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Diario de viaje. 14 de febrero

Ayer por la tarde salí de Colima rumbo a la costa michoacana. Pasamos por Nuevo Coahuayana y ahí se inauguró el foro universitario pedagógico a que convocó la Universidad Pedagógica Nacional 162, con sede en Zamora. Acudieron estudiantes de distintas subsedes para compartir tres días de actividades; mujeres muy jovencitas, la gran mayoría.

Por la noche llegamos a San Juan de Alima, donde pernoctamos para comenzar la jornada con una sesión de yoga. Hace varias décadas que no estaba aquí. Noche ya y con el cansancio, evitaron alguna caminata por la playa o entre las calles empedradas del pueblo. Preferí encerrarme y afinar las notas últimas.

Mi conferencia pasó y volví al hotel para el desayuno. Comí y luego empecé el trabajo del fin de semana. Avancé, aunque al mediodía el calor tropical empezó a empapar mi ropa en el comedor multicolores. En poco tiempo volveré a Colima y di por cerrada la misión.

El 14 de febrero no es el día más feliz en mi vida, menos ahora, cuando avasalla el recuerdo de que en una fecha así, mis padres se casaron y diez meses después nací (pero mamá hoy no está), para caminar ya muchos años con alegría casi siempre, y mañanas tristes, como esta, porque anoche murió otro de mis antiguos compañeros de la carrera, en un nuevo recordatorio de los contrastes perennes de la vida y la necesidad de disfrutar cada mañana como si fuera la primera, y cada noche, como la última, parafraseando a Eduardo Galeano.

¡Felicidades a quienes tienen razones de sobra para festejar este día!  A mí, a diferencia de la canción de Joaquín Sabina, hoy me faltan los motivos.

De la perplejidad a la desolación

Es sabido que la estupidez y la irracionalidad de los seres humanos con frecuencia contradicen nuestra especie de “homo sapiens”.

Dos hechos recientes apuntan en esa línea; de distinta ralea, pero consecuencias funestas. Más conocida e indignante, la muerte de Ingrid, nunca mejor dicho, a manos de su marido. El crimen es una horrorosa constatación de los límites infinitos del odio, la pasión o la rabia, o todo junto, mezclada con alcohol.

Y el otro, en Zacatecas, el encarcelamiento de una mujer en un penal de hombres durante dos meses, con las esperadas consecuencias de una mujer sola en una manada de bestias hambrientas.

¿Cómo se explica a un niño que estos hechos ocurren en nuestra sociedad civilizada? ¿Cómo se pueden entender tales comportamientos? Unos, producto de la perversidad; los otros, de la incompetencia o la insensibilidad.

Ya decía el mejor científico del siglo XX que la estupidez era infinita. ¿Cómo dudarlo cuando leemos estas notas?

Ni #Borolas ni #Cacas

Me abstengo de sentarme a la mesa para comer rebanadas del pastel de los insultos que se lanzan a diario seguidores y críticos del presidente de la República. En principio, creo que la generalización es abusiva: en ambos bloques conviven diferentes grupos, como los inteligentes y razonables, los detractores por afición, los pagados, los que mascullan por rabias mal digeridas, por señalar algunos.

No celebro, de ninguna manera, el intercambio escatológico que se vive en estas horas en Twitter entre #Borolas y #Cacas.

Más allá de los memes desbordantes de ingenio lanzados al espacio de la batalla campal, no festino. En la burla y el escarnio se esconden sentimientos fratricidas que contradicen los principios democráticos de la tolerancia o el respeto activo.

No me formo en la fila de los angelicales, pero creo que algunas ideas siguen siendo indispensables para construir una sociedad mejor. El artículo tercero constitucional afirma, por ejemplo, que la educación, mi oficio, se basa en el “respeto irrestricto a la dignidad de las personas”. El desprecio o el insulto no circulan en esa dirección.

Si el espectáculo escatológico de estas horas no ayuda a la democracia como forma de vida, me guardo las risas y cierro Twitter. Eso no resolverá ningún problema, ni los míos, pero me ahorrará la constatación ingrata de lo mucho que nos falta pensar en construir y no en destrozar al enemigo con descalificaciones.

Mañana de aprendizajes

La mañana fue intensa, emotiva, de muchos aprendizajes. El escenario: la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colima. Motivo: el inicio formal de los festejos por el 35 aniversario.

El nerviosismo de que no fallara la tecnología y las conexiones creció con la demora para la inauguración. Por fortuna, san Steve [Jobs] fue piadoso y nos regaló una sesión inmejorable. Pasada la apertura, nos reconectamos de inmediato a Brasil y empezó la conferencia de José Eustáquio Romão, colega y amigo de Paulo Freire, quien eligió como tema, los 50 años de la publicación de la obra más conocida del educador brasileño y universal: Pedagogía del oprimido.

Los poco más de treinta minutos fueron un paseo espléndido por detalles más o menos conocidos y otros absolutamente privados de Paulo Freire. El profesor Romão salpimentó su discurso con ingredientes de la más alta hechura: claridad (en su perfecto portuñol), erudición, sencillez, humor y profundidad. Cada uno en su justa proporción, con la sapiencia de los años y el carisma innato.

Sus respuestas a las preguntas de estudiantes y maestros fueron cátedra de escucha asertiva y reacción generosa. Una lección magistral, imborrable para mí.

Velada eterna

Rendido por el insomnio se movía con desesperación entre las sábanas. Una hora, dos horas, tres horas. El tiempo pasaba rengueante. No supo en qué momento se le cayeron un instante los párpados y creyó que por fin escaparía del tormento de recordarla sin cesar, que abandonaría el tren con las mil imágenes amorosas que recordaba de quien no estaba más con él. Entonces, suspirando, pensó que por fin empezaba la noche reposada. Cerró los ojos. Era tarde. La maquinaria de aquel dolor no daba tregua. Ella vino veloz y alcanzó a penetrarlo, arrasando la débil fortaleza. Mientras él empezó a respirar suavemente, ella, maliciosamente cómoda se instaló en su cabeza o en sus sueños o en el proyector de las imágenes, tomó un trago de tequila y soltó la risa más vengativa que sonora, augurio de otra velada eterna.