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Hoy no hay página del Diario

Hoy no habrá página del Diario 2020. He pasado la mañana enfrascado en lecturas para la conferencia que debo presentar el jueves en la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Colima.

Cuando me pidieron el título, con escasa imaginación, decidí enviarles el que da nombre a nuestro libro colectivo: Cuando enseñamos y aprendimos en casa. Luego añadí el más que convencional en estos tiempos: Lecciones de la pandemia; además, pretensión grandilocuente. Pero no tenía más tiempo para darle vueltas.

Con el deseo de no repetir lo que vengo diciendo en estos meses, me propuse armar otras ideas. La cosa no es nada fácil, cuando tantos han escrito y hablado tanto sobre el gran tema del confinamiento y las escuelas.

Al final, he decidido un ejercicio de síntesis con los tiempos y ritmos de hoy: 15 lecciones en 30 minutos, dos minutos en promedio para cada una. La exigencia no es menor, porque de algunas se pueden decir muchas cosas, ahí el reto: sólo procurar lo esencial y nada más que lo esencial.

Hoy tengo el guion. Mañana armaré la presentación y luego a estudiarla. En eso se fue el día, mientras la lluvia no para de remojarnos.

Lunes al sol

Hoy entregué para su primera revisión el capítulo de un libro. Es el cuarto de este largo confinamiento. El primero fue colectivo y mi participación secundaria. Uno lo había comenzado el año anterior y los dos restantes no estaban ni en proyecto cuando preparaba la agenda anual.

Concluir un proyecto es siempre satisfactorio, pero si el resultado complace al juez interior, la alegría es más completa. Contarlo no es un acto de fatuidad, aunque pueda interpretarse así. Si el lector lo cree, no refutaré.

Este es un Diario, el recuento personal de casi todos los días, y terminar el capítulo de un libro no es tarea irrelevante ni frecuente. No pasa todos los días, ni cada semana.

Llegar a ese resultado es posible después de muchas horas, unas tangibles, traducidas en una veintena de hojas, pero antes, en la idea que da vida a todo lo demás. No sé qué me complace más: parir la idea o escribir las veinte páginas que la concretan.

Mañana o pasado, algún día después, recibiré el juicio sobre el capítulo del libro. Por hoy, ha sido suficiente.

La vida no depende de escribir libros o capítulos, pero a veces, es lo que salva la suerte de cada día.

Noroña y los huevazos

Esta mañana vi en Twitter el video donde lanzan objetos a Gerardo Fernández Noroña durante un acto público en Hidalgo. No lo comparto ni lo festejo.

Tengo pocas afinidades con el pensamiento del diputado, y menos con sus formas, pero nunca celebraré un acto así, tan degradante para la vida política y ciudadana del país.

No podemos permitirnos llegar a estos extremos. Si la fractura política ya parece más que insalvable, porque sobrevivió a la necesidad de estar unidos frente a la pandemia, la violencia física es una manera insostenible de dirimir las diferencias.

Los mexicanos (las mexicanas, por supuesto) tenemos la obligación de combatir el coronavirus tanto como la intolerancia, que no nos deja ningún fruto deseable.

No podemos permitir que el insulto o la agresión se conviertan en la nueva normalidad, en la forma de dialogar (sic) con quienes piensan y actúan distinto.

Senderos de la luna

Ayer por la tarde Salvador Alejandro me regaló su libro Senderos de la luna, apenas publicado.

Me alegró mucho leer su buena noticia pocos días antes, cuando lo anunció en Facebook. No creí que lo tendría tan pronto, así que lo agradezco doble.

Salvador Alejandro fue estudiante de Pedagogía en la Universidad de Colima, donde lo conocí y tuve oportunidad de conversar en varias ocasiones. Es una buena persona y amigo generoso, inquieto y valiente.

Leí hoy al comenzar la tarde su libro de poesía y reflexiones. Me sorprendió la frescura de algunos de sus versos, aunque no me concedo libertad para juicios poéticos, más allá de los que me producen las palabras que los escritores y poetas vacían al impulso de sus sentimientos.

Celebro que un chico joven se trace objetivos y los cumpla, que eluda timideces. Esta mañana, en mi curso, justamente hablaba de eso, de que la educación, como bien enseña Nuccio Ordine, no consiste en engordar pollos sino en formar herejes, esto es, personas que eviten los caminos trillados y tracen los propios, que se propongan itinerarios y se atrevan a recorrerlos.

En eso creo, por eso celebro la obra de Salvador Alejandro. La primera, porque estoy seguro de que llegarán otras, cada día mejores.

La necesidad democrática de la educación

Los regateos presupuestales a la educación son inexplicables en un gobierno que promete transformar la vida del país.

La apuesta a las becas como mecanismo de igualación social es positiva, pero no a costa de sacrificar otros rubros que la experiencia internacional y la doméstica, demuestran como eficaces a la hora de mejorar la calidad de los sistemas educativos.

Millones de alumnos becados en escuelas pobres con una pobre educación es un mecanismo que sólo disfrazará la profundización de las brechas sociales.

Ahora que se discutirá en el Congreso el presupuesto para el 2021, especialmente el educativo, conviene leer a los que saben y articulan dos temas nodales, como Fernando Savater.

En su magistral conferencia al recibir el doctorado honoris causa en la Universidad de Colima (febrero de 2010) cinceló un discurso que comenzó aludiendo a que muchos políticos piensan que la educación es opcional o un asunto que se puede aplazar, pero no, nos recordó y les recordó a los ahí presentes, que ellos no deciden, que ellos fueron elegidos para que la sociedad los mande: El gobierno, los que mandan, son nuestros mandados, aquellos a los que nosotros les hemos mandado mandar y, por lo tanto, lo que tenemos que hacer es reclamarles que presten atención a las cosas que a nosotros realmente nos interesan.

Les dejo otro fragmento y espero que algunos de esos que van a decidir el presupuesto me lean. No van a cambiar de opinión, porque nadie la cambió después de leer media cuartilla, pero tal vez, tal vez les ruborice un poco cuando voten en masa: Nuestras democracias tienen que educar en defensa propia. Lo que defiende la democracia es una buena educación. Si una democracia quiere sobrevivir, mejorar, generalizarse, si quiere hacerse de todos y para todos, necesita educación. Es un punto fundamental; no es optativo, no es que la educación sea una especie de adorno, de guirnalda que haya que colgar. Es un pilar para el funcionamiento de la democracia. Eso, nuestros abuelos griegos lo vieron de manera clara. Para ellos, democracia y paideia, democracia y educación, estaban necesariamente unidas: no había una verdadera democracia sin paideia, sin educación.