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Nueve negro

En el camino de la escuela de mis hijos a casa, detenido en el semáforo para tomar el tercer anillo periférico, recibí un mensaje por Whatsapp. Escuché pero no atendí de inmediato. En la siguiente parada lo leí. Un saludo y la noticia funesta: murió Carlos Luna Aguayo, el güero Luna, como le conocimos en Quesería, nuestro pueblo. No releí las palabras; lo entendí desde el primer instante y la punzada se me clavó hondo. Dos horas después la desazón no me abandona.

El güero, con sus 55 o poco más años, había enfermado de cáncer hace algunos meses. Estuvimos en su casa Amado Ceballos y yo, hablamos con él, flaco entonces, pero de excelente ánimo. Acordamos volver pronto.

Con sonrisa franca, la misma de siempre, con la que festejaba las canastas en el basket o los pases y goles en el fútbol, me regaló la sensación de que le quedaba cuerda larga en la vida. El área de su cáncer no admite concesiones, a juzgar por los varios conocidos que lo padecieron y partieron pronto, pero confiaba por su estado de ánimo.

No fuimos amigos íntimos, ni nos encontramos en dos décadas. Mis recuerdos se remontan al estadio Carlos Septien, donde nos enfrentamos, primero como rivales, él con la Real Sociedad, luego juntos en Sección 82 y San Francisco, donde jugábamos a pocos metros de distancia. En ambos equipos levantamos alguna copa de campeones y celebramos muchos goles.

Genio del balón, de una inteligencia notable en el juego, se fue en el último regate con la enfermedad. Me consta que quería seguir viviendo, que tenía mucho por hacer. Me consta que tenía amigos, de esos que se cuentan para siempre, de los que respetan los compañeros y los rivales en la cancha.

¡Hasta siempre, amigo! Siempre jugaste el mejor partido, güero. ¡Buen viaje!

Día 8

El 2020 no trajo un ramillete de alegrías en sus primeras horas. La destrucción ambiental que cuentan los medios en Australia es de dimensiones incalculables para el planeta. Estados Unidos se consiguió un nuevo sparring para el reparto de la película donde Donald Trump volverá a ganar la presidencia. Hoy ocurrió un tiroteó en el corazón de la ciudad de Ottawa, en la civilizada Canadá.

Hay otras situaciones preocupantes en distintos puntos del orbe: el temblor en Puerto Rico o la erupción de un volcán en Alaska, pero corresponden a fenómenos de causas distintas. Aquellos hechos son producto de las acciones y decisiones de seres humanos, y nos reconfirman, aunque no hacía falta, que la estupidez, la ambición y la barbarie siguen acompañando a la especie humana desde el principio de los tiempos.

Los accidentes tampoco dan tregua: 176 personas murieron en un avionazo en Teherán; accidente, mientras no se confirme lo contrario, habría que precisar.

La violencia de los Estados Unidos contra el mundo hoy tiene a Irán en la mira, pero víctima es la obsoleta comunidad de naciones, inoperante e incapaz de contener las locuras del emperador en turno. La ONU, se ha dicho claro, debe ser refundada, o extinguida para dar paso a otra entidad con reglas y condiciones capaces de contener las intentonas de enloquecer más al mundo.

Primer día de trabajo intenso

Volví a las actividades laborales en la Universidad. Fue un día de trabajo intenso por la larga reunión de profesores en la facultad para conocer y repasar asuntos de interés colectivo; nos consumió tres horas, pero era necesaria, como preparación para el semestre siguiente y enterarnos de decisiones adoptadas en la Universidad. Fue grato el encuentro con los colegas y el personal directivo.

Temprano comencé la jornada, todavía con la oscuridad, abriendo las primeras páginas de un nuevo libro de Silvia Adela Kohan: Los 65 errores más frecuentes de los escritores. Leerla y releerla ha sido como acercarse al agua para el sediento. Solo cuando lees libros así, y vuelves a tus manuscritos, atisbas los errores o posibilidades que aguardaban una lección para encontrar imperfecciones.

Si escribir es una actividad creativa y estimulante, la reescritura o la corrección no lo es menos, por tantas oportunidades formativas que ofrece. ¡Días de aprendizajes felices!

Placeres insospechados de la lectura

La lectura es una de las actividades que más me ocuparon en estas vacaciones. Habitualmente es así. Aprovecho las fechas de descanso para recuperar atrasos en mis programas de lectura, retomo un libro pendiente, o enfilo en las páginas de alguno apetecible que esperaba con alegría. Sucedió de nuevo en las vacaciones que terminaron el fin de semana.

Los placeres que la lectura regala son, a veces, inesperados. Fue por la tarde dominical, antes de la función de cine en casa. Mariana se acercó a donde me encontraba leyendo plácidamente y tomó el libro que tenía al lado: Cómo Pinocho aprendió a leer, de Alberto Manguel. ¿De qué trata, papá? Le conté que apenas había empezado, pero le hablé un poco de la vida de Manguel, de otros libros suyos; se interesó y dejó de atenderme. Lo hojeó, luego se acomodó en la silla y allí estuvo un buen rato, sin interrumpirme, ni yo. Nos olvidamos uno del otro; en mi caso corrigiendo un libro, ella leyendo el suyo, o el mío, o el de ambos, a estas alturas.

Me levanté y se detuvo. “Está buenísimo”, o algo así, comentó. Entonces celebré que hoy no haya tenido que recordarle la importancia de leer un poquito cada día.

El Rey León

Anoche vi la nueva versión de El Rey León con mis hijos. Decidimos que sería una velada de películas en casa. Ella tiene 14 años; él, 10. Todavía tenemos gustos comunes, quiero decir, ellos más o menos comunes, yo me sumo a sus decisiones.

Nunca había visto la película de Simba y Mufasa, Lana y demás. Durante los años de vida de mi hija, con excepciones poquísimas, fui al cine a ver algo con clasificación no infantil. Es uno de esos pecados o rasgos de mi comportamiento paterno; lo confieso sin pudores: soy esclavo de mi condición de padre.

Anoche preparé su té de manzanilla con unas galletas italianas, nos sentamos y en momentos escuché lo que seguía, pues ellos la vieron no sé cuántas veces en su versión anterior.

Fue una noche especial, sobre todo, porque entendí una lección: en poco tiempo no habrá manera de empatar los gustos de ellos y de ellos conmigo, y que las concesiones que entonces hagamos serán más por un gesto de amor. Cuando lo asumí, hice a un lado la revisión y correcciones de mi libro próximo, cerré las cortinas al mundo y solo vi esa fantástica fábula en donde, casualidades de la vida, siempre hay unos que se sienten tocados por el dedo divino y suponen que serán eternos, los Skar, los reyes por un día, que recibirán la patada en el trasero que siempre merecieron, más tarde o más temprano.