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PANDEMIA Y PROFESORAS

Gracias a la generosa colaboración de 23 profesoras y maestros, principalmente de Colima, reuní unas 20 páginas a renglón seguido con sus comentarios, opiniones, anécdotas y juicios en torno a la estrategia nacional para concluir el ciclo escolar.

Cada una de las seis cuestiones formuladas fueron respondidas con mayor o menor extensión. Algunos fueron concretos en sus respuestas, alguien más envío una tabla desglosando las participaciones de los distintos protagonistas del proceso escolar y otra me escribió un breve ensayo con aportaciones generales y específicas.

No me extraña la actitud. En el gremio docente suele haber espíritu de cooperación y ganas de manifestarse. La diversidad de escuelas, niveles y materias impartidas le concede una riqueza muy interesante al material acopiado.

Esta mañana y buena parte de la tarde lo pasé leyendo y releyendo, organizando notas y escribiendo una primera versión del análisis. Con el borrador prepararé mañana mi opinión quincenal para radio y la columna semanal.

Ha sido una jornada extenuante, pero llena de aprendizajes sobre ángulos que no atisbaba o pasaba por alto. Ojalá pueda darles la redacción precisa para exponer las valiosas opiniones.

¿LÓPEZ-GATELL: MISÓGINO?

Hay terrenos donde poner un pie puede costarnos caro, a los cuales mejor entrar bien precavidos o abstenerse. Admitiéndolo, quiero tocar brevísimo el affaire de la senadora Reynoso y el subsecretario López-Gatell, sin afanes de sumarme a una u otra causa, porque no me interesa.

He visto, escuchado y leído la versión estenográfica del intercambio verbal entre los personajes. Dejo a las expertas que decidan si eso fue o no una machoexplicación o misoginia.

La actuación del doctor López-Gatell me pareció desafortunada. Con una ironía que pudo guardarse para otras causas; con la arrogancia que podría explicarse porque las cifras se le descomponen semana a semana, cuando una parte de la platea lo endiosa y corea su nombre en redes sociales. Su respuesta, dirigida a un varón, no tendría mayor repercusión como para exigirle disculpas públicas a todo el Senado. Pero fue a una mujer, senadora, y ahí la cosa tuvo resonancia magnificada.

No sé si el doctor López-Gatell es misógino, tampoco me importa; me inquieta (y tampoco mucho) que cualquier comentario hecho al calor de una situación así, sirva para juzgar y descalificar a una persona. Lo pongo en perspectiva: porque alguien un día escriba un buen artículo o dirija un estupendo mensaje, no se ganó el premio de lo excelso en ese arte. Simple: escribió un día un buen artículo o un mensaje vehemente. Punto. Pero todos cometemos errores, decimos pendejadas o genialidades, y por unas u otras no podemos ser endiosados ni condenados al infierno.

Me alegra leer a mujeres inteligentes, sin camiseta partidista, hablar del mismo asunto y  analizar sin los extremos que no nos hacen falta, menos ahora.

Es verdad que debemos desmontar esta cultura machista, pero eso no se conseguirá, creo, descalificando a todos los hombres que se atreven a oponer argumentos contra el razonamiento de una mujer, so pena de ser condenados en la horca pública de las redes sociales. Por supuesto, tiene que primar siempre el respeto a la persona, aunque se discutan sus ideas, sea hombre o mujer. Las ideas siempre están a discusión, siempre; las personas se respetan siempre.

Me preocupa, sí, que no avancemos en un territorio indispensable: la batalla frontal contra la imbecilidad y la intolerancia. Ahí no podemos aflojar el paso. Nadie estamos exentos de esos pecados, aunque sea presidente de la república o profesor universitario. Si alguien profiere una estupidez, como decir que el presidente solo contagia “fuerza moral”, y lo aplaudimos porque somos sus fans, retrocedemos, seamos hombre, mujer o animal.

Lo que está claro, me parece, es el que calificativo de “homo sapiens” hay que ganarselo todos los días, seas hombre o mujer. Unas deben batallar más, cierto, pero no se gana espacio a costa del autoritarismo ni el linchamiento.

Ni López-Gatell fue un semidios cuando respondió preguntas a los niños el 30 de abril, ni el demonio cuando contestó a la senadora Reynoso. Fue un hombre, un ser humano, nada más, y más nos vale que resulte el mejor calificado para la tarea de la cual depende, en alguna medida, nuestro presente y futuro.

COLIMA SE MUEVE

No tengo esperpéntica idea de cómo mide el gobierno federal con tanta precisión la movilidad de personas en las entidades federativas en este periodo, pero me sorprende para bien y para mal. Para bien, porque si debemos creerle, ya tenemos un ámbito gubernamental eficiente y eso siempre es buena noticia; para mal, porque Colima conserva la medalla de bronce como el estado donde más sigue moviéndose la gente.

De lo primero tengo fundadas dudas por las muestras infatigables que nos prodigan. Lo segundo es cierto: en Colima la vida transcurre en las calles con relativa normalidad. Ayer salí por comida al mediodía y como he visto en otras circunstancias inevitables e indeseables (la peor, visita a bancos porque no puedo hacer movimientos de otra forma), la gente se mueve con aparente tranquilidad.

