LA OTRA CÓRDOBA

Después de pasar cinco horas en el ómnibus de Santa Fe a Córdoba, durmiendo a medias, llegué esta mañana a otra ciudad, distinta a la que había dejado 24 horas atrás. Ya estaba advertido que había problemas en la ciudad por un paro policial, pero no tuve oportunidad de leer noticias o mirar la televisión en la terminal santafesina. La realidad me desbordó pronto. En la estación de taxis había unas 30 personas en la fila, y con vehículos que apenas se asomaban podría estar horas en pie. Regresé para comprar el diario cordobés “La Voz del interior”. Se fue aclarando el panorama. Lo mejor sería estar en casa. Salí a caminar las quince o veinte calles que me separan del departamento en el barrio Nueva Córdoba. En la vía pública el choque fue brutal, inusitado. En la esquina un par de barricadas impedían el paso de los autos por bulevar Illia. Una decena de jóvenes con aspecto inofensivo conversaban serios y tomaban mate. Chicos y mujeres jóvenes entre ellos. Respondían preguntas de algunos automovilistas que se desviaban sin gritos ni manos levantadas. Me detuve en la esquina, a unos quince metros, midiendo el terreno. El paso por una de sus barreras hecha con contenedores de basura era obligado. Aguardé unos minutos y me sumé a un grupo de viajeros que también peregrinaban ante la inexistencia de transporte público. Caminé junto a ellos sin que los jóvenes de las barricadas nos miraran. No suelo andar estas calles a las 6 de la mañana, así que no puedo decir si la enorme avenida estaba más o menos sola que un día normal. Era notoria la ausencia de autos. En el carril de enfrente el paso vehicular era intermitente y escaso. Enfilé por bulevar Illia rumbo al cruce de la calle Independencia, donde el mismo bulevar se llama San Juan. A lo lejos observé contenedores de basura atravesados en las calles, montones de basura, en algunas esquinas todavía incendios pequeños y humo. Negocios cerrados, algunos con rejas, grupos pequeños de hombres conversando en algunos puntos me acompañaron en esos minutos interminables. Al encontrar la calle Independencia enfilé rumbo a la esquina con Derqui, mi destino. Al dar vuelta, a mitad de la primera cuadra, topé con un grupo de hombres rodeados con bolsas negras. Sin inmutarme, en apariencia, crucé a la acera de enfrente y pasé sin problemas. En las calles, piedras y bolsas de escombro desparramadas. Luego supe: Nueva Córdoba, un barrio de edificios de departamentos, bares y restaurantes, de incesante vida nocturna, fue uno de los focos del vandalismo que azotó a la ciudad mientras los miles de policías se acuartelaban para presionar al gobernador y obtener aumento salarial. Las horas de la noche y la mañana fueron una muestra de lo peor de esta Córdoba: el pillaje, la delincuencia organizada, el vandalismo que asaltó decenas de negocios y quemó varios, la irracionalidad colectiva. Hubo disparos y enfrentamientos entre los motociclistas criminales y los ciudadanos que se atrincheraron para defender sus pertenencias, que colocaron barricadas para tratar de impedir el paso delincuencial por sus calles. La ciudad está paralizada. Se suspendieron todas las actividades y el miedo campea. A esta hora, mediodía del miércoles, se cuentan unos 50 internados en hospitales. El recuento de daños es imposible en este momento. Los canales nacionales y los locales están pendientes de los hechos y repiten las imágenes de videos caseros que muestra aspectos de lo sucedido. El gobernador anuncia el acuerdo con la policía y recibe aplausos por su discurso encendido contra el gobierno nacional. Amenaza a los delincuentes. Los reporteros de la televisión transmiten desde el cuartel las reacciones jubilosas de los policías y sus esposas que los acompañaron en la lucha. Los policías se aprestan a tomar las calles, dicen. Alguno llorando pide perdón por la noche terrible que pasaron los cordobeses. Pero las revueltas no pararon todavía. La televisión da cuenta de enfrentamientos entre ciudadanos y policías en algunos puntos, a plena luz del día. Aquí mismo, siete pisos abajo, pasa veloz una patrulla y se escuchan disparos, gritos, insultos. De los edificios de enfrente y del nuestro asoman todos los vecinos que nunca vimos antes. La tarde calurosa será larga, tensa. La noche se acerca sin que abandonemos los temores por lo que podría venir. Juan, uno de los guardias del edificio me pide no salir más este día. Resta aguardar con esperanza la vuelta a la normalidad, a la otra Córdoba. 

Córdoba

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