La ternura que nos vino a salvar

lupita-gonzalezLluvia de medallas en Río, llamaron con grandilocuencia algunos medios al último sábado de los Juegos Olímpicos. Fueron tres medallas, que acumulan una cifra menos indecorosa al desempeño nacional. En cada una hay indudables méritos y son dignas del máximo reconocimiento. La delicada situación del país es cosa aparte, pero las medallas son robustas dosis de aliento y admiración para quienes logran, en condiciones habitualmente adversas, ubicarse en la élite del mundo deportivo. Además, no abundan los ejemplos públicos que niños y jóvenes necesitan para atisbar con algún optimismo su horizonte.

La medalla de Plata de María del Rosario Espinoza, tercera personal en tres ediciones olímpicas, la convierte en leyenda, pero de todas las medallas, la de Lupita González me sigue cimbrando. No tuve la suerte de ver la competencia en vivo, pero esa noche, y ayer, he visto y escuchado la narración extraordinaria de Fernando Palomo en los últimos instantes, alentando y conmoviendo con el grito victorioso: ¡Que nadie le diga a Lupita que perdió nada!

La emoción que imprimió el periodista salvadoreño a su relato fue la conjugación perfecta para una épica competencia.

Lupita González en las entrevistas demuestra transparencia. Sencilla, tímida, fuerte de convicciones en un cuerpo que parece insostenible. Sus palabras rezuman humildad e inocencia. Su logro inconmensurable es producto de trabajo y miles de kilómetros de entrenamiento. Es ejemplo y nada más. Lupita González, la ternura que nos vino a salvar.

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