Los gimnasios y yo

1002043_651284174935961_2138016641_nNo soy afecto a los gimnasios. Tal vez tengo una impresión equivocada, pero como no busco casi nada de lo que creo que allí abunda, prefiero seguir mis modestas caminatas matutinas o vespertinas, persiguiendo un poco de orden, un momento de reposo en el trajín, algún ejercicio para el cuerpo y otro para el espíritu.

Solo una época asistí consuetudinariamente al pequeño gimnasio del edificio de Derqui 33, en Córdoba, Argentina. El edificio de departamentos tenía uno en el último piso. Me volví habitual por las mañanas o noches. Casi siempre estaba solo, y disfruté las semanas que allí pasé, porque además tenía la fortuna de mirar a través de sus ventanas buena parte de la ciudad, por una vista privilegiada hacia el bellísimo edificio del Paseo del Buen Pastor.

Sin intenciones de reventarme el corazón, mis rutinas improvisadas e instintivas me llevaban una hora, luego bajaba por el baño y a lo que seguía. A veces no recordaba las actividades que hacía, porque enfrascado en el movimiento empezaba a poner ideas en claro, encontraba una palabra, una oración, y varias debí contener la tentación de bajar de la bicicleta fija para sentarme a escribir el alumbramiento.

El ejercicio del cuerpo fue, en realidad, una terapia para cazar y aclarar ideas.  A pesar de esas ventajas, en Colima ni siquiera me ronda por la cabeza la posibilidad de inscribirme.

En mi nueva agenda laboral, con algunos viajes cortos pero más o menos frecuentes, he optado por combatir el sedentarismo, la inmovilidad y el estrés visitando los gimnasio de los hoteles. Aunque preferiría caminar las calles, la inseguridad y el desconocimiento obligan a la prudencia. El gimnasio de hotel es, entonces, un reducto propicio, no siempre en óptimas condiciones, pero suficiente para estirar las piernas, sudar un poco y, con suerte, encontrar lo perdido o la orientación.

Fue en el gimnasio de un hotel en el sur de la ciudad de México donde anoche me vinieron estos párrafos y la tentación de escribirlos para reconocer, contra mi natural aversión, que fuera de casa se me están volviendo casi indispensables y más pertinentes que sus restaurantes donde, casi con seguridad, encontraré comida de menor calidad a la que me gustaría y desorbitada en precios.

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