¿El gran pecado de la escuela?

Leo en Alberto Royo (Contra la nueva educación) una crítica despiadada a la situación educativa española. Dispara contra una y otra ley, la del Partido Socialista y la del Popular. Asegura: “De los muchos errores cometidos, quizá rebajar el nivel de exigencia haya sido el más grave, una equivocación de la que nadie se ha hecho ni se hará responsable”.

La frase me suena y resuena. La marco en verde y escribo una nota al margen para ilustrar la probable utilidad. Pero me sigue dando vueltas y abro esta página del Cuaderno.

Advierto que en México, con la pandemia, nos podría estar sucediendo lo mismo. Expongo esbozos de ideas.

En aras de no fastidiar a los niños (y a los mamás) y adolescentes, se trata de no exigir demasiado, parece. De matar el esfuerzo individual, la exigencia intelectual. En cambio, se premia la conformidad: todos iguales… de mediocres.

Tengo algunas anécdotas. Sólo cuento una chiquita: el papá de un estudiante de bachillerato me pregunta por qué tienen tan pocas clases; que en primaria, dice, ven más a los profesores. Una anécdota no es suficiente, pero pregunté a varios y me confirman. Es así.

Es un error, creo. La educación facilona, plana, mediana, es aburrida, cansa, no desafía. Es una canción de cuna, como diría Paulo Freire. ¿Y si nos la imaginamos distinta? ¿Cómo un desafío intelectual, como un reto a los estudiantes? ¿No sería, incluso divertido, para ellos, y para los maestros?

Páginas adelante, Royo cita a Sócrates: “Nada resulta demasiado difícil para la juventud”.

Me gustaría discutirlo con otros colegas, con estudiantes, con madres y padres.

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