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Placeres insospechados de la lectura

La lectura es una de las actividades que más me ocuparon en estas vacaciones. Habitualmente es así. Aprovecho las fechas de descanso para recuperar atrasos en mis programas de lectura, retomo un libro pendiente, o enfilo en las páginas de alguno apetecible que esperaba con alegría. Sucedió de nuevo en las vacaciones que terminaron el fin de semana.

Los placeres que la lectura regala son, a veces, inesperados. Fue por la tarde dominical, antes de la función de cine en casa. Mariana se acercó a donde me encontraba leyendo plácidamente y tomó el libro que tenía al lado: Cómo Pinocho aprendió a leer, de Alberto Manguel. ¿De qué trata, papá? Le conté que apenas había empezado, pero le hablé un poco de la vida de Manguel, de otros libros suyos; se interesó y dejó de atenderme. Lo hojeó, luego se acomodó en la silla y allí estuvo un buen rato, sin interrumpirme, ni yo. Nos olvidamos uno del otro; en mi caso corrigiendo un libro, ella leyendo el suyo, o el mío, o el de ambos, a estas alturas.

Me levanté y se detuvo. “Está buenísimo”, o algo así, comentó. Entonces celebré que hoy no haya tenido que recordarle la importancia de leer un poquito cada día.

El Rey León

Anoche vi la nueva versión de El Rey León con mis hijos. Decidimos que sería una velada de películas en casa. Ella tiene 14 años; él, 10. Todavía tenemos gustos comunes, quiero decir, ellos más o menos comunes, yo me sumo a sus decisiones.

Nunca había visto la película de Simba y Mufasa, Lana y demás. Durante los años de vida de mi hija, con excepciones poquísimas, fui al cine a ver algo con clasificación no infantil. Es uno de esos pecados o rasgos de mi comportamiento paterno; lo confieso sin pudores: soy esclavo de mi condición de padre.

Anoche preparé su té de manzanilla con unas galletas italianas, nos sentamos y en momentos escuché lo que seguía, pues ellos la vieron no sé cuántas veces en su versión anterior.

Fue una noche especial, sobre todo, porque entendí una lección: en poco tiempo no habrá manera de empatar los gustos de ellos y de ellos conmigo, y que las concesiones que entonces hagamos serán más por un gesto de amor. Cuando lo asumí, hice a un lado la revisión y correcciones de mi libro próximo, cerré las cortinas al mundo y solo vi esa fantástica fábula en donde, casualidades de la vida, siempre hay unos que se sienten tocados por el dedo divino y suponen que serán eternos, los Skar, los reyes por un día, que recibirán la patada en el trasero que siempre merecieron, más tarde o más temprano.

El miedo del portero al penalti

Esta mañana fresca, en una pausa de la corrección de mi libro, leí las últimas páginas de El miedo del portero al penalti, de Peter Handke.

Desde las líneas iniciales me sorprendió la escritura del Premio Nobel de Literatura 2019; no lo conocía. Su agilidad desbordante, la extraña (para mí) musicalidad de sus párrafos, delirante por momentos, me atrapó en las desventuras o aventuras de Josef Bloch.

Las páginas finales de la historia me recordaron un pasado casi perdido en la vida deportista: los años de portero en el futbol, los primeros, hasta que mi padre, fastidiado por los raspones y maltrato a la ropa, me puso el ultimátum: ¿cambias de posición o de deporte? Adelanté unos metros y desde entonces jugué principalmente en la mitad de la cancha, lejos de la portería contraria y cómplice de los defensas de mi equipo.

Quizá por ese atavismo, al leer a Handke, celebré el instante en que el delantero tiró el penalti mansamente a las manos del portero inmóvil, vestido con una camisa de “amarillo chillón”.

