EL ABUELO QUE SALTÓ POR LA VENTANA…

Pasé horas estupendas en los prolegomenos de la fiesta navideña y durante parte del día. No fueron los excesos naturales de la fecha, ni pavos, piernas o lomos; tampoco whiskys o vinos tintos. La razón, muy simple, es un libro, sí, un libro con título tan largo como socarrón: El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Y así empieza la historía, con Allan Karlsson, un viejo que el mismo día que cumplirá cien años decide largarse de la residencia de ancianos de Malmköping. Lo que desfila en las cuatrocientas páginas es un ejercicioimage de imaginación desbordada y delirante, de la mano de Jonas Jonasson en su primera novela.

Franco, Mao, Stalin, Einstein, Churchill, Truman, De Gaulle, Roosevelt son involuntarios personajes secundarios ante la poderosa predestinación de Karlsson, a quien nada obstinaba más que verse sentado en una tumbona frente al mar, tomando vodka con vodka, tequila, aguardiente o lo que pudiera ser suficientemente líquido y embriagador para disfrutar la vida o animar una conversación.

En las varias horas que permanecí con el libro entre las manos no tuve respiro. Una tras otras me atacaban las risas y dos o tres insultos cariñosos para calificar al vejete encantador y sagaz.

Novela sabrosa que llegó a mis manos en el aeropuerto de la ciudad de México, gracias a dos detalles: el título y la foto de portada, un hombre parecido a mi viejo amigo argentino don Pedro. Semejanza que él mismo certificó, aunque con más años, como acotó presuroso a sus ochenta.

No sé si la nueva novela de Jonas Jonasson (La analfabeta que era un genio de los números) será cercanamente divertida, pero estoy seguro que más pronto que tarde volveré a repasar la geografía sueca y mundial de la mano desparpajada de Allan Emmanuel Karlsson.

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