septien, donde nos enfrentamos, primero como rivales, él con la Real Sociedad, luego juntos en Sección 82 y San Francisco, donde jugábamos a pocos metros de distancia. En ambos equipos levantamos alguna copa de campeones y celebramos muchos goles.

Genio del balón, de una inteligencia notable en el juego, se fue en el último regate con la enfermedad. Me consta que quería seguir viviendo, que tenía mucho por hacer. Me consta que tenía amigos, de esos que se cuentan para siempre, de los que respetan los compañeros y los rivales en la cancha.

¡Hasta siempre, amigo! Siempre jugaste el mejor partido, güero. ¡Buen viaje!