Divagaciones vacacionales

Si me propusiera leer un libro cada semana alcanzaría el fantástico promedio de 53, como todo mundo medianamente alfabetizado calcula. 53 libros al año, en un país donde se lee tan poco, es una cantidad desmesurada. Uno solo habría leído lo que 20 o 25 mexicanos. No está mal, nada mal. Pero si uno tomara un curso de esos de lectura rápida, que te prometen miles y miles de palabras en muy poquito tiempo, aprenderlo todo y mejor, podría convertirse en un fenómeno que todas las estadísticas oficiales querrían reclutar para elevar los promedios de lectura del municipio o del estado. Con un contingente de mexicanas y mexicanas lectores ultra veloces, la nación podría subir varios peldaños en los rankings internacionales en la materia. No estaría mal; o tal vez sí. 

Ese frenesí que cultiva la velocidad puede tener sentido en muchos ámbitos, o en casi todos, pero no creo que valgan mucho la pena en los más esencialmente humanos, en aquellas pequeñas cosas que recordamos como los momentos felices. ¿Cómo apresurar el enamoramiento (como lo conocimos en mi época moza) a base de miradas furtivas, roces ligeros de manos o pieles, palabras nerviosas? ¿Cómo redactar de prisa la carta (o el correo electrónico, si quieren) donde contamos desventuras a nuestro mejor amigo, lejos de nosotros, para leer su respuesta empática y sensible, meditada por el buen tiempo y la paciencia de la palabra precisa? ¿Para qué apresurar el primer beso a la chica/chico que uno desea? ¿Para qué leer con el reloj en la mano los versos de Neruda, si una copa de vino, las sombras, una luna llena o el viento en la cara son parte de la escenografía más idílica? 

Así podría seguir, contando otras situaciones para las cuales sobra el velocímetro, pero esas son suficientes. 

No sé cuántas páginas ni cuántos libros leeré este año. No me hice un propósito semejante. Deseo, en cambio, que cada libro y cada página valgan la pena porque me dejaron una enseñanza y me ayudaron a pensar, sentir y actuar mejor. Si no es para eso, la lectura, como otras actividades de la vida, no tienen sentido.

Corrección de textos

Desde las primeras incursiones en el mundo de la escritura para publicarla en forma de libro procuré participar en todas las dimensiones del proceso. O casi en todas, pues ya las tareas de impresión requieren su propio entrenamiento. Me refiero a las que siguen a la escritura del autor y hasta el momento en que el documento pasa a la imprenta: la corrección de textos, la corrección de las correcciones, la corrección de pruebas, la elección del tamaño del libro, portada y, en proyectos especiales, el diseño de interiores o la persona que diseñará la cara del libro.

Cuando más he participado en esas varias facetas, más conforme quedo con el resultado. No hablo de su calidad profesional, sino de mi satisfacción, que deriva principalmente de ser un lector con ciertas opiniones, gustos y disgustos.

Las primeras horas de mi trabajo en 2020 han transcurrido en una de esas fases: la corrección de las pruebas, esto es, del primer corte que hace la editorial, con el resultado preliminar. La actividad me exige concentración absoluta, paciencia y buena condición física para sentarme horas y días en cotejar con originales, con las opiniones de lectores y con sugerencias profesionales.

Poco a poco voy formando un ritual alrededor: ¿cuál es la mejor hora?, ¿en la mañana, en la noche?, ¿tomar café, mate, agua, un whisky? ¿Cuál es el lugar ideal?

Las correcciones que ahora realizo son distintas; todas la son, de alguna manera, pero esta tiene su peculiaridad: cuando nunca había dudado, estoy a punto de cambiar el título, o alterarlo en su orden. Eso habitualmente no sucede. Pues esta vez sí.

Camino sin prisa en estas horas; no tengo urgencia de regresarlo a la editorial o verlo publicado [en formato electrónico, he decidido], voy despacio porque a lo largo del 2020 me encontraré de nuevo en este apasionante mundo de las letras y las palabras, de intentar siempre el mejor texto posible, el más legible y cuidado.