El triste espectáculo de los políticos

Las detestables muestras que casi a diario nos ofrecen los políticos de distintos signos ideológicos (si es que existen todavía), exhiben las fragilidades de la democracia y los discursos de la legalidad y la transparencia, de la justicia a secas.

Como si formaran parte de un mazo maldito, las cartas de personajes se desmoronan más o menos grotescamente, aunque cada uno, tiempo atrás, ya era objeto de serios cuestionamientos en su parcela.

Si faltaban pruebas, ya no queda duda de que esta clase que mayoritariamente gobierna está adiestrada en las escuelas certificadas del cinismo, la prepotencia y la impunidad; que no es desde los liderazgos hoy visibles de donde vendrá la hoz que siegue las podridas espigas que despuntan en los cargos gubernativos.

Si la constatación es una mala noticia, también deja en claro, y ya era hora, que una ciudadanía de eunucos políticos no tiene sustento en sus aspiraciones de gobierno eficiente, sensible, democrático y justo.

Aunque el panorama cultiva desaliento a raudales, claudicar hoy, desde la tribuna de cada cual, y desde la ciudadanía, significaría entregar las armas de la razón y la dignidad, renunciando a cualquier posibilidad de transformación.

El triste espectáculo de los políticos debe terminar para dar paso al protagonismo de los ciudadanos con plenos derechos.

¡Ciudadanos, no súbditos, reclama una república!

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