Sentimientos renacidos

Cuando bebés, tomé por costumbre abrazar a mis hijos apenas tocándolos, poniéndolos sobre mi pecho. Sentir su palpitar, corazón a corazón, me provocaba una sensación relajante. Con Mariana fue muy fácil. Nacida varias semanas antes de la fecha programada, era diminuta, ligerita, frágil, silenciosa. Con las palmas sobre su espalda bastaba para asegurarla y allí pasar horas, dormidos y reposando las noches de desvelo. Juan Carlos, más impetuoso, noctívago desde siempre, no soportaba demasiado tiempo la misma posición; había que ser más cauteloso. Como pasa con todas las personas, crecemos, cambiamos y vamos produciendo nuevos hábitos. Hoy observo su desarrollo con alegría, orgullo y un poquito de nostalgia. Su transformación es inocultable hasta para mí. Lejos quedaron los nenes que dormían sobre mí.

Casi olvidaba las anécdotas que un tiempo solía contarle a Mariana cuando me preguntaba por esos primeros meses: hoy renacieron impetuosas algunas percepciones. Al amanecer Juan Carlos despertó súbitamente, como de un sueño infeliz, me acerqué para tranquilizarlo y regresarlo al sueño. Le ofrecí los brazos y cayó sobre mi pecho. El cuerpo infantil me desborda ya y es imposible contenerlo. Reposada la cabeza sobre mi lado izquierdo cerró sus ojos y la respiración fue acompasándose suave, hasta dormirse. Entonces volví a experimentar ese sentimiento indescriptible, inabarcable con una sola palabra, semejante a creerse completo, aunque sea por un instante, unos minutos, un sueño.

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