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LA NECESIDAD DE LOS OTROS

Pasé la mañana en los últimos días laborales leyendo la tarea más reciente que encargué a los estudiantes del curso de Gestión de instituciones educativas que imparto en la Universidad. Hoy terminé con sabor agridulce.

La petición fue que contaran la experiencia de lo que están viviendo frente a la pandemia y sus aprendizajes personales.

Todos, sin excepción, me conmovieron. Unos más que otros, por las situaciones dramáticas que atraviesan: temores por la salud de familiares propensos al virus, sus propias recaídas emocionales, crisis depresivas, la dificultad de realizar las tareas por condiciones materiales y tecnológicas, la necesidad de trabajar en casa para comer o ayudar a la familia…

Las circunstancias narradas me descubrieron otras facetas que en parte imaginaba, pero que me superó en los relatos, no tanto porque los estudiantes estén al borde de la desesperanza, sino por la sinceridad y la emotividad que aprecié, por lo que intuyo como necesidad de expresar en un puñado de párrafos lo que están sintiendo.

No sé si a ellos les habrá ayudado y en qué medida, pero a mí, leerles, me sirvió para entender con empatía otras dimensiones de lo que está sucediendo en las casas de muchas personas. También, por la urgencia de concebir cada vez más a la educación como un proceso que no puede nunca dejar de ser esencialmente humano, es decir, cara a cara.

EL LUJO DE LA INTERACCIÓN

Nuccio Ordine, filósofo italiano, ha sido uno de los hallazgos más gratos en mi vida profesional de los años recientes. He leído solo dos libros de su autoría: La utilidad de lo inútil y Clásicos para la vida: una pequeña biblioteca ideal. Suficientes para aquilitar lo sugerente de su pensamiento y las aportaciones para enriquecer mi perspectiva pedagógica y vital. Es también una de las motivaciones mayores para el incipiente aprendizaje del idioma italiano, pues me encantaría leerlo en su lengua.

Esta mañana leí un artículo que publicó en El País. Lo titula: El lujo de la interacción humana. Dos de sus ideas me revolotearon a lo largo del día: el lamento por los cambios pedagógicos que podrían afectar las relaciones cara a cara con los estudiantes; ¿cómo volver a las clases, se pregunta, sin poder mirar a los ojos de los estudiantes mientras les leo? La otra idea es una cosa tan simple, que deslumbra: la interacción humana en tiempos de la pandemia se ha vuelto un bien escaso, caro, un lujo. ¿Lo valoraremos después en la justa dimensión que hoy lo estamos padeciendo?

En el Diccionario de la estupidez, de Piergiorgio Odifreddi, leo lento, un día para cada letra del abecedario. Hoy tocó la M. Encontré dos joyas que comparto sin explicación previa, pero que vienen como anillo al dedo (sic y más sic) en estos tiempos de pandemia y su manejo gubernamental: “lo mejor que cabe esperar es evitar lo peor”, de Italo Calvino. La otra es de Odifreddi: “Una de las formas en que se manifiesta la estupidez es la incapacidad de colocarse en el lugar del otro para poder juzgar desde su punto de vista aquello que dice o hace”.

OTRA PRIMERA VEZ

Las conferencias o participaciones académicas siempre me provocan nerviosismo, a veces angustia y no pocas pavor. Siempre, un día o pocas horas ante me resultan casi insoportables. Me pregunto más de una vez: ¿para qué acepté? Y luego sigo: estaría muy cómodo, sin preocupaciones, sin angustias, sin temor a hacerlo mal. Cuando la conferencia es lejos de Colima la carga de nerviosismo se multiplica, porque pienso en la confianza de quienes me invitaron, en los costos que implican estas operaciones. Sufro mucho, lo confieso. Casi siempre vuelvo satisfecho. Casi.

Hoy tuve una participación que me desgastó muchísimo por ser mi primera vez en estos medios modernos; léase Zoom. Cuando me invitaron a principios de la semana no lo dudé y acepté sin chistar. El tema me gusta y he estado dedicado a documentarme hace varias semanas, así que creí que por ideas no tendría problema. Pero ayer, cuando caí en la cuenta que el formato es distinto, que no tendré un auditorio al que mirar y palpar, al que sentir, sino una cámara semiescondida en la computadora, me entró una dosis de ansiedad extrema. Temprano empecé a ordenar apuntes y para las 11 de la noche había logrado un guion aceptable.

