Fútbol y política

Desperté temprano, como habitualmente. Barajé tres opciones para comenzar la mañana: el partido Inglaterra-Panamá en el Mundial, leer o regresar al sueño. La primera idea se descartó sola. No me parecía un platillo como para perder el apetito futbolístico, aun sabiendo que los ingleses llegaron con un equipo sólido y estupendas individualidades, pero el representante de América está puesto para la merienda de cualquiera. Volver al sueño me apetecía, pero las probabilidades eran tan escasas como las de Argentina de clasificarse a la siguiente ronda en Rusia.

Elegí la lectura: Futbolistas de izquierdas, un libro escrito por Quique Peinado, periodista español, con una perspectiva que no había visto ni cerca: relatos de jugadores que se atrevieron a confesar públicamente preferencias políticas, en momentos en donde, incluso, estaba de por medio su vida y no solo la carrera profesional o el siguiente contrato.

Por las páginas, hasta donde avanzo, desfilan personajes solo conocidos por amantes de las estadísticas, la historia o dedicados laboralmente al fútbol.

Los progresos del fútbol son descomunales: en su vertiente empresarial, como el espectáculo más universal de las emociones, en la aplicación de la tecnología, en el entrenamiento de los atletas, en el diseño de estrategias, en los uniformes y balones, pero muy poquito en el territorio de la condición humana de los protagonistas, que siguen siendo considerados, en muchos lugares, como esclavos, condenados a ser vendidos o comprados de un equipo o empresa a otra, sin consentimiento e incluso contra su voluntad.

En la élite del deporte los súper futbolistas, bien pagados, están obligados a extenuantes sesiones de entrenamientos y dos o tres partidos de alta exigencia cada semana, con apenas vacaciones y tiempos libres.

Contra esa clase de condiciones se opusieron, en distintos momentos y circunstancias, futbolistas atrevidos, rebeldes, transgresores, que luego fueron castigados y los ejemplos son claros, como Maradona en el Mundial de los Estados Unidos, por denunciar de frente los malos manejos en la Federación que dirige el fútbol mundial, convertida en una entidad omnipresente, con sus propias leyes y membresía mayor que las Naciones Unidas.

Para quienes aman ese deporte, el libro será un paseo inédito y disfrutable; para quienes lo odian, si se atreven a tomarlo, el descubrimiento de que la inteligencia y la dignidad también son compatibles con el balón y los goles.

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