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Rojo y negro

Dos noticias contrastantes rondan mi cabeza esta tarde caliente. Una ocurre cerca, entre nosotros, son los 53 mil muertos que oficialmente dejó la pandemia en México hasta hoy. La otra es lejana: la renuncia del gobierno en Líbano, luego de las terribles explosiones en Beirut que dejaron, según CNN, 160 muertos y unos 6 mil heridos.

Ignoro detalles de la situación política interna en aquel país, pero abandonar el poder es un gesto que refleja el estado delicado que viven por las manifestaciones que exigen responsabilidades políticas. Acá, en otro contexto, no ha habido una tímida autocrítica del gobierno, de los gobiernos de distintos órdenes y partidos.

Sigo preguntándome por qué no es rentable la sinceridad política, la honestidad, como gusta repetir el presidente, y aceptar los errores o los malos diagnósticos, en lugar de culpar a los otros invariablemente.

Lo menos importante es escuchar a alguien en un cargo público pedir perdón o admitir fallos; lo urgente es reconocer errores y enmendarlos a tiempo.

Mañana con Edgar Morin

Esta mañana aproveché el clima fresco para reabrir las páginas de la biografía de Edgar Morin, escrita por Emmanuel Lemieux. Avancé de la infancia de Edgar Nahoum, su nombre original (en realidad, Nahum, pero a su padre le agregaron una o), a la etapa juvenil y sus primeros años universitarios. Duros momentos de persecución de los judíos en Europa, que llevaron a la familia de un país a otro y a la separación.

Son los meses previos a la Segunda Guerra, en un país sacudido por las revueltas rebeldes internas, al mismo tiempo que la lucha contra los nazis, retratadas lúcidamente por Lemieux.

En ese ambiente, entre Toulouse y París, en cines, teatros, salas de concierto, encuentro con intelectuales y libros, muchos libros, se fragua la vida del intelectual inconformista, que en 11 meses cumplirá un centenario.

 

Messi es un perro

Uno de los cuentos más célebres y celebrados de Hernán Casciari, escritor argentino, se llama así: Messi es un perro. O mejor, dice Hernán: un hombre perro.

El cuento relata las actitudes de Totín, el perro tonto del juvenil Casciari, que no ladra ni cuando roban la televisión de la sala, pero enloquece cuando ve la esponja patito amarilla del baño. Como Messi con el balón de fútbol.

Igual que Totín, Messi con la pelota en la bota zurda disfruta y se olvida del mundo. Corre, lo tocan, se levanta, cae, lo golpean, sigue, lo jalan de todas partes, sigue, lo tiran, vuelve a levantarse, brinca, dispara, mira, sonríe de pronto, pero siempre tiene en la mente la esponja patito amarillo, el balón, y lo busca para embocarlo en el arco contrario.

Hoy pasó de nuevo en el partido de la Champions entre el Barcelona y el Napoli. En la jugada del segundo gol, Messi entra al área del equipo italiano, dribla una vez, dos, luego lo tiran, y cuando todos los futbolistas se habrían tirado al suelo, gritando y contorsionándose, exigiendo penal y expulsión, Leo se levanta, y casi desde el suelo dispara con una puntería que la mayor parte de los jugadores profesionales no tienen en su pierna izquierda, ni en la derecha. La bola, obediente al mejor de sus amantes, toma una trayectoria mortal con dirección al ángulo más complicado del portero colombiano. El resultado fue eso: gol, golazo, como se quiera cantar.

El resto no lo sé. Escribo estas líneas en el medio tiempo del partido. Messi, quién puede dudarlo hoy, es un perro, un hombre perro. El perro Totín de Casciari, la alegría de casi todos los que amamos el buen fútbol.

50 mil muertos

México rebasó los 50 mil muertos reconocidos oficialmente por la pandemia. Hay otras cifras que retratan una más cruente mortandad; no hacen falta alusiones. Esa cifra, 50 mil, es desproporcionada, incluso, para el cálculo más dramático que había previsto el gobierno federal.

El mazazo es demoledor si observamos desde una mirilla lejana a los colores partidista. La incapacidad de tomar acuerdos entre los niveles de gobierno es materia reprobada. No hay manera, desde mi punto de vista, de obtener una lección positiva de sus actuaciones.

Si la salud de los mexicanos, es decir, las vidas, los empleos, la seguridad pública no son capaces de propiciar consensos para trabajar juntos, por encima de las diferencias, menudo futuro nos espera.

El gobierno federal no puede, desde mi punto de vista, excusarse de las responsabilidades. En marzo éramos los que somos. Hoy resulta pueril el argumento de los malos hábitos alimentarios y las enfermedades que los mexicanos se buscaron por sus decisiones durante toda su vida. ¿Eso lo sabían o no lo sabían? ¿Por qué no jugaron con esa variable a la hora de estimar los impactos del coronavirus?

¿Cabrá la autocrítica alguna vez en los López?

Aprende en casa: la nueva versión

He visto una parte de la conferencia vespertina del secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma Barragán. El tema era el ingreso a la educación superior. No había querido seguir las anteriores, por exceso de trabajo y ausencia de ganas de perder mi tiempo.

Hoy no me llevé ninguna sorpresa. Sigo pensando, sin mala leche y con pesar, que el secretario no sabe mucho de educación, más allá de algunos discursos o fragmentos que repite y repite y repite. De los tres oradores, la directora de Educación Superior, de apellido Rodríguez Armenta, me pareció la más sólida, es decir, la única, por el manejo de conceptos, aunque tanta genuflexión me parece innecesaria.

Espero que nadie venga a discutirme que para ser secretario de Educación no se necesita saber de educación, o que sólo con ser honesto es suficiente. Si vienen, con argumentos razonables, sin imbecilidades.

La estrategia que anuncia el gobierno federal es, lo digo con ganas de equivocarme, más de lo mismo. Muchas palabras en discursos sosos y poca sustancia: ¿cuánto dinero va a destinar la SEP para apoyar a las universidades e instituciones públicas que aceptarán más estudiantes? ¿Va a pagar la SEP más profesores, capacitación y equipos y materiales?

No nos equivoquemos: aceptar más alumnos en las universidades e instituciones sí requiere inversiones, si pretendemos una buena educación en un contexto donde la desigualdad quedó al descubierto. De lo contrario, nos comeremos la vieja receta del peor régimen mexicano: llenar grupos de alumnos y sentarlos frente a un profesor o, esta vez, frente a los locutores de las televisoras y los maestros que les acompañen.