Carta a los candidatos (y candidatas)

Por recomendación de Rubén Carrillo leí a Sergio Fajardo, colombiano. Su libro se llama El poder de la decencia. Mezcla la biografía del autor y su incursión en la política con un estilo construido desde la ciudadanía, sin recursos económicos extraordinarios y apelando a gente distinta a la que gobierna desde los partidos.

Fajardo es un matemático formado en Estados Unidos, hijo de familia acomodada, que renunció a la academia y encabezó la transformación de la ciudad de Medellín, arrancándola de la violencia más brutal hasta convertirla en modelo mundial. Además, gobernó el departamento de Antioquia, y perdió otras tantas elecciones. Conoce las victorias y la amargura de las derrotas, de la cuales presume aprender para recomenzar. Actualmente se encuentra a las puertas de la elección presidencial de Colombia.

En su visión gobernante la educación es el motor de la transformación social; así se puede resumir: “Nosotros entramos a la política para llegar al poder y tomar desde allí una decisión fundamental: transformar nuestra sociedad a partir de la educación”.

Una vez instalado en la alcaldía de Medellín, en un proceso participativo singular, con su equipo de trabajo parió un documento con catorce principios para la gestión pública, que comparto ahora, anhelando que alguno de los candidatos por los cuales tengo la obligación ciudadana de votar, asuma, si no todos, algunos.

  • Los dineros públicos son sagrados.
  • La gestión de lo público es transparente; se rinde cuentas de todo lo que se hace, con quién, cuándo y con cuánto se hace.
  • No aceptamos transacciones de poder político por intereses burocráticos o económicos.
  • No utilizamos el poder del Estado para comprar conciencias y acallar opiniones diferentes.
  • El ejemplo es la principal herramienta pedagógica de la transformación cívica que deben emprender las autoridades.
  • Planeación sin improvisación.
  • Eficiencia, economía y eficacia en los proyectos.
  • Las relaciones con la comunidad son abiertas y claras, se desarrollan a través de los espacios de participación ciudadana.
  • El interés público prevalece sobre los intereses particulares.
  • Las personas que trabajan en la administración pública son honestas, capaces y comprometidas con la ciudad.
  • El desarrollo de la ciudad es un compromiso entre la administración local y la ciudadanía.
  • La solidaridad y la cooperación son la base de las relaciones de la ciudad con la región, la nación y el mundo.
  • La confianza entre las personas que dirigen la administración es esencial para garantizar la legitimidad del Estado.
  • La vida es un valor máximo y no hay una sola idea ni propósito que ameriten el uso de la violencia para alcanzarlo.

A juzgar por la historia reciente, la decencia es un valor escaso; la transparencia es un defecto, me dijo alguna vez un exrector. En el mundo de la política priman otros valores. Por eso, la inflexión posible y esperanzadora solo podría venir desde la ciudadanía, con candidatos que, como Sergio Fajardo, caminen las calles codo a codo, mirando a los ojos sin vergüenza y sin temores. ¿Llegará pronto a nosotros la decencia como vestimenta para los políticos profesionales?

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