BUENAS NOTICIAS (SIC)

wal-mart-rusiaEsta mañana, después de dejar a Mariana Belén en la escuela, escuché las noticias de Colima. Una nota me quedó revoloteando en la cabeza mientras conducía hacia la Universidad: empezará en Villa de Álvarez la construcción de una nueva tienda de la cadena Walmart, conocida en Estados Unidos y en el mundo por sus prácticas no precisamente respetuosas de los derechos humanos.

Sin resistir la tentación busqué en Wikipedia: “Con cerca de 2,2 millones de empleados en todo el mundo, Walmart ha enfrentada a un torrente de demandas y problemas con respecto a su fuerza de trabajo. Estas cuestiones implican bajos salarios, malas condiciones de trabajo, asistencia sanitaria inadecuada, y temas relacionados con las fuertes políticas antisindicales de la empresa. Los críticos señalan la alta tasa de rotación de Walmart como prueba de una fuerza de trabajo infeliz, aunque otros factores pueden estar involucrados. Aproximadamente el 70% de sus empleados abandonan la cadena en el primer año.” No necesito agregar más.

Según la nota del corresponsal, con la tienda prevista para apertura en octubre serán 500 empleos los que se crearán con la inversión de 150 millones de pesos; 200, creo, empleos directos, y los otros indirectos. Me distraje entonces recordando y varias escenas vinieron en cascada a mi memoria, todas, relacionadas con el tipo de empleos y las condiciones que estas bendiciones del neoliberalismo generan: un señor trabajando 12 horas diarias en una empresa de seguridad por 100 o 110 pesos al día, sin derecho a enfermarse ni a elementales consideraciones humanitarias; los cajeros de esos grandes almacenes, muchas horas en pie, ganando menos de dos salarios mínimos y con un tiempo finito de contrato para no “hacer” antigüedad; o los señores y señoras, mayores por lo común, que tienen empleos precarios entre los precarios, cargando cajas y arrastrando los “carritos” de esos mercados. Son esos, supongo, muchos de los 500 empleos que traerá la nueva tienda de Walmart.

Pensando en estas minucias que me deja la manía de observar y preguntarle a esa gente llegué a mi cubículo, temprano aún. Abrí mi libro de turno; se llama “Pedagogía de la igualdad. Ensayos contra la educación excluyente”, cuyo autor es un profesor argentino, Pablo Gentili. Leyéndolo, mientras aquellas ideas seguían rondando mi cabeza, encontré el siguiente pasaje: “Cambiar la escuela sin cambiar el mercado de trabajo sólo producirá más frustración y decepción en una juventud que, noblemente esperanzada, recurre a la escuela tratando de forjar su futuro en un mercado de trabajo que, a los más pobres, les dispensará desprecio y humillación”. Entonces extendí el manto de mi desesperanza matutina no sólo por aquellos sujetos que fueron expulsados de la escuela tiempo atrás, sino también por los que ahora están estudiando o egresaron recién, porque, en efecto, el contingente de jóvenes que egresan cada año con un título se encontrará de tope con un mercado de empleos precarios, mal pagados, informales o inexistentes. Por supuesto, algún cerebro de esos que aplaudirán estas buenas noticias podría decir, o pensar al menos, aquella mortífera frase: “hay algo peor que ser explotado, y es no serlo”.  

Comentarios

  1. Balvanero dice:

    Triste, muy triste realidad… Y muchas veces, lo he constatado, los explotados -trabajadores con cierto nivel de responsabilidad en la organización- se vuelven en verdaderos tiranos con las personas bajo su cargo…

    Panorama gris para nuestros jóvenes.

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