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Otra vez

Se nos está volviendo costumbre infeliz lamentarnos e irritarnos por una mujer muerta cada semana, aunque asesinan a más.

Si la muerte de adultas o adolescentes no valen menos en el ranking de la indignación, la de una niña de siete años, sustraída en las puertas de su escuela, rebasa cualquier límite, por la atrocidad y las complacencias.

Las políticas de seguridad siguen sin ofrecernos resultados palpables en hechos y estadísticas. Los besos, abrazos y reprimendas maternas podrían funcionar en la tierra de los ositos cariñositos, pero en la realidad, los distintos órdenes de gobierno están superados.

Por ahora, desde la ignorancia en la materia, no vislumbro la salida, porque ni siquiera se aceptan los problemas y consecuencias, que no son abstracciones, sino muertes dolorosas que se acumulan sin cesar.

¿Soñé o era ella?

Desperté temprano y cansado. La noche había sido insuficiente para reparar la semana laboral agotadora. Por un instante me tentó la idea de cerrar los ojos y dormir todo el tiempo que el cuerpo aguantara. Recordé que los días previos fueron malos para la rutina de caminata. No había tiempo para más descanso, dije. Casi cayéndome metí las piernas en el pantalón deportivo, y otro tanto sucedió al abrocharme las agujetas. El reloj marcaba las 8:15. Ya el sol caía y el fresco admitía una chamarra ligera. Subí al auto y emprendí el camino conocido a la rutina. Los primeros minutos fueron insoportables. El paseo matinal estaba casi abandonado. El cuerpo no respondía y había olvidado los audífonos para distraerme. Al acercarme a la mitad de la ruta saqué el teléfono para observar el avance y los metros recorridos. La flojera había quedado atrás y empezaba a disfrutar el viento fresco en la cara, las piernas en movimiento y el ruido exterior que aplacaba ideas internas. Cuando levanté la vista creí que los ojos, sin lentes, jugaban una mala pasada. ¿Era ella? Moví la cabeza. Volví al teléfono y de inmediato al frente. Miré a su acompañante y luego a ella; sí, era ella. Linda, como siempre, con una mirada distinta, distante, esquiva. Nos acercábamos cada vez más y aunque habría querido bajar los pasos, era inevitable el encuentro en diez metros, nueve, siete, cinco, tres… Los impulsos cardiacos aumentaron. La miré de nuevo, con desesperación, esperando que volteara una vez, una sola. Las palabras se congelaron. No salió una. Pasaron. Pasé a su lado con el corazón acelerado, emocionado. En ese instante, pedazos de segundo apenas, se mezclaron alegría, emoción, excitación… Miré atrás con ese coctel de emociones. No había nadie. Regresé la vista al frente. Un microsegundo después la cabeza sin orden volteo atrás. De nuevo, dos, tres veces. No había nadie. El andador estaba solo. A lo lejos, muy lejos, solo pude ver un perro en medio de sus dueños, un par de ancianos caminaban lento. El corazón se revolvía ahora por desconcierto.

Horas después, sentado frente al teclado, todavía no sé si la soñé o fue ella quien detonó una danza de sentimientos que siguen bailando dentro de mí.

Memorias de amor

I. El jueves llegué a mi habitación cansado, pero con tareas. Había oscurecido en San Juan de Alima, Michoacán. En la mañana tenía la conferencia; estaba lista, revisada de principio a fin, y viceversa, entonces preferí salir de las no sé cuántas paredes de la habitación irregular para caminar y buscar un lugar con luces suficientes, una mesa y un trago amargo. Quería respirar otros aires, refrescarme recuerdos y la cabeza. Enfilé a la playa oscura guiado por los ruidos del mar. Estaba solitaria y apenas pude apreciar unos metros delante de mis lentes, entre las piedras frente al hotel; a cincuenta metros, una pálida espuma jugueteaba entre las sombras. Ahí recibí la noticia fatal del fallecimiento de un compañero de la carrera: Luis Ernesto. Si el ánimo se apagaba, aquel mensaje fue fatídico. Espanté los peores pensamientos volviendo los pasos, subiendo los escalones, eludiendo la alberca y buscando la mesa mejor iluminada en el restaurante.

