El gol perfecto

Domingo en casa. El silencio solo se rompe con el viento que mece los árboles en la calle. Es temprano aún. Tal vez lo mejor sería volver a cama y reanudar el sueño. Espanto la idea. La tarea por delante impone exigencias ineludibles y gana la batalla de la responsabilidad. Caliento agua para café mientras busco en el iPad algo que no me lleve más de los diez minutos que duraré en los preparativos. En Youtube encuentro un programa grabado dos días atrás en la televisión argentina. En realidad no lo elegí. El final de un concierto de Jorge Rojas en el Gran Rex me lleva a un panel de espectáculos. Antes de esquivarlo, inicia cuando me levantó para revisar el estado del agua y servirme azúcar en la taza. El alboroto inunda la cocina. Anuncian que tendrán el gol perfecto con la narración perfecta. Sí, lo adivino: el gol de Diego Armando Maradona a los ingleses en el Mundial de México 1986. Vuelvo a la silla y espero paciente. La jugada magistral arranca en la media cancha de los argentinos que atacan de derecha a izquierda. Diego va sembrando ingleses en la cancha, como sus compatriotas cayeron en las Malvinas cuatro años antes. La narración de Víctor Hugo Morales corre a la frenética velocidad que va tomando el barrilete cósmico en que se convirtió el 10 argentino. Diego no para hasta ser frenado por sus compañeros mientras grita desaforado el gol. Víctor Hugo agradece y pide perdón por las lágrimas en su cara.

Mi asombro es igual que la primera vez. La emoción no cambia. A veces es mayor, pero nunca merma. Me quedo perplejo cada vez que lo vuelvo a observar. Me cimbra aquella majestuosa demostración de ingenio futbolístico y coraje. Los argentinos tenían frescas en la memoria las consecuencias de la estupidez de su gobierno cuando pretendieron recuperar Las Malvinas. El partido de fútbol no es una revancha de las decisiones políticas y la catástrofe militar, pero esta vez, de por medio, había más que un marcador, una eliminatoria o una copa del mundo. El honor y la dignidad de los sudamericanos estaban puestos en la cancha. El primer gol de Diego había sido hecho con la mano, la mano de Dios, mancha arbitral imposible de borrar; el segundo fue una obra maestra que se hundió mortal en la arrogancia inglesa. Sí, fue el gol perfecto, la narración perfecta. Inolvidables.

Hoy Diego, el niño pobre de Villa Fiorito, cada vez que aparece en público exhibe la miseria de su presente y futuro, pero de su pasado es imposible olvidar aquella memorable tarde en el Estadio Azteca. Johan Cruyff, el genio holandés, afirmaba: el fútbol se juega con la cabeza y se practica con los pies. En traducción muy libre, diría: el gol de Diego se anotó con millones de pies, se inspiró y se cantó con el corazón.

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