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Viernes de pandemia

Es viernes. El cuerpo lo sabe. Lo sabe la cabeza, la mente o esa parte donde reside nuestra conciencia. En este enésimo fin de semana en cuarentena, la conciencia perdió las cuentas. Mis semanas son casi siempre muy productivas, más que en la “vieja normalidad”, pero el agotamiento es inocultable, porque al aislamiento se aúnan el hastío natural de cuatro, seis, ocho paredes, la incertidumbre por las circunstancias y el miedo por la presencia del bicho invisible que está convulsionando al mundo.

Es viernes, he terminado el capítulo de un libro, estoy satisfecho, no solo por una meta cumplida, sino por el esfuerzo que me deja tan contento como exhausto. Es viernes. ¿Y qué falta?

Es viernes, viernes de pandemia, mi cuerpo no lo sabe, y no tiene por qué saberlo, soy yo quien debe recordarle que hay un momento en la semana donde debemos parar la máquina, respirar hondo y tirar todo el lastre. Mañana se abre un episodio distinto.

Es viernes, el cuerpo no lo sabe. ¿Qué sigue?

¿Instituto para darle certidumbre a los datos?

Esta tarde vi la conferencia sobre COVID-19. Hace mucho tiempo que no lo hacía. Fui asiduo, luego me cansé de la repetición de desgracias y es que, por su naturaleza, escasean (si hay) las noticias alentadoras. Ver dos o tres es suficiente, salvo situaciones extraordinarias, querer gastar las horas o admirar la presencia y oratoria del subsecretario.

Hoy dos notas me saltaron: la que esperaba, el aumento incesante de infectados registrados que, como todo mundo sabe, tiene una contabilidad deficiente e incompleta. La otra, la explicación oficial con tono pueril de los más de mil casos reportados ayer, que no se murieron ayer, sino que venían “arrastrándose” desde días o semanas.

Nadie se habrá sentido aliviado o menos mal con la explicación sesuda; bueno, supongo que sí, que muchos o muchísimos. Pero la cosa no remedia nada. Al contrario, crece la incertidumbre, porque si el país en la era de la globalización informacional y bla bla bla es incapaz de tener el conteo de sus muertos con un poco de más celeridad, entonces, ¿cuántos otros cientos o miles seguimos arrastrando y en qué momento los subirán a la estadística macabra?

Lo único que se me ocurrió pensar (es un decir) para aligerar el mal trago fue preguntarme: así como crearon el instituto para devolverle al pueblo lo robado, ¿no haría falta un instituto para devolverle certidumbre a los datos?

Lectura a sorbitos

A veces corro sobre las páginas y luego, cuando paro, me pregunto qué leí. Con frecuencia no lo recuerdo. Me regreso al último punto en la memoria o cierro para mejor ocasión; en ocasiones, drástico y aburrido, para siempre.

A veces leo de a poquito, como una taza de café caliente pero sabroso. Eso me pasa con Eduardo Galeano. Y después de que murió, más. Atesoro cada uno de los recientes y los navego lentamente, porque sé que no habrá más.

Así voy ahora con “Amares”, antología de sus mejores textitos, elegidos por él. Así los disfruto y se termina la noche, pero se me quedan bailando sus personajes, a los que rezo para espantar el insomnio.

LA MISMA ESCUELA DE SIEMPRE

La niña se levanta temprano, desayuna un vaso de leche con fruta o galletas. Luego, silenciosa, busca sus libros, se acerca a la mesita donde tiene la vieja computadora que le permite conectarse a sus maestros y compañeros, recibir tareas y empezar la jornada escolar. Mientras ella enciende la máquina escucha a pocos metros el ruido en la cocina: el papá prepara su café para su empleo de taxista, a la larga y ahora peligrosa rutina en tiempos de pandemia. El hombre toma sus llaves con una botella de agua en la mano derecha y un café de olla humeante en la izquierda. Va con la hija, estudiante del tercero de secundaria en un modesto colegio de paga, porque es lo único que el padre se ha prometido dejarle en herencia. Se despiden con una conversación corta mientra toma el primer trago caliente.

-¿Necesitas algo?

-Gracias, papá, nada.

-¿Ya comenzaste la sesión?

-No, estoy esperando.

-Será una clase interesante, imagino. ¿Viste lo que sucede en Estados Unidos con las protestas por la muerte de un hombre?

-Sí, vi un poco, anoche. Pero de esos temas no hablamos en clase.

-¿Cómo? ¿No hablan de eso? ¿No hablan de los problemas reales? ¿Tampoco hablan de la pandemia?

-Papá, ya te expliqué que no.

-Entonces, ¿por qué tantas horas de clases y tareas? ¿Qué estudian?

-Estudiamos en casa, pa’, de nuestras materias, solo que hay más tareas, sin recreos, sin amigos, pero la escuela es la misma de siempre.

PANDEMIA Y PROFESORAS

Gracias a la generosa colaboración de 23 profesoras y maestros, principalmente de Colima, reuní unas 20 páginas a renglón seguido con sus comentarios, opiniones, anécdotas y juicios en torno a la estrategia nacional para concluir el ciclo escolar.

Cada una de las seis cuestiones formuladas fueron respondidas con mayor o menor extensión. Algunos fueron concretos en sus respuestas, alguien más envío una tabla desglosando las participaciones de los distintos protagonistas del proceso escolar y otra me escribió un breve ensayo con aportaciones generales y específicas.

No me extraña la actitud. En el gremio docente suele haber espíritu de cooperación y ganas de manifestarse. La diversidad de escuelas, niveles y materias impartidas le concede una riqueza muy interesante al material acopiado.

Esta mañana y buena parte de la tarde lo pasé leyendo y releyendo, organizando notas y escribiendo una primera versión del análisis. Con el borrador prepararé mañana mi opinión quincenal para radio y la columna semanal.

Ha sido una jornada extenuante, pero llena de aprendizajes sobre ángulos que no atisbaba o pasaba por alto. Ojalá pueda darles la redacción precisa para exponer las valiosas opiniones.