DIARIO DEL MUNDIAL. EL OPROBIO EN EL FÚTBOL

Luis-Suarez-dejo-marcado-Chiellini_MDSVID20140625_0097_10El incidente protagonizado por el delantero uruguayo Luis Suárez y el defensa italiano Giorgio Chiellini ha abierto una disputa mediática de proporciones desmesuradas. La prensa deportiva, la no especializada, las corrosivas redes sociales, los jugadores, entrenadores y hasta los políticos entraron a la disputa. La condena universal es casi unánime, con excepciones inteligentes y jocosas como la de Juan Villoro quien, en pequeña columna, se declaró admirador de Luis Suárez porque al final de cuentas, dice, si el fútbol es un entretenimiento, acciones y jugadores como el uruguayo son indispensables en el negocio. Inobjetable el razonamiento desde ese ángulo, pues al despiadado goleador hay que agradecerle que en las últimas horas nos ha regalado, involuntariamente, muestras geniales de la creatividad (y ociosidad) que inundó las redes sociales con sus memes.

Desde un ángulo distinto al de Juan Villoro la acción es totalmente condenable y no encuentro justificaciones que la aminoren. Argüir, por ejemplo, que el expediente abierto contra Luis Suárez es parte de una campaña sucia basada en golpearlo en la liga Premier en Inglaterra; o que todo es producto del odio de la prensa inglesa, son ganas de negarse a lo inobjetable de una acción que no se puede mostrar a los niños que quieren jugar el fútbol. O a nadie, como ejemplo de nada edificante.

No es el único jugador maltratado en el mundo de las patadas; allí están los casos de Messi, Neymar, Robben, o en su momento de monstruos como Romario, Zidane o Maradona. Nadie es impoluto, está claro: Maradona asestó terrible patada a otro italiano en el Mundial de 1982, y allí sí, otro árbitro mexicano (segunda coincidencia) lo expulsó. Y cómo olvidar el feo cabezazo del exquisito Zidane en la final de la Copa Mundial de 2006 a otro italiano (nueva coincidencia). Pero ninguno de esos, o de otros jugadores víctimas de golpes arteros la agarró a mordidas contra sus agresores. Que los defensas italianos no son monjitas de la amistad está claro, pero no por eso los delanteros que juegan contra ellos tienen derecho a morderlos o surtirlos de cabezazos. Menos cuando millones de ojos están atentos por las imágenes que transmiten decenas de cámaras.

Decir también que es un complot internacional contra Uruguay por razones políticas y económicas huele a rancio. O que son los brasileños, los colombianos o los argentinos los que quieren sacar a Uruguay de la jugada es otra alucinación enfermiza. No fue el defensa italiano el que agredió en esa jugada al delantero, ni siquiera lo apresaba en el instante. Tampoco la acusación contra Suárez vino de una oscura oficina de la FIFA. La acción, no le demos vuelta al fair play, fue producto de un arrebato feroz que vimos millones por televisión.

La decisión de la FIFA ya fue emitida hace unos instantes, veo en Twitter: nueve partidos internacionales, cuatro meses fuera de las canchas y una multa económica. Es excesivo, creo. Los expertos en deportes y leyes debatirán la justeza.

Sin negar la mafiosidad de la FIFA, sus injusticias y arbitrariedades, mi conclusión es simple: sin ese arrebato de Luis Suárez nos habríamos ahorrado tantas cuartillas y tantos memes, y el equipo uruguayo estaría enfilándose con tranquilidad a su enfrentamiento con los colombianos. Sin ese mordisco, o intento, no habría expediente y nadie estaría acusando a Luis de nada punible. Lo demás, fue una consecuencia.

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