Hoy, conforme pasaron las horas, subió el nerviosismo. Acorto la historia. Llegó la hora de la charla. Sufrí los primeros minutos, tratando de manejarme con soltura, mirando la cámara, observando mi guión y atendiendo los mensajes telefónicos que podrían llegarme de los organizadores. Luego me relajé un poco. Si soy bondadoso conmigo diré que estoy contento con el resultado, aunque siempre pudo ser mejor. Si soy estricto, diré que la próxima vez tendré que superarlo. Entre una opción y otra el agotamiento me alcanzó y mañana tengo clases de francés. El sábado tal vez tenga una opinión más clara.

LOS OLORES DE LA LLUVIA

Me gustan los olores que deja la lluvia. Me gustan, en especial, con las primeras, como la de este amanecer. No hubo mucha agua, aunque suficiente para que levantáramos nuestro pequeño campamento casero y alteráramos el sueño. Los olores de la tierra, de los árboles y las plantas son únicos. Invariable, nostálgicamente esos olores me recuerdan las lluvias en mi pueblo, a las que precede la caída de las nubes sobre sus lomas y calles empinadas, la neblina que tanto disfrutaba. Recordar mi pueblo por los olores de la lluvia desliza emociones y momentos, personas: amigos, maestros, la familia, mis padres, mis hermanas. Y recordarlos trae en la mochila del pasado las actividades en épocas de lluvias: el fútbol en la cancha empastada que nos permitía “barrernos” gozosos, patear el balón en sus calles empedradas, los pececitos del arroyo de santa Mariana, las noches frescas en sus jardines, bañarnos en el patio de la casa, las marquesinas para escaparnos del agua fría, o lo contrario, la plegaria a las nubes o al cielo para que, por favor, esa noche no lloviera, porque si ocurría, los papás no dejaban salir a la novia. Los costales de la memoria también arrojaron al más primitivo de todos los momentos y personajes: yo mismo, cuando corría bajo la lluvia, jugaba, sonreía, era feliz con esas cosas tan simples; cuando no sabía que muchos años después un día, hoy por ejemplo, tendría ganas solo de observar la lluvia, pero no de salir a mojarme, ver las gotas rebotando en el suelo o mientras caen desde el cielo blanco, tomando café y respirándome los recuerdos felices de todos esos que fui.

EN LAS NUBES

Desperté a las 5 de la mañana. Fue súbito. Por el triángulo de nuestra casa de campaña observé el pedacito de cielo abierto a mis ojos. Una blancura espesa que he visto en estos amaneceres durmiendo en el patio de la casa. La primera vez me desconcertó: no supe si caía la tarde mientras despertaba de una siesta o algo extraño sucedía en el firmamento. El color lechoso me recordó en automático el principio de Ensayo sobre la ceguera, del inolvidable José Saramago. Me quedé quieto, contemplando el cielo y concentrado. Lo aprendí meditando y descubrí lo inimaginable. Los sonidos empezaron a desgranarse de  cualquier parte: un concierto de pájaros distintos, más o menos grandes, más o menos distantes, más o menos agradables. Luego otros ruidos. Los autos que circulaban por tercer anillo periférico, eventualmente los que pasaban por la calle. Ruidos animales que no identifiqué. Tal vez una hormiga caminando encima del plástico azul de nuestra casita. Afuera el cielo seguía blanco, inmutable. Empecé a escuchar mi propia respiración, cada vez más reposada. Los pájaros no cesaban, como los ruidos exteriores. Permanecí en silencio, escuchando la nada, o el todo, hasta que sentí la respiración suavecita de Juan Carlos, al lado, dormido como se duerme a los diez años: en cuerpo y alma, sin angustias. Su rostro plácido esbozaba una sonrisa que apreciaba por la claridad. Lo abracé con amoroso cuidado, cerré los ojos y me fundí con su respiración.