¡Adiós a las marquesinas!

2215168984_f510932c3d_bEntre los mejores recuerdos infantiles, que no son abundantes (por falta de memoria, no por infelicidad), tengo los juegos y paseos por las calles del pueblo. En estos días los reviví mientras cultivo el hábito de caminar la colonia donde habito para distraerme y simular ejercicio físico.

Una imagen se me fijó: las marquesinas, esas prolongaciones de los techos en los hogares, habitualmente tan largas como la banqueta. Bajo ellas caminaba mañanas y tardes de la casa a la escuela primaria Eva Sámano de López Mateos, donde también funcionaba la Secundaria por cooperación 21, de la cual integré su última generación a principios de la década de 1980.

Las marquesinas eran seguro contra la lluvia y el sol. ¡Qué distinto ahora! Las marquesinas ahora no existen. Y como no hay, andar bajo el sol o con lluvia es imposible sin paraguas. Peor: con la epidemia violenta que nos azota, como no hay marquesinas, entonces nadie coloca focos afuera de sus casas. Todo mundo reclama seguridad, y es lícita la exigencia, pero nadie pone una vela que ilumine su oscura periferia. Y en navidad, lo recordarán los contemporáneos, allí en las marquesinas se colocaban focos de colores o adornos, lo mismo en septiembre por las fiestas patrias.

Hoy es distinto. No invoco la era de las cavernas, ni añoro conjugar mi vida en pretérito, pero esas calles, sus casas, los habitantes, convocaban a transitarlas, a recorrerlas, a convivirlas, a sentarse en el quicio mirando pasar el tiempo. Esas calles, aquellas casas, ese tiempo no conocieron el miedo que hoy muerde apenas cruzar la puerta en las noches.

*La imagen está tomada de https://www.flickr.com/photos/golden-emporium/2215168984

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