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SÁBADO LABORAL FRENÉTICO

Pasé varias horas de la mañana en las tareas de mi diplomado de francés. Me abruma un poco el exceso, pero elegí estudiarlo y nada me obliga. Tómese la intrascendente confesión como saludo, no como queja.

Desde el mediodía empecé a preparar la opinión de radio que grabaré mañana para que salga al aire el martes próximo. El tema me interesa: la opinión de los niños sobre el programa de aprender en casa.

Quien siga este Diario sabrá que el jueves solicité el apoyo de los papás y sus hijos para que me contarán cómo viven la experiencia. Las respuestas fueron abundantes. Pasé la tarde y hasta las 20.30 horas analizando la información. Organicé tres archivos: las opiniones de niñas y niños, las de maestras y las de mamás. Unas quince páginas, en total.

Para mi opinión radiofónica, por brevedad del tiempo, solo abordaré lo que piensan y sienten los pequeños. Con unos 25 participantes de distintos estados y ciudades escribí una primera versión que ronda las tres cuartillas. Me servirá para dos propósitos: el inicial, un resumen en dos minutos y medio, luego un artículo periodístico más amplio. El lunes deberán estar listos.

La primera versión reposará hoy y mañana volveré. Será un enorme gusto compartirla con quienes accedieron a contarme y conversar de todo eso.

La ocurrencia resultó una buena idea gracias a su disposición y, creo, necesidad de expresarse.

GRACIAS A MIS MAESTRAS Y MAESTROS

En varios libros escribí sobre algunos de mis mejores maestros, desde la primaria hasta el doctorado; también de los que, sin haberme dado clases, desarrollaban una práctica docente que me inspiró en algún momento de la carrera cuando supe o vi cómo lo hacían.

Hoy, en este día tan especial, donde abundan discursos y parabienes, quiero recordar a otras maestras y profesores que tuve y nunca antes recordé.

Aunque hice y sigo haciendo esfuerzos, no recuerdo el nombre de la maestra que me enseñó a leer en la primaria. Recuerdo a dos de aquellos maestros primeros que tuve, pero  quien me enseñó el oficio en el cual baso buena parte de mi trabajo es un personaje anónimo, lamentablemente.

En la secundaria tuve maestros comprometidos, aunque algunos me daban materias que quería pasar rápido y sin dolor, como química. Gracias a la claridad magistral de Paulino aprendí lo que necesitaba para pasar los exámenes, pero supe entonces que biología y química no eran para mí.

En el bachillerato tuve maestros extraordinarios y abominables. A los primeros he agradecido ya, pero a los segundos no, porque también les debo gratitud. Aunque entonces no imaginaba que dedicaría mi vida a la educación, los tuve presentes siempre como antimodelo, como aquello que no querría ser jamás en la vida. Con los profesores de la carrera me pasó más o menos lo mismo.

Si a veces he logrado parecerme a los buenos maestro que admiro, me espanta la idea de convertirme en los que aborrezco. Unos y otros me inspiraron, por eso les guardo gratitud, con contenidos distintos, por supuesto.

Hay otros maestros que no tuve, pero que me inspiraron e inspiran. Maestras y maestros que admiro por su paciencia, generosidad y dedicación. Gracias a todos ellos porque son un modelo al que quiero acercarme en esas y otras virtudes.

Cualquiera puede dar clases, pero no cualquier práctica nos convierte en buenos maestros.

¡Feliz día a las buenas y buenos maestros!

¡BENDITAS REDES SOCIALES!

Esta mañana, mientras cambiaba de actividades y ordenaba la agenda, se me ocurrió una idea para la intervención radiofónica del próximo martes: preguntarle a los amigos de Facebook que tuvieran hijos en primaria y secundaria (principalmente, pero no solo a ellos), sus opiniones en torno al programa de “Aprende en casa”.

La convocatoria fue más que exitosa. El mensaje se compartió 69 veces hasta las 21:20 h. y con las opiniones enviadas de Colima, pero también de otros estados y hasta de Estados Unidos, llené unas 10 páginas a renglón seguido. Y las que faltan, seguramente.

DÍAS OSCUROS

En el recuento matutino de noticias por el estado las cosas no pintan nada bien. Ayer un motín en el Cereso que termina con tres personas muertas y varios heridos. Es el segundo en poco tiempo. Las autoridades tendrían que explicarlo con claridad y pronto. Una diputada local desapareció más de días diez atrás y se desconoce su situación. Tampoco hay información oficial, pura especulación, para “guardar el debido proceso”. Casi a diario se informa de “incidentes” con armas de fuego en zonas públicas, concurridas y a plena luz del día. Ayer sucedieron por lo menos dos. Un hombre de Ucrania apareció muerto en una playa de Manzanillo. Los homicidios se desgranan a diario. La Secretaría de Salud nos dice que lo peor de la pandemia para Colima vendrá en unos meses.

El país que voté no tiene menos muertos ni más seguridad, tampoco más empleos, porque en un mes, dice La Jornada, se perdieron 500 mil.

La luz al final del túnel sigue lejana. Mejor cierro las páginas informativas y empiezo la tarea.

ROBERTO BOLAÑO

Esta tarde, en un intento de olvidarme del mundo y sus pandemias, busqué al azar algún programa o concierto que me distrajera mientras llega la hora de dormirme. En YouTube encontré una entrevista al escritor chileno Roberto Bolaño. No sé porqué apareció. Dudé. La dejé correr unos minutos; total, si no me gusta, la cambio. El sol moría con sus últimos destellos rojizos cuando escuché la lectura de un poema de Gabriela Mistral. Luego, el entrevistador presentó al escritor fallecido a los 50 años. Se trata de una conversación en la feria del libro de Santiago, Chile, cuatro años antes del triste desenlace. Me deslumbró la concisa lucidez de Bolaño, su sapiencia y la serenidad con la cual hilaba respuestas, sin alardes ni florituras. No lo he leído y no me ruboriza confesarlo, pues aunque innumerables veces encontré alguno de sus libros en mis paseos por librerías, nunca tuve ganas de comprarlo. Esta vez sucedió lo que casi nunca. Primero leí los libros, luego tuve oportunidad de escuchar a sus autores. Ahora será distinto. No pronto, pero lo leeré. Elegí ya “Los detectives salvajes”.

No me olvidé del mundo, ni de las pandemias, ni los malos pensamientos. Ni será una noche menos amarga. Pero el tiempo pasó y cumplí mi objetivo.