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DÍAS OSCUROS

En el recuento matutino de noticias por el estado las cosas no pintan nada bien. Ayer un motín en el Cereso que termina con tres personas muertas y varios heridos. Es el segundo en poco tiempo. Las autoridades tendrían que explicarlo con claridad y pronto. Una diputada local desapareció más de días diez atrás y se desconoce su situación. Tampoco hay información oficial, pura especulación, para “guardar el debido proceso”. Casi a diario se informa de “incidentes” con armas de fuego en zonas públicas, concurridas y a plena luz del día. Ayer sucedieron por lo menos dos. Un hombre de Ucrania apareció muerto en una playa de Manzanillo. Los homicidios se desgranan a diario. La Secretaría de Salud nos dice que lo peor de la pandemia para Colima vendrá en unos meses.

El país que voté no tiene menos muertos ni más seguridad, tampoco más empleos, porque en un mes, dice La Jornada, se perdieron 500 mil.

La luz al final del túnel sigue lejana. Mejor cierro las páginas informativas y empiezo la tarea.

ROBERTO BOLAÑO

Esta tarde, en un intento de olvidarme del mundo y sus pandemias, busqué al azar algún programa o concierto que me distrajera mientras llega la hora de dormirme. En YouTube encontré una entrevista al escritor chileno Roberto Bolaño. No sé porqué apareció. Dudé. La dejé correr unos minutos; total, si no me gusta, la cambio. El sol moría con sus últimos destellos rojizos cuando escuché la lectura de un poema de Gabriela Mistral. Luego, el entrevistador presentó al escritor fallecido a los 50 años. Se trata de una conversación en la feria del libro de Santiago, Chile, cuatro años antes del triste desenlace. Me deslumbró la concisa lucidez de Bolaño, su sapiencia y la serenidad con la cual hilaba respuestas, sin alardes ni florituras. No lo he leído y no me ruboriza confesarlo, pues aunque innumerables veces encontré alguno de sus libros en mis paseos por librerías, nunca tuve ganas de comprarlo. Esta vez sucedió lo que casi nunca. Primero leí los libros, luego tuve oportunidad de escuchar a sus autores. Ahora será distinto. No pronto, pero lo leeré. Elegí ya “Los detectives salvajes”.

No me olvidé del mundo, ni de las pandemias, ni los malos pensamientos. Ni será una noche menos amarga. Pero el tiempo pasó y cumplí mi objetivo.

 

 

LA NECESIDAD DE LOS OTROS

Pasé la mañana en los últimos días laborales leyendo la tarea más reciente que encargué a los estudiantes del curso de Gestión de instituciones educativas que imparto en la Universidad. Hoy terminé con sabor agridulce.

La petición fue que contaran la experiencia de lo que están viviendo frente a la pandemia y sus aprendizajes personales.

Todos, sin excepción, me conmovieron. Unos más que otros, por las situaciones dramáticas que atraviesan: temores por la salud de familiares propensos al virus, sus propias recaídas emocionales, crisis depresivas, la dificultad de realizar las tareas por condiciones materiales y tecnológicas, la necesidad de trabajar en casa para comer o ayudar a la familia…

Las circunstancias narradas me descubrieron otras facetas que en parte imaginaba, pero que me superó en los relatos, no tanto porque los estudiantes estén al borde de la desesperanza, sino por la sinceridad y la emotividad que aprecié, por lo que intuyo como necesidad de expresar en un puñado de párrafos lo que están sintiendo.

No sé si a ellos les habrá ayudado y en qué medida, pero a mí, leerles, me sirvió para entender con empatía otras dimensiones de lo que está sucediendo en las casas de muchas personas. También, por la urgencia de concebir cada vez más a la educación como un proceso que no puede nunca dejar de ser esencialmente humano, es decir, cara a cara.

EL LUJO DE LA INTERACCIÓN

Nuccio Ordine, filósofo italiano, ha sido uno de los hallazgos más gratos en mi vida profesional de los años recientes. He leído solo dos libros de su autoría: La utilidad de lo inútil y Clásicos para la vida: una pequeña biblioteca ideal. Suficientes para aquilitar lo sugerente de su pensamiento y las aportaciones para enriquecer mi perspectiva pedagógica y vital. Es también una de las motivaciones mayores para el incipiente aprendizaje del idioma italiano, pues me encantaría leerlo en su lengua.

Esta mañana leí un artículo que publicó en El País. Lo titula: El lujo de la interacción humana. Dos de sus ideas me revolotearon a lo largo del día: el lamento por los cambios pedagógicos que podrían afectar las relaciones cara a cara con los estudiantes; ¿cómo volver a las clases, se pregunta, sin poder mirar a los ojos de los estudiantes mientras les leo? La otra idea es una cosa tan simple, que deslumbra: la interacción humana en tiempos de la pandemia se ha vuelto un bien escaso, caro, un lujo. ¿Lo valoraremos después en la justa dimensión que hoy lo estamos padeciendo?

En el Diccionario de la estupidez, de Piergiorgio Odifreddi, leo lento, un día para cada letra del abecedario. Hoy tocó la M. Encontré dos joyas que comparto sin explicación previa, pero que vienen como anillo al dedo (sic y más sic) en estos tiempos de pandemia y su manejo gubernamental: “lo mejor que cabe esperar es evitar lo peor”, de Italo Calvino. La otra es de Odifreddi: “Una de las formas en que se manifiesta la estupidez es la incapacidad de colocarse en el lugar del otro para poder juzgar desde su punto de vista aquello que dice o hace”.

OTRA PRIMERA VEZ

Las conferencias o participaciones académicas siempre me provocan nerviosismo, a veces angustia y no pocas pavor. Siempre, un día o pocas horas ante me resultan casi insoportables. Me pregunto más de una vez: ¿para qué acepté? Y luego sigo: estaría muy cómodo, sin preocupaciones, sin angustias, sin temor a hacerlo mal. Cuando la conferencia es lejos de Colima la carga de nerviosismo se multiplica, porque pienso en la confianza de quienes me invitaron, en los costos que implican estas operaciones. Sufro mucho, lo confieso. Casi siempre vuelvo satisfecho. Casi.

Hoy tuve una participación que me desgastó muchísimo por ser mi primera vez en estos medios modernos; léase Zoom. Cuando me invitaron a principios de la semana no lo dudé y acepté sin chistar. El tema me gusta y he estado dedicado a documentarme hace varias semanas, así que creí que por ideas no tendría problema. Pero ayer, cuando caí en la cuenta que el formato es distinto, que no tendré un auditorio al que mirar y palpar, al que sentir, sino una cámara semiescondida en la computadora, me entró una dosis de ansiedad extrema. Temprano empecé a ordenar apuntes y para las 11 de la noche había logrado un guion aceptable.

Hoy, conforme pasaron las horas, subió el nerviosismo. Acorto la historia. Llegó la hora de la charla. Sufrí los primeros minutos, tratando de manejarme con soltura, mirando la cámara, observando mi guión y atendiendo los mensajes telefónicos que podrían llegarme de los organizadores. Luego me relajé un poco. Si soy bondadoso conmigo diré que estoy contento con el resultado, aunque siempre pudo ser mejor. Si soy estricto, diré que la próxima vez tendré que superarlo. Entre una opción y otra el agotamiento me alcanzó y mañana tengo clases de francés. El sábado tal vez tenga una opinión más clara.