¡Fuera las calles!

El fin de semana laboral concluye con la tarde. Aprovecho los últimos rayos del sol y me distraigo en olvidarlo. Tomo uno de los libros de la mesita siempre al alcance; hay varios pendientes e iniciados, de esos que no hay prisa por acabar, que peregrino lento, disfrutando página a página. Elegí Umberto Eco: De la estupidez a la locura. Crónicas para el futuro que nos espera, publicado poco tiempo después de la muerte del viejo sabio italiano.

Me brinca la crónica “Quizá Agamenón era peor que Bush”; luego, “¡Fuera las calles!”. Empiezo, termino, tomo un par de tarjetas blancas media carta y mi pluma fuente tinta azul. Recostado escribo unas líneas que resultan casi ilegibles hasta para mí.

La propuesta de Eco me daba vueltas en la cabeza tiempo atrás; justo ayer la conversaba con una colega. Así escribe: “el asunto resulta ya insoportable y solo hay una manera de zanjarlo: una ley que prohíba poner a una calle el nombre de una persona que no lleve muerta al menos cien años”. Lo suscribo y amplío a los edificios públicos, como escuelas, hospitales o jardines.

No hay garantía del resultado de una iniciativa como la propuesta por Eco, como también nos advierte: “con la ley de los cien años, aparte de a Karl Marx, habría quien en 2045 dedique una calle a Benito Mussolini; ¡paciencia!, nuestros nietos, ya cuarentones (por no hablar de bisnietos), tendrían ideas confusas acerca del personaje”.

Admitidos los riesgos, las bondades parecen superiores; evitaría algunos despropósitos: rendir tributo a hombres (principalmente) impresentables, cuyos méritos se desmoronan desvergonzadamente apenas abandonan el cargo (precoces, algunos lo apresuran); el decadente espectáculo de gobiernos municipales o estatales que pintan espacios públicos con los colores de sus partidos políticos y luego serán defenestrados por los del nuevo que gobernará temporalmente; y por último, en este repaso preliminar, dejaríamos los balances a la historia y no a la zalamería, santa patrona de adoración casi universal.

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