Fin al receso involuntario

Hace cuatro semanas no salía a correr, como hice habitualmente a lo largo del año, en Colima o donde estuviera. Hoy volví a la unidad deportiva a donde acudo por las mañanas. Tres razones me impulsaron: el inicio de las vacaciones, el alta que me receté luego de un severo cuadro gripal y el encuentro con las páginas de Haruki Murakami y su relato autobiográfico De qué hablo cuando hablo de correr. La primera y la tercera son poderosas razones, ineludibles e inspiradoras. El ejemplo del atleta y novelista japonés me obligó de forma gratamente inesperada. Con la segunda pude sobrevivir en la pista de atletismo, a pesar del frío (sic) colimense, pero faltaban otros alicientes que por fin pudieron reunirse.

El viento fresco de la mañana, el tímido sol, la tranquilidad de una vacía agenda personal, los rostros familiares de los corredores de distintas edades, pero sobre todo la postergada conversación que aguardaba en mí, me regalaron un relajante ejercicio y la oportunidad, reprimida involuntariamente, de regresarle las palabras a la pluma fuente para escribir estas pocas líneas que aquí se despiden.

Si todo está zanjado, como anhelo, habrá concluido esta insoportable huelga de las palabras, por lo menos el resto del año.

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