Sentado en la estación de autobuses, viajando entre recuerdos

Sábado a mediodía. Verano caliente, como todo el año en estas tierras. Sentado, impaciente, aguardo a que llegue la hora de tomar mi autobús. La señorita despachadora me explica que hay un retraso de veinte minutos. La media hora prolongada de antelación promete una insoportable espera. El vaivén intermitente de pasajeros que salen de los andenes, y más frecuente de los que llegan, me distrae por unos minutos. No tengo mucho tiempo, ni ganas, para sacar de la mochila el libro que leo. Me despatarro y volteó los ojos al techo. De arriba abajo, luego de mi frente a la parte trasera, donde aparcan los “tonilitas” que conocía al dedillo en los varios años que recorrí la ruta de mi pueblo a la universidad. Vuelvo a la realidad cuando un aguijonazo en el estómago me recuerda que la hora del desayuno quedó lejos ya, y el café con pan tostado y mermelada de higo se esfumaron.

Retorno al techo para distraerme. Nada de los locales comerciales me apetece y debo aguantar un par de horas o más para comer algo decente. La pintura, la pátina de descuido, los olores, el maltrato en las sillas, los colores luminosos que prometen que el viaje será una experiencia inolvidable. Todo, todo me resulta familiar. Y en los minutos que estuve también vi pasar, con muchos años y kilos más, a personajes de aquellos años juveniles. Es la misma estación, me repito, la misma que conocí hace varios lustros, la que me recibía cuando volvía jubiloso para pasar el fin de semana mientras estudiaba en la UNAM.

¿Hace cuantos años, me pregunto, que estos espacios no reciben una remozadita? ¿No mereceríamos, los locales y los visitantes, una imagen más agradable, más fresca, más nueva?  Si la terminal de autobuses es una de las puertas de entrada a Colima, ¿no habría que convertirla en un sitio bello, artístico, que ofrezca la más grata bienvenida a los visitantes consuetudinarios o de ocasión?

Tiro las interrogantes. Vuelvo a mi mochila y al boleto. Los minutos se agotaron. La ropa se pega al cuerpo e incomoda, pero la estancia ya me resultó menos desagradable, al remover recuerdos, recordar momentos, personas y, entre todas, la imagen de mi madre, cuando me esperaba feliz en el principio de los años noventa, cada vez que volvía de la hoy Ciudad México, aunque apenas llegar a casa y abrazarla, ya estaba saliendo de nuevo.

Deja tu comentario