La final de Rusia con Galeano

Al silbatazo del árbitro solo seguí viendo la televisión el tiempo que tardé en recoger mi taza con restos de un café frío. Después del beso de los presidentes, chau. Mi candidato a la Copa Mundial era Croacia. Las razones eran todas sinrazones, puras emociones.

Los equipos llegaron con méritos indudables. La contundencia de los franceses era notable y fue mortífera hoy; pero la alegría y el desparpajo de los croatas, con jugadores menos dados al exhibicionismo y el escándalo, me gustaban para campeones. La historia de la Cenicienta en el deporte más globalizado y millonario del orbe era una pequeña bofetada a las grandes ligas de contrataciones estratosféricas.

Practicante del incordio, enarbolé el uniforme de manteles románticos parisinos. El primer tiempo de los croatas me ilusionó con el milagro, aunque el infortunio jugaba a favor de los azules. Se impuso la historia y la eficacia.

Me vino a la cabeza entonces la figura de Eduardo Galeano, el sabio uruguayo que clausuraba su casa un mes para concentrarse en las copas mundiales de fútbol. Lo imaginé viendo el final del partido, el 4-2 que parece inapelable. Le pregunté: ¿qué dice usted, Eduardo? ¿Cuál es el balance del partido? Me miró con sus ojos penetrantes, luego levantó la copa, sorbió el resto del tinto y frunciendo el ceño meditó su respuesta mirando al techo o a no sé dónde.

Eduardo me contó, o eso entendí, que habría preferido un marcador distinto. Que era un poco excesivo. Disfrutó la alegría heroica de los guerreros croatas, una nación joven y valiente, con futbolistas hijos de las guerras, refugiados en su infancia en tierras extrañas de donde volvieron con sus padres para fundar un país que hoy se sentirá orgullosa de deportistas que desparraman talento por los clubes más poderosos, como el Madrid o el Barça. Celebra también que su presidenta sea mujer y aficionada sin rubores, una hincha más y no una joven vieja de cartón piedra. Sobre los franceses prefiere callar. No puede olvidar que despacharon del Mundial primero a Argentina y luego a nuestro Uruguay. Respeto su silencio y mi pesar. Bebemos en silencio de nuestras copas.

Es la victoria de la diversidad étnica y la revuelta de los esclavos; me sorprende en sus palabras finales. Los croatas suman nacionalidades distintas, pero nadie como los franceses y todas las naciones que nutren a la selección gala, hijas de la explotación. Sus futbolistas tienen la suerte de ser amados por negros y blancos, pero los distintos, los otros que vienen de donde nacieron aquellos morenos y negros, siguen siendo repudiados y expulsados de las costas francesas y europeas. Sí, una pequeña victoria de esa diversidad, en una batalla todavía inconclusa y a la que le restan muchos capítulos, me dice con su convicción que forjó en una vida de lucha sin tregua. Pero ganaremos algún día, que ya no veremos, tú no, menos yo, martilla.

Lo de la Copa Mundial de Rusia es fútbol, pero no solo deporte. Es un espejo a escala de las sociedades mundiales que hoy vivimos, con sus alegrías y dolores, con sus bajezas y maravillas, con sus tristezas y glorias.

Con Eduardo Galeano abrí estas páginas y hoy las cierro. Espero escribirlas de nuevo en Qatar.

¡Hasta entonces, hasta siempre!

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