Autorretrato: Conversando con la noche y con el viento

Nunca fui el más intrépido de la calle donde viví los años mozos. Tampoco el más valiente o amistoso; no era el más alto o fuerte; menos, el simpático o guapo. En fin, no quiero desgranar virtudes ni exhibirme lo que, además, a nadie importará. Seguramente por ese tipo de razones la primera novia llegó tardecito a mi vida y se fue a la mañana siguiente sin permitirme, siquiera, explorar una vez la topografía de sus labios; ¡oh, cruel recuerdo!

Desde que pude comprar un modesto equipo de sonido pasé muchas tardes encerrado en mi cuarto, acostado en el piso fresco, escuchando la música que, alguna, todavía sigo. A veces leía mientras las canciones sonaban, pero casi siempre dejaba volar la imaginación. Allí, en ese mundo era casi infalible: las chicas más hermosas del pueblo no se me escapaban. También empezaban a anidarse proyectos e ilusiones; o insistía en la búsqueda de respuestas que remolcaran otras preguntas.

Confieso con esto que mi forma de ser ha cambiado poco en lo sustancial; que, con frecuencia, escapo de las relaciones sociales y prefiero encerrarme en mí mismo, bajar las cortinas, asilarme entre la música y recordar algunas veces lo vivido, otras lo que deseo y, obsesivo, velando armas para la nueva batalla.

Soy feliz conmigo, o lo más próximo. Necesito poco, y lo poco que deseo lo deseo poco, recitaba Facundo Cabral recordando a Francisco de Asís. Así, más o menos, se podría resumir lo que hilo.

Con los años y la madurez ocupo mi habitación interior por necesidad, más que por costumbre. Es indispensable el coloquio íntimo, la autocrítica, a veces, casi, la flagelación. Y luego vuelta a la realidad, con sonrisa tibia.

Una joven neo amiga me espetó un día, sin respeto alguno, que me estaba volviendo viejo. Y no le falta razón, aunque el hecho no sea exclusivo. Es probable que no me percate de otros síntomas emocionales de esa vejez, pero con los años voy necesitando muy poquito para vivir contento. La lista es larga y ejemplifico las pequeñas cosas que necesito: la sonrisa de mi hijo, su mirada emocionada cuando le digo “te amo”; un abrazo de mi hija al despertar; una caminata matutina para respirar aire de la calle y sentir el piso de la realidad; una tarde de lectura acostado en el balcón de casa mientras contemplo el cielo y las hojas de los árboles.

Por esa forma de ser a veces tenía pudores. Pero un día leí a algún filósofo de esos que le conceden mucha autoridad a nuestras ideas. Y después de leerlo concluí lacónico: ¡exacto! Habría dicho, más o menos, lo siguiente: entre más vacío tienes el interior, más dinero requieres para vacacionar, o para pasar el fin de semana. ¿Me explico?

No están repletos mis baúles interiores. Me faltan artículos imprescindibles, pero sí lo suficientemente llenos para pasar tranquilo una mañana de domingo en casa barriendo la pequeña biblioteca y ordenando libros, mientras, atrás de mí, Joan Manuel Serrat canta su conversación con la noche y con el viento.

Comentarios

  1. Balvanero dice:

    Recuerdo a Cabral y su peculiarísima manera de decirnos dónde buscar lo importante. Y, ahora, te felicito por necesitar tan poco, pero no por ello no tener lo fundamental.

    Un abrazo

  2. margarita dice:

    Sera que tuve muchos hermanos que me flajelaron con su sinceridad y consejos pero no me aislo mucho porque me deprimo solo lo suficiente para recapacitar. Lo que noto es que cada persona es unica con una gracia o talento especial como los libros te dejan marcada. Hace bien tener amigos sanos escogidos hacen que la vida sea mas larga. Y la edad esta la biologica y la mental, pienso que para los mexicanos aqui es viejo hasta el de 18 mas equivocado que eso. Saludos.

  3. María Elena , nena dice:

    Me encanto leerte! Es un deleite cómo te expresas , y sobre todo la manera de decir las cosas que en realidad te importan .. Haces de las cosas Ordinarias algo extraordinario ! Y así deberíamos ser todos . Me dejas una tarea . Un fuerte abrazo

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