Su Majestad

BoltJuan Carlos, entretenido con sus Legos, observa de pronto la televisión y lo ve bailando exultante. No le conocía, creo. Quizá lo habrá visto en estos días, pero no duda. Voltea a mi sillón y dice guiñando un ojo: ese me cae bien. Alza el pulgar y retorna a su mesa, donde construye su nuevo Titanic. Sí, sin duda. Es un encantador.

Menos de diez segundos es lo que dura la competencia de Usain Bolt cuando corre los cien metros planos. Menos de diez segundos son casi nada, pero suficientes para una descarga indescriptible de energía emocional que paraliza los corazones de quienes admiramos el deporte y el atletismo.

Usain Bolt es un dios en las pistas. Un fenómeno social que alcanza los límites de la perfección deportiva. A su cuerpo portentoso y disciplina agrega virtudes menos populares: una desbordante alegría y un carisma que fácilmente provoca admiraciones. Es impresionante la manera como los estadios se rinden ante su prodigioso desempeño. Bailan con él, agitan sus banderas, elevan sus manos, lo aplauden, le admiran, lo colocan en el pódium de los más grandes entre los gigantes.

Bolt es un deportista maravilloso, pero parece un hombre sencillo, alegre que disfruta con ser quien es y con lo que eligió. Sus actitudes no son imposturas, ni exhibe seriedad para parecer importante.

Con Bolt una generación de atletas, hombres y mujeres, colocan a su país en la cúspide del atletismo. Sus medallas de oro quedarán en la historia aunque un día, más tarde o más temprano, llegue uno más veloz.

Superar la marca de tres medallas de oro en Juegos Olímpicos parece imposible. Mientras, hoy, y por muchos años, el atletismo tiene nombre propio: Usain Bolt, Su Majestad.

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