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Lecciones desoladoras

En las semanas recientes dedico menos tiempo de la jornada a las noticias sobre el coronavirus. Leer tanta desgracia ensombrece el ánimo.

Confieso sin rubor: ojalá el subsecretario López Gatell acertara una de sus predicciones, o que ya estuviéramos en el paisaje que dibuja el presidente en sus discursos. Tristemente la realidad no se moldea a base de conferencias.

Sigo las noticias con discreción y advierto señales en el horizonte. La pandemia ya deja muchas lecciones de la sociedad que somos, de dónde vinimos y podría augurar rumbos. Circunscribo mi opinión al ámbito colimense.

Los gobiernos demostraron ineficacia en comunicar sus mensajes. A la credibilidad del gobernador, reiterada en distintas mediciones de aprobación, se suma la falta de creatividad del aparato de comunicación, con boletines hechos en la pereza absoluta.

Los gobiernos municipales cantan muy mal las rancheras. Y si el mariachi es mediocre, sus voces no lo mejoran ni un poquito.

Antes me pregunté y me sigo cuestionando por la eficacia gubernamental en encarar el problema. ¿Tenemos suficiente o carecemos de la mínima? No tengo elementos para sustentar un juicio, sólo crecientes sospechas.

La ciudadanía es como es. Hay quienes sí colaboran, hay muchos que no. Hay quienes asumen conscientes, hay exceso de irresponsabilidad. Tampoco somos una raza culturalmente única: lo mismo pasó y pasa en otros países. Lo lamentable es que en este examen vital, donde nos jugábamos tanto, primero, miles de vidas, la calificación difícilmente será aprobatoria.

Fin de la amabilidad

Mientras observo un seminario web sobre pandemia, desigualdad y educación en América Latina, recibí una llamada de esos números extraños que, sin embargo, no dejo de contestar por amabilidad. Era un empleado bancario. Me preguntó cómo estaba y yo, un poco enfadado por el pésimo sonido de la profesora brasilera, le dije que muy bien. A la voz masculina del otro lado le dio mucho gusto, confesó, para reconfirmarme su gentileza. Me expuso entonces las virtudes de una tarjeta de crédito, mezclando explicaciones de las bondades de su empresa y las perversiones de las otras, con preguntas que solo tenían como respuesta probable de mi parte que sí, que él tenía razón y soy víctima de los feroces colmillos de los bancos. Lo escuché con atención, sin interrumpirle ni una sola vez. Tres o cuatro minutos duró su soliloquio que, debo reconocer, era digno de mejor cliente. Cuando llegó el momento de darle mi aprobación, no dudé en responderle con absoluta franqueza, en los siguientes términos, con más o menos palabras: mira, muchas gracias, pero no pierdas tu tiempo, no tengo ningún interés en cambiar la que tengo y menos en contratar otra. La uso poco y con eso me basta.

Me habrá escuchado con vehemencia, a tal grado que ya ni siquiera se despidió. Se abrió un silencio total y no escuché más. Me sorprendí. Retiré el teléfono y entonces miré la pantalla. Había cortado. Es verdad que me hizo caso: no perdió su tiempo, pero pudo despedirse. Esta vez, discúlpenme, señores empleados de bancos, pero estoy ofendido. Les escuché, les respondí amable y no merecía un cortón tan grosero. Prometo, juro, que no tendrán más de mi un comportamiento ejemplar. La de hoy, repito, ha sido la última en que les dejaré terminar su discurso. La siguiente y todas las llamadas de ese tipo, juro, no tendrán final feliz ni amable. ¡Es cuanto!

Día de descanso

Cien días de después de comenzar el largo confinamiento no abrí la computadora para trabajar, ni leí para tomar notas y agregar líneas a alguna de mis tareas pendientes. Hoy fue un día de descanso absoluto.

Ayer cerré un proyecto que me absorbió varias semanas y decidí que hoy no habría actividades. Cumplí hasta aquí; mañana creo que la vuelta es inminente.

Hoy leí, como todos los días, pero por placer. Comencé con Victoria, la novela de Joseph Conrad y luego las páginas penúltimas de De animales a dioses, de Yuval Noah Harari.

No fue el día más placentero. Uno al mes debo dedicarme a cumplir trámites en bancos u otras oficinas. Me tocó en el ayuntamiento de la ciudad y luego el periplo por dos bancos. Por fortuna no hubo mucha gente y pude volver pronto al encierro.

Seguiré con la jornada de autoconfinamiento sólo un poco. No hacer nada es más difícil de lo que parece.

Placeres egoístas

Hoy tenía que enviar mi opinión radiofónica quincenal. Es la octava. Hace dos meses estoy al aire. A diferencia de los ocasiones previas, ahora no tenía ni avances ni idea. El fin de semana lo pasé integrando los capítulos de un nuevo libro y el agotamiento me venció pronto. Este lunes desperté temprano para concluir mi compromiso y, por suerte, la madrugada me regaló las líneas iniciales. Lo demás fluyó relativamente fácil. El resultado ya lo juzgarán los escuchas o sus lectores mañana.

Reconfirmé que me gusta tener un espacio en radio y por eso vale la pena el esfuerzo de intentarlo, a pesar del cansancio. El reto desamodorra, expulsa de la conformidad y viene bien.

Escribir para radio es un ejercicio distinto a hacerlo para un periódico o portal informativo. Las palabras tienen sonoridades distintas, se engarzan diferente si las pronunciaré o el lector se las verá con ellas en silencio. Tengo la impresión de que no hay muchos escuchas, pero con absoluta sinceridad ya me importa poco.

Hay un momento donde la escritura es un ejercicio para salvarse a sí mismo. Como hoy.

Tarde de cine: Metegol

Esta tarde vi por séptima u octava ocasión la película “Metegol”, el fenómeno cinematográfico argentino que dirigió Juan José Campanella, el mismo de “El secreto de sus ojos”, basada en la novela de Eduardo Sacheri, con la cual ganó el Oscar a la mejor película extranjera.

Nunca vi una película más veces que “Metegol” y, supongo, no habrá otra. La ocasión desempolvó lindos recuerdos. La primera vez fue en agosto de 2013, en el cine Gaumont, un recinto emblemático de Buenos Aires, frente a la plaza del Congreso. Recién llegábamos a Argentino y nos hospedábamos a unos metros de la sede del poder legislativo. Al pasar rumbo a Plaza de Mayo vimos la cartelera y como estaba muy cerca, no dudamos en comprar las entradas para la función nocturna. Al finalizar, con la maravillosa canción de Calle 13, mientras las luces se encendían, los aplausos de la gente en la sala nos sorprendieron. Aquello parecía un teatro, no una sala de cine. Salimos sorprendidos y contentos. Luego, en la esquina, en uno de esos restaurantes típicos cenamos antes de volver al hotel para pasar la noche y preparar la salida a Santa Fe, siguiente destino.

En Santa Fe, luego en Córdoba, y después en México, vi otras tantas veces la película, siempre con mi hijo. Cada vez con gusto, sin enfado, sin aburrirme de la misma historia de Amadeo y Matías, basada en un cuento de Roberto Fontanarrosa.

Ahora fue Juan Carlos, de nuevo, quien me pidió verla. Ayer me contó su descubrimiento: ¡papá, Metegol ya está en Netflix! ¿La vemos? Bueno, le dije complacido. La vimos de nuevo y disfrutamos casi como la próxima vez. Al final Mariana, incorporada al público, me preguntó si ya buscaba otra película; no, le atajé, quiero escuchar de nuevo, por milésima vez, Nos vieron cruzar.  Así cruce una linda tarde en este primer día de vacaciones.