El mundo al revés

El mundo no pinta demasiado bien cuando la escuela tiene que encargarnos como tarea para el fin de semana una actividad en familia; es decir, para que las personas que forman comunidad actúen como tal.

El exceso no es de la escuela, de una escuela en particular. Adviértase el foco de la constatación: quienes hemos cooperado, unos más, otros menos, con mayor o menor alegría, en el desmembramiento dramático de los lazos que constituyen el pegamento social. Vínculos que en otros momentos se construyeron en torno al juego, la tarea compartida en casa, la calle y el grupo de amigos, los abuelos acompañando a los padres en la socialización, los padres con tiempo para la conversación, lejos del incomparable monopolio de las pantallas.

No tengo una visión idílica del pasado, ni pretendo insinuar que todo tiempo ido fue más feliz que el presente, pero sí creo que las condiciones sociales, materiales, laborales y culturales de nuestra época conducen vertiginosas hacia una diáspora egoísta, hedonista y banal.

Si la escuela llama a hijos y padres para sentarse alrededor de un juego de mesa, a ensayar el arte de vivir y dialogar con otras personas, o realizar actividades otrora ordinarias, como comer juntos mirándose a la cara y no cada cual a su pantalla, es que nuestras sociedades perdieron el norte con peligrosa facilidad y enfilan hacia oscuro destino.

¿A dónde vamos a parar?

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