Autorretrato. Rompecabezas de recuerdos

Como el mar arroja a la playa la basura después de un tiempo, así van emergiendo del océano los recuerdos de años pasados. No logro identificar ni adivinar qué mareas los traen a la superficie, pero van surgiendo de a poquito, cada vez con más frecuencia. No sé si son los años que van acumulándose, las nostalgias por lo extraviado o que el baúl de reminiscencias llegó al tope.

Los episodios brotan principalmente por la noche, a veces con despertares súbitos o antes de dormir. Entonces me hundo en las imágenes que vienen como fotografías en sepia y las voy reconstruyendo mientras afuera, en la calle o desde los árboles escucho los silencios nocturnos, o persigo figuras entre las sombras del techo. A veces me da por levantarme y sentarme a escribirlos, o me propongo hacerlo tan pronto amanezca.

Fue así como un día apareció clarita la música que mi madre escuchaba cuando lavaba o tendía la ropa en el patio trasero, entre árboles de guayaba, limón, mandarina, mango y alguna vez un durazno que produjo escuálidos frutos. Un día me reencontré acostado en el frío piso granate del cuarto en casa paterna, limpio siempre por la diligencia de Rosa, mi madre; allí pasaba las tardes mirando las paredes repletas de libros que iba comprando compulsivamente, escuchando música en la época en que los discos de vinilo dejaban su sitio a los CD’s.

Cuando escribía un libro muy lejos de casa y la ciudad reapareció aquella antigua conversación con mi padre, que estoy seguro de haberla vivido y no inventado, el instante en que comprendí, con meridiana claridad, que el destino personal solo tenía alguna esperanza cierta en el camino de la escuela.

En ese vaivén disfruté de nuevo, con repeticiones, el espectáculo maravilloso de mirar las estrellas en las noches de invierno fresco y oscuro en el mismo patio trasero, buscando nada o soñando con las muchachas en flor más lindas del pueblo, delirando, inventándome personajes.

Hoy fueron mis amigos de la Secundaria 21 los que aparecieron en un tramo del insomnio: Onofre, Pancho, Jorge, Pepino, Miguel, Rafael… nuestras compañeras, el director, los maestros, la vieja escuela -la Eva Sámano-, las tardes que allí vivimos y aprendimos, la panadería del Chato, las tiendas de la esquina, el camino de casa a la escuela y la vuelta.

Así, entre momentos tristes, unos nostálgicos, otros alegres, voy rearmando un rompecabezas de cientos de piezas que no sé si terminaré un día, que ignoro si tiene una o cientos de composiciones posibles, intemporal y sin prisa.

Me hace feliz que la playa donde reposan recuerdos se vaya llenando de objetos preciados, intangibles, que son pedacitos de vida, que me obligan a mirar el pasado y lo que fui, que me hacen comprender lo que soy, lo que ya no seré, lo que puede ser. Que me hacen vivir, nomás así; y solo por eso vale la pena sentarme en esa infinita y caprichosa playa, a donde solitario acudo en noches como esta, para recoger los regalos y el privilegiado testimonio de constatar que la felicidad siempre estuvo ligada a pequeños acontecimientos, a cosas cotidianas, a detalles que no merecerían monumentos pero que juntos, y cada uno en su circunstancia, me llevaron a levantar los ojos siempre en busca del horizonte que los cielos advertían.

*La foto que ilustra es de Sara Larios.

 

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