Supongo que en las horas de entrada y salida de escuelas en la vieja normalidad, sí habrá disminuciones notorias, pero en las calles la gente observa poco apego a la medida gubernamental. Lo peor son los comercios callejeros: entiendo, sin cuestionarlo, que la gente necesita trabajar y comer, por ejemplo, que unos deben vender tacos y otros comérselos, pero no comprendo porque Secretaría de Salud o los ayuntamientos admiten que la gente esté una al lado de la otra y la otra y la otra como siempre.

Anoche leí una noticia y no supe si reír (por incredulidad y endébles protocolos) o llorar. Solo transcribo el encabezado: “Se fuga paciente del HRU (Hospital Regional Universitario) con probable Covid-19 a Coquimatlán; fallece en su casa”.

En el parquecito donde solía caminar por las mañana, y que no visito hace dos meses, el otro día pasé en el auto a la frutería del barrio y vi a la gente ejercitándose como en la antigua normalidad. Y los que caminan o corren en las calles, igual. ¿A ver, es un problema de ignorancia, intrepidez, irresponsabilidad o imbecilidad? ¿Confiamos tanto en nuestra propia inmortalidad? En fin.

Ojalá esta normalidad en que vivimos no siga reflejándose en la estadística negra de infectados y decesos.

SIN REPOSO

Hoy tuve la tercera conferencia del periodo de confinamiento, dirigida a los profesores de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí.

Estoy contento y exhausto. Creo que los resultados fueron buenos, a juzgar por los comentarios de la audiencia que nos siguió en Facebook. Leí todos los que pude y los que me correspondían los contesté con un saludo o una respuesta más amplia. Es una obligación, desde mi punto de vista, pues si la gente se detiene para escribirlo, uno debo responderlo.

Cuando comenzó la cuarentena no imaginé jamás que tendría este tipo de compromisos. Nadie podía imaginar lo que se nos venía, yo tampoco, así que empecé con todo, dedicado a cumplir compromisos laborales con la Universidad y con mis proyectos de investigación y lectura.

Un día llegó la primera invitación para una charla. Me sorprendió, pero no dudé, por los lazos amistosos con la institución. Luego llegaron otras, y las acepté sin problema, aunque deba invertirle horas y horas a estudiar, tomar notas, preparar un guion y luego la presentación. Dos o tres más tengo en agenda para junio.

Cuando termino las charlas mi agotamiento es superior al que me deja una en vivo, mirando a la gente a los ojos, sus movimientos, gestos, cabeceos, sonrisas. Hoy pensaba en ello después de concluir. Hay razones para el cansancio: en una conferencia presencial tomo el micrófono y termina el estrés, luego ya uno se guía por intuiciones y las señales del público. Mediante Zoom, la plataforma que hemos usado, la cosa es distinta: debo estar pendiente de la pantalla que transmite, de la pantalla donde tengo mi guion, del teléfono por si los organizadores me envían un mensaje de que no escuchan o se ve mal, etc. Y luego, no ver a nadie más que a una pantalla y tratar de dirigir la vista a ese punto imaginario donde te reciben en su intimidad.

Uf. La cosa es complicada. Creo que por eso mis fuerzas se agotan al terminar la charla y quiero tirarme a la cama y dormir hasta el día siguiente. Cuando acaricio la idea, sonrío pero luego recuerdo que en mi plataforma de estudiante me espera una tarea, se me borra la sonrisa y apuro el enésimo café para soportar la desvelada

LA PANDEMIA NO ES UN PARTIDO DE FÚTBOL

¡El peor día para México en la cifra de muertos por la pandemia! Superamos el límite de los 500 decesos, con las reservas de la información oficial que ha reconocido la parcialidad de los datos; o sea, la cosa seguramente es peor.

El presidente de la República, sin embargo, se empeña en domar la realidad con discursos. Las turbulencias son el pan de cada día. Unos aplauden y enfrente se mofan de que al subsecretario López Gatell le hayan invitado a sumarse a un panel de expertos de la Organización Mundial de la Salud; que sí, que no, que no es definitivo. Mensajes en un sentido y otro van, como si la pandemia fuera un partido de fútbol y hay que hinchar por un bando o el contrario.

Cuando se romantizan las interpretaciones y se afirma que seremos mejores después de la pandemia, cosa que vemos lejos, mi reserva de dudas crece con respecto a lo colectivo. La pandemia solo aumenta la fisura entre los dos polos que discuten en monólogos a veces imbéciles.

En Colima los pronósticos son oscuros. En la conferencia vespertina nos mostraron como uno de los tres estados donde se incrementó la movilidad durante este período. Además de la advertencia de la Secretaría de Salud estatal, de suyo grave, los políticos están empeñados en sus propias campañas y promociones de imagen. Hoy la portada de los dos periódicos principales refleja la morbilidad de la decencia: en el Ecos, actos de campaña a favor del presidente municipal de la capital, empeñado todos los días en promover su imagen como en un mundo aparte; en el Diario, dos notas sobre el diputado diagnosticado con la enfermedad, porque no respetó el confinamiento a que los ciudadanos hemos sido convocados y debemos acatar quienes podemos.

Busco y no encuentro motivos para pensar que sí, que a la salida de la pandemia seremos mejores, pero hoy no lo veo claro.