Fui a la barra con el flaco que cenaba sin esconder el hambre. Le pedí la carta y pregunté sobre tequilas y rones. Sin soltar la tostada de la mano derecha me dijo que él no sabía, que solo una vez había probado algo que le habían invitado. Elegí y regresé a mi mesa. Abrí la computadora, revisé, retoqué, corregí alguna palabra y en media hora creí que era hora de cambiar canal. El flaco de la barra ya reposaba su comida en la recepción, mientras la puerta abierta no miraba pasar a nadie. En este pueblo no hay ladrones, ni personas a esta hora.

A la computadora se le acababa la pila. Hurgué en la mochila y encontré el libro para el viaje: La peor parte. Memorias de amor, de Fernando Savater. Lo abrí y empecé. La noche era joven para dormirme. Aguantaría algunas páginas. Pedí otra copa y me acomodé en la silla incómoda. Puse en el vaso agua mineral, ajusté los lentes y comencé.

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Diario de viaje. 14 de febrero

Ayer por la tarde salí de Colima rumbo a la costa michoacana. Pasamos por Nuevo Coahuayana y ahí se inauguró el foro universitario pedagógico a que convocó la Universidad Pedagógica Nacional 162, con sede en Zamora. Acudieron estudiantes de distintas subsedes para compartir tres días de actividades; mujeres muy jovencitas, la gran mayoría.

Por la noche llegamos a San Juan de Alima, donde pernoctamos para comenzar la jornada con una sesión de yoga. Hace varias décadas que no estaba aquí. Noche ya y con el cansancio, evitaron alguna caminata por la playa o entre las calles empedradas del pueblo. Preferí encerrarme y afinar las notas últimas.

Mi conferencia pasó y volví al hotel para el desayuno. Comí y luego empecé el trabajo del fin de semana. Avancé, aunque al mediodía el calor tropical empezó a empapar mi ropa en el comedor multicolores. En poco tiempo volveré a Colima y di por cerrada la misión.

El 14 de febrero no es el día más feliz en mi vida, menos ahora, cuando avasalla el recuerdo de que en una fecha así, mis padres se casaron y diez meses después nací (pero mamá hoy no está), para caminar ya muchos años con alegría casi siempre, y mañanas tristes, como esta, porque anoche murió otro de mis antiguos compañeros de la carrera, en un nuevo recordatorio de los contrastes perennes de la vida y la necesidad de disfrutar cada mañana como si fuera la primera, y cada noche, como la última, parafraseando a Eduardo Galeano.

¡Felicidades a quienes tienen razones de sobra para festejar este día!  A mí, a diferencia de la canción de Joaquín Sabina, hoy me faltan los motivos.

De la perplejidad a la desolación

Es sabido que la estupidez y la irracionalidad de los seres humanos con frecuencia contradicen nuestra especie de “homo sapiens”.

Dos hechos recientes apuntan en esa línea; de distinta ralea, pero consecuencias funestas. Más conocida e indignante, la muerte de Ingrid, nunca mejor dicho, a manos de su marido. El crimen es una horrorosa constatación de los límites infinitos del odio, la pasión o la rabia, o todo junto, mezclada con alcohol.

Y el otro, en Zacatecas, el encarcelamiento de una mujer en un penal de hombres durante dos meses, con las esperadas consecuencias de una mujer sola en una manada de bestias hambrientas.

¿Cómo se explica a un niño que estos hechos ocurren en nuestra sociedad civilizada? ¿Cómo se pueden entender tales comportamientos? Unos, producto de la perversidad; los otros, de la incompetencia o la insensibilidad.

Ya decía el mejor científico del siglo XX que la estupidez era infinita. ¿Cómo dudarlo cuando leemos estas notas?